“Una canción de gesta se ha perdido…
en sórdidas noticias policiales.”
J.L.B.
Un periódico local publicó en
agosto de 198*, con escueta redacción y ligeros argumentos, este artículo que titularon con tinta roja: "Lo acuchillaron por enamorado"
"En confusos hechos un
hombre fue apuñalado cuando coqueteaba con una mujer. El asesino, un probable
pretendiente de la misma, huyó del lugar con un cómplice. Se desconoce el
paradero de la mujer y es probable que se encuentre herida de muerte.
"En el barrio 20 de julio,
al occidente de la ciudad, un hombre aun no identificado, que gozaba de los
cuidados y ternuras de una mujer, fue sorprendido por un joven que reclamó a la
traidora con malas palabras.Tras el rechazo de la mujer, y la intervención del enamorado, el joven cegado por los celos arremetió con furia
contra el entrometido. Luego de propinarle una paliza, y con ayuda de un cómplice,
le asestaron cinco puñaladas mortales y huyeron del sitio. La víctima
convulsionó y agonizó sin recibir ayuda hasta que falleció ahogado en su propia sangre.
"El barrio es uno de los más
peligrosos de la ciudad, de los 197 casos de homicidios que se reportaron el
mes pasado casi el 18 por ciento ocurren en este sector. El hombre
asesinado no pertenecía al lugar y se presume el control territorial como otro
posible móvil del crimen."
Cuando supimos de la persecución
y posterior desaparición de Marcos nos dimos a la tarea de búsqueda. Al leer
los periódicos jamás sospechamos que una noticia de esta naturaleza podría
referirse a nuestro pacífico amigo y cuando en Medicina Legal identificamos su
cuerpo ellos lo relacionaron como el mismo N.N. de la noticia. Nos indignó
saber que el afán sensacionalista de un periódico lo etiquetara como crimen
pasional para falsear los verdaderos móviles. Los autores
intelectuales debieron estimar la útil estupidez de los periodistas que aportaban gratuito engaño a los crédulos lectores. A Marcos le hubiera parecido otra forma de no ser bien comprendido. Lo más gracioso es que entre nosotros sabíamos que las
mujeres no eran propiamente el objeto preferido de sus deseos.
La versión de los hechos, que
años después darían las autoridades, habría de ser mucho más desalentadora.
Nosotros que conocíamos bien los motivos de su asesinato, y que alguna sospecha
teníamos de los autores, jamás nos imaginamos que una investigación oficial
fuera tan contraria a la verdad. Diez años después las autoridades estaban tan
lejos de inculpar a un solo responsable que por el contrario, y para colmo de
la impunidad, la memoria de Marcos corría el riesgo de ser difamada.
Algunos apartes del expediente hacen referencia a los siguientes aspectos:
"El asesinato del señor
Marcos Espinel fue reportado, a través de teléfono público, por una mujer que
se negó a dar sus datos. Esto creó suspicacias en la Policía Judicial que temió
una emboscada en una zona disputada por facciones guerrilleras de las FARC y el ELN. Se
esperó a que los vecinos, urgidos más por los perjuicios del cadáver que
movidos por piedad, tiraran el cuerpo en un sitio accesible y seguro para la
Policía. Esta circunstancia impidió el levantamiento del
cadáver según los protocolos de criminalística y en consecuencia no se hizo acopio de pruebas, ni exámenes del sitio. Tampoco se procedió a la
posterior reconstrucción de los hechos ni se contactó testigos directos para
obtener testimonios confiables".
Otros datos del
expediente confirmarían la intención de desviar la investigación:
"El estudiante de la
Universidad de Antioquia era miembro de una organización no gubernamental y con
una larga trayectoria social que lo vinculaba a organizaciones campesinas,
acciones comunales y movimientos estudiantiles. Mantuvo un bajo perfil para
moverse entre la ONG y la comunidad, aunque clandestinamente cumplía tareas de
emisario entre organizaciones de izquierda y grupos guerrilleros. En consecuencia de disputas políticas y territoriales al parecer le tendieron una celada
que se fingió como crimen de la delincuencia común."
Los pormenores del expediente,
con sus complementos circunstanciales de tiempo, lugar y modo, dispuestos en un ordenado fraude de testigos, testimonios y pruebas, no difieren del montaje de un
teatro del absurdo que sentenció sin rubor ni vacilación el juzgado penal.
