25 de noviembre de 2011

Acechando por los flancos






Fue una gran sorpresa darme cuenta que su amiga asistía con migo al curso de Metodología de Investigación. Haberla visto junto a la mona le daba ahora visibilidad, acaso por contraste. Esta era morena, crespa de cabello corto, más bien bajita, como la mayoría de muchachas de aquel tiempo, y con demasiados huesos. Me abstuve de abordarla antes de saber bien cómo podría servirme de puente para llegar hasta la muchacha de mis desvelos. Presté atención al llamado a lista del profesor y supe su nombre: Lili.

Volví a verla en una asamblea estudiantil en el bloque 46. Para ese entonces, la década anterior a la Constitución y lejos aún de una ley 30, el movimiento estudiantil demandaba justicia social a través de oportunidades de ingreso del pueblo a la universidad pública, con mayor participación, autonomía y gobiernos democráticos. Pero en particular se rechazaba ese atropello que inventó Belisario con el abusivo nombre de TSS, transporte sin subsidio, con el sofisma de un nuevo parque automotor de rayas verdes y blancas. Yo seguía con interés las emotivas y concienzudas intervenciones de los participantes, admirando sus cualidades de oratoria, y pasaba también revista a la actitud de los oyentes que se aglomeraban en los balcones de cada piso, que daban al patio. Entre tantos estudiantes logré distinguir a Lili. Juzgué que esta era la ocasión para abordarla, pues las circunstancias superaban las académicas, y mejor que una compañera era tener una amiga y luego, por supuesto, hacerla mi cómplice.

Me hice a su lado para probar si me reconocía. De inmediato me saludó aludiendo al curso a que asistíamos.
-Yo te conozco de antes -me miró alarmada y le aclaré- en el recital de Facundo.
-No te recuerdo -dijo- ese día estaba con unos amigos.
-Te vi de lejos - y con un dejo de timidez agregué- con la muchacha rubia.
-Con Luisa - sonrió y dijo con tono irónico- Los caballeros las prefieren rubias.

Me contó que pertenecía al programa de Agronomía, así como sus amigos del concierto. Luisa había desistido de este curso para tomar otro junto a Juan Manuel. Puso énfasis al pronunciar éste nombre, para inquietarme acaso, pero yo acentué mi interés por conocer a Luisa. Esto y otras cosas las fuimos dialogando poco a poco entre los discursos y propuestas de la asamblea. A cuanta pregunta le hacía ella agregaba a sus respuestas variados gestos de simpatía y me sonreía con pequeños y perfectos dientes blancos.

La mesa directiva propuso como primer tarea la promoción del movimiento entre todos los estamentos universitarios a través de un manifiesto de expresiones libertarias, que dieron en llamar "El galimatazo"; con grafitis, carteles, poemas y obras visuales. Otras acciones eran una barricada interrumpiendo el tráfico de la autopista, una movilización de protesta hasta los edificios gubernamentales y una verbena latinoamericana en la próxima luna llena. Animé a Lili a que participáramos en "El galimatazo" programado para la noche del martes siguiente y le urgí a buscar el muro de mi grafiti. Yo tenía unas ideas pero no quería revelar mis intenciones. Desde ese día se declaró la asamblea permanente con anormalidad académica y la invité a que celebráramos con una cerveza. Le pregunté de paso, como una pregunta suelta, qué camino solía tomar Luisa para entrar y salir de la universidad y por allí tomamos hacia Carlos E en busca de una tienda donde sentarnos a charlar.

Para saber algo de Luisa le propuse un juego de interrogatorio de respuesta binaria, que habíamos aprendido en clase de Metodología. Ella debería responder sí o no a mis inquietudes y con ellas especularía una idea de la personalidad de Luisa. Aceptó y empecé el cuestionario con el tema de la música:

- ¿Su música favorita es la balada romántica?
- No.
- Sin duda Camilo Sesto le debe parecer demasiado solemne y Leonardo Favio muy dramático. Pero se le notaba algo de florecita rockera.
-¿La música Rock?
- Uhm.
-Más bien ¿Pop?
- Sí.
- Es apenas obvio que los Beatles, pero también ¿Air Supply?
- Sí, siii... Lost in love and I don't know much...

Al cantar noté que sus labios eran delgados y secos, como urgidos de humedad.

- ¿Poesía Española?- probé esta pregunta a propósito que Serrat promovía en sus canciones la poesía de Miguel Hernández, de León Felipe, de Machado, de Alberti y de otros.
- No- y me sorprendí.
- ¿Neruda?- Pregunté con resignación
- Sí- y juntos recitamos el verso clásico, ella con enternecimiento y yo con ironía:
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos."

Cerraba sus ojos en tanto mecía la cabeza con la cadencia del verso. En un parpadeo aproveche para, me fue inevitable, bajar la mirada y ver como se inflaba su pecho cuando suspiraba. Sus senos pequeños cabían de sobra en una mano, pero se desquitaba con unas carnosas y redondas nalgas. Esto lo noté cuando me admiré de su buen estado físico para caminar, a pesar de estar tan flaca. De Carlos E hicimos estación por Boyacá para otra cerveza y nos tomámos las últimas en La Arteria. Le pregunté otras cosas sobre Luisa, pero no quise que se notara mucho la bobada, eso sí, antes de despedirnos, y convenir nuestro próximo encuentro, le hice prometer que no hablaría de mí a su amiga, hasta un momento oportuno.

Ese fin de semana me la pasé tramando mi particular "expresión" y ante todo buscando las palabras precisas y la figura perfecta. Simulé la situación para medir el tiempo necesario en escribir el grafiti, ordenar los movimientos y calmar los nervios. Hice pruebas con el aerosol para calibrar el trazo. El martes en la tarde me reuní con Lili en el bloque 21, rogando a Dios que no fuéramos a toparnos con Luisa. Yo guardaba mis provisiones de pinturas aerosol en mi jíquera (en ese tiempo no se usaba la mochila arhuaca, sino la jíquera de cabuya teñida con franjas verde y rojo) y también encaleté una botella de Viejo Tonel. Debajo de las ramas de un arbusto nos sentamos a beber y confabular. El vino me estimuló la risueña y nos divertimos de lo lindo repasando el plan. Su papel de campana le cayó en gracia y estaba ansiosa para acometer el acto. Insistió en que le revelara el mensaje del grafiti, pero me abstuve de comunicarlo para que no perdiera fuerza la expresión y mantener el efecto sorpresa.

El "galimatazo" daba libertad de expresión y sólo se pedía coherencia con el espíritu del movimiento, con la salvedad de no consentir con actos vandálicos. Dejaba a la iniciativa y la creatividad de los participantes los métodos y pedía concierto para el momento y el lugar: el miércoles el campus universitario debía madrugar ataviado de libertad. Cuando cayó la noche, era de luna nueva, se podía advertir algún movimiento sigiloso de sombras. También los vigilantes se movían con inquietud. Debíamos actuar rápido antes que advirtieran e impidieran la manifestación. El muro de mi grafiti estaba ubicado en un sitio donde nuestra sola presencia podía levantar sospechas. Una vez ubicado el recorrido de los vigilantes Lili tomó posición para servirme de campana, convenida como señal el ulular de un búho. Yo ya estaba entusiasmado por los vinos y una vez advertimos que no hay moros en la costa, procedimos a ejecutar el acto. Cuando me vi frente al muro estaba tenso y no identificaba bien qué color de aerosol tomé. Empecé dando forma a la figura de unos labios rojos y su entorno de pétalos verdes. Según el diccionario luisa era una flor con olor a limón. Yo asumí que tenía la misma forma de una margarita y a su lado escribí "Luisa: tus flores tienen aroma de limón y hacen agua mi boca". Por excitación o nerviosismo la letra me salió tan grande que el mensaje necesitó el doble del muro que había calculado. Lili me apuraba a escapar y sólo después de arrancar a correr me advirtió que faltaba la tilde en limón. Me devolví a corregir. Tiré luego los tarros a un matorral y con tumbos y carcajadas buscamos la salida de la universidad.

