11 de mayo de 2012

La ciudad Angosta




"Nuestros escritores son producto de la literatura y,
accesoriamente, de la vida”
Alberto Aguirre






Angosta es una ciudad de ficción en una novela pastiche armada con el molde de obras importantes, con frases ajenas y con recuerdos personales. Es una historia en clave de Yo, que finge la mirada profética de una sociedad y solo ve la historia de una pesadilla particular. Antes que una sátira es una mojiganga, un juego de máscaras para disfrazar a los amigos, con reseña biográfica a pie de página, y enmascarar a los enemigos, de quienes se evitan describir detalles por peligro de muerte. No es un dibujo de la sociedad al modo de los grabados de Goya sino una caricatura con flojos trazos de creativo periodista. Angosta es una ciudad del futuro trazada sobre el trasfondo de un Medellín del fin de siglo pasado, donde corren las aventuras de Juaco o Juacobo, no recuerdo bien el nombre del protagonista, que se mueve con la astucia de un gato pero que deja ver siempre su cola de lince. Es la novela más atrevida de Hector Abad Faciolince. 

La novela coincide, además de la fecha, con muchos aspectos de "1984" de Orwell. En Angosta la sociedad también esta dividida en tres grupos: Los dones, los segundones y los tercerones o si se quiere fríos, tibios y calentanos, según el clima o el sektor dónde vivan: F, T o C. La vigilancia  de la policía del pensamiento la ejerce aquí los miembros de la secur, o sea el DAS al servicio de intereses oscuros. También hay un amor clandestino que para este caso se llama Virginia Candela. No hay un Gran Hermano que represente a Stalin, pero si un juez supremo en la figura de los Siete Sabios, que es el tema que nos interesa aquí tratar, porque en lo demás no se parece en nada al agudo Orwell.  

Si los tibios tienden a desaparecer naturalmente o a vomitarse teológicamente, el grupo de dones y de calentanos, que se describe en Angosta, son antepasados de los Eloi y los Molocks, grupos en que termina dividida la sociedad en el futuro que imagina Wells en "La máquina del tiempo". Pero si bien el autor nos tiene acostumbrados a la imitación, es un vil remedo que llame con los mismos nombres del Consejo Central de Anarquistas, de la novela de Chesterton "El hombre que fue jueves", a los asesinos de su Consejo de Siete Sabios, como si esos histriónicos y elocuentes Anarquistas de Chesterton se parecieran en algo a sus obtusos y parcos Siete Sabios. En este punto la ligereza de Faciolince no logra medir las correspondencias de la imaginación en literatura, o para decirlo en términos de  Cosiaca, confunde la mierda con la pomada. Si  a decir de un personaje de su novela "Angosta es un sitio inmundo, sin heroísmo y sin estética", en Antioquia no podremos pretender al heroísmo, ni en literatura, con este tipo de estética.

Para nadie es una realidad que en Antioquia hay una raza vil de hombres tenaces que suelen darse banquetes con el manjar del mártir muerto y que se parten la nación a dentelladas. Con este material la literatura ha creado el género de ficción distópica con intenciones satíricas como en Orwell y de advertencia como en Wells. La lista no termina aquí, recuérdese Fahrenheit 451 de Bradbury, que también Faciolince plagia con el pasaje del incendio en la librería La Cuña de la carrera 45D. Hasta invoca a Cervantes, que no tenía velas en este entierro, pero no se aguanta las ganas de imitar el escrutinio del capítulo 6 del Quijote para solazarse con sus lecturas. En este collage de temas sin ton ni son se desvirtúa la materia de una gran novela, pero el autor se conformó con escribir una charlatanería insulsa.

Al ingenio literario del autor se le ocurre la ironía de llamar Siete Sabios al Comité de asesinos intelectuales de su ficción cuando en la vida real los verdaderos criminales se les ocurre nombres tan místicos como "Los doce apóstoles". Después de citar los asesinatos, apenas obvios para un escuadrón de la muerte, de un sindicalista moreno en un día  cualquiera y al otro día el de un muchacho segundón, para colmo marica, comienza la comedia de los días de los asesinos. Un Domingo salva de la muerte al periodista Antonio Aguilar o Aguirre, no recuerdo bien el nombre, porque una vez habló muy lindo de su hermano que murió de cirrosis. Viernes votó, con una balota blanca, para absolver a su primo lejano Álvaro White, pero no pudo evitar la balacera que lo ejecutó en su Toyota en El Poblado. Prueba al sarcasmo de que Miércoles reza el rosario con una mano y con la otra señala con el dedo a la próxima víctima, basado en información del confesionario. Que Jueves fue amiguito de Burgos en la adolescencia pero dejó que lo matara el comandante de la Secur. En fin, un infantil juego de pistas y señales inútiles de una adivinanza que todo el mundo se sabe. Que El Heraldo es El Colombiano, que El Globo es el Mundo, que el morro Aburridor es el cerro El Volador, que Burgos es el doctor Abad y que Tequendama es Carlos Castaño. Es una historia para costureras y chismosas, porque parece ser que el autor prefiere lectoras que se aburren (según se deduce del pie de página del capítulo sobre los libros, a mitad del libro).

Esta ciudad si es Angosta y seguiremos yendo oscuros por angosta tierra mientras nos alumbre esta estrecha literatura.