27 de mayo de 2011

El brujo



"no podríamos hacer nada que no fuera mágico"
G. Meyrink (El cardenal Napellus)




La oscuridad es profunda, siento que el cuarto es extenso porque escucho venir de lo lejos unos pasos que pronto llegan hasta mi cama. Acostado boca arriba veo un resplandor en la figura del hermano Fernando que erguido, con los ojos levantados, sostiene en ambas manos un libro cerrado con siete sellos. Vuelve su rostro hacia mí. Me mira con ojos fríos y dice: “¿Quién es digno de abrir el Libro y soltar su sello?”. Yo me quedo paralizado sin comprender sus palabras; el continúa hablando en tono menos riguroso: “He sabido por tu padre que deseas escribir un libro. ¡Insolente! Antes deberás cumplir la edad que tuvo Adán al nacer y devorar por entero este libro. Empieza ahora mismo porque aunque lo encuentres dulce a la boca te amargará las entrañas”.

El anciano rompe el sello y lo arroja en mi cara. Siento manar sangre por boca y nariz y mis ojos se inundan de lágrimas. Oigo que se retira y al instante distingo otra figura ocupando su lugar. Su presencia es grata. Reconozco a mi padre. Supuse que el hermano Fernando conocía el secreto de conjurar los fantasmas de los muertos de que habla el Libro Rojo Minio; gesticulando los dedos obedecían a toda clase de propósitos. Mi padre arranca hojas del libro y las pone en mi boca. Hablando con torpeza dice que escribir es grabar algo en la memoria de la eternidad. Sonrío, pero me doy cuenta que sus manos son torpes y pesadas. Me esfuerzo por limpiar la sangre y las lágrimas del rostro, y empiezo a sentir el dolor en las entrañas. Logro ver con horror que el rostro de mi padre se vuelve piedra. En la frente se tatúa una palabra; intento articularla pero antes una voz venida de lejos la pronuncia y al instante desaparecen las letras y la figura. Oigo otra voz que pronuncia “Judas”, que se repite y repite mientras voy cayendo en círculos a un pozo. Estiro mi brazo hacia arriba intentando alcanzar un punto de luz de donde espero venga mi salvación. Escucho ahora mi nombre y la luz se agranda cayéndome encima como una luna llena. Es la voz de mi tío. Todo se hace claridad.

Al abrir los ojos el resplandor de la mañana me cegó por un momento. En la puerta mi tío seguía llamándome con apremio para asistir a una entrevista de trabajo. Ese día fue hermoso; aunque la ciudad me consternó con su veloz multitud.

La entrevista fue amena y cordial con el secretario de Pastoral Social de la curia arquidiocesana, un sacerdote joven que me recibió con entusiasmo. Luego de indagar por la moral de mi familia y mis intereses, me prometió el empleo de mensajero que comenzaría una vez pusiera en orden ciertas formalidades laborales.

En la tarde me fui al Radio City para ver "El bueno el malo y el feo" en función doble con "El Maestro Borrachón". Si papá hubiera visto estas películas hubiera dicho que también el universo del cine se expandía a ritmo vertiginoso, pero eso sucedía sólo en las ciudades porque en mi pueblo, por el contrario, se encogía el universo. En el Aranzazu se repetían las funciones de vulgares pistoleros mejicanos y en Medellín hacía rato se disfrutaba del modo como los italianos hicieron de las balaceras un arte estilizado cual ópera de Wagner. Ni se diga como las películas de Jackie Chan habían hecho evolucionar las películas de Kung fu que Bruce Lee había degradado con argumentos insulsos y monótonos combates. Las películas asiáticas de Jackie Chan tenían narraciones dramáticas que combinaban coreografías de luchas audaces con acrobacias inspiradas en la Ópera de Pekín y payasadas a lo Buster Keaton.

Lo realmente mágico fue ver que desde el orificio de luz que se tendía en la pantalla, en una misma tarde sentado en la butaca del teatro, se multiplicaron las sensaciones que a un adolescente da el cine de pistolas y patadas: Por un solo boleto dos películas, tres figuras de pistolero, como diferentes modos de instrumento de viento, disputando por cuatro dólares más, cinco puños de kung fu, serpiente mantis tigre mono y panda, siete patadas del dragón y ocho dioses borrachos. Esa tarde al salir del teatro me sentía volar como una grulla.


13 de mayo de 2011

De faunos y ciudad






Antes de contar lo que sucedió en las tres noches que pasé en este convento, le adelantaré unos datos sobre mi vida para la mejor comprensión de los hechos. Mi padre tras probar el fracaso en varias profesiones recibió una gran herencia y decidió dar un cambio a su vida de tertulias y bohemias en Medellín: se casó, huyó de la ciudad y se refugió en una finca de las colinas de Chaparral en La Ceja. Mi hermana y yo crecimos allí sin ninguna preocupación, ni siquiera la del estudio pues mi padre consideraba que la escuela daba más penas que alegrías. Todo el año lo pasábamos como en vacaciones. Mi madre, que desconfiaba que con aquel ritmo de vida durara mucho nuestra fortuna, se ocupó de enseñarnos lo indispensable para suplir la formación escolar. Vivía también con nosotros una abuela que ayudó en nuestra crianza y recuerdo que de niños, siempre en la noche, nos contaba cuentos de espanto para obligarnos a ir a la cama. Los campos fríos y solitarios hicieron de mí un joven imaginativo y propenso a la melancolía que encontraba en los libros disipación para la soledad.