A la familia de Marcos no le
angustió la difamación del nombre de su hijo por periódicos y juzgados. No
pidieron rectificación de la noticia ni apelaron el dictamen. El padre de
Marcos tenía una versión muy personal sobre la muerte de su hijo, que no requería la
aprobación de nadie más que de Dios, que todo lo sabe y todo lo ve. La consignamos como una mistificación sutil y verosímil en consideración a la fe de un padre que sufre la pérdida de su hijo único. Juzguen ustedes si hay delirio o devoción en sus palabras:
Desde siempre yo tuve el presentimiento de que mi hijo moriría joven. En la infancia su rebosante alegría le procuró más problemas que satisfacciones, quejas del vecindario, sanciones en la escuela, unas veces calificado de loco y otras tildado por tonto. Si su espontánea amabilidad le merecía la simpatía y el aprecio de unos compañeros y profesores, esa misma gracia le ganaba el rencor y la inquina de otros. Terminado el colegio se atemperó su carácter y redujo el círculo de amigos. Retrajo un poco el trato afectuoso y moderó el impulso jovial para evitarse adversarios. Me contaba con preocupación cuanto esfuerzo le costaban esas privaciones, yo le consolaba deduciendo que si en este país absurdo los bellacos eran admirados no era extraño que la gente sincera fuese denigrada; y rogaba al cielo que su buen corazón no llegara a merecer la envidia visceral de un amigo o el odio mortal de un enemigo. Al entrar en la universidad se agudizó su pensamiento y sus opiniones expresadas con convicción fueron ya el motivo de las discordias. Cambió de programas para evitar confrontaciones con sus compañeros, que antes de refutar sus argumentos le reprochaban su modo llano de pensar. Tampoco tuvo sosiego cuando buscó el trato cándido de los niños, siendo maestro, ni cuando se relacionó con la gente simple del campo y la ciudad, decía, para justificarlo, que al diablo le gustaba merodear entre los virtuosos porque entre los viciosos tenía ganada la batalla. Una vez me explicó con místico razonamiento, y entre risas no se si irónicas o nerviosas, que el fenómeno que él padecía era que una bestia apocalíptica lo perseguía con fatal empecinamiento. Acto seguido volvió a reír, como si con ello buscara tranquilizarme, y dijo saber que tenía el problema resuelto, luego me formuló la manera efectiva de combatir a la bestia. En ese momento juzgué que estaba loco y supe que firmaba su sentencia de muerte.
Mientras el padre de Marcos contaba esto nos pasábamos las manos por el rostro para disimular las lágrimas y de algún modo también nos sentíamos responsables por su muerte.
Desde siempre yo tuve el presentimiento de que mi hijo moriría joven. En la infancia su rebosante alegría le procuró más problemas que satisfacciones, quejas del vecindario, sanciones en la escuela, unas veces calificado de loco y otras tildado por tonto. Si su espontánea amabilidad le merecía la simpatía y el aprecio de unos compañeros y profesores, esa misma gracia le ganaba el rencor y la inquina de otros. Terminado el colegio se atemperó su carácter y redujo el círculo de amigos. Retrajo un poco el trato afectuoso y moderó el impulso jovial para evitarse adversarios. Me contaba con preocupación cuanto esfuerzo le costaban esas privaciones, yo le consolaba deduciendo que si en este país absurdo los bellacos eran admirados no era extraño que la gente sincera fuese denigrada; y rogaba al cielo que su buen corazón no llegara a merecer la envidia visceral de un amigo o el odio mortal de un enemigo. Al entrar en la universidad se agudizó su pensamiento y sus opiniones expresadas con convicción fueron ya el motivo de las discordias. Cambió de programas para evitar confrontaciones con sus compañeros, que antes de refutar sus argumentos le reprochaban su modo llano de pensar. Tampoco tuvo sosiego cuando buscó el trato cándido de los niños, siendo maestro, ni cuando se relacionó con la gente simple del campo y la ciudad, decía, para justificarlo, que al diablo le gustaba merodear entre los virtuosos porque entre los viciosos tenía ganada la batalla. Una vez me explicó con místico razonamiento, y entre risas no se si irónicas o nerviosas, que el fenómeno que él padecía era que una bestia apocalíptica lo perseguía con fatal empecinamiento. Acto seguido volvió a reír, como si con ello buscara tranquilizarme, y dijo saber que tenía el problema resuelto, luego me formuló la manera efectiva de combatir a la bestia. En ese momento juzgué que estaba loco y supe que firmaba su sentencia de muerte.
Mientras el padre de Marcos contaba esto nos pasábamos las manos por el rostro para disimular las lágrimas y de algún modo también nos sentíamos responsables por su muerte.