Eran otros tiempos. Toda la gente se interesaba por el ayunador.
F. Kafka (Un artista del hambre)
Basto reducir la ya escasa ración de comida para que Moneco extremara la delgadez y se encontrara en condiciones de representar la exhibición que Verónica había preparado con talento y esmero. Al cabo de cuarenta días a pan y agua y adiestrado con método, Moneco demostró a su madre que tenía verdaderas dotes artísticas para enorgullecerla. La empresa familiar podía entonces ponerse en marcha y Verónica confiaba que ante todo representara dividendos espirituales.
La piel de Moneco había logrado esa totalidad verdosa que resplandece al forrar y trasparentar los huesos. Acurrucado sobre sus piernas, postura perfeccionada en una jaula no tan alta para sentarse ni tan ancha para acostarse, lograba expresar un cuadro a la manera de la época azul de Picasso, tan ajustado a la estética dramática de Verónica, quien no consentía que lo patético se contaminara de mal gusto, ni que una sola mosca acechara su boca.
La actuación de Moneco obedecía a un plan sistemático, meticulosamente estudiado por Verónica y vigilado con celo para su cumplimiento. Ni un bostezo debía estar fuera de lugar. Punto a punto obedecía sus instrucciones sin permitir un intento de improvisación, por más que Moneco hubiera dado las mejores muestras de espontaneidad histriónica. Un director de carácter como Verónica no toleraba ningún tipo de participación en la obra en que empeñaba su vida. Moneco aceptaba con docilidad su papel, le bastaba que su madre le indicara un gesto para interpretar su escena con pasión. Entornaba la cabeza girando agónicamente la nuca en un aleteo de párpados que levantaban la angelical mirada mostrando, en tanto, una sonrisa agradecida. Valía apreciar la gracia enigmática que se contrapunteaba entre los ojos y los labios.
Raúl y Rubén, que debían secundar a Moneco en la exhibición, conocían bien sus instrucciones y mostraron entusiasmo por la marginal participación. Siguiendo el programa el debut tendría lugar en la segunda puerta del atrio oriental de la catedral Metropolitana, quince minutos antes de la misa de ocho.
En la puerta, que encontraron libre de vagabundos y mendigos, todo se dispuso según lo convenido: Sacaron a Moneco de un talego y lo recostaron en la jamba derecha de la puerta. Rubén le acomodó la postura tomando en cuenta los ángulos de ingreso y el lado que les facilitara la entrega de la limosna. Raúl le frotó la piel con un dulce abrigo humedecido en aceite de cocina. Luego del repique de campanas ambos se pusieron a dos pasos del actor y le quedaron mirando expectantes. Moneco sostenía una mirada que reclamaba la confianza de sus hermanos. Esperaron la señal. Cuando se escucharon los primeros pasos de la feligresía entró Moneco en acción.
En el momento que los pasos de tacones y zapatillas se detuvieron a apreciar la exhibición, Moneco ya estaba en lo mejor de sus conmovedoras y sutiles contorsiones.