Mi padre decía que al fin había dado con su oficio: leer. Y lo acometió con obsesión, en solitario y sin reposo. Obtenía los libros a como diera lugar, como solían ser títulos nada comunes para las editoriales nacionales hacía el pago necesaria para traerlos de donde estuvieran. Cuando aquellos libros se fueron convirtiendo en una considerable biblioteca, que terminaría siendo nuestra perdición económica, se propuso organizarla de un modo peculiar:

Animado por la teoría de la expansión del universo quiso demostrar que las ficciones literarias también se expandían a lo largo de la historia de la literatura. Su Big Bang era la obra de Homero. Estableció la hipótesis de que la diversa multiplicidad de obras de la literatura universal derivaban todas de los relatos de Homero y se propuso descubrir las leyes, la estructura y el sistema como se organizaba y se expandía ese universo del verbo. Se fundamentó en la teoría cuántica y la teoría de la información para condensar su objetivo en un criptograma. En sus últimos días, antes de que un aneurisma fulminante lo matara, se paseaba por la casa con una sonrisa de satisfacción, cual feliz poseedor de la clave secreta. Con el despilfarro de libros quedamos al borde de la ruina. Mi madre se negó a vender un sólo libro y guardó en una urna de cristal el libro de notas en que su esposo agotó toda una vida (1). Tenía yo dieciséis años y en mis hombros recayó la responsabilidad de sostener la familia.

Vine a Medellín porque un tío cura, hermano de mi madre, me ayudaría a conseguir empleo. Ese día atardecía con aguacero torrencial. Me recibió un joven religioso con hábito carmelita. En el interior del convento la lluvia sobre el jardín tenía la misma magnificencia que en las montañas; el rumor del agua en los arbustos y el ruido de grillos en la espesura me recordaban las noches de la finca y los cuentos de la abuela e imaginé que bajo aquellas hojas también acechaban duendes y brujas. No me sentía extraño, el misterio de aquel caserón y lo que alcanzaba a divisar del templo eran tan inquietantes como mi casa finca y los altos bosques de cipreses. Seguí al religioso al segundo piso hasta el fondo de un corredor donde me dejó frente a la puerta de la que sería mi alcoba. Me recomendó descansar hasta cuando volviera mi tío de una reunión con el obispo.

No era muy optimista en lo del empleo. Yo era un muchacho que aparte de leer libros de ficción sólo sabía trepar árboles, saltar charcos, arriar vacas y otras cosas inútiles en la ciudad. Pero ese problema se lo dejaba a mi tío que se lo había prometido a mi madre y confiaba que podría resolverlo pues sabía por mi padre que el gobierno y la iglesia eran una máquina de haraganes a sueldo. Yo ya tenía planes para disfrutar en la ciudad lo que escasamente conseguía en mi pueblo: cine. Nuestra madre nos llevaba con regularidad al teatro Aranzazu, donde las películas variaban entre chinas y mejicanas: de El boxeador chino a El Santo, de Bruce Lee a Capulina y el resto de proyecciones con las cien películas de Antonio Aguilar y la docena que llevaba hasta entonces Vicente Fernández. De vez en cuando se variaban las patadas por las cómicas peleas de Terence Hill y Bud Spencer y las balaceras por las estilizadas maneras de Django y Ringo. Pero en Medellín la oferta era infinita y en una misma cuadra se podía encontrar hasta siete teatros. Con decir que un teatro era exclusivo de un género o de un actor, por ejemplo el teatro Avenida era de Charles Bronson y el teatro Odeón de James Bond. Yo llevaba entre mis cosas la página de El Colombiano con la cartelera de películas y a partir del día siguiente comenzaría a hundirme en la ensoñación del cine.

El pesado viaje me hizo dormir profundamente. Sin duda debí soñar que asistía a una película Hollywoodense de estreno en el Cid o de reestreno en el Ópera, estaría en función continua en el Lux o en el Dux, en cine de autor en el Libia o viendo Emmanuelle con Sylvia Kristel en el Lido. Cuando desperté ya era de noche. Escuché pasos en el corredor y encendí la luz del cuarto porque creí que se detendrían frente a mi puerta. Los golpes sobre el piso de madera eran sonoros y rápidos, un golpe acompasado se marcaba con firmeza. Al llegar el sonido a mi puerta no se detuvo y oí cómo pasaba de largo. Me animé curioso y abrí la puerta pero afuera estaba oscuro y me asombró que alguien pudiera caminar por allí con tanta decisión. El rumor de la lluvia era insistente y tronaba; el resplandor de un rayo dejó ver una alta figura, sus pasos se perdieron en el fondo del corredor. Un instante después llegó mi tío.


(1) El señor Monsalve está dispuesto a entregarnos algunos apartes del libro de notas de su padre para que los publiquemos en este blog como evidencia de sus descubrimientos del Universo Literario en Expansión.