Si el universo es una trama de destinos que se cruzan para tejer la historia, en la urdimbre de mi vida el hado habría de maquinar el reencuentro con un cabo suelto del pasado. El momento y el lugar no podrían ser más inoportunos: Andaba desempleado y de compras en el Éxito. Acababa de pasar por la caja registradora unas cuantas cosas que para colmo de la escasez sobrepasaron mi disponibilidad de efectivo. Me vi en la penosa tarea de hacer devolución. La cajera explicó la necesidad de llamar a coordinación para formalizar la cancelación de la cuenta y repetir el registro. Detrás de mi seguía otro cliente y me incomodó hacerlo esperar. De soslayo noté que el hombre sonrió, pero no advertí si por simpatía o conmiseración. A pesar de la barba y unas pocas canas, el rostro me resultaba familiar. Fue cuando lo miré bien a los ojos y, por esa imagen profunda que llega a ser indeleble para quienes se trataron con afecto, pude reconocer a Eduardo. Una extraña sensación de asombro y gozo atravesó mi cuerpo. No se si pronuncié su nombre con una voz apagada o si pensé su nombre con un grito. Su presencia me dejó aturdido, como cuando Cristo llamó a Lázaro que dormía tranquilo en la tumba. Lo miré como a un ser extraño y trataba de ajustar la imagen del recuerdo a la transfigurada presencia. Descifré los rasgos indelebles porque definitivamente su cuerpo atlético habían cambiado sustancialmente, aumentó en no menos de veinte kilos. Una rubicunda barba y una amplia sonrisa le daban esa expresión generosa de un rey de baraja, yo a su lado apenas era un caballo de bastos.
- ¡Eduardo!- repetí para desatrancar la voz y le alargué la mano con mucha formalidad.
La coordinadora observó la escena de encuentro y esperó a que terminara el abrazo para pedirme que eligiera los productos. Devolví más de la cuenta por si veía la urgencia de huir rápido en taxi. Eduardo supuso que había olvidado la tarjeta y me ofreció ayuda. Más que su generosidad me incomodaba que Eduardo dedujera mi situación doméstica viendo pasar los productos de la exigua compra. Supuse que a través del tipo de queso, la marca del café, la clase de salchichas, la cantidad de arroz y el precio de la salsa de tomate, deduciría mi situación económica, mi estado de salud, incluso mi cultura y mis placeres. Pagué con billetes de baja denominación y azorado por tal situación ni se me ocurrió darle una moneda al empacador. Eduardo me obligó a esperarlo y a soportar cómo se reflejaba su exquisito estilo de vida viendo pasar el salmón, el aceite de oliva, las aceitunas, los langostinos, el mozzarella, los champiñones, la pasta de tomate... No permitió que el empacador cargara sus bolsas y lo recompensó con una propina en billete de dos mil pesos.
La siguiente situación incómoda era tener que tomar taxi. Esta sí era la prueba fehaciente de mi fatalidad de perdedor. Ni un renolcito siquiera para justificar el intento. Pero antes que se develara mi situación, a Eduardo se le ocurrió la ingeniosa pregunta: ¿Dónde tienes tu carro? Pero punto seguido, y como estaba acostumbrado a mandar, me dijo que lo dejara ahí y me fuera con él en su auto. Sin duda teníamos mucho de qué hablar y era un deber ineludible atender esta antigua amistad.
