23 de marzo de 2012

El Club del Fénix



“sólo tiene que coger la campanilla y hacer ti­lín-tilín”
Eca de Queiroz (El Mandarin)







Por aquel entonces yo no lograba una posición laboral que me procurara estabilidad económica y en consecuencia tampoco tuve serenidad emocional. Había alcanzado a graduarme sin honores aunque en comparativa ventaja de talento frente a mis colegas, pero las oportunidades de empleo no me favorecían. Trabajaba de profesor supernumerario en universidades de garaje y apenas recogía sobras de un salario. Papá solía darme la mano a escondidas de mi madre, quien en represalia a mis blasfemias me había echado de la casa y me negaba hasta la herencia. Convivía con Olga que se comportaba conmigo como una reina y yo hecho un zángano cumplía el papel de macho complaciente y a veces le servía de cocinero. Pero esta situación me incomodaba y aquel vulgar papel me dejaba insatisfecho. Renegaba de mi estéril profesión y me compadecía por ser un inepto profesor que no sabía más que enseñar cosas inútiles sin tener idea de cómo lograr una vida confortable. Yo, que me creía todo un talento desaprovechado, maldecía ser tratado como un peón negro fuera de juego, estaba harto de dar la razón al imbécil, mamado de ser sumiso, irritado de hablar pasito, aburrido de volar bajito. ¡A la mierda todo eso! Yo quería tocar el cielo, deseaba sentirme un dios omnímodo, atendido por ángeles que me sirvieran insólitos manjares y me dieran de beber promiscuos cócteles en copas de cristal. Esta turbación de espíritu se intensificó con la reaparición de Eduardo, y me sentí tentado por el diablo. 


Por la noche me acosté a dormir con rabia y sin probar bocado. Sin duda la debilidad, alimentada por la envidia y el rencor, con la oscuridad por telón de fondo, provocó que a mi fácil imaginación se le ocurriera buscar la redención de mis miserias acudiendo al Hotel Fénix. Este era la versión local del Ceaser Palace, un teatro del lujo y el derroche para recrear los placeres romanos. Visitarlo era tan trascendental para la gente que buscaba reconocimiento como para un musulmán peregrinar a La Meca a dar vueltas a la Kaaba y ganar el cielo. Al Fénix solía ir la gente linda, los empresarios, los políticos, el alto clero, los periodistas, y después se sumaron los comerciantes, los deportistas, los nuevos ricos... Todo el que se sintiera de clase y pudiera demostrarlo con liberalidad, con la ventaja de no tener qué justificar sus rentas. Bastaba haber estado una vez en el Hotel Fénix para congraciarse automáticamente con la élite de la ciudad y pasar a gozar del favor social. No era necesario ser invitado por nadie, sólo bastaba tener el dinero suficiente para cubrir la onerosa cuenta y divulgarlo. Ya incluso se había levantado una leyenda sobre cierto secreto que debía guardar todo aquel que se hospedara allí. Quienes conocían el secreto hacían parte de un club y el vulgo inaccesible solo podía hacer chistes callejeros y adivinanzas de cantina. Yo que no me dejaba impresionar fácilmente pensaba que la gente propendía al misterio y que el secreto era tan baladí como el latón que esta hecha una medalla. Al otro día desperté decidido a visitar el Hotel Fénix, considerando que si bien no representaría para mí un mérito social, desconocerlo era una falta de curiosidad y si bien nunca me había esforzado por conseguir dinero, mi natural talento bien merecía unas buenas atenciones. Mi padre reconoció que tenía méritos pero no aprobaba mi curiosidad y tuve que hacer un crédito en el banco para financiar ese gustico.

Seguí el protocolo de llegar en limusina y la alquilé sólo para que me dejara frente al hotel; pero nadie me recibió al bajar. Me desconcertó la falta de cortesía después de semejante gasto. Estuve a punto de desertar temiendo ser rechazado por negro o por que notaran mi impostura, pero en Medellín cualquiera se hacía rico y me sentí digno de caminar por el largo tapete rojo hasta la ancha puerta. Apenas llegué al umbral la puerta abrió automáticamente las dos alas. Pasé por un corredor medio iluminado donde colgaban velos al modo de las escenografías de Fellini. Antes que admiración me dio risa la extravagancia y yo mismo me sentí ridículo. Entré por otra puerta a un vaporoso salón cuyos espejos confundían más el color de las luces, la precisión  de los sonidos y el origen de los rumores. El dispositivo de vapores intensificó una variedad de perfumes que me hicieron sentir en los campos elíseos, en los jardines del paraíso, en los nirvanas orientales. Aquel lugar era fantástico, exótico, de ensueño y por un momento no me importó que la sugestiva y artificial atmósfera engañara mis sentidos. Una bailarina brotó del aire y me tomó de la mano para conducirme hasta una mesa, donde me indicó sentarme en un sillón. Me sentí un poco miserable al ver que sobraba el sillón de mi acompañante y que la mesa estaba dispuesta para dos, pero me senté con tal comodidad que me creí todo un rey al que le sobra la compañía y los consejos. De un salto la bailarina se perdió dejándome solo y quedé mirando para todos lados intentando ubicarme. Sabía que estaba en un gran salón y sentía que era muy concurrido, pero cada mesa era exclusiva y privada. 


La mesa con mantel, de un blanco impecable, tenía por decoración un centro de flores. Los cubiertos estaban colocados según el protocolo, por supuesto el cuchillo con el filo mirando al plato. Las brillantes copas enfrente del plato, ordenadas de izquierda a derecha la copa del agua, la copa de vino tinto, la copa de champagne y la copa de vino blanco. Se me hizo sospechoso el maniático orden, hasta la forma de triángulo de la servilleta sobre el plato. Pero lo más inquietante en la disposición de la mesa era la campanilla de cristal, al lado del cuchillo. Era obvio que tenía como finalidad llamar para recibir atención y que la decisión estaba en mis manos. Consideré el significado casi sagrado del objeto y la responsabilidad del acto. Vacilé. Quise volver sobre mis pasos y cancelar el envanecido propósito, porque si no tocaba la campanilla nada me obligaba. Pero me sentía tan confortable, tan plácido, tan digno, que luego de acariciar la campanilla por largo rato, mi deseo se intensificó y cedí a la tentación. El tilín-tilín dio comienzo a la función y de inmediato aparecieron tres etéreas bailarinas para atenderme. Digo etéreas porque sus cuerpos al danzar, envueltos en los vestidos de seda traslúcida, imitaban a las garzas, a las hadas o a las Tres Gracias. Pero las imitaban de forma lasciva y no sublime, porque su piel no era de nívea pureza sino de roja carnalidad. Por sus movimientos de atrevida sensualidad, de maliciosa sonrisa, de picaresca mirada representaban diablesas que rondaban su víctima. Yo creí estar ya en los infiernos porque mi cuerpo ardía de fascinación y sudaba como un penitente, pero fingí indiferencia y asumí la pose de quien sabe apreciar la danza y el teatro. Ellas percibieron un rubor que se me subía al rostro y adivinando en mis ojos un gesto sutil de aprobación, consideraron que era el momento para dar inicio a sus tentativas. y siguiendo el guión de la escena, la primera gracia me coronó con una rama de laurel, la segunda me entregó tres rosas y la tercera me estampó sus labios en la mejilla. Acto seguido me cantaron a coro un:  "Bienvenido al Hotel Fénix" y como en un truco de magia desaparecieron con el humo.