8 de junio de 2012

Tramoya para un muerto







Que un hombre logre escapar de la violencia brutal de profesionales del criminen, amparados en la noche, y termine atrapado en manos de unos simples delincuentes, a plena luz del día, es un caso de antemano absurdo. Sin embargo a Marcos esto le pareció más un capricho de la providencia que suele jugar a la cara y sello entre las largas temporadas de futilidad y los escasos momentos esenciales de la vida. Lo que en verdad le inquietaba, más que los reveces que pudiera haber sufrido en un mismo día, era un sentimiento de decepción por la gran piedad que siempre tuvo por los pobres de la tierra, a quienes estimaba como los humildes de las bienaventuranzas. Marcos se negaba a pensar siquiera que esta caterva de villanos que se amontonaba en ese suburbio de la ciudad, por más infortunados e ignorantes que fuesen, tuvieran que ver algo con los pobres e incultos campesinos que trató por los municipios de Antioquia. ¿Cómo creer que la clase de gente con quien concertó programas comunitarios en pro de los niños y compartió la alegría de las fiestas populares, esos a quienes trató de compañeros y hermanos podían ser la misma clase de pobres que ahora le escupía y maldecía?

Iban siendo las tres de la tarde cuando llegaron a lo alto de la colina, así lo escuchó decir al locutor de la radio que anunciaba un vallenato de Diomedes Diaz. El sendero de escalas remataba en una pequeña explanada donde dormía una perra exhibiendo unas derrengadas tetas; el viento le sopló polvo encima como quien cobija un cadáver. Marcos no pensó "Una perra duerme al sol" sino: "Que perra vida se vive aquí". La cruceta de la electrificación le confirmó que se cumplía al fin su itinerario. La música sonaba en un quiosco de madera donde un aviso, con letras desiguales y briosas anunciaba: "La tienda de Berenice". Cuando Marcos se sentó a descansar en la banca chirrió la tabla, pero el ruido de la radio era mayor y nadie salió a atender. Marcos advirtió con alarma que José había desaparecido y se preparó para lo peor. El cansancio lo sometía y no tenía aliento ni para quejarse del hambre. Más que por la herida que aún sangraba en la cabeza y la mordedura que no le dejaba asentar el pié a Marcos le dolía verse tan lejos de su familia. Cómo extrañaba la ternura de su madre, los consejos de su padre y el  delicado cariño de su hermana. El que había vivido como un rey en su casa, se preguntaba qué hacia ahora en aquel lugar abandonado del mundo y olvidado de Dios. Se sintió como el fantasma de Canterville de Gieco y también sintió sed. 

Como si el cielo hubiera escuchado sus súplicas apareció la dueña de la tienda cantando, con mucho sentimiento y mala entonación, la canción de Diomedes que repite el estribillo  "Pero les voy a probar que en el amor / Triunfan los que se quieren de verdad". La mujer al ver sangre en su frente suspendió la canción y alarmada le preguntó qué pasó. Marcos no quiso darle importancia y cambió de tema sugiriéndole que corrigiera el error ortográfico de Benerice con b grande por Verenice con v pequeña. Ella sonrió contrariada y le justificó que era un error consagrado en el bautismo. Se propuso buscar con que limpiar el hilo de sangre que le corría en la frente pero en ese instante llegaron dos muchachos pidiendo servicio. Traían tan mal semblante que la perra se levantó y se fue sin sacudirse el polvo de encima, como si hubiera advertido en ellos la señal de Caín.    

-Danos dos cervezas -ordenó uno. 
-Heladas- insistió el otro con el mismo tono mandón.

Berenice tenía un bonito rostro acentuado por una decidida mirada de ojos negros. Los muchachos, que estaban arrechos, piropearon su feminidad con expresiones vulgares. Ella, picada, les demostró indiferencia dando prioridad a la atención de Marcos. Ellos lo tomaron como un desprecio y la emprendieron contra ella a cuenta de Marcos, al que miraron con ojos rayados de odio y turbios de droga.  

- Esta perra se las tira de samaritana - dijo uno
- Y a nosotros nos trata como unas piltrafas- machacó el otro
-Ven estos -rebatió la mujer- Qué tengo yo con ustedes, si ni siquiera los conozco.
-Y es que esta hijueputa nos niega la cerveza -alegó uno al otro.

Marcos hizo un gesto a la muchacha que comprendió sin requerir palabras y fue por las cervezas. Ellos lo tomaron como signo de complicidad y se dieron en alentar el ánimo pendenciero con un trago largo del licor. Marcos sabía que ante el rencor no valdrían razones y optó por evadir sus miradas y desoír sus  afrentas. Pero luego uno de ellos apura el último trago, se levanta resuelto, toma a la mujer por los cabellos forzándola a ponerse cara a cara con Marcos y le ordena:

-Ya que lo querés tanto, le vas a dar un beso.

Marcos opuso resistencia y el otro lo ablandó rompiendo la botella en su cabeza. Se le dobló el cuerpo como un libro sobre el banco, luego el primer muchacho lo empujó y cayó por tierra. Marcos se arrastró, como un borracho, intentó incorporarse y entre los dos lo levantaron a patadas. Logró alzar la cabeza para saber que suerte corría la muchacha, pero sólo alcanzó a ver que uno de ellos dejaba al descubierto un cuchillo. Pronto vio el brillo de la hoja en el cielo, como un rayo, y la puñalada caía en busca de la garganta. Marcos logra atajarla y la hoja se clava en la palma de su mano. Esta defensa inesperada enfureció más al atacante y mientras lograba recuperar el arma el otro sicario le atravesaba el costado con otro puñal.   

Los hechos ocurrieron muy rápido pero Marcos sintió que era una eternidad. Muchos pensamientos se cruzaron en ese instante. Sintió haber vivido ya ese momento como un sueño premonitorio o como una lectura apasionada. Sueño o ficción, el dolor de su cuerpo traspasado también lo sentía como una ilusión. Marcos comprende, antes de morir, que su vida ha sido otro intento fallido de buscar justicia, otro inútil sacrificio por la humanidad, pero no tenía claro si este hecho era obra del destino o una tramoya perpetrada por otros perspicaces asesinos. Tuvo tiempo para desear que la muchacha no hubiese sido parte de la patraña. 

El viento soplo de nuevo en la explanada y el polvo cubrió la sangre como empezando a cobijar el cadáver. 

Un gallinazo llegó para posarse en la cruceta de la electrificación. 

El tiempo, que se había detenido estupefacto, se acordó que debía continuar para alcanzar la tarde.