"no podríamos hacer nada que no fuera mágico"
G. Meyrink (El cardenal Napellus)
La oscuridad es profunda, siento que el cuarto es extenso porque escucho venir de lo lejos unos pasos que pronto llegan hasta mi cama. Acostado boca arriba veo un resplandor en la figura del hermano Fernando que erguido, con los ojos levantados, sostiene en ambas manos un libro cerrado con siete sellos. Vuelve su rostro hacia mí. Me mira con ojos fríos y dice: “¿Quién es digno de abrir el Libro y soltar su sello?”. Yo me quedo paralizado sin comprender sus palabras; el continúa hablando en tono menos riguroso: “He sabido por tu padre que deseas escribir un libro. ¡Insolente! Antes deberás cumplir la edad que tuvo Adán al nacer y devorar por entero este libro. Empieza ahora mismo porque aunque lo encuentres dulce a la boca te amargará las entrañas”.
El anciano rompe el sello y lo arroja en mi cara. Siento manar sangre por boca y nariz y mis ojos se inundan de lágrimas. Oigo que se retira y al instante distingo otra figura ocupando su lugar. Su presencia es grata. Reconozco a mi padre. Supuse que el hermano Fernando conocía el secreto de conjurar los fantasmas de los muertos de que habla el Libro Rojo Minio; gesticulando los dedos obedecían a toda clase de propósitos. Mi padre arranca hojas del libro y las pone en mi boca. Hablando con torpeza dice que escribir es grabar algo en la memoria de la eternidad. Sonrío, pero me doy cuenta que sus manos son torpes y pesadas. Me esfuerzo por limpiar la sangre y las lágrimas del rostro, y empiezo a sentir el dolor en las entrañas. Logro ver con horror que el rostro de mi padre se vuelve piedra. En la frente se tatúa una palabra; intento articularla pero antes una voz venida de lejos la pronuncia y al instante desaparecen las letras y la figura. Oigo otra voz que pronuncia “Judas”, que se repite y repite mientras voy cayendo en círculos a un pozo. Estiro mi brazo hacia arriba intentando alcanzar un punto de luz de donde espero venga mi salvación. Escucho ahora mi nombre y la luz se agranda cayéndome encima como una luna llena. Es la voz de mi tío. Todo se hace claridad.
Al abrir los ojos el resplandor de la mañana me cegó por un momento. En la puerta mi tío seguía llamándome con apremio para asistir a una entrevista de trabajo. Ese día fue hermoso; aunque la ciudad me consternó con su veloz multitud.
La entrevista fue amena y cordial con el secretario de Pastoral Social de la curia arquidiocesana, un sacerdote joven que me recibió con entusiasmo. Luego de indagar por la moral de mi familia y mis intereses, me prometió el empleo de mensajero que comenzaría una vez pusiera en orden ciertas formalidades laborales.
En la tarde me fui al Radio City para ver "El bueno el malo y el feo" en función doble con "El Maestro Borrachón". Si papá hubiera visto estas películas hubiera dicho que también el universo del cine se expandía a ritmo vertiginoso, pero eso sucedía sólo en las ciudades porque en mi pueblo, por el contrario, se encogía el universo. En el Aranzazu se repetían las funciones de vulgares pistoleros mejicanos y en Medellín hacía rato se disfrutaba del modo como los italianos hicieron de las balaceras un arte estilizado cual ópera de Wagner. Ni se diga como las películas de Jackie Chan habían hecho evolucionar las películas de Kung fu que Bruce Lee había degradado con argumentos insulsos y monótonos combates. Las películas asiáticas de Jackie Chan tenían narraciones dramáticas que combinaban coreografías de luchas audaces con acrobacias inspiradas en la Ópera de Pekín y payasadas a lo Buster Keaton.
Lo realmente mágico fue ver que desde el orificio de luz que se tendía en la pantalla, en una misma tarde sentado en la butaca del teatro, se multiplicaron las sensaciones que a un adolescente da el cine de pistolas y patadas: Por un solo boleto dos películas, tres figuras de pistolero, como diferentes modos de instrumento de viento, disputando por cuatro dólares más, cinco puños de kung fu, serpiente mantis tigre mono y panda, siete patadas del dragón y ocho dioses borrachos. Esa tarde al salir del teatro me sentía volar como una grulla.