Atravesamos Carlos E, compramos en el Éxito otra botella de Viejo Tonel y nos fuimos a las mangas de Suramericana para beber y reír del suceso. No me acuerdo mucho lo que pasó aquella noche porque el espíritu del vino enturbió mi memoria, pero sí recuerdo que la euforia del momento me alentó a besarla. Al otro día no fui a la universidad ni me vi con Lili. Quería esperar a que el mensaje cobrara efecto en la destinataria.


11 de noviembre de 2011

Apertura con peón cuatro rey







Al día siguiente Eduardo salía de tour por Europa en premio a su graduación mientras yo me quedaba en casa escuchando las canciones de La Voz de Colombia, con la ilusión de sanar las heridas de mi corazón. Me puse melodramático e igual me servían de terapia las canciones de Camilo Sesto que las de Leonardo Fabio, particularmente "La dicha que me fue negada" que con tono lacrimoso cantaba "y además, porque yo los presenté". Les confieso que por mucho tiempo tuve la pesadilla de asistir al matrimonio de mi mejor amigo con la mujer de mis sueños. Pero me consolaba pensando que ella no era tan bella, ni siquiera tan dulce y que al cabo las uvas estaban verdes. Recapacitando pensaba luego que yo no había intentado hacerla mi novia, que nunca tuve palabras para endulzar su oído, que tampoco temblé de emoción para tomar su mano y que por lo tanto no tenía derecho ni a reclamar el honor de la derrota, pues no tuve la más mínima intención de lucha. Estaba haciendo el ridículo y confieso incluso que lloré intensamente. Hoy creo que el motivo profundo de este llanto era una necesidad urgente de enamorarme.

Estaba tan acostumbrado a entablar duelos con Eduardo que me obligué a analizar los detalles de esta nueva circunstancia. Con la terminación de la época del colegio y sus infantiles competencias, ahora el escenario era el mundo con sus rudas rivalidades. Eduardo me quiso inaugurar a nuevos juegos y no tuvo consideración por lo poco que estuviera preparado. Ese duro golpe, que me despertó a las amarguras del amor antes de degustar sus mieles, me hizo recordar al Lazarillo de Tormes cuando salía de Salamanca y el ciego le manda colocar su oído sobre el toro de piedra, para escuchar el ruido dentro de él, y tras hacer lo que pide el ciego le estrella la cabeza contra los cachos del toro. Así, como él, yo despertaba de la simpleza en que dormía como niño. Y me parecía escuchar la risa burlona de Eduardo diciendo: ¡Te gano ésta vez: uno-cero!

Luego cavilaba en que esa lección no tenía el gesto cortés de un competidor sino la provocación fastidiosa de un rival. Poniendo las cosas en perspectiva y haciendo a un lado el sentimiento de hermandad, que por tantos años nos embargó, sentí aflorar un enfrentamiento de clase y hasta de raza. Me sentí un negro y pobre villano frente al rico y caballero feudal. Yo era el soldado Urías, el hitita, que iba a luchar por su rey mientras este seducía mi mujer. Me indignaba saber que teniendo a su disposición todas las mujeres que quisiera, prefiriera quitarme la única que yo tenía. Esta era una de las viejas extravagancias de los aristócratas, hartos de sus insípidas mujeres, con sus fatigosos afeites y fingidos melindres, se les antojaba raptar las naturales y sensuales mujeres de sus vecinos plebeyos. Eduardo usó la misma astucia de los tramposos romanos para el rapto de las sabinas, aprovechó la fiesta para hacerla suya y consiguió además su aprobación del ultraje, doblando así la traición. Estos pensamientos alentaron en mi alma el deseo de revancha, no sin cierta dosis de rencor.

Antes de poder formular un plan de desquite hice un descubrimiento importante sobre la refinada estrategia que sirvió a Eduardo para seducir a Vanessa. Yo que le conocí bien sabía que no gustaba jugar con ventajas y que no apostaba sólo por sus atributos de juventud y riqueza, ni se rebajaba con promesas y regalos, sino que ponía en juego su inteligencia y en riesgo sus seguridades, incluso el prestigio de su imagen y su clase. Solíamos jugar al ajedrez y estudiar las partidas de los grandes maestros. Una noche en la soledad de mi cuarto, frente al tablero de ajedrez, así de improviso no más, mi inquieto pensamiento asoció las acciones de la fiesta de grados con los movimientos del juego ciencia. Recordé la partida de Eduard Lasker con George Thomas en 1911: Luego de un tranquilo y parejo desarrollo de las pieza, siguiendo cada bando su propio plan, de pronto el sacrificio impresionante de la dama blanca por un peón en el onceno movimiento, decide tajantemente la suerte de la partida; el rey negro sale obligado de su refugio y escapa al extremo opuesto del tablero donde le espera deshonroso fin. La correspondencia era perfecta y baste resaltar al lector dos detalles: eran las once de la noche cuando Eduardo decidió acompañarnos y el jardín a donde huí estaba a un extremo del salón de baile.

Habituado al análisis de las partidas hice las siguientes deducciones, el lector avisado podrá establecer otros paralelismos con mi fatal anécdota. Una apertura tiene como habitual objetivo el inmediato dominio del centro. Toda partida obedece a las leyes de la estrategia. A veces sucede que las piezas de un bando adquieren cierta fuerza sobrenatural y empiezan a hacer milagros, como hacer al peón más fuerte que la torre o incluso que la dama (Eduardo entre su círculo de amigos no era tan valioso como estando a nuestro lado). Así ocurre cuando se aplica una combinación planeada de antemano (por eso creí que el baile estaba ensayado); el juego combinatorio es hermosamente admirable por la sorpresibidad e infalibilidad de su lógica, pues los rivales durante la tormenta combinatoria con frecuencia hacen jugadas obligadas (no podía negar la entrega de mi pareja ni podía reclamarla en la euforia del baile). Esta es una de las paradojas del ajedrez. Cuando en el tablero se sostiene lucha estratégica, cada bando tiene variantes de continuación, pero de pronto surgen complicaciones combinatorias que alteran la correlación material acostumbrada, entonces el curso de la partida de inmediato se limita a un cauce estrecho y único, no hay elección de jugada, el destino es fatal.

Inspirado en el espíritu de lucha táctica y juego creativo de las partidas y lecciones Kasparov y otro poco por los consejos de Ovidio en El arte de Amar, promulgué el siguiente manifiesto de lucha:


Mi reino por una Dama:

Reino a reino: Frente a frente los ejércitos
Un amplio silencio de expectativa
Un campo abierto de espacio y tiempo
Blanco y negro. Días y noches. Lugares de encuentro
Uno a uno, ocho a ocho, dieciséis a dieciséis
Mis peones, tus dedos. Tu mirada frontal de torre.
Mi furtivo y diagonal deseo
Tus cabellos, mis caballos. Mi Dama, tus pensamientos
Un reino.

Mi salida: paso sencillo del que camina a pie
Soldado de mi rey, firme y altivo hacia el campo de fuego
Entra tu movimiento. Estás en juego:
Una partida. Un par. Vos y yo
Paso a paso. Momento a momento. Movimiento a movimiento
Minuciosamente voy tejiendo una eficaz estrategia
Adelanto mi tropa a tu paso, cuando
Resplandeciente caminas por el campo
Es preciso que sientas y determines mi lucha
Y comprendas que también estás en ella
Tómate el tiempo. Es vital que permanezcas en juego
Porque no me rendiré hasta asaltar tu reino

No temas la dualidad de ejércitos
La fusión del fuego hará un sólo reino
Por ello este duelo de conquista, de ataques y defensas
Del arte creativo de permanecer en juego
De vivir. De último aliento.
Seré prudente. Calcularé mis movimientos y los tuyos
Intuiré tus propósitos, confirmaré mis sospechas
Respetaré tus posiciones como versado estratega
Me beberé el tiempo con intensidad. Aceptaré tus silencios
Ya vendrá el momento en que me hables
Esperaré tu movimiento: Tu voz
Desestabilizando mis planes. Derrumbando mis proyectos
Temeré caer. Pero no flaquearán mis fuerzas
Levantaré mi ataque de dulzura
Y tu falange de peones caerá ante él
Hábilmente saltaré tu fortaleza y no habrá torre que me detenga
Porque estoy obstinado
Porque sé que existe un momento preciso
Un jaque certero
En el que no tendrás otra alternativa
Que abrirme tu reino.

