5 de agosto de 2011

Verónica


Para ambicionar el supremo honor de ser incomprendido.
León Bloy (La religión del señor Pleur)





Si bien coincidí con el señor Monsalve en la desconfianza por los milagros, que en mi opinión son inútiles menudencias en la economía de la salvación, otras conversaciones demostraron marcadas diferencias en la apreciación de la iglesia como pueblo de Dios y como organización jerárquica. Mientras él defendía el oro y las solemnidades yo reivindicaba el evangelio pobre y marginal. Además soy de los que creo que Dios, antes que arquitecto o mecánico o el título profesional que se le quiera endilgar, su oficio fatal y esencial es el de escritor. Superados los retos científicos de la estructura y principios del universo, las matemáticas de las cosas y el impulso vital, y una vez creado el personaje central de la historia, Dios no ha descansado en imaginar como terminar este cuento. También creo en el libre albedrío y considero que la vida de cada hombre, incluso la historia de la humanidad, es un libro escrito a dos manos. Adán fue prototipo de Cristo así como la Biblia Hebrea lo es de los Evangelios. Los santos por su parte se hacen a imagen de Cristo, aunque no todos sean declarados oficialmente en el Vaticano para veneración en los altares.

En relación con mi relato de Verónica debo comenzar por decir que la considero una verdadera santa. Si este testimonio tuviera validez para declarar sus virtudes y sacrificios podría llegar a reunir méritos para su canonización, sin embargo no puedo confirmar algún milagro. Ella, como un cristiano puro, se negaría al pavoneo de los altares invocando el "Mi reino no es de este mundo". Por lo demás estas tierras no suelen dar santos del gusto Vaticano, que prefiere la nacionalidad italiana o española y que en su hoja de vida especifique el oficio de sacerdote o de monja con fechas de actos anteriores al siglo diecinueve. Si no se cumplen las anteriores condiciones debe contarse con un apalancamiento de alta jerarquía eclesiástica, y no sería Su Eminencia López Trujillo quien abogaría por ella. En Colombia se han apostado sólo tres santos españoles y para dar cuenta de su tipo de santidad baste contar el caso de Ezequiel Moreno que durante la guerra de los mil días llamó a los católicos para defender a su religión asestando las máquinas de escribir Rémingtons, y los machetes, contra las cabezas de los liberales, con la promesa de quedar absueltos automáticamente. El Padre Marianito y la Madre Laura son santos del tercer mundo que no alcanzan más que al título de Beato y Beata. Su condición de religiosos, su provincianismo y lo ya remoto de su época no me interesan para reflexionar sobre la imagen de santo de nuestros tiempos, tal como quiero presentar a Verónica.

Todos en el barrio le llamaban ‘la loca’ y nadie se atrevía a sostenérselo en la cara, menos aún mirándola a los ojos. Ella se gozaba con su espantable apariencia para estropear los remilgos de la gente confortable. Siempre había algo histrión en sus actos que no eran fácil de comprender y pasaban inadvertidamente de lo cómico a lo trágico. Hizo de su oficio una devoción y de la basura un símbolo.

Decían que venía del nordeste, de Segovia o de Remedios, por eso la tildaron de bruja y hasta de guerrillera, porque para lo de prostituta realmente les dio motivo para hablar. Llegó sin marido y con cinco niños con tan distinta apariencia que la gente juzgó que no serían del mismo padre. Las mujeres del vecindario se confabularon para prohibir a sus hijos que jugaran con ‘esos piojosos’ y amenazaron a sus maridos si se atrevían al menor trato con ella. No tenía a nadie que le diera una mano y no tuvo mas alternativa que buscar con la basura el sustento para sus hijos.

Ella misma armó su rancho en lo alto de la montaña, arañándose a un pedazo de tierra al borde de la ancha ciudad, como un náufrago se aferra a la tabla que lo salvará de hundirse en el mar.Ya que las mujeres se sentían ofendidas en su vanidad, Verónica las llevó al extremo de provocar su envidia. No tenía, por supuesto, ninguno de esos atributos de hembra que hacen babear a un macho, porque además de flaca y desgarbada le faltaban unos dientes, pero ninguna de sus vecinas dejaba de notar la cara de satisfacción con que salían de su rancho los hombres que la visitaban, como si hubieran probado la gloria. No eran ellos, valga anotar, tipos de buena reputación, porque para merecer su amistad era condición ser pícaro. Yo soy testigo de ello y no me avergüenza confesar el hecho ante todo el mundo y no lo excusaré afirmando que ella nunca estaba en todos sus cabales. Me obligó a la promesa de contar su historia sólo después que los gusanos se hubieran dado un banquete a costa suya. Ahora que ha pasado un buen tiempo para reflexionar siento el deber de cumplir su deseo. Jamás hubiera pensado contar al mundo un drama como el suyo, antes mis empeños literarios estaban por la invención fantástica y condenaba de simplón al realismo. Luego de comprender el misterio de Verónica no me mueve la vanidad de que figure mi apellido en las páginas de la historia y ahora escribo con la esperanza de que su vida, que ella consideraba un mero signo de interrogación en la escritura divina, sirva de ejemplo a la incorregible humanidad. Quienes suelen ver de lejos la pobreza juzgaran patético mi cuento, quienes desconozcan la mística cristiana lo hallarán fantástico; sólo quiero que un lector prudente pueda advertir su sabiduría, que es distinta a la de los hombres.

Conozco el riesgo a que me expone esta revelación; se que me acarreará, más que la censura de la crítica literaria que sabrá sólo reprocharme el descuidado estilo, la animadversión de una sociedad entera. Me acusarán por atentar contra el sentido común, por turbar el orden; me señalarán de terrorista y hereje; me tratarán como un paria. Toleraría que hasta mis amigos me dieran la espalda con tal de no tener que soportar la excomunión de la iglesia. He reflexionado mucho sobre este panegírico; doy fe que cuanto aquí digo respeta los dogmas católicos. No seré quien juzgue la actitud de Verónica, sólo debo dar testimonio de lo que conocí y lo hago con sentimiento de temor y veneración.