30 de marzo de 2012

El Informe



No teniendo ningún otro motivo fuera del de obtener el bien público de mi país.






Si presumimos de viejos mosqueteros, que hace poco más de un año pactamos en Versalles estas crónicas de los ochenta, seríamos poco menos que tres don nadies sin nuestro D'artagnan. En aquellos años éramos cuatro jóvenes entusiastas que prometíamos ser "uno para todos y todos para uno". Mientras nosotros fanfarroneábamos de Voltaire, Casanova y Yosinmás, Marcos cumplía el simple papel de sí mismo y con su auténtica honradez y obstinación por la verdad se convirtió en un héroe, pagando el consecuente precio con su sangre. Por la urgencia de referir esta historia decidimos aplazar el final del relato de Casanova Moreno para escribir, a tres manos, la historia de Marcos Espinel. Con el apoyo documental de archivos y manuscritos que consultamos,  de testimonios y confesiones que recogimos y de recuerdos episódicos que nos dejó su trato personal, pretendemos recrear los últimos días de su vida y completar así esta pentalogía de aquellos años apasionantes


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El suplemento Científico, anexo a los principales periódicos del país, publicó en agosto de 198* el artículo que aquí transcribimos y comentamos. Informa sobre la investigación que adelantaba un equipo de científicos de la Universidad de Antioquia que prometía importantes descubrimientos para el desarrollo y la calidad de vida de los colombianos. El asunto causó conmoción no solo en los círculos académicos sino que, por sus implicaciones de salud pública, involucro los planos político, económico y social del país.


Algunos artículos publicados con posterioridad intentaron corregir o atenuar delicadas revelaciones, pero ya se había desatado una opinión desfavorable que tendía obstáculos a la investigación. Este texto, pese algunas mutilaciones, expresa valiosas observaciones. Los ejemplares destinados a los archivos desaparecieron misteriosamente. Por discreción me veo en la necesidad de mantener en reserva el nombre de su responsable.

"La Universidad de Antioquia ratifica el liderazgo en la investigación en Colombia. Esta vez un selecto grupo de profesores y estudiantes nos sorprende con un descubrimiento que significará una verdadera revolución. De alcanzarse los loables objetivos de este proyecto estos científicos serán considerados como próceres de una nueva sociedad.

"Por cosas del azar, que es fama participa modestamente de inventos y descubrimientos, un grupo de investigadores del Área de la Salud, parece haber dado con la explicación de un problema que siempre estuvo asociado a los estudios del Área Social y Humana. Como esto amplia el campo de investigación, otros grupos que encuentran materia de interés allí, se han sumado al proyecto; proponen la creación de un Centro de Investigación Especializado y solicitan al Comité para el Desarrollo de la Investigación, CODI, mayores recursos a través del Fondo de Innovación.

"‘Históricamente los males que han aquejado a la humanidad han sido más terribles en tanto mayor fue su desconocimiento. Las devastadoras pestes que hasta finales del siglo XIX causaban miles de víctimas, hoy gracias a la ciencia se reducen a epidemias plenamente controlables: a las muertes antes llamada de repente hoy se discriminan bien sus causas y se tratan a la luz de la medicina procurando más años de vida para el hombre. Pero a lo largo del tiempo hemos convivido con ciertas enfermedades que por hacerse habituales se dejaron de estimar como un problema y ahora se aceptan con naturalidad; lo que se ha dado en llamar la especialización de las ciencias, solo ha hecho reducir los elementos de estudio para dejar de abordar con plenitud una materia. Así ocurrió con la idiocia, que en tiempos antiguos fue considerada un castigo divino, en el siglo XVIII pasó a llamarse oligofrenia y se entregó al castigo de la psiquiatría. De lo que hasta el momento no se habían percatado los psicólogos es que muchos de los problemas de su especialidad son versiones ordinarias del viejo y conocido mal de la idiotez.

"La identificación de la falsa inocencia de este mal, cuya peligrosidad aumenta por la sutileza de su manifestación, abrió el camino para que los investigadores hicieran la valiosa revelación de que la desdeñada idiotez tiene junto a la pulcra y habitual estupidez una misma causa identificada con un virus. El grupo de inmunovirología, descubridores del patógeno microorganismo, han dado en bautizarlo como mente catus.