21 de octubre de 2011

Puesta en escena






Si lo pintoresco de los personajes de mi familia alguna vez estimularon el arte de Fernando Botero, el carácter histriónico de Moneco animó la creación de una de las obras más hermosas del teatro de Medellín. Antes de referir cómo la compleja personalidad de Verónica y su disparatado sentido del mundo habría de tentar a Víctor Gaviria para cambiar los desesperantes argumentos de sus películas, contaré la anécdota de cómo Cristóbal Peláez conoció a Moneco y explicaré por qué El Matacandelas montó Pinocho en 1993, el mismo año que se perseguía implacablemente, hasta darle muerte en un tejado, a Pablo Escobar.

Me acuerdo como si fuera ayer. Moneco estaba en su acto cotidiano de mover a compasión a la feligresía de la iglesia de la Candelaria, cuando advertí que un hombre lo acechaba con mirada felina: fija, sin parpadear, frunciendo el ceño y dispuesto al asalto. Luego comprendí que no era enfado ni enojo sino un interés desaforado por observar los movimientos de Moneco. Ponía especial cuidado en su forma de respirar: lenta y concentrada. Mientras seguía los gestos y contorsiones del actor su rostro, cual reflejo de espejo, mudaba en mil muecas que cambiaban de la alegría al dolor, y yo no sabía distinguir bien si reía, lloraba, maldecía o alababa. Cuando Moneco terminó su escena el hombre no se aguantó y aplaudió con arrebato de loco, se hizo paso entre el público para ponerse al frente del limosnero y secándose las lágrimas le decía, o le recitaba, del siguiente modo:

-¡Pero si parece que estás hecho de pura leña!- y tocaba sus huesos como confirmando la calidad del material- ¡Si no eres más que de madera ordinaria, hecho sólo para encender fogatas! ¡De pino eres, sin duda, un palo de pino sin corteza: blanco, seco y delgado! ¡Eres el mismo Pinocho! ¡Sí, Pinocho! - y lo levantó como probando la levedad de un títere.

-Debes ser uno de esos Pinochitos- continuó emocionado y absurdo-, hijo de Pinocho el padre y Pinocha la madre. Familia que la pasa muy bien porque siendo tu el que pide limosna, eres el más rico. Yo soy Matacandelas y quiero, Pinocho, que vengas a mi casa para presentarte mis amigos.

Yo intervine para evitar el rapto y el me salió al paso con cinco billetes de mil pesos, como si con ellos pagara el precio de un alquiler, y dijo así no más:

-Tu madrecita no se enojará si me lo prestas un rato- y pasó a preguntar:

-¿Cómo se llama tu madre?

-Verónica

-¿Y en qué se ocupa?

-¡En ser pobre!

-¿No gana mucho?

-Gana lo suficiente para no tener nunca un centavo en el bolsillo.

-Comprendo. Y yo que también obro según la reverenda gana de la Providencia, me lo llevo- y cargó con Moneco hasta su casa de teatro y yo los seguí tan rápido y tan de cerca como la sombra de un grillo. La casa era vieja y grande que alcanzaba a hospedar fantasmas del siglo 19. Matacandelas sacudió la casa con un grito que debió despertar a vivos y a muertos:

"!Ey, muchachos,vengan pronto que llegó Pinocho - Juan David, Ángela y Diego salieron presto de sus escondites- Despierten a Pierrot y a Colombina- insistía Matacandelas-. Díganle a Arlequín y a Pantalón que aquí está su hermano Pinocho.

Juan David trajo a Pierrot de la mano y Ángela entró al escenario detrás de Colombina. Pierrot miraba asombrado a Moneco y se negaba a creer lo que veía, después de mirarlo otra vez de pies a cabeza exclamó:

-¡Numen del firmamento! ¡Sueño, delirio! ¿En verdad que eres Pinocho?

Moneco más sorprendido que ambos títeres no supo qué contestar y cuando se animaba a decir no con la cabeza se le adelantó Colombina:

-¡Es Pinocho, ni más ni menos. ¡Es nuestro hermano Pinocho! ¡Viva Pinocho!- y un coro repetía por todo el escenario:- ¡Viva Pinocho! ¡Viva Pinocho!

Cuando vieron que Moneco sonrió, aprobando ser Pinocho, los títeres comenzaron la función.

-Que bueno que llegaste, hermanito- dijo Colombina con voz de virgen estilizada- para que nos ayudes a salir de este lío que pone en peligro un amor de tres siglos y una amistad larga como la eternidad.

-Pero cómo se te ocurre mi amor, mi mujer y mi señora- dijo Pierrot melodramático- comparar a un amigo con el esposo que te ha dado un hijo y una casa.

En esas entra Diego y Arlequín, que saludan a Moneco con cariño. Arlequín que se siente aludido se apura a contradecir:

-Un hijo que murió tan pronto nació, como vuestro amor- y al decir esto recibe el porrazo de un Pierrot dolido. Sin embargo Arlequín agrega esta frase lapidaria:- ¡Cubran de tierra ese pasado!

-El recuerdo florece bajo tierra- contestó tristemente Colombina- y da flor como un hijo sepultado.

-Pero el amor renace para ti Colombina con otro nombre. Si amaste alguna vez a este aburrido, Pierrot, fue por compasión, hoy el nombre de tu amor, Arlequín, es divertido.

Moneco seguía la discusión como quien mira un juego de ping-pong. Ping de Arlequín, pong de Pierrot. Colombina se divertía como la novia puesta al desnudo por sus solteros, aún.

*

Aquella farsa de títeres conmovió hasta el fondo la sensibilidad de Moneco. Lo que parecía una simple pieza de improvisación que jugaba a hacerlo reír con el cariño de nuevos amigos, por el contrario lo había sumergido en una sensación de angustiosa soledad y en una crisis existencial que lo debatía si hombre o marioneta. Me confesó un día que se sentía el muñeco de su madre representando el monólogo de un místico acto, que sólo recogía lástima y menuda pero jamás sentimientos sinceros. Ahora que sus nuevos amigos le enseñaron la más elemental aventura de la vida, preferiría ser un títere que ama, porque así fuera movido por fuerzas extrañas, así fuera un acto teatral de repetición milenaria, era para estos tiempos envilecidos por la plata la única representación que daba al hombre la ilusión de ser digno y hasta heroico.


30 de septiembre de 2011

Debajo del arcoíris



"Más de súbito el alba
Me cae entre las manos como una naranja roja"
Jorge Gaitán Durán





La cebolla junca suelta sus jugos al corte del cuchillo y las manos arruman los aros verdes y blancos al borde de la tabla. Ya está montado el sartén al fogón y cuando cae el picadillo sobre el aceite hirviente chirría de lo rico, se hace agua la boca y llena la cocina de antojos al paladar. Luego completa el hogao con un picado de tomate, pimentón y cilantro para que rebose de color, agrega sal al gusto y poniendo los labios sobre las yemas de los dedos, que se abren en flor con el chasquido de un beso, exclama: ¡De rechupete!

- Ve, vos Teresa, desmechá esa carne y apurá aplastar las papas que a Nicanor le gusta es desayunar con empanadas calientes.

- Llevale Mona este tintico a tu papá, que si no se lo llevan a la cama no se levanta.

En tanto el sol atraviesa el cristal de la ventana, para posarse sobre el orégano, el hinojo y el laurel que Verónica cultiva en macetas sobre el alfeizar, toman posiciones los comensales frente a una taza de chocolate espumoso, se disponen a untar de mantequilla la arepa, tan ancha que abarcaba todo el plato, y montan el quesito o el huevo revuelto o la tajada frita de albondigón, o dos o tres de ellos, o únicamente con mantequilla, como a Manu que le gusta derretirla para inundar la arepa y formar arroyos y charquitos que sorbidos desembocan en su boca.

-Fastidioso- se queja Violeta y reprende- compórtate como un caballero que ya estás muy grande.

- Mamita, yo no quiero el huevo con cebolla - y pronto Verónica le frita uno en cacerola y lo cubre con una tajada de mozzarella para que la pequeña Valeria pueda estirarlo con la cuchara.

Otra vez Verónica rebosaba de empanadas la bandeja y el frasco de encurtido pasa con urgencia de mano en mano. Abre donde puede un espacio en la mesa para poner el plato con los buñuelos y reparte chochitas con mermelada de mora.

