Por Leonardo Rojas
He venido siguiendo con interés este blog desde que sentí cierto olor a sangre al leer El ángel exterminador de Vallejo, pero no han sido más que promesas las de ustedes y falsas expectativas las mías. No logro entender la explicación del señor Vargas y del señor Bruno; a mí me gustan las cosas claras y el chocolate espeso, no sé en qué ciudad viven estos señores ni a qué juegan cuando, luego de referir un relato pornográfico y una historia de fantasmas, quieren hacernos deducir el modus operandi de un crimen cometido en una alcoba. Yo he vivido toda la vida en Medellín y he perseguido con interés todas las noticias de sus crímenes y escándalos, pero nunca he sabido de casos que se resuelvan de forma tan rara como ellos lo hacen. El conocimiento adquirido por más de treinta años en el seguimiento de la crónica roja local me dan facultad para identificar las causas reales de esta muerte, ajustado a las circunstancias de tiempo y modo de una ciudad que conozco como a la palma de mi mano.
No voy a embolatar a los lectores con largos preámbulos y, cual titular de prensa amarillista en estilo telegráfico, de una vez identifico el culpable y su motivación: "Por codiciar una herencia, niña de trece años mata a su hermanito". Y renglón seguido refiero los hechos: Al regresar a casa, después de pasear su perro, un hombre encontró muerto su hijo, un bebe de trece meses, en el mismo cuarto donde dormía su hermana, una niña de trece años. Los hechos ocurrieron en el tradicional barrio Prado Centro, en la mansión de una respetable familia. La reconstrucción del crimen permitió conocer los pormenores del hecho y se confirmó que la víctima murió por ahogamiento causado con bolsa plástica. En el expediente se recogieron todo tipo de testimonios y atando cabos se pudo armar esta historia tan patética e ingeniosa, que merece clasificar como una obra del arte en la galería de crímenes impunes.
Aburrido de la rutinaria holgazanería de su clase y con deseo de explorar nuevos territorios, el joven Sebastián se interesó por las diversiones de las clases populares y se dio en frecuentar las cantinas y billares de la 45 en Manrique, y de manera especial a La Casa Gardeliana. Por su garbo y clase alta pronto mereció el amor de una bailarina de tango que en un segundo de descuido le sacó una cría, con la que le obligó como padre, tras una demanda de alimentos probado el vínculo familiar, de una linda niña a la que se obligó a cubrir sus necesidades de educación, salud, vestido, recreación, vivienda y otros. Y como en Medellín (y en Colombia) al perro sí lo capan dos veces, doce años después, a Sebastián le vuelven a coger una cría, un niño sano y fuerte al que no sólo reconoció todas sus obligaciones sino que pidió al juez, por derecho a la patria potestad, tenerlo periódicamente bajo sus cuidados.
Con aquellas mujeres Sebastián no tuvo más relaciones que las exigidas por las circunstancias que le obligaba la paternidad, pero en la relación con los hijos habría de sentir su inclemente presencia. Entre esas dos mujeres, que nunca llegaron a conocerse personalmente, se llegó a tejer una sutil maraña de situaciones que terminó enredando a todos. La segunda mujer al enterarse de la accidental paternidad comprendió el interés de la primera y decidió entrar en el juego; cuando su hijo nació varón creyó ganar ventaja por la consabida preferencia machista del padre. La primera mujer al enterarse que Sebastián reclamó el derecho de tener algunos días al bebe, animó a su niña a visitar a su padre con instrucciones claras para ganar su afecto. Doña Irene que comprendía bien las artimañas de aquellas arpías tomó sin embargo partido por el bebe y buscaba alejar a la impertinente niña. Cuando ambas supieron de las repentinas muertes de los padres de Sebastián sospecharon una fatal enfermedad familiar y entonces se declararon una guerra sin cuartel por hacer único heredero a su respectivo vástago. Pero antes hicieron de ellos el arma de combate. La mamá de Jonás se lo mandaba cada vez más bonito y le pedía quedarse con él más tiempo por motivo de viaje o de trabajo. La mamá de Ana animó a visitarlo con más frecuencia, le enseñó a fingir más ternura y a esquivar a doña Irene entrando por la ventana de la habitación. Pero su talento criminal habría de demostrarlo en la forma como instruyó a su niña para matar al bebe.
