15 de junio de 2012

Tres versiones más



“Una canción de gesta se ha perdido…
en sórdidas noticias policiales.”
J.L.B.






Un periódico local publicó en agosto de 198*, con escueta redacción y ligeros argumentos, este artículo que titularon con tinta roja: "Lo acuchillaron por enamorado"

"En confusos hechos un hombre fue apuñalado cuando coqueteaba con una mujer. El asesino, un probable pretendiente de la misma, huyó del lugar con un cómplice. Se desconoce el paradero de la mujer y es probable que se encuentre herida de muerte.

"En el barrio 20 de julio, al occidente de la ciudad, un hombre aun no identificado, que gozaba de los cuidados y ternuras de una mujer, fue sorprendido por un joven que reclamó a la traidora con malas palabras.Tras el rechazo de la mujer, y la intervención del enamorado, el joven cegado por los celos arremetió con furia contra el entrometido. Luego de propinarle una paliza, y con ayuda de un cómplice, le asestaron cinco puñaladas mortales y huyeron del sitio. La víctima convulsionó y agonizó sin recibir ayuda hasta que falleció ahogado en su propia sangre.

"El barrio es uno de los más peligrosos de la ciudad, de los 197 casos de homicidios que se reportaron el mes pasado casi el 18 por ciento ocurren en este sector. El hombre asesinado no pertenecía al lugar y se presume el control territorial como otro posible móvil del crimen."

Cuando supimos de la persecución y posterior desaparición de Marcos nos dimos a la tarea de búsqueda. Al leer los periódicos jamás sospechamos que una noticia de esta naturaleza podría referirse a nuestro pacífico amigo y cuando en Medicina Legal identificamos su cuerpo ellos lo relacionaron como el mismo N.N. de la noticia. Nos indignó saber que el afán sensacionalista de un periódico lo etiquetara como crimen pasional para falsear los verdaderos móviles. Los autores intelectuales debieron estimar la útil estupidez de los periodistas que aportaban gratuito engaño a los crédulos lectores. A Marcos le hubiera parecido otra forma de no ser bien comprendido. Lo más gracioso es que entre nosotros sabíamos que las mujeres no eran propiamente el objeto preferido de sus deseos.

La versión de los hechos, que años después darían las autoridades, habría de ser mucho más desalentadora. Nosotros que conocíamos bien los motivos de su asesinato, y que alguna sospecha teníamos de los autores, jamás nos imaginamos que una investigación oficial fuera tan contraria a la verdad. Diez años después las autoridades estaban tan lejos de inculpar a un solo responsable que por el contrario, y para colmo de la impunidad, la memoria de Marcos corría el riesgo de ser difamada. Algunos apartes del expediente hacen referencia a los siguientes aspectos:

"El asesinato del señor Marcos Espinel fue reportado, a través de teléfono público, por una mujer que se negó a dar sus datos. Esto creó suspicacias en la Policía Judicial que temió una emboscada en una zona disputada por facciones guerrilleras de las FARC y el ELN. Se esperó a que los vecinos, urgidos más por los perjuicios del cadáver que movidos por piedad, tiraran el cuerpo en un sitio accesible y seguro para la Policía. Esta circunstancia impidió el levantamiento del cadáver según los protocolos de criminalística y en consecuencia no se hizo acopio de pruebas, ni exámenes del sitio. Tampoco se procedió a la posterior reconstrucción de los hechos ni se contactó testigos directos para obtener testimonios confiables".

Otros datos del expediente confirmarían la intención de desviar la investigación:

"El estudiante de la Universidad de Antioquia era miembro de una organización no gubernamental y con una larga trayectoria social que lo vinculaba a organizaciones campesinas, acciones comunales y movimientos estudiantiles. Mantuvo un bajo perfil para moverse entre la ONG y la comunidad, aunque clandestinamente cumplía tareas de emisario entre organizaciones de izquierda y grupos guerrilleros. En consecuencia de disputas políticas y territoriales al parecer le tendieron una celada que se fingió como crimen de la delincuencia común."
 
Los pormenores del expediente, con sus complementos circunstanciales de tiempo, lugar y modo, dispuestos en un ordenado fraude de testigos, testimonios y pruebas, no difieren del montaje de un teatro del absurdo que sentenció sin rubor ni vacilación el juzgado penal.