La ensalada de frutas con uchuvas, feijoa en rodajas y frambuesas, traídas de la huerta de la casa de El Retiro, son para Moneco un desayuno incomparable a los fritos y amasijos. Jose insiste en cambiar por Milo su chocolate y Elisa mejor que buñuelos espera que esté la torta de enyucado. Ella prueba una cosa y la otra, y así desayuna, mientras sigue atendiendo, con diligente alegría, la demanda de los eternos invitados a la mesa.

-¡Verónica!... ¡Verónica!...
- Déjela tranquila por amor de Dios...

Laura se le tira a Verónica en los brazos para darle besos y besos. Y abrazadas en cosquillas se tumban de la risa en el sofá. La algarabía invita a Paulina al juego quien de un brinco se monta sobre el pie de Néstor que la columpia al galope. Y aferrada al indómito caballo huye de los indios que la persiguen- a ja u ju ji ji- para arrancar su cabellera. Laura le urge a alcanzar el barco pirata que capitanea Verónica, quien tapa un ojo con la mano y alza la otra para entonar con voz solemne el soy pirata -que las niñas acompañan en coro- y navego en los mares, donde todos respetan mi voz, soy feliz entre tantos pesares y no tengo más leyes que Dios... ¡Viva la Mar!- alzando las manos triunfantes. Y viendo que a babor se haya un gigante aburrido, Verónica ordena a la tripulación que asalten su fortaleza, y con sigilo y por sorpresa, las niñas brincan a abrazar a Nicanor que se atrinchera tras una muralla de páginas de periódico.

Verónica le sirve un tinto humeante a Nicanor y escancia un vino tinto para Néstor. El primero levanta el pocillo y dice: ¡Cabeza! y el segundo choca su copa y responde: ¡Cola! cual santo y seña. Acto seguido uno sorbe el café y el otro bebe el vino y se entregan a un juego de palabras

-"Puede estar un destino -inicia Nicanor- escrito en la entraña de un pájaro..."
-"Cómo dudarlo -continuó Néstor- si en la madura hoja del Arrayán se dibuja un atardecer"
- Pacientes caligrafías- anota Nicanor
- De Pascual Gaviria- precisa Néstor

Jose, Manu y Nimo tiran los naipes sobre una mesa larga: -As - tira Jose, -dos - tira Manu, -tres - tira Nimo. Y en ese orden -cuatro- ci cinco- seis- siete- so sota- caballo- rey- uno- dos- tres.. -Pi pi pierdes Jo jo Jose- canta Manu al ver caer el tres de copas y cuidando no dejar caer su carta al mazo - re re recoges y empiezas tu tu turno. Nimo hace burla al perdedor y luego ríe a carcajadas.

Verónica sirve más vino para que Néstor recite con emoción el verso:
- "Esta vigilia mía en que al sol precedes y anuncias..."
Nicanor queda en silencio un instante, sorbe el tinto y completa impasible:
- "Tu cuerpo cabe en el pedazo de aire que acaricio"
- Orlando Gallo.

Rubén al fondo del salón escucha música en una grabadora mientras acaricia el gato. Cambia de casetes para cambiar de recuerdos y pasa de canciones móviles a canciones plácidas y de sórdidas a lúbricas como en los días profundos de Barba Jacob.

-Siete- tira Jose la carta del siete de bastos junto a la del siete de copas.
-Sota- tira Manu formando una pareja de sotas entre copas y oros.
-Rey- dice Nimo tirando el de espadas y el de bastos.

Una vez agotan las parejas de números, incluso después de arrastrar las del pozo, Nimo se queda con una carta en la mano y pronto Manu y Jose lo acusan de "Culo sucio" y arremeten contra él, que huye, y lo persiguen con falsa saña para darle patadas en las nalgas. Saltan sobre la música y la inmensa grabadora que arrastra las canciones de Lisandro Mesa, que Valeria y el abuelito bailan, con movimiento de velas o de alas, y cantan:
"me voy para la luna,
me voy para la luna,
me voy para la luna a buscar fortuna ..."

-"Me voy de aquí, porque no demora en caer un rayo"- inicia Nicanor
Néstor se queda mirando para arriba, como viendo una nube a la espera del rayo. Pero no encuentra en su memoria ni la cola del verso, ni el título de la obra, ni el nombre del poeta...

-¡Verónica!!!... ¡Verónica!!!...
- No la despiertes, hasta que a ella le plazca-

El abuelo baila con los pies descalzos. Su boca bufa el compás de la música que imita el sonido grave de la tuba. La niña calza sus pies pequeños con los zapatos del Gulliver y arrastra el ritmo. Cansada, mejor salta y se monta en los pies del hombre para sentir el agradable placer de balancear el cuerpo como en el columpio de un parque .

Ahora es Verónica quien baila y siente que flota en el aire como una vela.
Escucha el susurro de una voz inmemorial en su oído.
Su respiración se agita y siente el brío de su sangre cuando abraza un cuerpo.
Baila sin reconocer el ritmo que la arrulla, sólo le importa encontrar un pecho donde reclinar su frente.
Siente el abrazo, la caricia de unas manos familiares.
Siente como sus dedos la recorren y juegan a dibujar con tinta su rostro.
Entre temor y pudor, deja que él toque la íntima cicatriz que esconde bajo el labio.
Siente su aliento y la cálida proximidad del beso.
Hay un silencio de espera, que se hace eternidad.
Después surge la palabra, como en el principio.
Y llegan los ecos de su nombre...

-¡Verónica!!!... ¡Veróoonicaaa!!!...


23 de septiembre de 2011

Severo revéS


Buenas noticias para quienes murieron sofocados por insoportables calamidades.
H. Melville (Bartheby el escribiente.)




Después del secuestro vinieron tiempos más atroces y cayó en el olvido Moneco y también las aspiraciones y luchas por una sociedad más justa y humanitaria. El teatro de Verónica perdió su actor principal y con él se desvaneció el propósito de mover a compasión la construcción de una justicia redistributiva. De hecho todo el ejercicio de la pordiosería cambió el sentimiento de caridad por un vil mercado que cada vez se degrada del chantaje moral a rencores y a fobias. Los movimientos sociales que una vez se alzaron en una sola voz contra el atropello de los indefensos, perdieron el sentimiento de solidaridad y se replegaron con temor bajo la consigna de salvación por estatutos gremiales. Las cruzadas de oración que pedían la libertad del inocente se convirtieron en clubes de turismo religioso con planes especiales que incluyen retiros jaculatorios y sermones de superación. Del espíritu romántico que llevo al monte, y a las armas, a tantos inconformes, sólo quedaron las canciones de Pablus Gallinazo.
Nosotros, los hijos de Verónica, que no habríamos de cumplir una tarea importante en la economía divina, asumimos el papel de una vida ordinaria como mejor pudimos y cada cual trató de ocupar un lugar en el mundo con un poco de dignidad. Rubén, mi hermano y compañero de equipaje, tomó sus ahorros para hacer una carrera de Derecho que culminó de abogado defensor de las causas perdidas en una Oficina de Derechos Humanos. Violeta, mujer hermosa y vivaz como la flor, decidió entregarse generosamente a sus amores, variables como las estaciones y efímeros como un soplo de viento, y de uno en uno fue regalándole a Verónica tres nietos, que terminaron por ser su bendición. Elisa, la Mona, había aprovechado los tiempos de vacas gordas y se dio a la buena vida convirtiéndose en una mujer sofisticada que era invitada a alegrar con su presencia cuanta fiesta importante se celebraba en Medellín. Pero antes que todo esto sucediera yo ya me había ido a otra parte, a cualquier lugar que me alejara del ruido de las explosiones de bombas, de los traqueteos de balas, de los gritos desgarrados, de los boom noticiosos de terrorismo, de masacres y de listas de víctimas. Después de muchos tropiezos y desventuras logre llegar a Nuquí, donde encontré refugio en la soledad y el silencio del Pacifico chocoano. Ese destierro voluntario me desconectó de la civilización por tantos años que no supe llevar la cuenta del tiempo.

