29 de abril de 2011

La opinión de un lector


Por Leonardo Rojas




He venido siguiendo con interés este blog desde que sentí cierto olor a sangre al leer El ángel exterminador de Vallejo, pero no han sido más que promesas las de ustedes y falsas expectativas las mías. No logro entender la explicación del señor Vargas y del señor Bruno; a mí me gustan las cosas claras y el chocolate espeso, no sé en qué ciudad viven estos señores ni a qué juegan cuando, luego de referir un relato pornográfico y una historia de fantasmas, quieren hacernos deducir el modus operandi de un crimen cometido en una alcoba. Yo he vivido toda la vida en Medellín y he perseguido con interés todas las noticias de sus crímenes y escándalos, pero nunca he sabido de casos que se resuelvan de forma tan rara como ellos lo hacen. El conocimiento adquirido por más de treinta años en el seguimiento de la crónica roja local me dan facultad para identificar las causas reales de esta muerte, ajustado a las circunstancias de tiempo y modo de una ciudad que conozco como a la palma de mi mano.

No voy a embolatar a los lectores con largos preámbulos y, cual titular de prensa amarillista en estilo telegráfico, de una vez identifico el culpable y su motivación: "Por codiciar una herencia, niña de trece años mata a su hermanito". Y renglón seguido refiero los hechos: Al regresar a casa, después de pasear su perro, un hombre encontró muerto su hijo, un bebe de trece meses, en el mismo cuarto donde dormía su hermana, una niña de trece años. Los hechos ocurrieron en el tradicional barrio Prado Centro, en la mansión de una respetable familia. La reconstrucción del crimen permitió conocer los pormenores del hecho y se confirmó que la víctima murió por ahogamiento causado con bolsa plástica. En el expediente se recogieron todo tipo de testimonios y atando cabos se pudo armar esta historia tan patética e ingeniosa, que merece clasificar como una obra del arte en la galería de crímenes impunes.

Aburrido de la rutinaria holgazanería de su clase y con deseo de explorar nuevos territorios, el joven Sebastián se interesó por las diversiones de las clases populares y se dio en frecuentar las cantinas y billares de la 45 en Manrique, y de manera especial a La Casa Gardeliana. Por su garbo y clase alta pronto mereció el amor de una bailarina de tango que en un segundo de descuido le sacó una cría, con la que le obligó como padre, tras una demanda de alimentos probado el vínculo familiar, de una linda niña a la que se obligó a cubrir sus necesidades de educación, salud, vestido, recreación, vivienda y otros. Y como en Medellín (y en Colombia) al perro sí lo capan dos veces, doce años después, a Sebastián le vuelven a coger una cría, un niño sano y fuerte al que no sólo reconoció todas sus obligaciones sino que pidió al juez, por derecho a la patria potestad, tenerlo periódicamente bajo sus cuidados.

Con aquellas mujeres Sebastián no tuvo más relaciones que las exigidas por las circunstancias que le obligaba la paternidad, pero en la relación con los hijos habría de sentir su inclemente presencia. Entre esas dos mujeres, que nunca llegaron a conocerse personalmente, se llegó a tejer una sutil maraña de situaciones que terminó enredando a todos. La segunda mujer al enterarse de la accidental paternidad comprendió el interés de la primera y decidió entrar en el juego; cuando su hijo nació varón creyó ganar ventaja por la consabida preferencia machista del padre. La primera mujer al enterarse que Sebastián reclamó el derecho de tener algunos días al bebe, animó a su niña a visitar a su padre con instrucciones claras para ganar su afecto. Doña Irene que comprendía bien las artimañas de aquellas arpías tomó sin embargo partido por el bebe y buscaba alejar a la impertinente niña. Cuando ambas supieron de las repentinas muertes de los padres de Sebastián sospecharon una fatal enfermedad familiar y entonces se declararon una guerra sin cuartel por hacer único heredero a su respectivo vástago. Pero antes hicieron de ellos el arma de combate. La mamá de Jonás se lo mandaba cada vez más bonito y le pedía quedarse con él más tiempo por motivo de viaje o de trabajo. La mamá de Ana animó a visitarlo con más frecuencia, le enseñó a fingir más ternura y a esquivar a doña Irene entrando por la ventana de la habitación. Pero su talento criminal habría de demostrarlo en la forma como instruyó a su niña para matar al bebe.