"Ya que el descubrimiento convierte la estupidez en un caso epidemiológico, que pronto se transformará en un problema de Salud Pública, los grupos de investigación hacen ya sus aportes. Gracias al de Patogénesis de las Inmunodeficiencias se tiene ya un diagnostico que, aunque insuficiente, permitirá tomar algunas medidas preventivas. Existe la posibilidad de que en algunos años de ardua investigación se pueda encontrar la vacuna, que si no logra remediar todo el mal al menos reduzca el riesgo a que se exponen las generaciones futuras.’

"Curiosamente ha sido en las últimas décadas cuando el mente catus se propagó vertiginosamente. Es paradójico como el progreso con sus fantásticas tecnologías ha facilitado su transmisión: Antes un pequeño pueblo indiferente a los avances modernos corría menos riesgos de contraer el virus y ahora no hay lugar que no sea vulnerable. Sin duda[1]..........es un excelente agente de propagación, su especial modo de incubar el mente catus ha sido de particular interés para los epidemiólogos. Se estima que una hora de cine americano, o media hora de telenovela mejicana, o más de quince minutos de noticieros nacionales, exponen desprevenidamente a por lo menos veinte millones de personas que aumentan en cuatro puntos la imbecilidad. Hay gran preocupación por el aumento de estos índices a medida que las tecnologías se hacen mas ágiles y novedosas.’

"El estudio de vulnerabilidad que clasificó la población ha discriminado varios tipos de virus según la clase social, la profesión, el género, la formación, el oficio, las aficiones, la edad, etc. Se sabe, por ejemplo, que el virus que antes atacaba al muchacho a partir de los dieciocho años hoy lo hace estúpido a los once o doce. El estudio además señala aspectos que favorecen el virus como el dinero en exceso, los cargos inútiles, los oficios especulativos, la politiquería, la formación militar y las aficiones en masa. Pero agrega igualmente algunas recomendaciones: dar el dinero a los pobres, ejercer actividades artesanales y leer libros inútiles.

"Pero tal vez lo mas relevante de la investigación, sea la descripción del modo de operar del ...."

[1] Aparece tachado en el ejemplar en que transcribimos

El informe se suspende aquí porque manos criminales eliminaron la página que le daba continuación. Agregaremos alguna información confidencial, adquirida de personas implicadas al proyecto y que con la debida cautela revelamos, que acaso permita deducir por qué los investigadores pagaron el precio de revelar semejante verdad.

El estudio señala los focos de contagio, más nocivos por la facilidad con que propaga el virus y la gran densidad de población afectada. Dice que la estupidez mas barbara es la del poder, que desde el foco de la política se difunde con mayor contundencia; hay que ver como este mal hace que un pelafustán, a fuerza de cinismo, llegue a disponer como propio del bien público y lo dilapide cuando al fin reconoce que le es ajeno. Pero el virus de los estereotipos es el que mas se propaga por la eficiente incidencia que tiene desde el foco comercial; cuenta con gran aceptación por su gran atractivo y porque promete a la víctima paraísos artificiales. El estudio habla de otros focos, no deja de aludir a los idiotas útiles, los estúpidos por méritos, los expertos en imbecilidad, etc.


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Aunque nos neguemos a creerlo las empresas humanistas tienen enemigos. Desde que la ciencia tomó cartas en los problemas del país han sido muchos los investigadores a quienes se les ha cobrado cara la intromisión. Entre 1987 y 1988, en sólo cinco meses, fueron asesinados tres importantes investigadores de este proyecto, sin contar los que adelantaban acciones paralelas en la misma dirección. El nombre de Marcos no aparece en ninguna lista, es una sombra entre las sombras, por eso esperamos que este relato logré, al menos mientras se lea, resucitar a nuestro amigo del silencio y que La Palabra sea el lugar de sus apariciones.

