8 de abril de 2011

Una versión fantasmagórica



"Con su Fantasma siempre perseguido
por una multitud que no lo alcanza"




Ángela había gozado siempre de buena salud mental y tan puesta en razón que jamás le pasó por la imaginación que al Señor o a la Santísima Virgen, en un arrebato místico, le hablaran como a Samuel o a Bernadette; ella, una simple rezandera, no alcanzaba para profeta ni para santa. Cuando escuchó por primera vez los murmullos estaba en la iglesia y con buen humor quiso imaginar que era un coro de ángeles; pero aquello no se parecía a un canto celestial, no eran melodías en cánones armoniosos venidos de arriba sino reclamos monótonos provenientes de algún lugar oscuro del templo, entre la comunidad de fieles parroquianos. Días después habría de sentir que surgían de un lugar abajo subterráneo profundo, algo así como quejas de difuntos o abucheos de fantasma. Si por dedicar al Señor una misa y un rosario diario, laudes en la mañana, Ángelus al medio día, coronilla a la divina misericordia a las tres de la tarde, adoración al altísimo cada quince días, trisagio al final del mes, novena al sagrado corazón los primeros viernes y letanías al espíritu santo; si esto hizo de Ángela una religiosa compulsiva, aquellas voces la volverían una mártir delirante. Esa misma mañana cuando salió de misa sintió dos cosas: la primera, que sus compañeras de feligresía ya no estaban a su lado para acompañarla a casa; y la segunda, que en su reemplazo una procesión de voces murmurantes la seguían como una sombra.

El candor y la ingenuidad de Ángela no le permitieron sospechar que el mal merodeara por su bendecido mundo, pues consideraba que su condición privilegiada la había rodeado de gente buenísima que sólo tenía para con ella afecto y consideración. Además, la fe puesta en la oración la escudaban de las acechanzas del demonio y las tentaciones del diablo. No era ninguna boba como para no advertir la procedencia de aquel coro de murmuraciones pues conocía bien la inclinación de la gente por las habladurías, no le dio importancia al asunto y se desinteresó por los reproches para evitar el juego perverso del chisme y la maledicencia. La envidia ya era un modus vivendi de estas sociedades, y pensaba que bastaría un poco de paciencia para superarla. Así eran las pruebas del Señor, cotidianas y ordinarias. Pero esta prueba le estaba resultando cada vez más opresiva pues las voces murmurantes la seguían, con empecinamiento, a donde fuera. Estando en el salón de música sentía que un demonio la ataba en la silla sin dejarla descansar, en la habitación sentía el abrazo de un brujo que la sofocaba en la cama y le quitaba el sueño, en cualquier conversación la hostigaba un inquisidor español que la torturaba con señalamientos indefinidos y la sentenciaba culpable. La asediaban por doquier voces irónicas que punzaban su oreja, la acorralaban voces ofensivas que mordían su oído, la imprecaban voces de odio que cercenaban su cerebro, voces de oprobio, voces de reproche, voces de recriminación, voces de rencor, voces de abominación, blasfemias que no cesaban, maldiciones que no se acallaban en su mente y que retumbaban en el alma: ¡Condenación! ¡Condenación! ¡Condenación eterna!

Con humildad y sumisión se doblegó creyendo que era en verdad una prueba del Señor y se sometió a su santa voluntad. Un sentido de culpa sin redención le apocó el ánimo y le encogió el cuerpo, invadida del terror agachaba la cabeza como un niño resignado al castigo y oprimía los brazos en el pecho como añorando el abrazo consolador de una madre. Día a día se tornaba más débil y desanimada hasta que cayó postrada en cama con inapetencia y fiebre. Los remedios caseros de doña Irene no le obraron. Los eminentes médicos no supieron diagnosticar la enfermedad, y sin embargo le recetaron cuanto se les ocurrió hasta el cansancio y cuando no pudieron fingir más la remitieron a los consuelos de la religión. El párroco la asistió con la confesión y la eucaristía en los primeros días de la afección y después le aplicó los santos oleos; cuando se cansó de esperar la muerte delegó en una monja la hostia santa y pasado el año ésta tampoco volvió. Familiares y amigos los abandonaron con paulatinas evasivas y excusas y finalmente con el olvido. Angelita que alguna vez fuera la exquisita gema de belleza y juventud de la casta de los Gómez Echavarría quedó sólo al cuidado de su esposo, su hijo y su criada.