Con juegos y ternuras la niña mostraba ante su papá un tierno amor de hermanita. Sería a través de un juego especial, enseñado meticulosamente por su madre, la manera como su madre la usaría como instrumento del crimen. Obviamente la niña no conocería de las intenciones finales y para distracción la instruyó en otros juegos como el de la ronda: jugaremos en el bosque mientras que el lobo no está, ¿lobo está? Se trataba de un nuevo juego para asustar niños llamado El Coco, según le explicó la mamá, debería ponerlo en ejecución con el bebé siempre y cuando no estuviera presente el papá. Consistía en meter la cabeza en una bolsa plástica transparente estirándola hacia atrás de tal modo que la cara se distorsionara como un monstruo. La niña haría mil muecas al niño hasta conseguir el llanto como evidencia del susto, luego cambiarían los papeles y ante la incapacidad del niño para ponerse el mismo la bolsa, la niña lo ayudaría hasta conseguir que hiciera muecas o esperar que se pusiera espantosamente morado.

Ustedes juzgarán que este crimen combina magistralmente los móviles del amor, la venganza y el dinero, pero la verdad es que hay un motivo más profundo y antiguo: el instinto de conservación de la especie. Para todos es bien conocido como muchas mujeres a quienes la vida no las dotó con suficiente belleza, razón y riqueza para triunfar en la vida, se ven forzadas a salir de cacería a enfrentar el ambiente hostil de una sociedad discriminadora, obligadas a usar tácticas de sobre vivencia con un impulso animal que les permite alcanzar una presa bien dotada que les procurará el sustento (o la pensión completa), preferiblemente vitalicia, para ella y sus hijos. No condeno a la niña ni a su madre ni a su abuela, porque estas sutiles conductas deben ser marcas biológicas de su género o de su memoria atávica. Finalmente quiero sacar una conclusión, no blasfema y confusa como la del árbol verde y del seco que refieren los señores Vargas y Bruno, sobre la naturaleza de estos hechos: Si este tipo de crímenes lo perpetraron unas rudimentarias mujeres de clase popular, cual sofisticados han de ser los crímenes de la clase poderosa de este país.
Debo agregar, por pura ociosidad, que estos largos años de maniática lectura del periódico El Espacio, además del este análisis criminal que me han procurado sus crónicas rojas, me ha permitido a través de la obsesiva observación de sus monas, hacer también un estudio de la personalidad de la mujer a partir de sus tetas. Si su blog considera oportuno exponer el tema será un gran estímulo para mi trabajo.



Jesus Elkin

para Leonardo Rojas

Tengo una duda.
Que ganas sacando lo peor de colombia?
Si supieras que en todo el mundo se ven unas cosas que uno se queda aterrado.
A lo mejor en tu familia cercana o lejana o amigos conocidos etc se han presentado violaciones sexuales,eso debe ser terrible,los divorcios ,eso es terrible.
Pero lo que se ve en el mundo ,en todo el mundo es de espanto.
Me da pena por ti que te ocupes de lo malo,muestrame lo bueno de MI COLOMBIA QUERIDA.
Vivo Venezuela,¿quieres que te cuente cosas malas de Venezuela?
Esto es horrible.
Recuerdas los crimenes de EL POCETO en Bogotá?
Fué hecho por un ex combatiente de Vietnan,fué horrible.
Busca ese episodio,
Pero te advierto que alli murió un redactor de noticias criminis,de un periódico amarillista,fue triste verlo en su mismo periódico.
Ubícate en lo bueno ,por el bien de la salud pública,de la imagen de Colombia y por tu futuro,porque de tanto estar uno en guerras y muertes mentales busca que le suceda lo mismo.
Queremos que nos cuenten cosas buenas para sobrevivir mentalmente a las tragedias.