23 de marzo de 2012

El Club del Fénix



“sólo tiene que coger la campanilla y hacer ti­lín-tilín”
Eca de Queiroz (El Mandarin)







Por aquel entonces yo no lograba una posición laboral que me procurara estabilidad económica y en consecuencia tampoco tuve serenidad emocional. Había alcanzado a graduarme sin honores aunque en comparativa ventaja de talento frente a mis colegas, pero las oportunidades de empleo no me favorecían. Trabajaba de profesor supernumerario en universidades de garaje y apenas recogía sobras de un salario. Papá solía darme la mano a escondidas de mi madre, quien en represalia a mis blasfemias me había echado de la casa y me negaba hasta la herencia. Convivía con Olga que se comportaba conmigo como una reina y yo hecho un zángano cumplía el papel de macho complaciente y a veces le servía de cocinero. Pero esta situación me incomodaba y aquel vulgar papel me dejaba insatisfecho. Renegaba de mi estéril profesión y me compadecía por ser un inepto profesor que no sabía más que enseñar cosas inútiles sin tener idea de cómo lograr una vida confortable. Yo, que me creía todo un talento desaprovechado, maldecía ser tratado como un peón negro fuera de juego, estaba harto de dar la razón al imbécil, mamado de ser sumiso, irritado de hablar pasito, aburrido de volar bajito. ¡A la mierda todo eso! Yo quería tocar el cielo, deseaba sentirme un dios omnímodo, atendido por ángeles que me sirvieran insólitos manjares y me dieran de beber promiscuos cócteles en copas de cristal. Esta turbación de espíritu se intensificó con la reaparición de Eduardo, y me sentí tentado por el diablo. 


Por la noche me acosté a dormir con rabia y sin probar bocado. Sin duda la debilidad, alimentada por la envidia y el rencor, con la oscuridad por telón de fondo, provocó que a mi fácil imaginación se le ocurriera buscar la redención de mis miserias acudiendo al Hotel Fénix. Este era la versión local del Ceaser Palace, un teatro del lujo y el derroche para recrear los placeres romanos. Visitarlo era tan trascendental para la gente que buscaba reconocimiento como para un musulmán peregrinar a La Meca a dar vueltas a la Kaaba y ganar el cielo. Al Fénix solía ir la gente linda, los empresarios, los políticos, el alto clero, los periodistas, y después se sumaron los comerciantes, los deportistas, los nuevos ricos... Todo el que se sintiera de clase y pudiera demostrarlo con liberalidad, con la ventaja de no tener qué justificar sus rentas. Bastaba haber estado una vez en el Hotel Fénix para congraciarse automáticamente con la élite de la ciudad y pasar a gozar del favor social. No era necesario ser invitado por nadie, sólo bastaba tener el dinero suficiente para cubrir la onerosa cuenta y divulgarlo. Ya incluso se había levantado una leyenda sobre cierto secreto que debía guardar todo aquel que se hospedara allí. Quienes conocían el secreto hacían parte de un club y el vulgo inaccesible solo podía hacer chistes callejeros y adivinanzas de cantina. Yo que no me dejaba impresionar fácilmente pensaba que la gente propendía al misterio y que el secreto era tan baladí como el latón que esta hecha una medalla. Al otro día desperté decidido a visitar el Hotel Fénix, considerando que si bien no representaría para mí un mérito social, desconocerlo era una falta de curiosidad y si bien nunca me había esforzado por conseguir dinero, mi natural talento bien merecía unas buenas atenciones. Mi padre reconoció que tenía méritos pero no aprobaba mi curiosidad y tuve que hacer un crédito en el banco para financiar ese gustico.

Seguí el protocolo de llegar en limusina y la alquilé sólo para que me dejara frente al hotel; pero nadie me recibió al bajar. Me desconcertó la falta de cortesía después de semejante gasto. Estuve a punto de desertar temiendo ser rechazado por negro o por que notaran mi impostura, pero en Medellín cualquiera se hacía rico y me sentí digno de caminar por el largo tapete rojo hasta la ancha puerta. Apenas llegué al umbral la puerta abrió automáticamente las dos alas. Pasé por un corredor medio iluminado donde colgaban velos al modo de las escenografías de Fellini. Antes que admiración me dio risa la extravagancia y yo mismo me sentí ridículo. Entré por otra puerta a un vaporoso salón cuyos espejos confundían más el color de las luces, la precisión  de los sonidos y el origen de los rumores. El dispositivo de vapores intensificó una variedad de perfumes que me hicieron sentir en los campos elíseos, en los jardines del paraíso, en los nirvanas orientales. Aquel lugar era fantástico, exótico, de ensueño y por un momento no me importó que la sugestiva y artificial atmósfera engañara mis sentidos. Una bailarina brotó del aire y me tomó de la mano para conducirme hasta una mesa, donde me indicó sentarme en un sillón. Me sentí un poco miserable al ver que sobraba el sillón de mi acompañante y que la mesa estaba dispuesta para dos, pero me senté con tal comodidad que me creí todo un rey al que le sobra la compañía y los consejos. De un salto la bailarina se perdió dejándome solo y quedé mirando para todos lados intentando ubicarme. Sabía que estaba en un gran salón y sentía que era muy concurrido, pero cada mesa era exclusiva y privada. 