El Corvette se movía con dinamismo por las calles. De pronto me invadió un sentimiento de inquietud por la fugacidad de la vida, por la rapidez con que habían pasado los años de juventud. Qué poco tiempo hacía que nos habíamos graduado de bachilleres y henos aquí al borde del espacio y lejos de las circunstancias. Pensé que el momento merecía un balance de pérdidas y ganancias pero, torpe de mí, pensé que frente a Eduardo me obligaba un inventario de logros y de bienes. Si me juzgara sólo así yo era un decidido perdedor. También pasó por mi mente la lista de lances amorosos y se me ocurrió pensar que acaso mi auténtico y esencial duelo había sido competir con Eduardo en materia de seducción, y que las mujeres no eran más que una ocasión para probar al ganador. Y acaso mirando en profundo, aunque parezca brutal, consideraba que mi vida amorosa en el fondo sólo quería vengar el rapto de Vanessa. Pero todo era una nube de confusión en mis pensamientos. Acepté ir con Eduardo a tomar un café porque la curiosidad me alentaba a verificar si él se había esforzado por ganar el título de triunfador, porque para mí su atractiva presencia y su abundante riqueza no eran más que una herencia sin mérito propio. Por más excusa de quienes dicen que lo que se hereda no se hurta.
Debo confesar que Eduardo siempre representó una sombra en mi imaginación erótica. Cuando me lo figuraba imperando en su empresa, ostentando la fama de hábil desatador de corpiños, haciendo de sus empleadas un jardín a desflorar, yo a duras penas perseguiría una secretaria, de archivo en archivo, seduciéndola con frases entrecortadas y pidiendole perdón por haberme comportado mal. Cuando soñaba acercarme en vuelo a una mujer como un pájaro en busca de su jaula, Eduardo ya la amaestraba y daba un espectáculo privado con trucos elementales a la orden de un látigo de seda. Si yo cansado de cortejos convenía mejor en alojar en el pensamiento a una dama cualquiera, Eduardo hacía importar de U.S.A. una colección de plastisex en modelos especiales para tenerlas a su disposición cuando se sintiera fastidiado de sus chicas. Si así lo imaginaba en sus tiempos de juventud como no pensar que la vida de Eduardo seguía siendo atractiva y llena de esa alegre irresponsabilidad de adolescente, que ahora tomaba el aspecto de un pícaro y lascivo sátiro.
Él en cambio dijo- ¡Querido Henry! - y se dejó venir con un efusivo abrazo. – Por fin te veo después de tantos años- agregó afable dándome palmadas en la espalda
La coordinadora observó la escena de encuentro y esperó a que terminara el abrazo para pedirme que eligiera los productos. Devolví más de la cuenta por si veía la urgencia de huir rápido en taxi. Eduardo supuso que había olvidado la tarjeta y me ofreció ayuda. Más que su generosidad me incomodaba que Eduardo dedujera mi situación doméstica viendo pasar los productos de la exigua compra. Supuse que a través del tipo de queso, la marca del café, la clase de salchichas, la cantidad de arroz y el precio de la salsa de tomate, deduciría mi situación económica, mi estado de salud, incluso mi cultura y mis placeres. Pagué con billetes de baja denominación y azorado por tal situación ni se me ocurrió darle una moneda al empacador. Eduardo me obligó a esperarlo y a soportar cómo se reflejaba su exquisito estilo de vida viendo pasar el salmón, el aceite de oliva, las aceitunas, los langostinos, el mozzarella, los champiñones, la pasta de tomate... No permitió que el empacador cargara sus bolsas y lo recompensó con una propina en billete de dos mil pesos.
La siguiente situación incómoda era tener que tomar taxi. Esta sí era la prueba fehaciente de mi fatalidad de perdedor. Ni un renolcito siquiera para justificar el intento. Pero antes que se develara mi situación, a Eduardo se le ocurrió la ingeniosa pregunta: ¿Dónde tienes tu carro? Pero punto seguido, y como estaba acostumbrado a mandar, me dijo que lo dejara ahí y me fuera con él en su auto. Sin duda teníamos mucho de qué hablar y era un deber ineludible atender esta antigua amistad.