8 de abril de 2011

Una versión fantasmagórica



"Con su Fantasma siempre perseguido
por una multitud que no lo alcanza"




Ángela había gozado siempre de buena salud mental y tan puesta en razón que jamás le pasó por la imaginación que al Señor o a la Santísima Virgen, en un arrebato místico, le hablaran como a Samuel o a Bernadette; ella, una simple rezandera, no alcanzaba para profeta ni para santa. Cuando escuchó por primera vez los murmullos estaba en la iglesia y con buen humor quiso imaginar que era un coro de ángeles; pero aquello no se parecía a un canto celestial, no eran melodías en cánones armoniosos venidos de arriba sino reclamos monótonos provenientes de algún lugar oscuro del templo, entre la comunidad de fieles parroquianos. Días después habría de sentir que surgían de un lugar abajo subterráneo profundo, algo así como quejas de difuntos o abucheos de fantasma. Si por dedicar al Señor una misa y un rosario diario, laudes en la mañana, Ángelus al medio día, coronilla a la divina misericordia a las tres de la tarde, adoración al altísimo cada quince días, trisagio al final del mes, novena al sagrado corazón los primeros viernes y letanías al espíritu santo; si esto hizo de Ángela una religiosa compulsiva, aquellas voces la volverían una mártir delirante. Esa misma mañana cuando salió de misa sintió dos cosas: la primera, que sus compañeras de feligresía ya no estaban a su lado para acompañarla a casa; y la segunda, que en su reemplazo una procesión de voces murmurantes la seguían como una sombra.

El candor y la ingenuidad de Ángela no le permitieron sospechar que el mal merodeara por su bendecido mundo, pues consideraba que su condición privilegiada la había rodeado de gente buenísima que sólo tenía para con ella afecto y consideración. Además, la fe puesta en la oración la escudaban de las acechanzas del demonio y las tentaciones del diablo. No era ninguna boba como para no advertir la procedencia de aquel coro de murmuraciones pues conocía bien la inclinación de la gente por las habladurías, no le dio importancia al asunto y se desinteresó por los reproches para evitar el juego perverso del chisme y la maledicencia. La envidia ya era un modus vivendi de estas sociedades, y pensaba que bastaría un poco de paciencia para superarla. Así eran las pruebas del Señor, cotidianas y ordinarias. Pero esta prueba le estaba resultando cada vez más opresiva pues las voces murmurantes la seguían, con empecinamiento, a donde fuera. Estando en el salón de música sentía que un demonio la ataba en la silla sin dejarla descansar, en la habitación sentía el abrazo de un brujo que la sofocaba en la cama y le quitaba el sueño, en cualquier conversación la hostigaba un inquisidor español que la torturaba con señalamientos indefinidos y la sentenciaba culpable. La asediaban por doquier voces irónicas que punzaban su oreja, la acorralaban voces ofensivas que mordían su oído, la imprecaban voces de odio que cercenaban su cerebro, voces de oprobio, voces de reproche, voces de recriminación, voces de rencor, voces de abominación, blasfemias que no cesaban, maldiciones que no se acallaban en su mente y que retumbaban en el alma: ¡Condenación! ¡Condenación! ¡Condenación eterna!

Con humildad y sumisión se doblegó creyendo que era en verdad una prueba del Señor y se sometió a su santa voluntad. Un sentido de culpa sin redención le apocó el ánimo y le encogió el cuerpo, invadida del terror agachaba la cabeza como un niño resignado al castigo y oprimía los brazos en el pecho como añorando el abrazo consolador de una madre. Día a día se tornaba más débil y desanimada hasta que cayó postrada en cama con inapetencia y fiebre. Los remedios caseros de doña Irene no le obraron. Los eminentes médicos no supieron diagnosticar la enfermedad, y sin embargo le recetaron cuanto se les ocurrió hasta el cansancio y cuando no pudieron fingir más la remitieron a los consuelos de la religión. El párroco la asistió con la confesión y la eucaristía en los primeros días de la afección y después le aplicó los santos oleos; cuando se cansó de esperar la muerte delegó en una monja la hostia santa y pasado el año ésta tampoco volvió. Familiares y amigos los abandonaron con paulatinas evasivas y excusas y finalmente con el olvido. Angelita que alguna vez fuera la exquisita gema de belleza y juventud de la casta de los Gómez Echavarría quedó sólo al cuidado de su esposo, su hijo y su criada.

