18 de febrero de 2011

El crimen perfecto


"¡Asesino! es la palabra que el quiromántico había escrito sobre ellas"


Carrasco estaba tan absorto en la conversación con Sebastián que no se inmutó cuando Esteban Carlos se despidió, ni cuando otros clientes abandonaron el Salón espantados, sin duda, por la presencia de Fernando Vallejo y su ángel exterminador. Estos a su vez huyeron luego del berrinche, verdaderamente desesperante, que armó a sus padres un niño de dos años. Fernando, que sólo gustaba de niños adolescentes de ojos verdes y pelusa en la piel, salió para evitar que su Alexis advirtiera la causa de su enojo y desencadenara un derramamiento de sangre. Carrasco, con ojos inquietos tras los quevedos, por un momento se dignó a mirar la pareja con niño y se sorprendió por la cálida presencia familiar que movió en su corazón frustrados sentimientos de paternidad.

Mi tío Bonifacio y yo repetimos otra ronda de café con empanadas argentinas, en tanto el joven de gafas oscuras asechaba con el silencio y la quietud de una bomba. Cuando Sebastián aludió el tema de los medios de comunicación se notó incomodidad en el pelirrojo y pareció estar dispuesto a levantarse y dirigirse a ellos. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y busque amparo en la mirada tranquila de mi tío. Pero el joven se sostuvo en su lugar.

- De actuar el Club en el anonimato- dijo Sebastián para disimular la turbación -, podré hacer un aporte al arte que pretendemos. Déjeme referirle un crimen perfecto, ejecutado con la estética que merece un momento tan crucial. La muerte es el ápice de la vida y no debe prescindir de misterios.

- Muchos misterios son mistificaciones de un hecho simple - interpuso Carrasco -. Ya alguna vez lo dijo el sedentario Dupín: si es un misterio de los que se consideran insolubles por esa razón es fácil de resolver. La premisa en cualquier investigación es no confundir lo inexplicable con lo sobrenatural, hay que atreverse a lo insospechado, no por esfuerzo de la inteligencia sino por vía de la imaginación.

- Le anticiparé unos datos para motivar su interés - dijo Sebastián con picardía -. El hecho ocurrió hace unas horas en mi alcoba. Un ser querido ha muerto; no espero su sentido pésame sino su inteligencia o, como usted dice, su imaginación. Nadie más que usted, en esta ciudad de crímenes impunes, podrá resolver este misterio.

- Cuénteme ese crimen caballero- dijo Carrasco con inquietud sonriente y se puso a lanzar alegres volutas de humo de su pipa. El otro se acomodó mejor como para hacer una larga intervención y luego de beber de su copa habló.

- Como bien sabe usted, Carrasco, vivo en uno de esos portentos de casas de Prado que ahora sólo son vestigios de una aristocracia extinta a la que perteneció mi familia. Esta mañana, luego de dar mi paseo por la calle en compañía de mi pastor...

Justo en ese instante al niño de la pareja le dio por armar una algarabía gritando "¡puta, puta, puta!! como si fuera mucha gracia e interrumpiendo a Sebastián quien se alarmó más aún al ver que el pelirrojo aprovechaba la ocasión para levantarse y dirigirse con decisión hacia su mesa. Sebastián se puso pálido y yo sentí que el miedo me paralizaba. Mi tío me tranquilizó y sus ojos siguieron atentos y serenos los movimientos del joven que a medida que se acercaba buscaba con ansiedad algo en el bolsillo interior de su chaqueta. Las gafas oscuras le endurecían el rostro y en la boca parecía gesticular maldiciones. Caminaba lento y a pesar de la menuda figura yo sentía sus pasos pesados como el plomo. Al fin llegó y se ubicó frente a Carrasco.

- ¡iii...Inssspector!- dijo con voz quebrada de adolescente cuando por fin logró sacar algo del bolsillo -, vengo de parte del doctor Botero - y estiró el brazo hacia el pecho de Carrasco.

-¡Ay jueputa!- grité, cuando el tío alcanzó a taparme la boca. Debo confesar que por más tradición católica que tenga en mi familia de rezanderos nunca se me sale, en desesperadas ocasiones como esta, la pía expresión de "Virgen del Carmen" ni un "Oh mi Dios", el ¡ay jueputa! me brota tan natural y espontáneo que nunca me he preocupado por reprimir su alegre libertad. El muchacho simplemente le había entregado una tarjeta cuando mi psicosis creyó ver un arma homicida.

-¿Qué qué qué?- respondió Carrasco con indiferencia. Le recibió la cartulina de cantos dorados, que miró sin interés, le pidió quitarse las gafas y señaló una silla para que los acompañara. Prometió hablar de ese asunto después de que escucharan a Sebastián.