Su hijo, un joven dandi que tantas veces posó de ateo anticlerical, terminó por convertirse en su compañero de rosarios y novenas, le leía la historia de los santos, le ponía la música de su agrado, le renovaba las flores de altares y mesas y la paseaba para mostrarle sus nuevas adquisiciones de peces y pájaros, entretenimiento que reemplazó a la otrora juerga y al círculo de amigos. La ternura de Don Juan Manuel era lo único que podía sacarle una sonrisa de alivio. La levantaba en sus brazos de la cama, la acomodaba en la silla de ruedas y salían a tomar el sol de la mañana en el balcón que daba al jardín para conversar de aquellos tiempos bonitos cuando viajaban por el mundo persiguiendo los rastros de Dios. Pasaban luego a la sala de música a tomar la media mañana, de allí al oratorio, luego al comedor, volvían a la alcoba para la siesta y en el jardín tomaban el algo a las cuatro de la tarde. A pesar de tanto ajetreo para su edad, Don Juan Manuel no podía dejar sentir cierta alegría por este triste idilio, que le obligaba estar a su lado. Prescindió de los servicios de una enfermera incluso cuando quedó tullida de los miembros del lado derecho de su cuerpo a consecuencia del derrame cerebral. Él mismo se ocupaba de bañarla y vestirla, de calentarle los pies, de cobijarle las piernas, de abrigarla en invierno y de abanicarla en verano, de servirle el café, de ponerle bocadillos en la boca y limpiarle la comisura de los labios. Así como en la salud y en la alegría se entregó a ella, así también en la pena y la enfermedad su entrega fue abnegada y paciente durante los diez lentos y largos años de su agonía: A los tres años Ángela ya había perdido el oído y sólo modulaba unas cuantas palabras. A los cinco años el rostro se le contrajo, los ojos ya no tenían brillo y los labios mostraban una palidez marmórea. A los siete años su presencia ya era del otro mundo, le faltaba el calor y su corazón no parecía latir. Cuando se durmió definitivamente, como un niño que cae rendido después de un largo llanto, su cabeza quedó acunada en los brazos de Don Juan Manuel, que lloraba sin consuelo y queriendo creer que la muerte al fin la libraba de las murmurantes voces que la persiguieron con ensañamiento por tanto tiempo.

Tuvo un funeral informal y con tal desamparo que nadie recordaría que una vez tuvo una boda solemne y concurrida que dio tanto que admirar en Medellín. Sólo la lluvia de aquella tarde se sumó a los sollozos de los tres dolientes. Regresaron a la casa donde no hallaron el consuelo solidario de una condolencia, ni de un sufragio, ni un sentido de pésame. El silencio de los pájaros acrecentó la sensación de vacío y soledad de la casa. Si Ángela descansó en paz de la persecución implacable de las voces o si la perseguirían hasta el último rincón del infierno no lo sabremos, pero el funeral lo sellaron con este comentario de broche: "Ciertamente, lo merecían, es cuestión de justicia."

Y la retahíla de murmuraciones continuó: "Que las obras de misericordia de Don Juan Manuel obligaban al beneficiado a sentirse en deuda con él, y así fue que la posada que ofreció en su casa a la desamparada Irene la obligó como amante y ahí tenían a su Jonás como prueba de un amor clandestino y pecaminoso. Que si de criada aquella intrusa ascendió a ama de llaves, ahora ascendería a segunda esposa para vivir a sus anchas en libertinaje y lujuria". Estas murmuraciones tenían la intención de llegar al conocimiento de doña Irene, que con ironía así la aludían, pero ella jamás permitiría dejarlas saber del buen Don Juan Manuel, que tampoco imaginó que esas calumnias provenían de las mismas personas que con su caridad calmaron el hambre y la sed, a quienes apoyó y consoló en los momentos difíciles, antes que solicitaran su ayuda. No por eso blasfemaría de Dios ni imploraría su misericordia, pero ahora que su paciencia, que sólo pendía del hilo de la vida de Ángela, se había roto, mandaría al carajo la opinión que de él tenía aquella sociedad de fariseos hipócritas.