Su hijo, un joven dandi que tantas veces posó de ateo anticlerical, terminó por convertirse en su compañero de rosarios y novenas, le leía la historia de los santos, le ponía la música de su agrado, le renovaba las flores de altares y mesas y la paseaba para mostrarle sus nuevas adquisiciones de peces y pájaros, entretenimiento que reemplazó a la otrora juerga y al círculo de amigos. La ternura de Don Juan Manuel era lo único que podía sacarle una sonrisa de alivio. La levantaba en sus brazos de la cama, la acomodaba en la silla de ruedas y salían a tomar el sol de la mañana en el balcón que daba al jardín para conversar de aquellos tiempos bonitos cuando viajaban por el mundo persiguiendo los rastros de Dios. Pasaban luego a la sala de música a tomar la media mañana, de allí al oratorio, luego al comedor, volvían a la alcoba para la siesta y en el jardín tomaban el algo a las cuatro de la tarde. A pesar de tanto ajetreo para su edad, Don Juan Manuel no podía dejar sentir cierta alegría por este triste idilio, que le obligaba estar a su lado. Prescindió de los servicios de una enfermera incluso cuando quedó tullida de los miembros del lado derecho de su cuerpo a consecuencia del derrame cerebral. Él mismo se ocupaba de bañarla y vestirla, de calentarle los pies, de cobijarle las piernas, de abrigarla en invierno y de abanicarla en verano, de servirle el café, de ponerle bocadillos en la boca y limpiarle la comisura de los labios. Así como en la salud y en la alegría se entregó a ella, así también en la pena y la enfermedad su entrega fue abnegada y paciente durante los diez lentos y largos años de su agonía: A los tres años Ángela ya había perdido el oído y sólo modulaba unas cuantas palabras. A los cinco años el rostro se le contrajo, los ojos ya no tenían brillo y los labios mostraban una palidez marmórea. A los siete años su presencia ya era del otro mundo, le faltaba el calor y su corazón no parecía latir. Cuando se durmió definitivamente, como un niño que cae rendido después de un largo llanto, su cabeza quedó acunada en los brazos de Don Juan Manuel, que lloraba sin consuelo y queriendo creer que la muerte al fin la libraba de las murmurantes voces que la persiguieron con ensañamiento por tanto tiempo.

Tuvo un funeral informal y con tal desamparo que nadie recordaría que una vez tuvo una boda solemne y concurrida que dio tanto que admirar en Medellín. Sólo la lluvia de aquella tarde se sumó a los sollozos de los tres dolientes. Regresaron a la casa donde no hallaron el consuelo solidario de una condolencia, ni de un sufragio, ni un sentido de pésame. El silencio de los pájaros acrecentó la sensación de vacío y soledad de la casa. Si Ángela descansó en paz de la persecución implacable de las voces o si la perseguirían hasta el último rincón del infierno no lo sabremos, pero el funeral lo sellaron con este comentario de broche: "Ciertamente, lo merecían, es cuestión de justicia."

Y la retahíla de murmuraciones continuó: "Que las obras de misericordia de Don Juan Manuel obligaban al beneficiado a sentirse en deuda con él, y así fue que la posada que ofreció en su casa a la desamparada Irene la obligó como amante y ahí tenían a su Jonás como prueba de un amor clandestino y pecaminoso. Que si de criada aquella intrusa ascendió a ama de llaves, ahora ascendería a segunda esposa para vivir a sus anchas en libertinaje y lujuria". Estas murmuraciones tenían la intención de llegar al conocimiento de doña Irene, que con ironía así la aludían, pero ella jamás permitiría dejarlas saber del buen Don Juan Manuel, que tampoco imaginó que esas calumnias provenían de las mismas personas que con su caridad calmaron el hambre y la sed, a quienes apoyó y consoló en los momentos difíciles, antes que solicitaran su ayuda. No por eso blasfemaría de Dios ni imploraría su misericordia, pero ahora que su paciencia, que sólo pendía del hilo de la vida de Ángela, se había roto, mandaría al carajo la opinión que de él tenía aquella sociedad de fariseos hipócritas.

