10 de junio de 2011

El extravío del argonauta






“Era imposible anular el pasado pero oportuno corregirlo. Bastaría alterar la apreciación que tenemos de él. El concepto contemporáneo de la historia no es la relación de los hechos que sucedieron sino lo que juzgamos que aconteció. La nueva versión de la realidad estaría en manos de quien acometiera la tarea de juzgar el pasado, registrarlo en la enciclopedia y revelarlo al mundo. Muchos factores favorecerían la empresa. La idea de considerarnos el ápice de la historia nos autorizaba para juzgarla. El desprecio hacia la tradición y la ligera simpatía hacia todo lo que ella desestimó predisponían el pensamiento para volcar el Evangelio y la teología en ficciones.

“Tomamos por sede un viejo castillo en las cercanías de Alejandría. Éramos una sociedad secreta que al cabo de cinco lustros debía exhumar la enciclopedia que cambiaría el sentido del mundo. Millonarias ayudas financiaban el proyecto: Los ricos que alguna vez patrocinaron el fallido experimento científico que haría atravesar un camello por el ojo de una aguja, ahora estarían más tranquilos al desintegrar tal cuento; también los capitalistas y los judíos hicieron su inversión. Los primeros resultados fueron optimistas y prometían más: un grupo de paleontólogos encontró un cráneo y lograron reconstruir el cuerpo que evolucionistas atribuyeron a un antepasado del hombre; Los arqueólogos lo proveyeron de toda manifestación cultural. De otro lado los cartógrafos no daban con el lugar del paraíso, ni los botánicos encontraron el árbol de la vida y su fruta prohibida; ningún registro daba cuenta de Adán y su progenie. Así la ciencia aplastaba los mitos de la religión y daba claridad sobre nuestros ancestros.

“Llegamos a la fase final para revisar los cien tomos de la enciclopedia. Disciplinados con el don del insomnio y renovados de fuerza interior, despiertos de las apariencias en que vive el común de los hombres percibíamos el mundo como el vidente de Schopenhauer lo pudo ver. Novalis había dicho que los alquimistas buscan mucho y por casualidad encuentran más. Nuestra sorpresa no pudo ser más decepcionante. Todo cuanto quisimos reformar vindicándolo como original y auténtico, sólo era comprensible en razón de precursor o reflejo, real o ficticio, de una verdad única encarnada en Cristo. Prometeo y San Francisco eran el primer ejemplo. El absurdo de Jesucristo era el sentido del mundo; como el camino a los carismas superiores de que habla Pablo: “vemos ahora en espejo, confusamente".

No fue fácil para un hombre que confiaba en su sabiduría, aceptar esa verdad, comprender que Dios se revela en su Evangelio no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo, confundiendo no sólo a sabios, sino también a nobles y poderosos.

Se desintegró la sociedad y busqué asilo en un convento Dominico, en Italia, donde me rechazaron por viejo y ciego. La providencia me reservó la caridad de su tío a quien conocí en Roma. El error de la vida le es necesario a la vida; de la impía y laberíntica biblioteca que intentaba servir para reformar el universo tomé solo algunos libros para ordenar esta simple y contradictoria Biblioteca de Dios".

La cruz y el espejo fueron los símbolos que rigieron la clasificación de las obras. Sólo un libro procedía directamente de Dios y en torno a él se articulaban los demás. Hay obras que son semejantes a él: lo repiten en otros tonos, lo depuran, lo amplían o lo simplifican, lo cargan o lo recargan. Hay otras obras que son su inversión: lo refutan, lo impugnan, lo exterminan, lo trastruecan, lo niegan. A la cabeza de la biblioteca, como heraldo de la palabra, la Biblia en todos los idiomas del mundo. En la galería a la derecha, cual brazo diestro de la cruz, las obras de carácter teológico y filosófico que invocan la ortodoxia. En la galería izquierda, las siniestras doctrinas de las herejía. Los gnósticos inventaban un reflejo grotesco de la divinidad mientras san Agustín escribe la sublime Ciudad de Dios. Así continuaban los demás anaqueles a lo largo de la biblioteca, enfrentados como en un espejo, el anverso y el reverso de nuestra tradición. De los libros de filosofía seguían los de literatura, los de historia, los de moral, los de arte, siempre en la dialéctica de lo sagrado y lo profano, en el eterno conflicto del bien y el mal. El Principe de Maquiavelo oponiéndose a Gargantúa y Pantagruel de Rabelais, el idealismo de Hegel contra el materialismo de Feuerbach; el realismo en los cuadros de Courbet y el simbolísmo de Puvis de Chavannes; Winston Churchill y Adolf Hitler; Dr. Yekill y Mr. Hide: La tradición se nutría en la contradicción. Así cobraba vigencia la profecía de Simeón en Lucas dos, treinta y cuatro."


Luego de explicar la paradoja de la significación de un libro en su contradictor, tomó uno entre ellos que explicó ser el último que incluyó en la colección. Lo clasificó entre los que reflejan con distracción algunos pasajes del Evangelio; fue el libro que lo inquietó la noche anterior. Se titulaba Pentagrama y constaba de cinco relatos aparentemente inconexos con una ruta oculta que los articulaba como una historia completa. Esa ruta seguía el trazo del pentagrama en cinco líneas ininterrumpidas, así la continuidad se obtenía pasando del primer relato al tercero, de éste al quinto, luego al segundo, al cuarto y finalmente al primero, así sucesivamente para obligar una relectura.

No me admiró tanto la curiosa estructura narrativa como la razón de que el libro le diera la clave de un milagro. El viejo lo decía con transparente sinceridad. Para quebrantar mi escepticismo, sin más explicación, me invitó para que la noche siguiente lo evidenciara. Insistió, para comprometerme, que la revelación había obrado providencialmente con mi llegada al convento.