Un día me pico la nostalgia de Verónica y arremetí el viaje de regreso. Cuando llegue advertí cuanto había progresado la ciudad con calles vueltas avenidas, casas convertidas en edificios y el ruido hecho aturdimiento. Me sentí extraño y temí ser también un desconocido para mi madre y mis hermanos. Antes de ir a casa quise saber la suerte de Moneco, pero ya el pobre era sólo artículo de un periódico de ayer y la gente se ocupaba de comentar los titulares del nuevo día. Me preocupó el estado de salud de Verónica y me fui a casa con la intención, no sabía cómo, de servir de ayuda o de consuelo. Antes de tocar la puerta quise recordar su rostro, pero no pude detallar sus rasgos y facciones. Por un momento se me vino a la mente la imagen del Cristo que hallo en el basurero y sentí espanto. Pensé además que los rigores del tiempo y la metamorfosis del sufrimiento le habrían deformado el rostro, que jamás fue bello. Yo regresaba también con marcas del tiempo, con huellas del sol, con asperezas del mar y del viento. Mi única preocupación para enfrentarla era que no me reconociera como su hijo.
Al abrirse la puerta no apareció ni Verónica, ni Rubén, ni Violeta, ni la Mona. Grande fue mi admiración encontrar tres adolescentes, hermosos y vivaces, a quienes pregunté, consternado, quiénes eran, dudando si aún era mi casa, respondieron en coro y entre risas, “somos los nietos de Verónica”. Quedé tan atónito que no acate indagar quien podría ser el padre o las madres y me desconcertó más la actitud festiva en una casa que se suponía protagonista de una tragedia nacional. Les pregunté sus nombres y respondieron como en una escala musical: “Jose”, “Manu” “y Nimo”, así, con acento grave, con dos silabas, con las cinco vocales y apocopes. Pensé que me tomaban el pelo, pero fingí indiferencia y pasé a preguntar por Rubén.
- El tío es un abogado que trabaja en la Personería- dijo con fingido aplomo Jose.
-Vi vi vi vive en un a a apartamento eco eco económico del Centro- tartamudeo Manu.
-Tiene una mujer muy linda pero no está casado- completo con risa nerviosa Nimo.
Ahora creía que montaban una comedia a mi costa, que jugaban a imitar a Hugo, Paco y Luis, los paticos de Disney. Luego comprobaría que remedaban el modo de hablar de su tío y sus tías. Confieso que me comenzaba a exasperar el tono burletero con que respondieron la pregunta, pero no era más que la reacción del veneno de mis viejas amarguras ante la espontanea alegría de unos muchachos.
Cuando les pregunté por Violeta me respondieron en el mismo orden y como un guión que expresa el carácter personal, el primero dijo algo pertinente, el otro algo banal y el tercero agregó un chisme:
-Mamá consiguió un nuevo novio- dijo Jose
-Vi vi vi viene poco a do do dormir- tartamudeo Manu
-y viaja mucho a Cartagena…- completo Nimo, con risas.
Yo me había alejado de Medellín, además que por espanto, porque me animaba el secreto deseo de imitar el romántico ostracismo de Gauguin y por tener la cercanía del mar para leer al tusitala Stevenson. Creo que la protección de estos “amigos de los salvajes” favoreció la buena disposición que tuvieron con migo los chocoanos. Ese trato sibarita que recibí por los buenos salvajes contrastaba con las maneras chabacanas que me daba esta juventud de ciudad, con sus chanzas y jerigonzas masticadas de chicle. Sin embargo me alegró ver que en medio de la zozobra y el crimen el sentido del humor y el optimismo de los jóvenes no cedían al miedo.
Sólo por curiosidad les pregunté por la Mona a quien describieron como “un personaje exquisito y caricaturesco”, que “vi vi vive en un apartamento muuu muy lujoso en el Poblado” y que “es muy querida por todos pero amada por ninguno… ji-ji-ji”.
No les pregunté por Moneco para evitar que dijeran una impertinencia, que acaso no les toleraría. Decidí adentrarme en la casa y aunque supuse que sabían quién era yo, les dije: “Soy Raúl, ¿donde está mama?”. Como si hubiera dicho algo insólito todos se miraron entre sí: Jose a Manu - Manu a Nimo - Nimo a Jose y después dirigieron las miradas, en una sincronía teatral y con simulado misterio, hacia el cuarto de Verónica. No me daban aun respuesta y volvieron a mirarse teatralmente: Jose a Nimo – Nimo a Manu – Manu a Jose. Sostuvieron por un momento las miradas en silencio y de repente rompieron a reír con risas locas. Luego salieron a las carreras por la puerta, perdiéndose en la calle y dejándome en suspenso, como un tonto.


9 de septiembre de 2011

La leyenda






En poco tiempo la vida les dio un giro de ciento ochenta grados: casa propia en La América con servicio de criados, cuenta corriente en el banco con créditos ilimitados, vacaciones en Cartagena, Semana Santa en Popayán y navidad en la finca de El Retiro. A pesar de estas pausas que obligaban la interrupción de las exhibiciones, el Moneco no dejó un momento para seguir perfeccionando su actuación. No se dejó tentar a imitar a sus hermanos en los vicios de la gula y la pereza en que los sumía la abundancia de comida y comodidades. Verónica trabajó con Moneco, hombro con hombro, para que sostuviera la dieta alimenticia y el régimen de ejercicios que exigía el personaje, a lo largo de aquella temporada en que La Iglesia de la Candelaria protagonizó la época más devota de su feligresía. Y eso que por aquel entonces el Parque Berrío no contaba con el atractivo de La Gorda de Botero ni tenía estación del Metro.


La dulce sonrisa de Moneco, su angelical mirada y sus gestos tiernos no se inmutaron un sólo instante, ni declinó su autenticidad, ni siquiera aún cuando llegaron los tiempos difíciles.

Lo de las monjitas fue apenas una refriega. Un día martes dos monjas vestidas con hábitos negros detuvieron su camioneta frente a la iglesia y con paso decidido y fingida compasión se dirigieron a la puerta donde Moneco descansaba de su exhibición de misa de nueve. Aprovechando la escasa concurrencia, creyendo que no contaba con custodia alguna, lo levantaron, cual buen samaritano que ayuda al prójimo, e intentaron raptarlo. Ante el reclamo de sus hermanos, que brincaron de su sitio para rescatarlo, ellas esgrimieron las obras de misericordia como excusa de su deber religioso. Cuando sintieron la fuerte oposición a sus pretensiones suavizaron sus modales y se tomaron la molestia de explicar a los muchachos que con sólo unas fotos de Moneco gozando de los beneficios y cuidados de la comunidad de Hermanas de la Caridad, que ellas representaban, conseguirían una importante donación del extranjero. Agregaron que por supuesto para ellos y la familia también habría una sustanciosa recompensa, pero a todo ello se negaron los muchachos. Al ver desenmascaradas sus intenciones por unos pobres niños, las monjas consideraron que no debían dar explicaciones porque al fin y al cabo ellas eran más grandes y robustas que sus langarutos adversarios y optaron de nuevo por la fuerza y jalaron a Moneco hacia el interior de la camioneta. A punto de perder a Moneco, sin lograr nada con los gritos ante las inconmovibles y robustas monjas, que habían encendido el vehículo para ponerlo en marcha, los muchachos sintieron tanta indignación que la sangre se les subió a la cabeza y sin saber ni cómo ni por qué se vieron convertidos en unos perros rabiosos y poniéndose en cuatro patas y ladrando y mostrando sus dientes se lanzaron a morder las piernas y las nalgas debajo del hábito, que las monjas no tuvieron más opción que soltar a Moneco y huir despavoridas.