Sin las gafas oscuras el joven mostró unos ojos acaramelados que confirmó una cara que más que de estúpido revelaba cierta bobada más propia de montañero que mezcla la timidez con el esfuerzo de posar avispado. Quería explicarse ante todos pero Carrasco lo apabulló echándole una bocanada de humo ante lo cual no tuvo más remedio que disponerse sumiso a escuchar a Sebastián.

Yo no pude comprender por qué el joven había llamado "Inspector" a Carrasco y pedí explicación a mi tío Bonifacio, que debía saber algo al respecto porque toda la vida, hasta jubilarse, trabajó en una inspección de policía. Mi tío a su vez me calló con la mirada cuando escuchamos que Sebastián continuó su relato del crimen perfecto.





11 de febrero de 2011

El ángel exterminador de Vallejo





El diálogo entre Carrasco y Sebastián no disminuyó de interés un sólo instante ni se distrajeron cuando algunos clientes salieron ruidosamente del salón. César, Junior y Esteban Carlos si desviaron su interés cuando entró Fernando Vallejo con su niño de turno: Alexis o Wilmar o Wilfer, qué se yo. También repararon en un joven de gafas oscuras que se sentó solo en una mesa cercana. César hizo un comentario que provoco la risa de Junior, pero Esteban Carlos permaneció serio como si algo le incomodara, sin duda no sería la presencia de Fernando y su amante, que en público no se rebajaban a expresar su maricada, pero no le gustaba la actitud del muchacho que tras las gafas parecía mirarlos con impertinencia. Vestía con pulcritud y mal gusto, el pelo rojo natural y el anunciado bigote no lograban disimular su cara de estúpido.

Pero antes de seguir el dialogo de Carrasco y Sebastián, dejo paso para que Raúl A. Voltaire opine sobre la teoría del asesinato de Carrasco, muy a propósito de que Fernando Vallejo entrara en escena.


*



Si para entonces el Club del Séptimo Círculo buscaba una fórmula estética que pusiera a Medellín a la altura fantástica del Londres brumoso de Jack el Destripador o el París maloliente del perfumista Grenouille, bastaría con esperar a que Fernando Vallejo inaugurara la sicaresca que sirviera de catarsis al infierno que provocó Pablo Escobar, y que dejó vuelta mierda la ciudad, o para superar el amarillismo de periodistas y documentalistas que nos infama ante el mundo. La Virgen de los sicarios recrea a Medellín como un salvaje oeste al modo fantástico del wester Spaghetti, que nos deleita matando bandidos a diestra y siniestra, no con sevicia sino con alegría, no con moral sino con estética. Quiero decir que el sicario de Vallejo tiene más que ver con un Clint Eastwood matando a malos y a feos, por un puñado de dólares o gratuitamente por amor, que a los históricos Prisco o Triana del Cartel de Medellín o la Oficina de Envigado. El sicario Alexis es el ángel exterminador que a Vallejo le cayó del cielo para matar sus odios, o a lo que el llama raza perversa: paridora y limosnera.

Lo angelical de Alexis está en que "no respondía a las leyes de este mundo" y con admirable indiferencia, sin reparos sensibleros por la condición de la víctima, asesina con la espontánea decisión de complacer los caprichos de su amor. No es para menos que Fernando termine agradeciéndole en la cama a quien ha tenido el detalle de quebrar a un ruidoso punkero y peor vecino, a un peatón altanero, a un taxista que oye estruendosos vallenatos, a una mesera mezquina, a un mimo remedador, a un grosero gamín con sus defensores, a tres soldados inoportunos y a un carretillero apaleador de caballos. Este ángel exterminador al servicio del atrabiliario Fernando recuerda al ángel exterminador del Antiguo Testamento al servicio del vengativo Jehová, su sentido del rito y su gusto por las señales de sangre le hacen siempre mirar a los ojos de la víctima antes de despacharla con un tiro en la frente, allí mismo donde se impone la santa ceniza en cuaresma para que no olviden que son mero polvo. A Vallejo que es un coleccionista de odios le queda fácil hacer una lista larga de víctimas sin esconder su ciego rencor por los pobres, sin embargo creo que le faltó encomendar a su ángel que le metiera un tiro por el culo a un locutor de fútbol apenas cantara el goool con que el Dim derrotara al Nacional.

No saldré en defensa de sus pobres víctimas porque, como bien dice Vallejo: "un muerto pobre es un pobre muerto" y cada cual tiene derecho a deleitarse íntimamente, máxime cuando logra combinar los placeres de Eros y Thánatos con un mismo ángel. Sin embargo yo seguiré buscando una obra sicaresca, made in metrallo, donde un gatillero más refinado ejecute su trabajo con el paradójico objetivo de darle un agradable castigo a la víctima, como el caso de pegarle un pepazo en la boca a un gerente cualquiera, apenas muestre esa risa de soberbia, cuando llega tarde a la oficina y pasa de largo frente a sus empleados, sin saludar.