Con juegos y ternuras la niña mostraba ante su papá un tierno amor de hermanita. Sería a través de un juego especial, enseñado meticulosamente por su madre, la manera como su madre la usaría como instrumento del crimen. Obviamente la niña no conocería de las intenciones finales y para distracción la instruyó en otros juegos como el de la ronda: jugaremos en el bosque mientras que el lobo no está, ¿lobo está? Se trataba de un nuevo juego para asustar niños llamado El Coco, según le explicó la mamá, debería ponerlo en ejecución con el bebé siempre y cuando no estuviera presente el papá. Consistía en meter la cabeza en una bolsa plástica transparente estirándola hacia atrás de tal modo que la cara se distorsionara como un monstruo. La niña haría mil muecas al niño hasta conseguir el llanto como evidencia del susto, luego cambiarían los papeles y ante la incapacidad del niño para ponerse el mismo la bolsa, la niña lo ayudaría hasta conseguir que hiciera muecas o esperar que se pusiera espantosamente morado.
Ustedes juzgarán que este crimen combina magistralmente los móviles del amor, la venganza y el dinero, pero la verdad es que hay un motivo más profundo y antiguo: el instinto de conservación de la especie. Para todos es bien conocido como muchas mujeres a quienes la vida no las dotó con suficiente belleza, razón y riqueza para triunfar en la vida, se ven forzadas a salir de cacería a enfrentar el ambiente hostil de una sociedad discriminadora, obligadas a usar tácticas de sobre vivencia con un impulso animal que les permite alcanzar una presa bien dotada que les procurará el sustento (o la pensión completa), preferiblemente vitalicia, para ella y sus hijos. No condeno a la niña ni a su madre ni a su abuela, porque estas sutiles conductas deben ser marcas biológicas de su género o de su memoria atávica. Finalmente quiero sacar una conclusión, no blasfema y confusa como la del árbol verde y del seco que refieren los señores Vargas y Bruno, sobre la naturaleza de estos hechos: Si este tipo de crímenes lo perpetraron unas rudimentarias mujeres de clase popular, cual sofisticados han de ser los crímenes de la clase poderosa de este país.
Debo agregar, por pura ociosidad, que estos largos años de maniática lectura del periódico El Espacio, además del este análisis criminal que me han procurado sus crónicas rojas, me ha permitido a través de la obsesiva observación de sus monas, hacer también un estudio de la personalidad de la mujer a partir de sus tetas. Si su blog considera oportuno exponer el tema será un gran estímulo para mi trabajo.
Tengo una duda.
Que ganas sacando lo peor de colombia?
Si supieras que en todo el mundo se ven unas cosas que uno se queda aterrado.
A lo mejor en tu familia cercana o lejana o amigos conocidos etc se han presentado violaciones sexuales,eso debe ser terrible,los divorcios ,eso es terrible.
Pero lo que se ve en el mundo ,en todo el mundo es de espanto.
Me da pena por ti que te ocupes de lo malo,muestrame lo bueno de MI COLOMBIA QUERIDA.
Vivo Venezuela,¿quieres que te cuente cosas malas de Venezuela?
Esto es horrible.
Recuerdas los crimenes de EL POCETO en Bogotá?
Fué hecho por un ex combatiente de Vietnan,fué horrible.
Busca ese episodio,
Pero te advierto que alli murió un redactor de noticias criminis,de un periódico amarillista,fue triste verlo en su mismo periódico.
Ubícate en lo bueno ,por el bien de la salud pública,de la imagen de Colombia y por tu futuro,porque de tanto estar uno en guerras y muertes mentales busca que le suceda lo mismo.
Queremos que nos cuenten cosas buenas para sobrevivir mentalmente a las tragedias.