No serían las voces murmurantes que espantarían a Don Juan Manuel de su casa, la ciudad y el país sino el silencio y el vacío que dejó su amada Ángela. En cada lugar de la casa sentía su cálida presencia, en cada mueble y en cada objeto veía su figura y no podía evitar recrear esos felices instantes, esos amorosos momentos que compartió con ella. La sentía durmiendo a su lado en la alcoba, la veía absorta en la sala de música, la escuchaba conversando en el balcón, la olía perfumada en el jardín, la tocaba cuando servía una taza de café y este delirio sólo podía calmarla con el whiski que diluía la obsesión en intensidad, así que la oía más fuerte, la veía más claro y la sentía más cerca. Fue entonces cuando usted, Sebastián, preocupado por los malos hábitos que adquiría su padre, el abuso del alcohol y los linderos del delirio, le recomendó salir del país en un viaje de tranquilidad y descanso.

Sin contradecirlo Don Juan Manuel consintió en salir de nuevo en peregrinación por los lugares santos para recrear el tiempo gozoso que vivió al lado de su Angelita. Pero en lugar de sanación terminó por agravarse su obsesión. En Lourdes y en Fátima, donde alguna vez se apareció la Virgen a unos niños pastores, a Don Juan Manuel se le aparecía su niña Ángela. En el camino de Santiago ella era la peregrina que caminaba a su lado y en cuanta romería emprendió, ella o su fantasma, fue su compañera de viaje. Ese delirio quedó consignado en las apasionadas cartas que le enviaba su padre desde cada lugar que visitaba y que a usted le alegraba suponer que padecía una jovial locura. ( De paso le propongo que el día que decida compartir con el público ese singular colección de cartas, Cesar y Yo estaremos orgullosos de editarlas en etcétera etcétera). Cuando su padre regresó de Europa trajo consigo también a su compañera de viaje y su unión fue tan inseparable como en los tiempos dolorosos de postración. La rutina que entonces hacía con su esposa la siguió recorriendo con su fantasma: Se levantaba de la cama y salían a tomar el sol de la mañana en el balcón mirando al jardín para conversar sobre los viajes por el mundo siguiendo los rastros de Dios. Pasaban luego a la sala de música a tomar la media mañana, de allí al oratorio, luego al comedor, volvían a la alcoba para la siesta y a las cuatro de la tarde iban al jardín para tomar el algo con chocolate caliente y pandequesos.

La muerte de su padre fue registrada en los periódicos locales con solapada conmiseración. Especularon que la causa del deceso fue la inflamación cerebral, el ataque cardíaco, la epilesia, el delírium tremens, la sífilis y el suicidio. Se empecinaron en querer desenmascarar al pérfido hombre que nunca fue y hoy que esas absurdas mentiras se caen por su propio peso, su honorable modestia se eleva para vengar las injurias. Una mañana cuando charlaban y bromeaban en el balcón que mira al jardín, el fantasma de su Angelita, que se sentía tan ágil como el viento, lo invitó a jugar a perseguirla por el cielo y el confiado y candoroso Juan Manuel, animado por unos tragos de whisky, la siguió flotando en el aire, cayó y murió tendido en el jardín. La noticia lapidaria que circuló entre los parroquianos de aquel Medellín decía que sus últimas palabras fueron: "¡Que Dios ayude a mi pobre alma!".

¿Que por qué se habrá de concluir que estos hechos explican en consecuencia la muerte de Jonás? Porque si un alma cultivada en los oficios divinos no pudo soportar la devastadora presión de la envidia y la maledicencia, si la voluntad de un hombre curtido en la contrariedad se doblega a los ángeles y cede a la muerte por amor, ¿Qué no habría de sucederle a un pobre inocente que desconoce la fe en Dios y aun no sabe de la fuerza del amor? Porque si con el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no harán?




