- Ahora vera joven Ángel – dijo como empezando a aclarar el misterio -, la figura que da sentido a lo que buscamos y que apenas descubrí la misma noche que usted llegó al convento.
"Lo seguí al altar y en el sagrario me señalo la imagen de un cordero que izaba una crucecita sostenida con la pata delantera. Había en el trazo de las cuatro figuras anteriores una intención de imitar la composición de esta. No tenia las palabras Santo, Santo, Santo pero si las que correspondían al segundo y tercer renglón de las demás inscripciones. El hermano me pidió que tomara como referencia el punto en que se cortan las dos líneas de la cruz, para bajar la plomada.
- Tenemos los cinco puntos del pentagrama – dijo alargándome la madeja de hilo dorado-.
Amarra el extremo en la puntilla y lo llevas, templándolo, hasta la puntilla del león luego a la del toro a la del hombre y a la del águila, y finalmente hasta el punto de comienzo para así cerrar la figura.
- La estrella de cinco puntas - dijo señalando las lineas de la figura formada por el hilo-, fue el Signum Pythagoricum, el símbolo sagrado de la armonía del cuerpo y el espíritu. Tradicionalmente se considera representativo de la magia blanca cuando señala hacia arriba y que los satanistas invierten derivando en cabeza de chivo. Fue la contraseña de una tendencia secreta de naturaleza gnóstica y para la francmasonería la estrella flamígera que ilumina la tierra con sus rayos de luz y del que la humanidad obtiene sus frutos porque da luz y vida a la tierra. En la iconografía Cristiana representa las cinco heridas del crucificado y su forma cerrada es símbolo de la unión en Cristo del principio y el fin.
Ante tantas explicaciones sentí miedo porque no sabía si hacíamos un signo sagrado o profano y preferí santiguarme. En el interior del pentágono tracé otra estrella uniendo los vértices. Así seguimos trazando los pentagramas interiores, ya orientados al altar o invertidos, hasta cuando el último se ajustó al tamaño de una baldosa. La estrella se acoplaba de manera perfecta al dibujo del mosaico y su geometría tendía a la forma de una G. El hermano dijo que levantara la baldosa pues allí debía encontrarse el tesoro. Me alargó el martillo y el cincel.
Antes de describir lo que siguió, debo confesar que me encontraba muy fatigado por la suma del trajín del día y el largo tiempo en vela, pues estaba a punto de amanecer. Tal vez eso explique lo que me sucedió.
Levante la baldosa y retire la arena para descubrir un pequeño cofre metálico. Miré al hermano buscando un gesto de aprobación y lo abrí. Una explosión de resplandor me fulminó. Quedé cegado por la luz y me recosté cerrando los ojos para descansar. Cuando me recupere vi que el hermano tenía en sus manos una preciosa cruz y me la entregó diciendo que el milagro había obedecido a la esperanza. Al recibirla mi mano se sobrecogió con una sensación dolorosa.
Los brazos de la cruz eran de oro macizo con los extremos en forma de trébol; al centro, una estrella de catorce puntas de variada pedrería custodiaba una gema mayor extraída de la cueva de la natividad. Me sentí indigno de sostener tan sagrada joya y se la devolví, pero me pidió conservarla. Como si hubiera algo más interesante, me dijo mirar en el hueco de donde la sacamos. Entonces fue cuando vi lo indecible.
Era una hendidura por donde se vislumbraba la divinidad. Una visión imprecisa y espantosa como la describe simbólicamente Ezequiel y que a Moisés le fue insoportable contemplar. Yo pude ver en un solo instante imágenes nítidas y simultaneas que me sumían en un sentimiento de admiración y alegría, pero sentí el terror que provocan las cosas que no comprendemos y retire mis ojos del orificio.