La mesa con mantel, de un blanco impecable, tenía por decoración un centro de flores. Los cubiertos estaban colocados según el protocolo, por supuesto el cuchillo con el filo mirando al plato. Las brillantes copas enfrente del plato, ordenadas de izquierda a derecha la copa del agua, la copa de vino tinto, la copa de champagne y la copa de vino blanco. Se me hizo sospechoso el maniático orden, hasta la forma de triángulo de la servilleta sobre el plato. Pero lo más inquietante en la disposición de la mesa era la campanilla de cristal, al lado del cuchillo. Era obvio que tenía como finalidad llamar para recibir atención y que la decisión estaba en mis manos. Consideré el significado casi sagrado del objeto y la responsabilidad del acto. Vacilé. Quise volver sobre mis pasos y cancelar el envanecido propósito, porque si no tocaba la campanilla nada me obligaba. Pero me sentía tan confortable, tan plácido, tan digno, que luego de acariciar la campanilla por largo rato, mi deseo se intensificó y cedí a la tentación. El tilín-tilín dio comienzo a la función y de inmediato aparecieron tres etéreas bailarinas para atenderme. Digo etéreas porque sus cuerpos al danzar, envueltos en los vestidos de seda traslúcida, imitaban a las garzas, a las hadas o a las Tres Gracias. Pero las imitaban de forma lasciva y no sublime, porque su piel no era de nívea pureza sino de roja carnalidad. Por sus movimientos de atrevida sensualidad, de maliciosa sonrisa, de picaresca mirada representaban diablesas que rondaban su víctima. Yo creí estar ya en los infiernos porque mi cuerpo ardía de fascinación y sudaba como un penitente, pero fingí indiferencia y asumí la pose de quien sabe apreciar la danza y el teatro. Ellas percibieron un rubor que se me subía al rostro y adivinando en mis ojos un gesto sutil de aprobación, consideraron que era el momento para dar inicio a sus tentativas. y siguiendo el guión de la escena, la primera gracia me coronó con una rama de laurel, la segunda me entregó tres rosas y la tercera me estampó sus labios en la mejilla. Acto seguido me cantaron a coro un:  "Bienvenido al Hotel Fénix" y como en un truco de magia desaparecieron con el humo. 





16 de marzo de 2012

Balance posicional








Si el universo es una trama de destinos que se cruzan para tejer la historia, en la urdimbre de mi vida el hado habría de maquinar el reencuentro con un cabo suelto del pasado. El momento y el lugar no podrían ser más inoportunos: Andaba desempleado y de compras en el Éxito. Acababa de pasar por la caja registradora unas cuantas cosas que para colmo de la escasez sobrepasaron mi disponibilidad de efectivo. Me vi en la penosa tarea de hacer devolución. La cajera explicó la necesidad de llamar a coordinación para formalizar la cancelación de la cuenta y repetir el registro. Detrás de mi seguía otro cliente y me incomodó hacerlo esperar. De soslayo noté que el hombre sonrió, pero no advertí si por simpatía o conmiseración. A pesar de la barba y unas pocas canas, el rostro me resultaba familiar. Fue cuando lo miré bien a los ojos y, por esa imagen profunda que llega a ser indeleble para quienes se trataron con afecto, pude reconocer a Eduardo. Una extraña sensación de asombro y gozo atravesó mi cuerpo. No se si pronuncié su nombre con una voz apagada o si pensé su nombre con un grito. Su presencia me dejó aturdido, como cuando Cristo llamó a Lázaro que dormía tranquilo en la tumba. Lo miré como a un ser extraño y trataba de ajustar la imagen del recuerdo a la transfigurada presencia. Descifré los rasgos indelebles porque definitivamente su cuerpo atlético habían cambiado sustancialmente, aumentó en no menos de veinte kilos. Una rubicunda barba y una amplia sonrisa le daban esa expresión generosa de un rey de baraja, yo a su lado apenas era un caballo de bastos. 