1 de abril de 2011

La teoría de Bruno José




-Tu explicación del crimen, Cé, es aberrante -refutó Junior- te regodeas en la pornografía y terminas denigrando del buen nombre de los implicados. Calificar a Ana de ninfómana da más cuenta de tu lasciva imaginación que de tu cordura. Sin embargo das en el blanco al resolver la forma en que se entra al cuarto cerrado, dato que no aporta nada a la solución del caso porque, como bien dijo Sebastián, Ana y Jonás jamás llegaron a ningún tipo de trato y menos a un trato impúdico como el que acabas de referir. Es cierto que Jonás murió a consecuencia de una conmoción que no pudo soportar su corazón, pero no a causa de un gozo prodigioso, como el que pretendes hacernos concluir, sino por una penosa angustia que lo perseguía implacablemente.

-¡Señores!- dijo Junior ahora con solemnidad para reclamar la atención de sus contertulios- permítanme exponer mi teoría de este crimen: Jonás fue asesinado por un fantasma, o mejor dicho por una legión de espíritus. Lo más grave es que no ha sido la única víctima, se trata de asesinatos en serie que han cobrado también la vida de los padres de Sebastián y que probablemente reclamen pronto un nuevo mártir.

Ante semejante absurdo el joven de ojos acaramelados no supo si asustarse o escapar, pero antes de que se resolviera por cualquier cosa ya Carrasco le había puesto su mano sobre el hombro para evitar que se levantara de la silla o para tranquilizarlo. Se vio obligado a permanecer en su sitio y Carrasco le persuadió murmurándole al oido:- Pronto usted tomará cartas en este asunto, pero antes cultive el hábito de escuchar con paciencia-

"Mi versión de los hechos no sólo explicará la muerte de Jonás- prosiguió Junior-, dará luces sobre las razones que lo obligaron a usted, Sebastián, a alejarse de su círculo social, también ayudará a esclarecer el misterio de la consiguiente muerte de su madre y dilucidará de una vez por todas el motivo que llevó a su padre por el despeñadero de la desesperanza para terminar en el suicidio. Estas cosas tan graves e íntimas las supe por boca de mi mamá Marquita, a quien se las confió mi padre, Papá Senior, quien conoció a Don Juan Manuel García con ocasión de un negocio mutuo. Espero que estas revelaciones no lo incomoden, Sebastián, y le garantizo que esta explicación servirá para que triunfe definitivamente la verdad y ante todo salve el honor de su padre cuyo nombre ha sido vilmente mancillado por esta hipócrita sociedad antioqueña.

Debo referir antes algunos hechos que soportarán mi teoría. Primero hacer mención del conflicto que generó la petición de mano de la señorita Ángela Rosa, que hizo el próspero comerciante de textiles Don Juan Manuel García a la familia Gómez Echavarria. Para la época y el lugar ya era más que un atrevimiento que un plebeyo cortejara a una joven noble, peor aún si la familia era el emblema mismo de la antioqueñidad, pues llegaban a reclamar para sí ascendencias de Pedro Justo Berrío y del obispo Gómez Plata. Una gema de exquisita belleza y juventud, como era Ángela Rosa, incrustada en plata tan opaca como lo era el experimentado Juan Manuel y no en oro reluciente de los jóvenes pretendientes que la asediaban, generó tal alboroto entre los padres que se vieron en la obligación moral de convocar al concilio de eminencias familiares para pedir consejo. Aceptar como parentela a un hombre mayor sin abolengo ilustre era comenzar a ceder a la vulgaridad, aunque bien podría considerar como atenuante la millonaria riqueza que lo respaldaba. Juan Manuel era alto y elegante como un guerrero antiguo y aunque ese color oscuro de la piel lo podría delatar como mercader infiel, su distinguido nombre entre los grandes empresarios de la ciudad permitía confundirlo con los nobles de tradición. En rigor no hubo en la historia título nobiliario que no se comprara y este hombre parecía tener condiciones para anteponer al menos un Don a su nombre. Su fama de aventurero Simbad que había recorrido las tierras de la Fortuna bien merecía dignificarse llegando a su Destino de Marco Polo honrado por Kublai Kan. Después de mucho estimar su fortuna, objetar la edad y el color, considerar su humanismo y oponer su secularismo, los miembros del conciliábulo, entre los que se contaba dos prelados, un magistrado, dos curas, tres juristas y una monja, con la objeción única y radical del prelado más viejo, decidieron aceptarlo a regañadientes y programaron la solemnísima boda .