Con el periodista el enfrentamiento fue sutil y civilizado, pero marcó realmente el comienzo del desmoronamiento de la empresa moralizadora de Verónica. Un día un hombre blanco y alto, de elegantes modales y una mirada vivaz tras unos grandes anteojos, abordó a los chicos con una revista en cuya portada se mostraba una foto de Moneco. La fotografía era en verdad espectacular, una composición perfecta de forma, luz y color, Moneco parecía una estrella de cine. Explicó que aquella imagen había dado la vuelta al mundo tras ganar el prestigioso premio de una marca italiana de ropa colorida, United Colors of Benetton que, además de presentar sus productos con modelos de toda raza, también exhibía fotografías exóticas de niños en singulares situaciones. Nos pareció sospechoso que una marca de ropa se interesara por un niño desnudo en estado tan lamentable. Nos dijo también que esa fotografía era ya tan apreciada en muchos hogares del mundo que llegaban a enmarcar la portada para colgarla junto al cuadro del Corazón de Jesús o del Divino Niño. Nos regaló la revista acaso con la intención de que hiciéramos lo mismo en casa, en efecto Verónica lo hizo enmarcar y colgar en la sala, al lado de su retorcida imagen del cristo. Ahora sí pasó a explicar sus intenciones de hacer con Moneco un especial para televisión. No recuerdo bien si para la National Geographic o para Discovery Channel. El hombre quería recoger suficiente material para escribir el guión y otros datos para la pre-producción que darían paso a la realización de un documental sobre el drama de un niño del tercer mundo, que conmoviera el corazón de los americanos y los europeos. La respuesta negativa por parte de los niños fue clara y contundente, como sabían bien que era la voluntad de Verónica. Eso no impidió que unos meses después aparecieran en televisión versiones que exhibían falsos Monecos.

Valga anotar que las instituciones sociales y los medios locales de prensa y televisión se interesaron por Moneco sólo después que aquellas marcas y medios internacionales le dieron renombre. No por ello lograron información, ni entrevistas, ni fotografía alguna para su amarillismo.

Una tarde de septiembre, después de regresar de la exhibición, entraron en la casa un grupo de hombres fuertemente armados. Un tipo bajo y gordo, de bigote y gorra, con pistola al cinto, los comandaba. Hizo reunir a Verónica y a los chicos para arengar con palabras recias y en tono marcial, que sin duda había repetido infinidad de veces, sobre asuntos disparatados de la patria, de la lucha y de la justicia social, que acaso ni él mismo percataba su sentido. Ni de historia, ni de proletariado, ni de materialismo entendieron ellos. Mucho menos habrían de entender los motivos por las cuales se llevarían a Moneco. No condescendieron a los privilegios de un niño, no les importaron razones humanitarias, no aceptaron intercambio ni sustitución de la víctima, no valieron las lágrimas suplicantes de sus hermanos, ni sirvieron los gritos desgarradores de la madre para disuadirlos de que no secuestraran a Moneco.



Los medios de comunicación publicaron el secuestro: la radio, la prensa y la televisión anunciaron el acto nefasto y detestable y hasta los templos de cada parroquia doblaron sus campanas por media hora. El gobierno se rasgó las vestiduras y declaró la conmoción nacional. La iglesia y la sociedad civil deploraron el crimen y emprendieron cruzadas de oración y manifestaciones de protesta. El mismo presidente de la república suspendió una gira por el extranjero para asumir personalmente el asunto; esa misma noche se desplazó a Medellín con su gabinete de ministros para despachar ordenes de emergencia y represión. Un canal de televisión obtuvo la primicia para trasmitir las declaraciones del grupo que se atribuía el hecho y que de paso aprovecharon para hacer un relanzamiento de sus causas revolucionarias, que venían padeciendo el descrédito popular. Moneco apareció en la mesa junto a la cúpula guerrillera y la silueta de su imagen estaba impresa en la bandera que izaban a sus espaldas. Aquello se conoció como el Medellinazo, que inauguraba el nuevo período de violencia de repercusión nacional, entre cuyos actores, principales y de reparto, se distinguirían muchos personajes antioqueños.

Así entonces a Moneco lo erigían de un lado como símbolo de la lucha proletaria, bajo las banderas de la subversión, y del otro como víctima inocente que motivaba la cruzada por la dignidad del país. Ambos movimientos justificaron sus actos por un profundo y decidido amor a la patria. Sólo lamento que aquel acontecimiento no lo quiera registrar la historia oficial y que se haya incautado todo tipo de registro documental de aquellos hechos, sin duda para no dejar rebosar las páginas de Colombia con una historia nacional de infamias.


2 de septiembre de 2011

La Mona Lisa a los doce años






Todos admiran la grandeza artística de Fernando Botero pero pocos conocen la trayectoria de su obra y específicamente del momento en que evolucionó su técnica pictórica para alcanzar el típico estilo que hoy lo hace famoso en el mundo. Casi nadie conoce el hecho personal que cambió su mirada del mundo y que daría como resultado el monumental y simpático universo imaginario en que ha representado a su parroquia para convertirla en icono universal. Eso sucedió a finales de la década del cincuenta, no casualmente cuando Verónica lanzaba a Moneco en su teatro de caridad.
En 1955 el joven Fernando había regresado de Europa, pletórico del arte de Madrid de París y de Florencia, para exponer en Bogotá obras bajo el concepto de formas rigurosas, racionales e inflexibles que luego juzgaría como "un pastiche modernizante de Piero y Ucello". Éste fracaso, y la preferencia en el país por el abstraccionismo, le obligó a viajar a México para estudiar los efectos dramáticos en la obra de Orozco y la comprensión del elemento popular. Insatisfecho con estos valores destruyó los cuadros de esa experiencia, pero luego tuvo la fortuna de encontrar a Tamayo y la mandolina: la figura del instrumento infló la boca y redujo las clavijas. Con este afortunado encuentro formal no cesaba su búsqueda de un contenido esencialmente americano.

A principio de 1957 expuso en Washington "Bodegón con mandolina" del que acusaron sus proporciones gargantuescas y peso Brobdingnaguianos: "Solamente Hércules o Sansón podrían alzar la mandolina de un bodegón que luce como tallada en un bloque de granito". Primera señal de su "objetividad inconmovible" y un atisbo de su humor. En Washington intercambió ideas con José Luis Cuevas, hablaron de Dostoievski y de Kafka, del aislamiento del hombre contemporáneo y su incapacidad para comunicarse. De Washington pasó a Nueva York y volvió a Colombia donde obtuvo un segundo premio del Salón Nacional junto a Obregón, aunque no fue bien apreciado.
En 1958 se enfrenta a la encrucijada de la figura humana con su juego de alteración de las proporciones. En "Niño con cascabel" no logra contrapuntear las proporciones de sus elementos internos y el personaje no pasa de ser un regordete. En otros intentos la expansión de la figura era indecisa y rayaba más con lo monstruoso. Tras esta nueva frustración prefirió dar un respiro a la ansiedad de sus búsquedas, se dedica a contemplar a su bebe Lina y se va Medellín a repasar sus sentimientos patrios.
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Una mañana de sábado, después de la misa de once en la Iglesia de La Candelaria, un hombre joven de mirada penetrante y expresión severa, acentuada por una barba en candado, se quedó mirando a Moneco atenta y largamente. Parecía querer descifrar la escena porque no le pareció un limosnero común y corriente. Tampoco tardó en descubrir a quienes lo acompañábamos. Ese día trabajábamos sólo hasta después de la misa de doce y regresaríamos para almorzar en casa. El joven demostró tener disciplina de buen observador, miraba con amor y templanza y nunca con conmiseración, atento a los detalles, y de vez en cuando nos miraba con sonrisa cómplice como si resolviera un enigma del que nosotros conociéramos la respuesta. Cuando terminamos la jornada recogimos a Moneco, lo echamos al talego y nos fuimos a buscar el bus. El hombre nos siguió con la mirada, luego con paso decidido alcanzó el bus y nos acompañó a casa.
Ya entre los miembros de la familia el aspecto rudo de aquel hombre se mudó en cordialidad y ternura. Se presentó ante Verónica como pintor con interés de dibujar a Moneco. Verónica le presentó a cada uno de sus hijos: Raúl, Violeta, Rubén, Elisa a quien le decíamos "la Mona" y Carlitos a quien le cambiamos el nombre por el mote de "el Moneco", hijos, estos dos pequeños, del segundo matrimonio de Verónica con un campesino rubio y zarco, que mataron por oponerse, con machete en mano, a dejar su tierra. La charla con el joven pintor fue tan agradable que Verónica no tardó en confiarle la historia de la familia, el artista no se conmovió ante los hechos patéticos y rió de lo lindo por el tratamiento plástico del personaje de Moneco. Nosotros no comprendíamos la gracia pero su risa era tan contagiosa y honesta que le acompañamos riendo a carcajadas.
A los ocho días Fernando Botero regresó con regalos para todos y con una carpeta de dibujos al lápiz y grafito sobre papel. Estábamos tan acostumbrados a ver a Moneco como el centro de la escena que creímos que solo él había sido el tema de su arte, pero comprobamos que nos había dibujado a cada uno de nosotros, de memoria y por separado. De Verónica no mostró ningún dibujo, pues su prudencia advirtió que ella no permitía verse reflejada en un espejo o cosa parecida. La sorpresa fue que a Elisa, "la Mona", además de su juguete de regalo y del ramillete de flores, la había dibujado en una variedad de composiciones y de técnicas, probó con carboncillo y acuarela, como el artista que busca con ansiedad encontrarse a sí mismo.

