Voy huyendo de la bestia informe que prohijó la civilización. Escapo de la áspera urbe que habita, donde la he enfrentado desfavorablemente. Busco fatigado, aun no abatido, un lugar donde ponerme a salvo. Por poco caigo sometido a sus argucias, son tantos los que se doblegan a su voluntad que ahora sirven en una red de cómplices para generalizar la credulidad. Su gran ardid es volver norma sus decisiones a cuenta de centros de inteligencia que imponen sofismas que desvirtúan la Verdad. Su imagen no es ya de temible bestia apocalíptica, tiene lo que llaman presencia y una capacidad de mutación que confunde a los más avisados. A mí no me perdona que le haya mirado cara a cara cuando le sorprendí en el instante mismo que mudaba su máscara. Palideció y teme que revele al mundo sus secretos y ponga en evidencia su farsa; por eso no descansará hasta acallarme con la muerte. No me arriesgo aún porque podría perder antes mis seres queridos y abrigo la esperanza de que todos se salven. Por lo demás nadie me cree aun y si la contradigo me acusarán de hereje, de traidor y no dudarán en lincharme, en echarme a la hoguera. A ellos les seduce sus ricos modales, su don de gentes, la complacencia a las expectativas de los jóvenes y la venerable tranquilidad de los viejos. Y ¿quién les podrá borrar la sonrisa de conformidad y gratitud? No se cómo decirle que les impone sus condiciones, que juega con su libertad, que con esa sonrisa firman su condena y deberán pagar con su alma. Pero juzgan que no soy más que un resentido que no logra ajustarse a la dignidad del modelo y que las dudas son las que ocasionan mi angustia. No estoy loco, ni me consuela saber que hay otros que también buscan una salida que los libre de su implacable hostigamiento. Persisto en huir sólo porque abrigo la esperanza que en el horizonte se avizore un lugar donde poner a salvo mis hijos. Mañana, sin duda, cuando me canse de huir, volveré para enfrentarla con limpia desnudez. (198*)
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Este texto es la transcripción literal de un manuscrito (en papel secante y pluma estilográfica) que encontramos entre los cuadernos de Marcos y que interpretamos como figuras premonitorias de lo que sucedería aquella noche fatídica, luego que compartiera el vino y la canción con nosotros. No faltará quien lo juzgue por delirios de persecución o un juego de palabras con alusión velada a sus campañas subversivas. Otros más atrevidos lo interpretarían como una nota suicida y que sus alucinaciones de víctima lo llevarían a hacerse propicia cuando advirtió el desenlace fatal. Nosotros que apreciamos la certeza de la Palabra lo dejamos a libre interpretación; como solía decir Mateo: "El que tenga oídos, que oiga... porque si viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden.
Marcos antes de acostarse siempre leía para cansar los ojos y apurar el sueño. Después de un rato dejó sobre el nochero el ejemplar del Manual de Inmunidad y se durmió. En plena noche, cual big bang que rompe la nada, el ruido del teléfono le quebró el sueño y lo despertó como a una pesadilla. Aturdido y en ascuas por saber quién podría llamar a tales horas buscó a tientas en la oscuridad sin encontrar el aparato. Por un momento se ofuscó y creyó estar ciego, pues tenía los ojos abiertos y no podía ver la luz, mientras el timbre insistía con patético lamento. Alcanzó el teléfono. Al otro lado de la línea una voz agitada se afanaba por articular un mensaje. Sintió como si le hablaran desde otro mundo y en otro idioma, y quiso pensar que estaba soñando. Pero al otro lado se escuchaban las cosas tan vívidas, tan dramáticas que debía ser real. La voz tenía un tono alarmante y las palabras atropelladas daban un mensaje de alerta, pero Marcos seguía atónito en la oscuridad y no lograba comprender su significado. De pronto las palabras fueron ahogadas por un golpe seco. A un lado y al otro de la linea se quedó escuchando un silencio estremecedor, hasta que colgaron de un golpe y quedó el biii rasgando el sosiego.
La confusión impidió que Marcos identificara la voz. Repasaba las palabras que creyó escuchar: "Parir" no tenía sentido, tal vez le avisaban "partir". Lo de "cayó la cabeza" le hacia temer un atentado contra el profesor J***. Pero era absurdo, si apenas hacía unas horas habían estado hablando con apasionamiento. Debían haber sido sus amigos, fastidiosos y borrachos, queriendo hacerle una broma pesada. Pero ellos no dirían una frase tan insólita y lapidaria como "busca una tabla de salvación". Marcos se negaba a creer que pudiera estar en peligro porque nunca conoció enemigos. "Escapar" también era sólo una metáfora, un signo que se escribía con tinta y no con lágrimas o sangre.
Quería esperar que amaneciera para considerar las cosas con calma; el temor y la noche suelen mostrar fantasmas donde sólo hay sombras. Y esta vez los ojos sí le pesaban de sueño y la cama le atraía con fuerza gravitatoria. Tampoco sabía bien si estaba despierto o si aún dormía porque escuchaba, de modo impreciso y lejano, un ruido que persistía en su oído y que no era el pitido del teléfono. Era tan sutil que debió pensar que si dormía era el comienzo de una pesadilla y si estaba despierto era su obsesión por intensificar algún sonido. Pero este sonido aumentaba mientras sentía que su oreja crecía y el lejano ruido ya se acercaba tanto que entraba como un bólido por las sendas del pabellón auricular y se estrellaba en el tímpano, y nada lo detiene para que truene como martillo y retumbe como el yunque y sus nervios hechos trizas invaden su cuerpo que se baña de sudor y miedo, y un escalofrío le recorre los huesos. No era una pesadilla, abrió los ojos y sintió cómo el ruido entraba por la ventana abierta. Ubicó su origen, su procedencia. Se acercaba a gran velocidad por las calles, al dar vuelta en la esquina el ruido cobró la forma de un chirrido de carro. Se podía sentir la detonación de pistones, el crujir de metales, el rechinar vertiginoso de neumáticos sobre el asfalto. De pronto el carro frena estrepitosamente. Se detuvo frente a su casa. El pánico lo paraliza y comprende que vienen por él.
Todo sucedió muy rápido. Un tropel de hombres derribó la puerta sobrecogiendo con estruendos a todo al vecindario. El padre de Marcos alcanzó a tomar el machete para impedir el asalto. Los invasores, fuertemente armados, impusieron el terror derribándole al suelo e imponiendo órdenes con maldiciones que resollaban tras las capuchas. Pedían les dijeran donde se escondía, sin precisar el nombre de quien buscaban. "Debe ser un error" oyó a su padre recriminarles. Comenzaron a registrar la casa revolcándolo todo. Marcos escuchaba desde la habitación el llanto de su hermana, los lamentos de su madre, los reclamos de su padre y, aunque inocente, sentía pena por causarles aquella desgracia. Uno de los hombres exasperado por la infructuosa búsqueda forzaba la delación, agrediendo cobardemente a la madre. Marcos estuvo a punto de entregarse, pero antes su padre había intervenido para protegerla y enfrentó a los bandoleros advirtiéndoles que la vecindad estaba alertada. Esto dio valor a Marcos, que permanecía como estatua abrigado en una sábana. Al fin los hombres descubrieron una habitación hacia el fondo donde aún no habían registrado. Cuando los hombres rompieron la puerta de su habitación, Marcos había dejado la sábana y había escapado por el solar en calzoncillos.