18 de mayo de 2012

La tribu asesina







Allí, en esa sala de espera del infierno, Marcos tuvo ocasión para pensar con mejor perspectiva sobre el rasgo criminal de algunos hijos de Antioquia que hacían protagonismo de primera página en la historia de violencia del país. Si la raza de Caín se entrometió en tantos pueblos y culturas de occidente sin duda encontró especial arraigo en esta "montaña de oro". A despecho de insignes hombres que han discutido, a favor o en contra, sobre la presencia de judíos en la estirpe antioqueña, Marcos, más allá de argumentos históricos y evidencias biológicas, especuló que los paisas se emparentaban con el pueblo judío por razones de espíritu más que por lazos de sangre. Argumentaba que los valores emblemáticos del antioqueño bravío y trabajador, con sentido familiar y hermandad de tribu bien podían vincularse a los del judío, pero también a los vicios de astucia y "zorrería" en los negocios y una estima de superioridad ante los otros pueblos. Pero se daba cuenta del abuso de generalizar estas correspondencias y precisaba que realmente lo que hay en Antioquia es una familia de malhechores que ejercen las infamias de los peores judíos, acaso por resonancias cosmogónicas del Libro en común. En esta familia ha encarnado la versión paisa del fratricida Caín, del conspirador David, del traidor Judas, del hipócrita Caifás, del simoníaco Simón, en fin, Marcos veía en Antioquia más representaciones de la canalla judía que de monstruos cuenta la mitología griega. 

Aquel grupo de hombres que seguían gruñendo en el bar con acento paisa y que en sus  fauces dejaban oler la sangre de sus víctimas, aun con el prestigio de gatilleros que les endilgaba el título de comandantes o lugartenientes, no pasaban de ser unos perros en obediencia a las órdenes de sus señores feudales. En el rango familiar eran los hermanos menores, los irascibles, los agitadores de la vendetta, los que con juramento ante Dios y ante la madre prometían a sus hermanos la venganza por el padre asesinado o el pariente secuestrado. Se consideran a sí mismos unos héroes Macabeos y querían mostrar su guerra como una campaña de liberación de la patria. Con una reputación criminal erigida con el terror de no respetar la vida de los familiares del enemigo,  aterraban a la sociedad pecon previo tratamiento de inimaginables torturas, pero sin la sagacidad y el ingenio de quienes los superaban en jerarquía de poder. Marcos sentía que debía haber otra tribu asesina más sofisticada que la de esos perros que jugaban satisfechos con la entelequia de los cuatro palos de la baraja española y por banda sonora la música ranchera.

Cuando a los pocos minutos volvió el doctor Ocampo, Marcos pudo advertir en su rostro, en sus gestos, en sus ojos vivaces, el carácter taimado de un judío sefardita, de un judesmo converso, de un ladino que prefirió renegar de su religión por congraciarse con el déspota. Su trato reverencial siempre le pareció sospechoso y dejó advertir bajo la mirada cobarde esa doble intención de quien jura fidelidad a un Dios pero tiene puesto el corazón en las monedas de plata. Marcos en el fondo de su corazón se compadecía de ese pobre miserable, de esa especie solitaria y fatal de hombre que no falta en aportar la traición en toda empresa de redención humana y casi podía notar bajo su nuca una marca de sangre que lo asfixiaba de remordimiento. El doctor Ocampo le explicó que había que dirigir una instancia a unos hombres importantes en cuyas manos estaba la decisión de ayudarle, pues sólo ellos tenían el poder para sacarlo de aquella situación de incertidumbre. Mientras salían entraba un grupo de mariachis.  

Caminaron por la calle y Marcos decidió seguirlo, más animado por la curiosidad de saber a donde podía llegar aquella situación que por una esperanza de salvación. Aun cuando sus observaciones, razonables o imaginarias, inducían a Marcos a sospechar del doctorcito, tenía una reserva de confianza en sus buenas intenciones pues tomaba en garantía la amistad con el profesor J***. A pocas cuadras entraron en un hotel de lujo con una arquitectura palaciega en la que tuvo esa misma sensación de imponencia que dan los edificios burocráticos, que insufla a los altaneros y apabulla a los sencillos. Subieron  al piso doce. Entraron en un vestíbulo en cuya recepción una señorita saludó al doctor Ocampo como a viejo conocido y le dijo que esperara. Sólo al rato informó de su llegada por teléfono y el hall quedó entonces en silencio. Marcos miró la puerta entreabierta donde debían estar los hombres importantes y comprendió el papel de mensajero que cumplía el doctor Ocampo pues no podía traspasarla sin la aprobación de la secretaria. Caminaba de un lado al otro del salón mientras Marcos se sentó dispuesto a otra sesión de espera. Se proponía dejar vagar sus pensamientos mirando por el ventanal con vista al sur de la ciudad, pero encontró mejor distracción en la observación de los personajes que fueron desfilando hacia el salón de reuniones.

El primero en entrar, como una punta de lanza, fue un hombre bajo y macizo con aire de profesor, a juzgar por las gafas de intelectual y una frente que le ocupaba media cabeza. Marcos consideró que debía ser la mente brillante del clan, porque es muy importante para este tipo de agrupación contar con un centro de pensamiento que divulgue sus doctrinas. El doctor Ocampo lo saludó con animada admiración, pero él apenas le dispensó un saludo lacónico que fulminó con un "doctorcito" de humillación que abatió el entusiasmo. No respondió al saludo de la recepcionista y pasó derecho por la puerta sin dar previo aviso. Después llegó otro hombre con ese paso que emula el político para marchar al lado de un militar. Vestía esmoquin con la corbata bien ajustada al cuello. Se acicalaba para entrar al salón e insistía en asentar hacia atrás una mata de pelo lacio que le caía en la frente. Saludó al doctor Ocampo con el mismo fingido interés con que un presidente de la república saluda a un personaje del pueblo mientras posa a las cámaras. Entró también por la misma puerta, sin avisar ni saludar, un hombre alto, fornido como un roble y curtido por el sol, cuyo porte combinaba la severidad de un general ruso con la decisión de un gerente yanqui. El doctor Ocampo se hizo a un lado como evitando que lo atropellara y bajó la cabeza sin intento de saludo. El último en llegar, como si calculara que estuvieran todos para recibirlo con plena ovación, era un cura muy solemne y aseñorado. Vestía una levita negra con una cruz inmensa de plata que le colgaba hasta la barriga y sobre el cuello clerical soportaba una cabeza grande de prelado del renacimiento, con unas gafas que dejaban ver unas cejas muy negras y espesas como debían ser sus pensamientos.

Marcos pensó que la reunión contaba ya con las figuras claves de un ejercicio de poder. Era un cónclave para ajedrecistas, no para vulgares jugadores de cartas. Si había visto pasar la corte de aristócratas que acudían al llamado de un soberano en representación simbólica de la torre, el caballo y el alfil, Marcos se preguntaba quién podría ser el Rey y la Dama de aquella asamblea de ajedrez criminal.

El doctor Ocampo y Marcos esperon mirando a la puerta, que aún esta entreabierta, con deseo de espiar. Volvieron la mirada a la señorita como demandando respuesta a la solicitud de atención. Sonó el teléfono. La secretaria levanta el auricular y recibe una orden. Se levanta y se dirige a la puerta. Ante la mirada atónita del doctor y de Marcos se dispuso a cerrarla.