Por ese tiempo la Mona tenía diez años, tres más que Moneco, y su figura de niña preadolescente era verdaderamente singular. A la Mona le había tocado ver la manera atroz como los paramilitares mataron a su padre y del trauma enmudeció refugiándose en el silencio. Después cuando Verónica comenzó a someter a Moneco en su disciplina artística, mientras veía como adelgazaba su hermanito ella engordaba. Pero lo más sorprendente fue que a la par que el cuerpo se inflaba, y en particular su rostro, el triste semblante mudaba en una dulce sonrisa. Los más sabiondos explicaron aquello como un fenómeno sicofisiológico, pero no esclarecían ni causa ni efecto. Verónica lo interpretó como un gesto místico de aprobación del Señor ante el teatro de caridad que protagonizaba Moneco. Fernando Botero por su parte vio una revelación artística para ahondar conceptualmente en sus búsquedas formales: La Mona comenzaba a ser la respuesta a sus inquietudes de esencia americana que armonizaba con la "objetividad inconmovible".
Fernando recordaba las conversaciones con José Luis Cuevas, particularmente sobre Stevenson en su ensayo Aex triplex en que se refiere a "las ciudades de Suramérica construidas sobre las faldas de empinadas montañas, y cómo, aún en ese ambiente tremendo, los habitantes no están ni un tris más impresionados por la solemnidad de su condición mortal ... Se celebran serenatas, cenas y hay mucha galantería bajo los mirtos. Y mientras tanto, los cimientos tiemblan bajo los pies, las entrañas de la montaña gruñen, y en cualquier momento, a la luz de la luna, las ruinas vivientes pueden saltar hasta el cielo y arrojar al polvo a la humanidad y sus festejos..." Esa fiesta en los lindes de la muerte, esa exaltación de la vida, esa salud rebosante es la esencia latinoamericana que buscaba (y que ya conocía Stevenson), la descubría ahora Fernando en casa de Verónica y en la imagen sensual de la Mona Elisa. La culminación de esa experiencia formal y conceptual despistó hasta la crítica más especializada. El hábito del pastiche, para reproducir las obras clásicas de la pintura les hizo creer que imitaba a Leonardo, con quien coincide sólo en la eternización del gesto, pero la verdad es que esa niña de sugestiva mirada y enigmática sonrisa, con motilado capul, trasquilada, y que en sus manitos coge un ramillete de flores obregonesas, al que abraza como una muñeca, esa Mona no es la Gioconda de Da Vinci a los doce años sino Elisa a los diez, a quien se alteró la edad para efectos fonéticos del título. Sin embargo el más engañado es el Museo de Arte Moderno de Nueva York que compró una réplica del original que nuestra familia posee y que sólo mostramos a los pocos amigos que conocen de arte y por supuesto al mismo Fernando que gusta contemplarla cuando nos visita.


19 de agosto de 2011

El Moneco



Eran otros tiempos. Toda la gente se interesaba por el ayunador.




Basto reducir la ya escasa ración de comida para que Moneco extremara la delgadez y se encontrara en condiciones de representar la exhibición que Verónica había preparado con talento y esmero. Al cabo de cuarenta días a pan y agua y adiestrado con método, Moneco demostró a su madre que tenía verdaderas dotes artísticas para enorgullecerla. La empresa familiar podía entonces ponerse en marcha y Verónica confiaba que ante todo representara dividendos espirituales.

La piel de Moneco había logrado esa totalidad verdosa que resplandece al forrar y trasparentar los huesos. Acurrucado sobre sus piernas, postura perfeccionada en una jaula no tan alta para sentarse ni tan ancha para acostarse, lograba expresar un cuadro a la manera de la época azul de Picasso, tan ajustado a la estética dramática de Verónica, quien no consentía que lo patético se contaminara de mal gusto, ni que una sola mosca acechara su boca.
La actuación de Moneco obedecía a un plan sistemático, meticulosamente estudiado por Verónica y vigilado con celo para su cumplimiento. Ni un bostezo debía estar fuera de lugar. Punto a punto obedecía sus instrucciones sin permitir un intento de improvisación, por más que Moneco hubiera dado las mejores muestras de espontaneidad histriónica. Un director de carácter como Verónica no toleraba ningún tipo de participación en la obra en que empeñaba su vida. Moneco aceptaba con docilidad su papel, le bastaba que su madre le indicara un gesto para interpretar su escena con pasión. Entornaba la cabeza girando agónicamente la nuca en un aleteo de párpados que levantaban la angelical mirada mostrando, en tanto, una sonrisa agradecida. Valía apreciar la gracia enigmática que se contrapunteaba entre los ojos y los labios.

Raúl y Rubén, que debían secundar a Moneco en la exhibición, conocían bien sus instrucciones y mostraron entusiasmo por la marginal participación. Siguiendo el programa el debut tendría lugar en la segunda puerta del atrio oriental de la catedral Metropolitana, quince minutos antes de la misa de ocho.
En la puerta, que encontraron libre de vagabundos y mendigos, todo se dispuso según lo convenido: Sacaron a Moneco de un talego y lo recostaron en la jamba derecha de la puerta. Rubén le acomodó la postura tomando en cuenta los ángulos de ingreso y el lado que les facilitara la entrega de la limosna. Raúl le frotó la piel con un dulce abrigo humedecido en aceite de cocina. Luego del repique de campanas ambos se pusieron a dos pasos del actor y le quedaron mirando expectantes. Moneco sostenía una mirada que reclamaba la confianza de sus hermanos. Esperaron la señal. Cuando se escucharon los primeros pasos de la feligresía entró Moneco en acción.

En el momento que los pasos de tacones y zapatillas se detuvieron a apreciar la exhibición, Moneco ya estaba en lo mejor de sus conmovedoras y sutiles contorsiones.


5 de agosto de 2011

Verónica


Para ambicionar el supremo honor de ser incomprendido.
León Bloy (La religión del señor Pleur)





Si bien coincidí con el señor Monsalve en la desconfianza por los milagros, que en mi opinión son inútiles menudencias en la economía de la salvación, otras conversaciones demostraron marcadas diferencias en la apreciación de la iglesia como pueblo de Dios y como organización jerárquica. Mientras él defendía el oro y las solemnidades yo reivindicaba el evangelio pobre y marginal. Además soy de los que creo que Dios, antes que arquitecto o mecánico o el título profesional que se le quiera endilgar, su oficio fatal y esencial es el de escritor. Superados los retos científicos de la estructura y principios del universo, las matemáticas de las cosas y el impulso vital, y una vez creado el personaje central de la historia, Dios no ha descansado en imaginar como terminar este cuento. También creo en el libre albedrío y considero que la vida de cada hombre, incluso la historia de la humanidad, es un libro escrito a dos manos. Adán fue prototipo de Cristo así como la Biblia Hebrea lo es de los Evangelios. Los santos por su parte se hacen a imagen de Cristo, aunque no todos sean declarados oficialmente en el Vaticano para veneración en los altares.

En relación con mi relato de Verónica debo comenzar por decir que la considero una verdadera santa. Si este testimonio tuviera validez para declarar sus virtudes y sacrificios podría llegar a reunir méritos para su canonización, sin embargo no puedo confirmar algún milagro. Ella, como un cristiano puro, se negaría al pavoneo de los altares invocando el "Mi reino no es de este mundo". Por lo demás estas tierras no suelen dar santos del gusto Vaticano, que prefiere la nacionalidad italiana o española y que en su hoja de vida especifique el oficio de sacerdote o de monja con fechas de actos anteriores al siglo diecinueve. Si no se cumplen las anteriores condiciones debe contarse con un apalancamiento de alta jerarquía eclesiástica, y no sería Su Eminencia López Trujillo quien abogaría por ella. En Colombia se han apostado sólo tres santos españoles y para dar cuenta de su tipo de santidad baste contar el caso de Ezequiel Moreno que durante la guerra de los mil días llamó a los católicos para defender a su religión asestando las máquinas de escribir Rémingtons, y los machetes, contra las cabezas de los liberales, con la promesa de quedar absueltos automáticamente. El Padre Marianito y la Madre Laura son santos del tercer mundo que no alcanzan más que al título de Beato y Beata. Su condición de religiosos, su provincianismo y lo ya remoto de su época no me interesan para reflexionar sobre la imagen de santo de nuestros tiempos, tal como quiero presentar a Verónica.