El Corvette se movía con dinamismo por las calles. De pronto me invadió un sentimiento de inquietud por la fugacidad de la vida, por la rapidez con que habían pasado los años de juventud. Qué poco tiempo hacía que nos habíamos graduado de bachilleres y henos aquí al borde del espacio y lejos de las circunstancias. Pensé que el momento merecía un balance de pérdidas y ganancias pero, torpe de mí, pensé que frente a Eduardo me obligaba un inventario de logros y de bienes. Si me juzgara sólo así yo era un decidido perdedor. También pasó por mi mente la lista de lances amorosos y se me ocurrió pensar que acaso mi auténtico y esencial duelo había sido competir con Eduardo en materia de seducción, y que las mujeres no eran más que una ocasión para probar al ganador. Y acaso mirando en profundo, aunque parezca brutal, consideraba que mi vida amorosa en el fondo sólo quería vengar el rapto de Vanessa. Pero todo era una nube de confusión en mis pensamientos. Acepté ir con Eduardo a tomar un café porque la curiosidad me alentaba a verificar si él se había esforzado por ganar el título de triunfador, porque para mí su atractiva presencia y su abundante riqueza no eran más que una herencia sin mérito propio. Por más excusa de quienes dicen que lo que se hereda no se hurta.
Debo confesar que Eduardo siempre representó una sombra en mi imaginación erótica. Cuando me lo figuraba imperando en su empresa, ostentando la fama de hábil desatador de corpiños, haciendo de sus empleadas un jardín a desflorar, yo a duras penas perseguiría una secretaria, de archivo en archivo, seduciéndola con frases entrecortadas y pidiendole perdón por haberme comportado mal. Cuando soñaba acercarme en vuelo a una mujer como un pájaro en busca de su jaula, Eduardo ya la amaestraba y daba un espectáculo privado con trucos elementales a la orden de un látigo de seda. Si yo cansado de cortejos convenía mejor en alojar en el pensamiento a una dama cualquiera, Eduardo hacía importar de U.S.A. una colección de plastisex en modelos especiales para tenerlas a su disposición cuando se sintiera fastidiado de sus chicas. Si así lo imaginaba en sus tiempos de juventud como no pensar que la vida de Eduardo seguía siendo atractiva y llena de esa alegre irresponsabilidad de adolescente, que ahora tomaba el aspecto de un pícaro y lascivo sátiro.
Nos detuvimos en un bar de la avenida Nutibara. Estaba tan admirado de su cordialidad que inevitablemente rememoré nuestra fraternidad de antaño. Para corresponder a su confianza me atreví a hacer una chanza a su "sobre barriga".
-Te burlas porque conservas esa esbelta figura - se defendió- No niego, hermano, que sea una señal de decadencia.
-A menos que sea una muestra de rebosante salud- condescendí.
-Siempre tan cortés.
-Moreno Cortés, Enrique -dije en tono de llamado a lista de clase. Y Eduardo tras una sonrisa cómplice, añadió: White Franco, Luis Eduardo.
-A menos que sea una muestra de rebosante salud- condescendí.
-Siempre tan cortés.
-Moreno Cortés, Enrique -dije en tono de llamado a lista de clase. Y Eduardo tras una sonrisa cómplice, añadió: White Franco, Luis Eduardo.
No caímos sin embargo en la nostalgia del colegio, ni en evocar compañeros ni profesores, ni siquiera para repasar nuestras anécdotas estudiantiles. Aunque nunca me interesé por sus asuntos familiares comenzó por referir la muerte de su padre y el consecuente descalabro de la Empresa White & White. Ese hecho al parecer marcó un punto de quiebre, el derrumbe del ídolo, de Dios y de la autoridad, con el que justificaba la vida disipada que pasó a contar.