Toda Medellín, a través de las páginas sociales de El Colombiano conoció la vida de reina que Don Juan Manuel le procuró a la niña Ángela Rosa, con titulares como estos: "Los esposos García Gómez viajarán a Europa en peregrinación por Tierra Santa"; "El matrimonio de Don Juan Manuel García y la Señora Blanca Rosa Gómez regresan de visitar al Santo Padre y traen consigo el sello de bendición papal. Las comunidades religiosas de la familia Gómez los acogieron en sus casas provinciales"; "En peregrinación por Fátima y Lourdes la pareja de esposos Blanquita y Don Juan Manuel rinden culto a las apariciones de la Santísima Virgen". Todos viajes de carácter católico que incluían compra de reliquias y artículos religiosos y que no exceptuaban preciosas joyas y elegantes vestidos. La vida apacible en su mansión de Prado, dotada de jardines y salones para el recreo social y artístico de la hermosa Ángela Rosa, daban cuenta del amor y la veneración que le rindió su esposo. La refinada elegancia de princesa, su delicadeza en el trato, su don de gente, sus melindres con los niños y mascotas, su ternura para con los ancianos, su generoso desprendimiento, su escrupulosa religiosidad y su temor de Dios eran motivo de admiración en los altos círculos sociales de la Medellín de aquellos tiempos, que sin embargo no perdían ocasión para agregar otros comentarios a su personalidad y la juzgaban de virgen retraída, beata supersticiosa, tímida solapada y otros improperios propios de la envidia y del cultivado hábito de la maledicencia antioqueña.

En ese ritmo de vida llegaron a cumplir veinte años de matrimonio que celebraron con misa solemne y agasajo de familiares y amigos. Angelita, así se dieron en llamarla ese día tan especial, fue el centro de las atenciones y congratulaciones de la crema y nata de la sociedad. Después de una homilía de bendiciones a la pareja, modelo de sagrado matrimonio, el tema de conversación en la fiesta giró en torno a la cadena de hechos y actos que la feliz pareja vivió a lo largo de los años y que, tanto invitados como Medellín entera, conocieron por las páginas sociales de periódicos y semanarios. En cada mesa o grupo de reunidos los comentarios se aprobaban con un chín chín de copas exaltadas y la unión de opiniones daba un balance positivo de la vida matrimonial que tuvo por ápice del amor y la felicidad el nacimiento del hermoso niño Sebastián, el 20 de enero día del mártir romano. Cuando las copas y el entusiasmo aumentaron los reconocimientos a las virtudes se alternaban con ocurrencias, bromas y no faltó el chisme. De Don Juan Manuel se dijo que a pesar de haber sido cuestionado como masón por su indiferencia con las sociedades católicas terminó cediendo para hacer parte de la Sociedad del Santo Sepulcro y que abominando de la publicidad de las obras de beneficencia terminó por dejarse premiar por el periódico local con la medalla del Buen Samaritano y acto seguido alguien listó con mofa las obras de misericordia corporales a que daba cumplimiento su caridad: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, asistir al ... amén. De Ángela se dijo que conservaba la fineza y delicadeza de hacía veinte años pero no se esforzaba por ocultar las inclemencias que el tiempo marcaba en su cara, mientras Don Juan seguía tan entero y sensual. Sobre esta palabra: "sensual" conectada con la obra de misericordia: "dar posada al forastero" alguien amplió el comentario, probablemente una persona con mucho peso en la opinión, un preclaro doctor en derecho consuetudinario o canónico, sin duda un escrupuloso moralista y un maestro fariseo de la Ley dijo: "Un hombre tan generoso como para ser capaz de dar posada en su propia casa a una pobre mujer. Pero desinteresado..uhh." y una vez arrojó el fuego para que ardiera el infierno, salió y huyó.

De cómo ardió aquel hogar se contará en la próxima semana, para no abusar más del tiempo y gentil atención de nuestros lectores.