11 de febrero de 2011

El ángel exterminador de Vallejo





El diálogo entre Carrasco y Sebastián no disminuyó de interés un sólo instante ni se distrajeron cuando algunos clientes salieron ruidosamente del salón. César, Junior y Esteban Carlos si desviaron su interés cuando entró Fernando Vallejo con su niño de turno: Alexis o Wilmar o Wilfer, qué se yo. También repararon en un joven de gafas oscuras que se sentó solo en una mesa cercana. César hizo un comentario que provoco la risa de Junior, pero Esteban Carlos permaneció serio como si algo le incomodara, sin duda no sería la presencia de Fernando y su amante, que en público no se rebajaban a expresar su maricada, pero no le gustaba la actitud del muchacho que tras las gafas parecía mirarlos con impertinencia. Vestía con pulcritud y mal gusto, el pelo rojo natural y el anunciado bigote no lograban disimular su cara de estúpido.

Pero antes de seguir el dialogo de Carrasco y Sebastián, dejo paso para que Raúl A. Voltaire opine sobre la teoría del asesinato de Carrasco, muy a propósito de que Fernando Vallejo entrara en escena.


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Si para entonces el Club del Séptimo Círculo buscaba una fórmula estética que pusiera a Medellín a la altura fantástica del Londres brumoso de Jack el Destripador o el París maloliente del perfumista Grenouille, bastaría con esperar a que Fernando Vallejo inaugurara la sicaresca que sirviera de catarsis al infierno que provocó Pablo Escobar, y que dejó vuelta mierda la ciudad, o para superar el amarillismo de periodistas y documentalistas que nos infama ante el mundo. La Virgen de los sicarios recrea a Medellín como un salvaje oeste al modo fantástico del wester Spaghetti, que nos deleita matando bandidos a diestra y siniestra, no con sevicia sino con alegría, no con moral sino con estética. Quiero decir que el sicario de Vallejo tiene más que ver con un Clint Eastwood matando a malos y a feos, por un puñado de dólares o gratuitamente por amor, que a los históricos Prisco o Triana del Cartel de Medellín o la Oficina de Envigado. El sicario Alexis es el ángel exterminador que a Vallejo le cayó del cielo para matar sus odios, o a lo que el llama raza perversa: paridora y limosnera.

Lo angelical de Alexis está en que "no respondía a las leyes de este mundo" y con admirable indiferencia, sin reparos sensibleros por la condición de la víctima, asesina con la espontánea decisión de complacer los caprichos de su amor. No es para menos que Fernando termine agradeciéndole en la cama a quien ha tenido el detalle de quebrar a un ruidoso punkero y peor vecino, a un peatón altanero, a un taxista que oye estruendosos vallenatos, a una mesera mezquina, a un mimo remedador, a un grosero gamín con sus defensores, a tres soldados inoportunos y a un carretillero apaleador de caballos. Este ángel exterminador al servicio del atrabiliario Fernando recuerda al ángel exterminador del Antiguo Testamento al servicio del vengativo Jehová, su sentido del rito y su gusto por las señales de sangre le hacen siempre mirar a los ojos de la víctima antes de despacharla con un tiro en la frente, allí mismo donde se impone la santa ceniza en cuaresma para que no olviden que son mero polvo. A Vallejo que es un coleccionista de odios le queda fácil hacer una lista larga de víctimas sin esconder su ciego rencor por los pobres, sin embargo creo que le faltó encomendar a su ángel que le metiera un tiro por el culo a un locutor de fútbol apenas cantara el goool con que el Dim derrotara al Nacional.

No saldré en defensa de sus pobres víctimas porque, como bien dice Vallejo: "un muerto pobre es un pobre muerto" y cada cual tiene derecho a deleitarse íntimamente, máxime cuando logra combinar los placeres de Eros y Thánatos con un mismo ángel. Sin embargo yo seguiré buscando una obra sicaresca, made in metrallo, donde un gatillero más refinado ejecute su trabajo con el paradójico objetivo de darle un agradable castigo a la víctima, como el caso de pegarle un pepazo en la boca a un gerente cualquiera, apenas muestre esa risa de soberbia, cuando llega tarde a la oficina y pasa de largo frente a sus empleados, sin saludar.