- ¡Eduardo!- repetí para desatrancar la voz y le alargué la mano con mucha formalidad.
Él en cambio dijo- ¡Querido Henry! - y se dejó venir con un efusivo abrazo. – Por fin te veo después de tantos años- agregó afable dándome palmadas en la espalda

La coordinadora observó la escena de encuentro y esperó a que terminara el abrazo para pedirme que eligiera los productos. Devolví más de la cuenta por si veía la urgencia de huir rápido en taxi. Eduardo supuso que había olvidado la tarjeta y me ofreció ayuda. Más que su generosidad me incomodaba que Eduardo dedujera mi situación doméstica viendo pasar los productos de la exigua compra. Supuse que a través del tipo de queso, la marca del café, la clase de salchichas, la cantidad de arroz y el precio de la salsa de tomate, deduciría mi situación económica, mi estado de salud, incluso mi cultura y mis placeres. Pagué con billetes de baja denominación y azorado por tal situación ni se me ocurrió darle una moneda al empacador. Eduardo me obligó a esperarlo y a soportar cómo se reflejaba su exquisito estilo de vida viendo pasar el salmón, el aceite de oliva, las aceitunas, los langostinos, el mozzarella, los champiñones, la pasta de tomate... No permitió que el empacador cargara sus bolsas y lo recompensó con una propina en billete de dos mil pesos.


La siguiente situación incómoda era tener que tomar taxi. Esta sí era la prueba fehaciente de mi fatalidad de perdedor. Ni un renolcito siquiera para justificar el intento. Pero antes que se develara mi situación, a Eduardo se le ocurrió la ingeniosa pregunta: ¿Dónde tienes tu carro? Pero punto seguido, y como estaba acostumbrado a mandar, me dijo que lo dejara ahí y me fuera con él en su auto. Sin duda teníamos mucho de qué hablar y era un deber ineludible atender esta antigua amistad.


El Corvette se movía con dinamismo por las calles. De pronto me invadió un sentimiento de inquietud por la fugacidad de la vida, por la rapidez con que habían pasado los años de juventud. Qué poco tiempo hacía que nos habíamos graduado de bachilleres y henos aquí al borde del espacio y lejos de las circunstancias. Pensé que el momento merecía un balance de pérdidas y ganancias pero, torpe de mí, pensé que frente a Eduardo me obligaba un inventario de logros y de bienes. Si me juzgara sólo así yo era un decidido perdedor. También pasó por mi mente la lista de lances amorosos y se me ocurrió pensar que acaso mi auténtico y esencial duelo había sido competir con Eduardo en materia de seducción, y que las mujeres no eran más que una ocasión para probar al ganador. Y acaso mirando en profundo, aunque parezca brutal, consideraba que mi vida amorosa en el fondo sólo quería vengar el rapto de Vanessa. Pero todo era una nube de confusión en mis pensamientos. Acepté ir con Eduardo a tomar un café porque la curiosidad me alentaba a verificar si él se había esforzado por ganar el título de triunfador, porque para mí su atractiva presencia y su abundante riqueza no eran más que una herencia sin mérito propio. Por más excusa de quienes dicen que lo que se hereda no se hurta.