A la familia de Marcos no le angustió la difamación del nombre de su hijo por periódicos y juzgados. No pidieron rectificación de la noticia ni apelaron el dictamen. El padre de Marcos tenía una versión muy personal sobre la muerte de su hijo, que no requería la aprobación de nadie más que de Dios, que todo lo sabe y todo lo ve. La consignamos como una mistificación sutil y verosímil en consideración a la fe de un padre que sufre la pérdida de su hijo único. Juzguen ustedes si hay delirio o devoción en sus palabras:    

Desde siempre yo tuve el presentimiento de que mi hijo moriría joven. En la infancia su rebosante alegría le procuró más problemas que satisfacciones, quejas del vecindario, sanciones en la escuela, unas veces calificado de loco y otras tildado por tonto. Si su espontánea amabilidad le merecía la simpatía y el aprecio de unos compañeros y profesores, esa misma gracia le ganaba el rencor y la inquina de otros. Terminado el colegio se atemperó su carácter y redujo el círculo de amigos. Retrajo un poco el trato afectuoso y moderó el impulso jovial para evitarse adversarios. Me contaba con preocupación cuanto esfuerzo le costaban esas privaciones, yo le consolaba deduciendo que si en este país absurdo los bellacos eran admirados no era extraño que la gente sincera fuese denigrada; y rogaba al cielo que su buen corazón no llegara a merecer la envidia visceral de un amigo o el odio mortal de un enemigo. Al entrar en la universidad se agudizó su pensamiento y sus opiniones expresadas con convicción fueron ya el motivo de las discordias. Cambió de programas para evitar confrontaciones con sus compañeros, que antes de refutar sus argumentos le reprochaban su modo llano de pensar. Tampoco tuvo sosiego cuando buscó el trato cándido de los niños, siendo maestro, ni cuando se relacionó con la gente simple del campo y la ciudad, decía, para justificarlo, que al diablo le gustaba merodear entre los virtuosos porque entre los viciosos tenía ganada la batalla. Una vez me explicó con místico razonamiento, y entre risas no se si irónicas o nerviosas, que el fenómeno que él padecía era que una bestia apocalíptica lo perseguía con fatal empecinamiento. Acto seguido volvió a reír, como si con ello buscara tranquilizarme, y dijo saber que tenía el problema resuelto, luego me formuló la manera efectiva de combatir a la bestia. En ese momento juzgué que estaba loco y supe que firmaba su sentencia de muerte. 

Mientras el padre de Marcos contaba esto nos pasábamos las manos por el rostro para disimular las lágrimas y de algún modo también nos sentíamos responsables por su muerte. 




8 de junio de 2012

Tramoya para un muerto







Que un hombre logre escapar de la violencia brutal de profesionales del criminen, amparados en la noche, y termine atrapado en manos de unos simples delincuentes, a plena luz del día, es un caso de antemano absurdo. Sin embargo a Marcos esto le pareció más un capricho de la providencia que suele jugar a la cara y sello entre las largas temporadas de futilidad y los escasos momentos esenciales de la vida. Lo que en verdad le inquietaba, más que los reveces que pudiera haber sufrido en un mismo día, era un sentimiento de decepción por la gran piedad que siempre tuvo por los pobres de la tierra, a quienes estimaba como los humildes de las bienaventuranzas. Marcos se negaba a pensar siquiera que esta caterva de villanos que se amontonaba en ese suburbio de la ciudad, por más infortunados e ignorantes que fuesen, tuvieran que ver algo con los pobres e incultos campesinos que trató por los municipios de Antioquia. ¿Cómo creer que la clase de gente con quien concertó programas comunitarios en pro de los niños y compartió la alegría de las fiestas populares, esos a quienes trató de compañeros y hermanos podían ser la misma clase de pobres que ahora le escupía y maldecía?

Iban siendo las tres de la tarde cuando llegaron a lo alto de la colina, así lo escuchó decir al locutor de la radio que anunciaba un vallenato de Diomedes Diaz. El sendero de escalas remataba en una pequeña explanada donde dormía una perra exhibiendo unas derrengadas tetas; el viento le sopló polvo encima como quien cobija un cadáver. Marcos no pensó "Una perra duerme al sol" sino: "Que perra vida se vive aquí". La cruceta de la electrificación le confirmó que se cumplía al fin su itinerario. La música sonaba en un quiosco de madera donde un aviso, con letras desiguales y briosas anunciaba: "La tienda de Berenice". Cuando Marcos se sentó a descansar en la banca chirrió la tabla, pero el ruido de la radio era mayor y nadie salió a atender. Marcos advirtió con alarma que José había desaparecido y se preparó para lo peor. El cansancio lo sometía y no tenía aliento ni para quejarse del hambre. Más que por la herida que aún sangraba en la cabeza y la mordedura que no le dejaba asentar el pié a Marcos le dolía verse tan lejos de su familia. Cómo extrañaba la ternura de su madre, los consejos de su padre y el  delicado cariño de su hermana. El que había vivido como un rey en su casa, se preguntaba qué hacia ahora en aquel lugar abandonado del mundo y olvidado de Dios. Se sintió como el fantasma de Canterville de Gieco y también sintió sed. 