No serían las voces murmurantes que espantarían a Don Juan Manuel de su casa, la ciudad y el país sino el silencio y el vacío que dejó su amada Ángela. En cada lugar de la casa sentía su cálida presencia, en cada mueble y en cada objeto veía su figura y no podía evitar recrear esos felices instantes, esos amorosos momentos que compartió con ella. La sentía durmiendo a su lado en la alcoba, la veía absorta en la sala de música, la escuchaba conversando en el balcón, la olía perfumada en el jardín, la tocaba cuando servía una taza de café y este delirio sólo podía calmarla con el whiski que diluía la obsesión en intensidad, así que la oía más fuerte, la veía más claro y la sentía más cerca. Fue entonces cuando usted, Sebastián, preocupado por los malos hábitos que adquiría su padre, el abuso del alcohol y los linderos del delirio, le recomendó salir del país en un viaje de tranquilidad y descanso.

Sin contradecirlo Don Juan Manuel consintió en salir de nuevo en peregrinación por los lugares santos para recrear el tiempo gozoso que vivió al lado de su Angelita. Pero en lugar de sanación terminó por agravarse su obsesión. En Lourdes y en Fátima, donde alguna vez se apareció la Virgen a unos niños pastores, a Don Juan Manuel se le aparecía su niña Ángela. En el camino de Santiago ella era la peregrina que caminaba a su lado y en cuanta romería emprendió, ella o su fantasma, fue su compañera de viaje. Ese delirio quedó consignado en las apasionadas cartas que le enviaba su padre desde cada lugar que visitaba y que a usted le alegraba suponer que padecía una jovial locura. ( De paso le propongo que el día que decida compartir con el público ese singular colección de cartas, Cesar y Yo estaremos orgullosos de editarlas en etcétera etcétera). Cuando su padre regresó de Europa trajo consigo también a su compañera de viaje y su unión fue tan inseparable como en los tiempos dolorosos de postración. La rutina que entonces hacía con su esposa la siguió recorriendo con su fantasma: Se levantaba de la cama y salían a tomar el sol de la mañana en el balcón mirando al jardín para conversar sobre los viajes por el mundo siguiendo los rastros de Dios. Pasaban luego a la sala de música a tomar la media mañana, de allí al oratorio, luego al comedor, volvían a la alcoba para la siesta y a las cuatro de la tarde iban al jardín para tomar el algo con chocolate caliente y pandequesos.

La muerte de su padre fue registrada en los periódicos locales con solapada conmiseración. Especularon que la causa del deceso fue la inflamación cerebral, el ataque cardíaco, la epilesia, el delírium tremens, la sífilis y el suicidio. Se empecinaron en querer desenmascarar al pérfido hombre que nunca fue y hoy que esas absurdas mentiras se caen por su propio peso, su honorable modestia se eleva para vengar las injurias. Una mañana cuando charlaban y bromeaban en el balcón que mira al jardín, el fantasma de su Angelita, que se sentía tan ágil como el viento, lo invitó a jugar a perseguirla por el cielo y el confiado y candoroso Juan Manuel, animado por unos tragos de whisky, la siguió flotando en el aire, cayó y murió tendido en el jardín. La noticia lapidaria que circuló entre los parroquianos de aquel Medellín decía que sus últimas palabras fueron: "¡Que Dios ayude a mi pobre alma!".

¿Que por qué se habrá de concluir que estos hechos explican en consecuencia la muerte de Jonás? Porque si un alma cultivada en los oficios divinos no pudo soportar la devastadora presión de la envidia y la maledicencia, si la voluntad de un hombre curtido en la contrariedad se doblega a los ángeles y cede a la muerte por amor, ¿Qué no habría de sucederle a un pobre inocente que desconoce la fe en Dios y aun no sabe de la fuerza del amor? Porque si con el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no harán?