Todos en el barrio le llamaban ‘la loca’ y nadie se atrevía a sostenérselo en la cara, menos aún mirándola a los ojos. Ella se gozaba con su espantable apariencia para estropear los remilgos de la gente confortable. Siempre había algo histrión en sus actos que no eran fácil de comprender y pasaban inadvertidamente de lo cómico a lo trágico. Hizo de su oficio una devoción y de la basura un símbolo.

Decían que venía del nordeste, de Segovia o de Remedios, por eso la tildaron de bruja y hasta de guerrillera, porque para lo de prostituta realmente les dio motivo para hablar. Llegó sin marido y con cinco niños con tan distinta apariencia que la gente juzgó que no serían del mismo padre. Las mujeres del vecindario se confabularon para prohibir a sus hijos que jugaran con ‘esos piojosos’ y amenazaron a sus maridos si se atrevían al menor trato con ella. No tenía a nadie que le diera una mano y no tuvo mas alternativa que buscar con la basura el sustento para sus hijos.

Ella misma armó su rancho en lo alto de la montaña, arañándose a un pedazo de tierra al borde de la ancha ciudad, como un náufrago se aferra a la tabla que lo salvará de hundirse en el mar.Ya que las mujeres se sentían ofendidas en su vanidad, Verónica las llevó al extremo de provocar su envidia. No tenía, por supuesto, ninguno de esos atributos de hembra que hacen babear a un macho, porque además de flaca y desgarbada le faltaban unos dientes, pero ninguna de sus vecinas dejaba de notar la cara de satisfacción con que salían de su rancho los hombres que la visitaban, como si hubieran probado la gloria. No eran ellos, valga anotar, tipos de buena reputación, porque para merecer su amistad era condición ser pícaro. Yo soy testigo de ello y no me avergüenza confesar el hecho ante todo el mundo y no lo excusaré afirmando que ella nunca estaba en todos sus cabales. Me obligó a la promesa de contar su historia sólo después que los gusanos se hubieran dado un banquete a costa suya. Ahora que ha pasado un buen tiempo para reflexionar siento el deber de cumplir su deseo. Jamás hubiera pensado contar al mundo un drama como el suyo, antes mis empeños literarios estaban por la invención fantástica y condenaba de simplón al realismo. Luego de comprender el misterio de Verónica no me mueve la vanidad de que figure mi apellido en las páginas de la historia y ahora escribo con la esperanza de que su vida, que ella consideraba un mero signo de interrogación en la escritura divina, sirva de ejemplo a la incorregible humanidad. Quienes suelen ver de lejos la pobreza juzgaran patético mi cuento, quienes desconozcan la mística cristiana lo hallarán fantástico; sólo quiero que un lector prudente pueda advertir su sabiduría, que es distinta a la de los hombres.

Conozco el riesgo a que me expone esta revelación; se que me acarreará, más que la censura de la crítica literaria que sabrá sólo reprocharme el descuidado estilo, la animadversión de una sociedad entera. Me acusarán por atentar contra el sentido común, por turbar el orden; me señalarán de terrorista y hereje; me tratarán como un paria. Toleraría que hasta mis amigos me dieran la espalda con tal de no tener que soportar la excomunión de la iglesia. He reflexionado mucho sobre este panegírico; doy fe que cuanto aquí digo respeta los dogmas católicos. No seré quien juzgue la actitud de Verónica, sólo debo dar testimonio de lo que conocí y lo hago con sentimiento de temor y veneración.


22 de julio de 2011

Misteriosa Medellín






Nos escribe desde el País Vasco Robespierre Quintero, compinche de los tiempos de la Arteria, quien agradece que esta página alimente la añoranza de tantos emigrantes que conservan un amor entrañable por esta ciudad. Trascribimos sólo unos apartes de su larga y emotiva epístola:

"...Veo que aun perduran las obsesiones por Poe y que pretenden dar a los misterios de "Los crímenes de la Rue Morgue" y "El escarabajo de oro", una vuelta de tuerca literaria con los crímenes y caletas del narcotráfico. Me pareció muy curioso que combinaran un caso policial con una explicación sobrenatural; Chesterton solía hacer lo contrario.
...Espero que a esta edad no sigan, ustedes mis amigos, abusando del consumo de alcohol, de la soledad y de la pobreza...
... Me parece maravilloso que Medellín tenga su propio Aleph; siempre creí que esa fantasía era un privilegio argentino. Acaso eso pueda ayudar a superar el estigma de narco-violencia que nos deshonra ante el mundo y coloque el nombre de Medellín, sino junto al de las ciudades cultas, al menos con el de las bien educadas, sin embargo espero que al Aleph de Manrique no lo conviertan en un lugar de peregrinación o en un destino turístico. Desde la distancia sigo siendo el rastreador de misterios que se unía a sus discusiones y este muevo dato me obliga a listar otra modalidad de enigmas medellinenses, por ello quiero compartir algunas indagaciones para su Fantástica Medellín...

Luego de una reflexión sobre la prolijidad de Medellín para crear misterios policiales, Robespierre explica, con una verdad de Perogrullo, que los casos que refiere la prensa no solo quedan impunes por cuenta de la ineptitud y negligencia de las autoridades sino también por la indiferencia y hasta la aprobación de la gente. Lamenta que el asesinato no respete ni a los turistas y cita con tristeza los casos del comerciante italiano Mantobani y de los franceses Tison, Vial y Graesel, por hablar sólo de los últimos años. Pero estas cosas nadie las quisiera recordar ahora que celebramos el mundial subveinte. Los criminales de Medellín no tienen escrúpulos de clase, de raza o de frontera y su frialdad es tal que pueden provocar titulares como "El misterio del cadaver en la alacena" que recuerda al fantástico Stevenson de Las nuevas noches arabes.

Pero nuestro viejo amigo Robespierre quiere contar una historia verdaderamente aterradora, de las que no han sabido nunca ni los tímidos escritores ni los pusilánimes periodistas. Dice que en una noche entre el lumpen se la oyó narrar al Barquillo, a Jaime Espinel, pero que nunca la llego a ver impresa como cuento entre sus libros y ahora que el flaco había muerto nos quiere referir el relato para que lo publiquemos en este "Fantástico Blog". Nos promete intriga, suspense y terror con la historia de un joven poseído por el demonio, que una noche de diciembre asesinó a su propia madre y al cura que intentaba exorcizarlo. Luego también murió en su ley, con cincuenta puñaladas, y cuando su alma iba en busca de su merecida condenación, el mismo infierno lo rechazó y tuvo que volverse a vagar y lamentar su destino por las calles y esquinas de su barrio.

Le contestamos que felicitamos su aporte pero que antes habremos de contar otras historias y esperamos la mejor oportunidad para publicar su asombroso relato, después de que también podamos atender las solicitudes de Esteban Carlos para publicar su ensayo "Teoría personal de la biblioteca" y de Héctor Abad que nos insiste con su inédito "Tratado de la Librería", muy a propósito ahora que se ha hablado de la Biblioteca en expansión del señor Monsalve y de la Biblioteca Herética del hermano Fernando.

Cierro este interludio con la posdata que Robespierre Quintero termina su carta. Nos parece tan charra que esperamos no abusar de nuestros lectores.

¿En qué va a terminar el caso de la habitación carmín?¿Cuando contará Casanova sus desventuras? Un abrazo a La Negra; supongo que Yoyó terminó casándose con ella, envíenme fotos de los niños. Y ¿será que la hermanita de Raúl Voltaire, a quien pretendí con tanto empecinamiento, se quedó biata? ¿Podré tener aún esperanza?
Abrazos a todos.