Debo confesar que Eduardo siempre representó una sombra en mi imaginación erótica. Cuando me lo figuraba imperando en su empresa, ostentando la fama de hábil desatador de corpiños, haciendo de sus empleadas un jardín a desflorar, yo a duras penas perseguiría una secretaria, de archivo en archivo, seduciéndola con frases entrecortadas y pidiendole perdón por haberme comportado mal. Cuando soñaba acercarme en vuelo a una mujer como un pájaro en busca de su jaula, Eduardo ya la amaestraba y daba un espectáculo privado con trucos elementales a la orden de un látigo de seda. Si yo cansado de cortejos convenía mejor en alojar en el pensamiento a una dama cualquiera, Eduardo hacía importar de U.S.A. una colección de plastisex en modelos especiales para tenerlas a su disposición cuando se sintiera fastidiado de sus chicas. Si así lo imaginaba en sus tiempos de juventud como no pensar que la vida de Eduardo seguía siendo atractiva y llena de esa alegre irresponsabilidad de adolescente, que ahora tomaba el aspecto de un pícaro y lascivo sátiro. 



Nos detuvimos en un bar de la avenida Nutibara. Estaba tan admirado de su cordialidad que inevitablemente rememoré nuestra fraternidad de antaño. Para corresponder a su confianza me atreví a hacer una chanza a su "sobre barriga".
-Te burlas porque conservas esa esbelta figura - se defendió- No niego, hermano, que sea una señal de decadencia. 
-A menos que sea una muestra de rebosante salud- condescendí.
-Siempre tan cortés.
-Moreno Cortés, Enrique -dije en tono de llamado a lista de clase. Y Eduardo tras una sonrisa cómplice, añadió: White Franco, Luis Eduardo.

No caímos sin embargo en la nostalgia del colegio, ni en evocar compañeros ni profesores, ni siquiera para repasar nuestras anécdotas estudiantiles. Aunque nunca me interesé por sus asuntos familiares comenzó por referir la muerte de su padre y el consecuente descalabro de la Empresa White & White. Ese hecho al parecer marcó un punto de quiebre, el derrumbe del ídolo, de Dios y de la autoridad, con el que justificaba la vida disipada que pasó a contar.


Tu sabías bien, Henry, cuánto anhelaba salir del país. Antes que por complacer a mi padre de estudiar en la universidad yo buscaba aventuras para satisfacer mis inquietudes juveniles. Estimé que esta ciudad era pequeña y necesitaba un espacio mayor para mis hazañas. Llegué a Nueva York, único lugar que me despertaba interés y retaba mi inteligencia. En la capital del mundo, emblema del imperio, de lo sofisticado, de lo absoluto, de lo complejo, de lo ruidoso, de la vanguardia ideológica y artística, de lo sensual y lo profano, me sentí como un niño que visita por primera vez el zoológico. Pero yo quería saltar la cerca para tocar las criaturas exóticas, así corriera el riesgo de enfrentar las fieras. Donde hay juego, hay mujeres, hay amores y hay disputa. Yo que aun era joven para desafiar a un caballero por el honor de una dama, evite el enredo y preferí irme a Italia. Las florentinas se me ajustaban como anillo al dedo, ellas impúdicas y caprichosas, yo, atrevido y crápula. En cambio las romanas se me ajustaban como el ojete al palo en el juego de balero. Ah Italia licenciosa: renacimiento de mi perverso satiricón y mi divertido decamerón. Una noche de jolgorio, que terminó en zafarrancho, logré esquivar el cuchillo de un celoso siciliano y debí escapar a España. Tanto era mi desespero por conocer alguna Lola que salí a buscarla por las calles de Madrid y me estafó con un paquete entre las zancas. Entré en pánico y huí a París en busca de una auténtica femelle. Esta ciudad si es un vergel del amor, allí debatí mi pasión entre modelos altivas y actrices soberbias. Yo era un amante latino que jugaba a imitar al inescrupuloso Don Juan y al sensual Casanova. Pero llegué a creerme más atrevido que los dos juntos porque atribuía a mi sangre la propensión a los lances y la espontaneidad en los engaños. Por conquistar cualquier mujer me burlé de la virtud, hice engaño a la justicia y profané lo más santo. Aquel vértigo sólo vino a detenerse cuando consumí toda mi herencia.


Y como para cerrar el círculo del cabo al rabo, concluyó: "Recuerdas que por parodiar al romántico Novalis acuñé aquella frase, que pretendía sabia y graciosa, para definir a las mujeres como "unos seres del reino animal, con atributos de flor y de fruta y ligera inclinación a las piedras preciosas". Pues ese fue mi eslogan de juventud y al final tuve que pagar las consecuencias de mi vanidad.