Tu sabías bien, Henry, cuánto anhelaba salir del país. Antes que por complacer a mi padre de estudiar en la universidad yo buscaba aventuras para satisfacer mis inquietudes juveniles. Estimé que esta ciudad era pequeña y necesitaba un espacio mayor para mis hazañas. Llegué a Nueva York, único lugar que me despertaba interés y retaba mi inteligencia. En la capital del mundo, emblema del imperio, de lo sofisticado, de lo absoluto, de lo complejo, de lo ruidoso, de la vanguardia ideológica y artística, de lo sensual y lo profano, me sentí como un niño que visita por primera vez el zoológico. Pero yo quería saltar la cerca para tocar las criaturas exóticas, así corriera el riesgo de enfrentar las fieras. Donde hay juego, hay mujeres, hay amores y hay disputa. Yo que aun era joven para desafiar a un caballero por el honor de una dama, evite el enredo y preferí irme a Italia. Las florentinas se me ajustaban como anillo al dedo, ellas impúdicas y caprichosas, yo, atrevido y crápula. En cambio las romanas se me ajustaban como el ojete al palo en el juego de balero. Ah Italia licenciosa: renacimiento de mi perverso satiricón y mi divertido decamerón. Una noche de jolgorio, que terminó en zafarrancho, logré esquivar el cuchillo de un celoso siciliano y debí escapar a España. Tanto era mi desespero por conocer alguna Lola que salí a buscarla por las calles de Madrid y me estafó con un paquete entre las zancas. Entré en pánico y huí a París en busca de una auténtica femelle. Esta ciudad si es un vergel del amor, allí debatí mi pasión entre modelos altivas y actrices soberbias. Yo era un amante latino que jugaba a imitar al inescrupuloso Don Juan y al sensual Casanova. Pero llegué a creerme más atrevido que los dos juntos porque atribuía a mi sangre la propensión a los lances y la espontaneidad en los engaños. Por conquistar cualquier mujer me burlé de la virtud, hice engaño a la justicia y profané lo más santo. Aquel vértigo sólo vino a detenerse cuando consumí toda mi herencia.
Tu sabías bien, Henry, cuánto anhelaba salir del país. Antes que por complacer a mi padre de estudiar en la universidad yo buscaba aventuras para satisfacer mis inquietudes juveniles. Estimé que esta ciudad era pequeña y necesitaba un espacio mayor para mis hazañas. Llegué a Nueva York, único lugar que me despertaba interés y retaba mi inteligencia. En la capital del mundo, emblema del imperio, de lo sofisticado, de lo absoluto, de lo complejo, de lo ruidoso, de la vanguardia ideológica y artística, de lo sensual y lo profano, me sentí como un niño que visita por primera vez el zoológico. Pero yo quería saltar la cerca para tocar las criaturas exóticas, así corriera el riesgo de enfrentar las fieras. Donde hay juego, hay mujeres, hay amores y hay disputa. Yo que aun era joven para desafiar a un caballero por el honor de una dama, evite el enredo y preferí irme a Italia. Las florentinas se me ajustaban como anillo al dedo, ellas impúdicas y caprichosas, yo, atrevido y crápula. En cambio las romanas se me ajustaban como el ojete al palo en el juego de balero. Ah Italia licenciosa: renacimiento de mi perverso satiricón y mi divertido decamerón. Una noche de jolgorio, que terminó en zafarrancho, logré esquivar el cuchillo de un celoso siciliano y debí escapar a España. Tanto era mi desespero por conocer alguna Lola que salí a buscarla por las calles de Madrid y me estafó con un paquete entre las zancas. Entré en pánico y huí a París en busca de una auténtica femelle. Esta ciudad si es un vergel del amor, allí debatí mi pasión entre modelos altivas y actrices soberbias. Yo era un amante latino que jugaba a imitar al inescrupuloso Don Juan y al sensual Casanova. Pero llegué a creerme más atrevido que los dos juntos porque atribuía a mi sangre la propensión a los lances y la espontaneidad en los engaños. Por conquistar cualquier mujer me burlé de la virtud, hice engaño a la justicia y profané lo más santo. Aquel vértigo sólo vino a detenerse cuando consumí toda mi herencia.
Y como para cerrar el círculo del cabo al rabo, concluyó: "Recuerdas que por parodiar al romántico Novalis acuñé aquella frase, que pretendía sabia y graciosa, para definir a las mujeres como "unos seres del reino animal, con atributos de flor y de fruta y ligera inclinación a las piedras preciosas". Pues ese fue mi eslogan de juventud y al final tuve que pagar las consecuencias de mi vanidad.