21 de enero de 2011

El pacto de Versalles






Debemos a la conjunción de un espejo y unos libros la creación de este blog. La colección incompleta de narradores antioqueños nacidos en la segunda mitad del siglo XX se exhibía en la vitrina de una librería de Junín y a través de un espejo en la pared del Salón Versalles veíamos, confusamente, el retrato de Borges. Voltaire, Casanova y Yosinmás habíamos salido del Salón Málaga en busca de un tinto de Versalles para terminar la discusión que sosteníamos desde temprano sobre la fabulosa historia del final de siglo en Medellín, tiempo y lugar de nuestra añorada juventud. Caminábamos con cierto desgano cuando nos detuvimos frente a la vitrina para comentar los argumentos de los títulos que conocíamos. Voltaire (nada dice al lector el nombre de Raúl Higuita) sentenció que esa literatura se confundía de forma rastrera con los periódicos y se dejó caer con esta lapidaria sentencia: "En Medellín los ilegibles periodistas han usurpado el sagrado reino de la literatura". Casanova (careta más diciente que Enrique Moreno) sostuvo que las obras de Jorge Franco, Fernando Vallejo y Héctor Abad daban cuenta suficiente de esa terrible época: "Tienen esa fuerza expresiva del testigo presencial que nos conmueve hasta las lágrimas". Yo, más orgulloso porque me he creído Yosinmás, reconocí que estos escritores eran impecables, pero agregué con cizaña que lamentaba su resignación al realismo y su impotencia para hacer con tan rica materia: literatura fantástica.


Ya en Versalles Casanova me seguía justificando por qué Héctor Abad no se rebajaba al realismo, por más autobiográficas que parecieran sus fábulas. Voltaire insistía que ninguno lograba el genio para relatar la complejidad tragicómica de aquella época. Para no extendernos en discusiones bizantinas propuse que apostáramos con este blog que en Medellín hay tratamiento fantástico, así como Carrasquilla (que ese 17 de enero cumplía 70 años de muerto) apostó con Simón El Mago, ante El Casino Literario de su tiempo, que en Antioquia hay materia literaria. Y levanté como prueba la novela de Esteban Carlos Mejía: Mentirás al prójimo como a ti mismo. Acto seguido intentamos recapitular el pobre inventario de personajes fantásticos de aquellas obras y advertimos las reiteradas figuras de la mitología católica: el diablo, las brujas y la muerte, ya magistralmente fabuladas por Carrasquilla. El diablo rondaba sin ganas a los fantasmagóricos malevos de Mejía Vallejo, la pelona muerte sobrevivía acechando los despeñaderos de Fernando Vallejo y las brujas encarnaban en Rosario Tijeras y otras locas y putas de Jorge Franco. Los nuevos personajes fantásticos se reducían a contar esos dos geniales ángeles de la guardia del narrador de Mentirás al prójimo, Domingosabio y Mingo Carnaval, más los tres o cuatro demonios que lo poseían. Ahora que estaba de moda darle regalos a Medellín con motivo de su cumpleaños, Voltaire, Casanova y Yosinmás, nos propusimos emprender este blog para revelar o inventar los aspectos fantásticos que acaso puedan redimir éste infierno y mudar su imagen al de una mitológica ciudad como la Buenos Aires de Borges, el París del Surrealismo, el Londres de Sherlock Holmes o la Praga de Kafka.

Claro que reconocemos nuestras limitaciones: Los tres juntos no lográbamos reunir el bagaje intelectual de Esteban Carlos, ni la preparación técnica de Jorge Franco y menos el talento y encanto de Héctor Abad. Es más, no somos de familias "acomodadas", no tenemos amigos influyentes y no alcanzamos méritos académicos ni profesionales, somos unos completos desclasados, unos renegados de la clase media, una cruza entre el ocio pequeñoburgués y la insatisfacción proletaria. Pero en esta particularidad radica nuestro valor agregado, en que daremos una versión diferente a la que nos tienen acostumbrados la aristocracia literaria y los profesionales de la palabra. Vallejo, que de las comunas sólo conoce las lucecitas que titilan en la noche vistas desde el balcón de su apartamento, sueña un sicario que asesine las personificaciones de su odio. Franco idealiza una sicaria muy chimba por quien delirar de amor y brincar en trampolín a una película de acción tipo americana. Es decir que en buena medida Medellín ha sido contada por los profesionales de la palabra que a falta de una vida emocionante, se propusieron coger los morbosos temas de la clase baja, a quien temen y desconocen. Nosotros, cansados de la pornomiserias, la sicarescas y el anecdotario del pobre barrio, decidimos contar las historias del puro pueblo, variopintas y multiformes, y de las que esperamos sean del gusto y entretenimiento del lector.

Entre tantas crónicas rojas, acaso acostumbrados a la indiscriminada masacre o a la imperante impunidad, ni las aparatosas descripciones de los Crímenes municipales de Darío Ruiz sospecharon del primer relato policial de Medellín, que este blog publicará como primicia, y que refiere el misterioso caso de muerte en cuarto cerrado que ocupó la atención de la prensa y la infructuosa inteligencia de los organismos de seguridad. Se contará la increíble y mística historia de Verónica Paniagua y su hijo, que pasó inadvertida por la secuencia trágica del Palacio de Justicia y Omayra Sánchez. Se conocerá la historia oculta del heresiarca y del aleph hallado en la iglesia de Manrique; de los miembros del Sanedrín que en El olvido que seremos se alude como el Grupo de los Seis, y que tuvo derivación en el caso de Los doce apóstoles. Se dará a conocer el informe secreto del virus que desató la pandemia que mató a miles de colombianos aquella aciaga época de fin de siglo y que los pusilánimes noticieros callaron por amenazas o por pago. En fin, todo un cadáver exquisito hecho de resonancias y reflejos, de retazos y pastiches, escrito a tres manos, en donde encontrará el lector, cada ocho días, una ocasión para debatirse entre el amor y el odio por esta fantástica ciudad.