Como si el cielo hubiera escuchado sus súplicas apareció la dueña de la tienda cantando, con mucho sentimiento y mala entonación, la canción de Diomedes que repite el estribillo  "Pero les voy a probar que en el amor / Triunfan los que se quieren de verdad". La mujer al ver sangre en su frente suspendió la canción y alarmada le preguntó qué pasó. Marcos no quiso darle importancia y cambió de tema sugiriéndole que corrigiera el error ortográfico de Benerice con b grande por Verenice con v pequeña. Ella sonrió contrariada y le justificó que era un error consagrado en el bautismo. Se propuso buscar con que limpiar el hilo de sangre que le corría en la frente pero en ese instante llegaron dos muchachos pidiendo servicio. Traían tan mal semblante que la perra se levantó y se fue sin sacudirse el polvo de encima, como si hubiera advertido en ellos la señal de Caín.    

-Danos dos cervezas -ordenó uno. 
-Heladas- insistió el otro con el mismo tono mandón.

Berenice tenía un bonito rostro acentuado por una decidida mirada de ojos negros. Los muchachos, que estaban arrechos, piropearon su feminidad con expresiones vulgares. Ella, picada, les demostró indiferencia dando prioridad a la atención de Marcos. Ellos lo tomaron como un desprecio y la emprendieron contra ella a cuenta de Marcos, al que miraron con ojos rayados de odio y turbios de droga.  

- Esta perra se las tira de samaritana - dijo uno
- Y a nosotros nos trata como unas piltrafas- machacó el otro
-Ven estos -rebatió la mujer- Qué tengo yo con ustedes, si ni siquiera los conozco.
-Y es que esta hijueputa nos niega la cerveza -alegó uno al otro.

Marcos hizo un gesto a la muchacha que comprendió sin requerir palabras y fue por las cervezas. Ellos lo tomaron como signo de complicidad y se dieron en alentar el ánimo pendenciero con un trago largo del licor. Marcos sabía que ante el rencor no valdrían razones y optó por evadir sus miradas y desoír sus  afrentas. Pero luego uno de ellos apura el último trago, se levanta resuelto, toma a la mujer por los cabellos forzándola a ponerse cara a cara con Marcos y le ordena:

-Ya que lo querés tanto, le vas a dar un beso.

Marcos opuso resistencia y el otro lo ablandó rompiendo la botella en su cabeza. Se le dobló el cuerpo como un libro sobre el banco, luego el primer muchacho lo empujó y cayó por tierra. Marcos se arrastró, como un borracho, intentó incorporarse y entre los dos lo levantaron a patadas. Logró alzar la cabeza para saber que suerte corría la muchacha, pero sólo alcanzó a ver que uno de ellos dejaba al descubierto un cuchillo. Pronto vio el brillo de la hoja en el cielo, como un rayo, y la puñalada caía en busca de la garganta. Marcos logra atajarla y la hoja se clava en la palma de su mano. Esta defensa inesperada enfureció más al atacante y mientras lograba recuperar el arma el otro sicario le atravesaba el costado con otro puñal.   

Los hechos ocurrieron muy rápido pero Marcos sintió que era una eternidad. Muchos pensamientos se cruzaron en ese instante. Sintió haber vivido ya ese momento como un sueño premonitorio o como una lectura apasionada. Sueño o ficción, el dolor de su cuerpo traspasado también lo sentía como una ilusión. Marcos comprende, antes de morir, que su vida ha sido otro intento fallido de buscar justicia, otro inútil sacrificio por la humanidad, pero no tenía claro si este hecho era obra del destino o una tramoya perpetrada por otros perspicaces asesinos. Tuvo tiempo para desear que la muchacha no hubiese sido parte de la patraña. 

El viento soplo de nuevo en la explanada y el polvo cubrió la sangre como empezando a cobijar el cadáver. 

Un gallinazo llegó para posarse en la cruceta de la electrificación. 

El tiempo, que se había detenido estupefacto, se acordó que debía continuar para alcanzar la tarde.