Parece una provocación a los remilgos morales de la sociedad antioqueña proponer a una refinada ninfómana como heroína de un libro y una afrenta a su tradición poner en ridículo a sus machos que se estiman tan varones como un vaquero Marlboro. Si bien esta confrontación está dispersa a lo largo del libro "Fragmentos de amor furtivo", no podría esperarse que su hedonístico autor, Héctor Abad Faciolince, la justificara como otra cosa que no fuera divertimento. Este tema de la infidelidad y la promiscuidad es tan apasionante y tan antiguo como los dioses griegos y puesto en el marco de esta sociedad, con melindres de castidad, da ocasión para la mofa de librepensadores y libertinos. El teatro del amor ofrece las mejores circunstancias para dar cuenta del carácter de un pueblo o de una época, no en vano este autor invoca el auxilio de Las Mil y Una Noches, El Decamerón y Barba Azul; aunque sus usurpaciones no logran actualizar esas leyendas con color local, o como dice wikipedia remitologizar las temáticas universales, y termina armando algo más parecido a una colcha de retazos que a una obra de arte moderna.
Estos fragmentos forman la colección de amores de una ninfa de los charcos con algunos especímenes de la zoo-ciedad antioqueña: un ornitólogo, un ganadero, un bobo y un político, así como de los ejemplares más distinguidos de su cultura: un seminarista, un esotérico, un científico, un pintor, un fotógrafo... Pero más que aventuras, en la acepción de riesgo, algunos relatos sólo ilustran algún complejo sexual y los mejores son metáforas del coito, y acaso sea este su acierto estético. Si el Kamasutra hizo más agradable la manera de hacer el amor con variedad de juegos y posiciones, estas metáforas podrían enriquecer el modo de describir y apreciar con lenguaje el acto sexual. Por ejemplo las correspondences del fotógrafo, su teleobjetivo zoom encogiéndose y agrandándose en sus nalgas, en sus algas, en sus aguas, tomando fotos submarinas de cavernas hasta cuando el flash lo ilumina todo por dentro. Y uno espera encontrar más de esas correspondencias pero pare de contar, todo lo demás es patético: Confrontación rencorosa contra un pusilánime seminarista, presumida erudición para refutar a un monomaniaco filósofo, razonamientos que un lector sensible nunca asociaría a una sensual nadadora del sexo, dejando así que caiga la máscara del autor.
Esas Aventuras las alterna el autor con los Insomnios, licencias que se toma para reflexionar sobre algún aspecto que no quedó bien claro en el relato que acaba de narrar la Scherezada Susana, o acaso artificios para decir cualquier cosa que ayude a completar el número de páginas que exige la editorial. Como quien dice comodines, joker, para poder decir bufonadas: Insomnio alrededor de la pe (la pe de puta), alrededor de la nada (la nada de muerte), alrededor del baile (impotencia del placer), Insomnio sobre el tiempo (obviamente la vejez), y así, sobre la desconfianza y sobre la duda. Digresiones de un desvelado Shahriar que podría competir en argumentos con los filósofos del Parque Bolivar. Y si aún no alcanzan las páginas para completar el libro se recurre a otros intervalos, los momentos del día o los movimientos de la música: preludios y oberturas, amaneceres y madrugadas, intermezzos y finales. Para quienes no cuentan con un oído musical puedo explicarles por ejemplo que un preludio suena de esta manera: Susana cerraba los ojos y veía a Rodrigo, en cambio una obertura suena así: Rodrigo abría los ojos y veía a Susana. Un amanecer es cuando el día se despierta con un carro-bomba y una madrugada es cuando abría los ojos con afán de estar despierta, así es como se logra dar ritmo, así son los tempos musicales de estos capítulos.
Pero acaso la mayor pretensión polifónica de esta obra esté en el dúo de voces entre la bastardilla e inclinada Susana y los reactivos y verticales pensamientos de Rodrigo. Este posmoderno procedimiento cambia vertiginosamente de narrador abrumando al texto de incoherencias y dejando al lector sin derecho a completar la obra ni especular del misterio. Este libro definitivamente cuenta con técnicas de escritura para llenar páginas y se le reconoce la sutileza para elegir palabras: Furtivo es una palabra muy bonita y Susana también. Así la manera de expresar los títulos de los capítulos, por ejemplo, es una hábil combinación de publicidad con exigua poesía, algo así como un sepulcro blanqueado con epitafio finamente tallado en lápida bajo la cual solo hay basura y desperdicio. Agréguese a este orden de ideas la sarta de mentiras de la contracubierta que busca persuadir a los ingenuos lectores para que hagan una compra rápida.
Era mucho esperar que este libro desnudara nuestras miserias, nuestra hipocresía, nuestra tradición de doble moral. Nos quedamos sin la Doña Juana, sin La Burladora de Medallo, porque el autor prefirió hacer un alegato contra las opiniones que no comparte y adoctrinar con su agudo y egocéntrico pensamiento.