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10 de diciembre de 2014
24 de octubre de 2012
El Laberinto de Dios
Prólogo
A modo de prólogo publico esta carta que me dirigió el perseguidor de libros secretos Ermes Marana, aquel aventurero que Italo Calvino trata en el capítulo VI de "Si una noche de invierno un viajero". Luego de asistir a las exequias del maestro Alberto Aguirre el polémico traductor estuvo merodeando por La Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín. Lo noté decepcionado de ver tan pocos lectores y tanto presumido escritor saturando mesas y estantes con mala escritura. Superando el temor al rechazo me atreví a darle un separador de páginas con la dirección de este libro-blog esperando que mis fracasos de edición tendrían un final feliz. Partió a Cerro Negro sin prometerme nada pero después de un mes recibí estas especulaciones que, si no logran confundir al lector, darán algunas pistas del contenido de mi libro.
N. del A.
La crítica estima en poco los ejercicios de alteración y reiteración porque considera al pastiche una simpleza creativa pero desconoce que una buena innovación no prescinde del elemento universal que configura la estructura narrativa donde se sintetiza el verbo y la experiencia humana. Con estas repeticiones el autor quiere demostrar que el tiempo es una falacia y que los acontecimientos en la Medellín de los años ochenta son una variante local de una leyenda milenaria. Refutar las opiniones que acusan de impostura estos procedimientos es deber de un crítico atento a los fenómenos creativos. No es fácil convencer a algunos lectores de que la diferencia entre lo verdadero y lo falso es solo un prejuicio nuestro. Para quienes descreen que la originalidad es imposible sin la tradición tal vez les tranquilice saber que el más auténtico Borges reelaboró intrigas de Chesterton y misterios de Bloy, que son a su vez repeticiones de otras. Además, ¿Qué importa el nombre del autor en la portada? Yo he soñado una literatura de apócrifos, de imitaciones, de falsas atribuciones.
No parecerá una osadía revelar que esta obra tiene por modelo "The God of the Labyrinth" de Heriberto Quain. Sólo un "Agente de la Mistificación", como se me ha llamado, puede advertir que este El Laberinto de Dios se ha usurpado para que un lector pueda descubrir otra solución al enigma. La estructura de este Pentagrama es una variante del esquema ramificado de la novela de Quain, cada uno de los 5 capítulos yuxtapone y multiplica por 13 las historias. El autor pretende exhibir entre el asedio y la confusión de falsos libros uno que sea portador de una verdad sobrehumana. Gracias a Quain el lector tiene la dignidad de aspirar a una importancia mayor a la del escritor. Rayuela había dejado elegir el libro a leer; esta obra ofrece además la posibilidad que el lector haga su propia creación. Por mi parte la traducción que hago al italiano pienso firmarla con mi nombre. En consideración a las premuras, percances y haraganerías del lector, cada capítulo se lee con economía e independencia. Una suerte de combinación, una ruta oculta, permite otra integración de los relatos; el azar y el juego vigilante de ecos son otros modus operandi. Declaro esta obra como una falsificación que intenta representar en un libro el valor absoluto. La plasticidad de la obra (sus artificios, engranajes, trucos y trampas), también permite establecer correspondencias con obras tan dispares como la máquina de pensar de Ramón Llull, la banda de Möebius, los grabados de Escher, Las Meninas de Velásquez, las 22 letras del alfabeto hebreo y los arcanos mayores 1, 9, 12, 15 y último del tarot. Se ha dicho que la obra pretende los símbolos genéricos del hombre o los arquetipos platónicos o los actos fundamentales del hombre. Sorprende la observación del profesor Angel Monsalve que relaciona la organización de la obra con un salterio que conmemora cinco misterios del evangelio (y del hombre).
La razón por la que doy un nuevo nombre a este libro es porque siento que en sus historias Dios arriesga una apuesta confiando que el hombre encuentre una salida. Pero las calles y encrucijadas del Medellín de los ochenta fueron un laberinto de perdición. El hombre sabe que no basta ser bueno ni desear ser libre para resolver el problema esencial de la vida. Es imprescindible gozar de inteligencia, de astucia, de sentido del humor para descifrar las formas y figuras de una estructura oculta donde reside la verdad que nos salve de la locura. Como Teseo buscando a Minotauro esta obra nos introduce por un laberinto de enigmáticos versículos del libro del Génesis: El embrollo de lenguas de Babel, la rama verde de olivo del Diluvio, los años reducidos de la vida del hombre, el fruto del árbol en medio del Jardín y el asesinato de Abel, son un pentagrammon de encrucijadas donde también parece haberse extraviado Dios. He consultado clandestinos teólogos que gustan de la gematría y sus caprichosos cálculos ofrecen un hilo de Ariadna en estos cinco versículos del Nuevo Testamento: Juan I, 3; Lucas XXIV, 31; Hechos V, 41; Mateo IV, 2 y Marcos XIV, 50; que resuelven con Cristo, en simétrica correspondencia al Génesis, la salida del laberinto.
Cual otro corredor del laberinto, no el último, donde el lector encuentre más alternativas para derivar la narración, señalo estos senderos que ampliaran estas páginas y ayudarán a completar la obra. Además de la antología de relatos que refieren los epígrafes, la deuda y homenaje es con la obra de un escritor que se evita nombrar pero siempre se alude. Para el lector lego en adivinanzas servirán estas pistas: El inspector Botero, jubilado de una apacible comisaria de pueblo, intenta resolver una situación más cómoda y menos barroca que las parodias policiales de Don Isidro. La recta biblioteca del hermano Jorge quiere oponerse a La biblioteca de Babel donde se pierden los impíos. Como en un espejo Verónica y Pedro Salvadores optan por destinos simétricamente opuestos. En el vulgar personaje de La partida se advierte un partidario de La secta del Fénix y en el Espinel de la Jornada a otra víctima de unos bárbaros como los de El evangelio según Marcos.
Ermes Marana
Cerro Negro, 2012
13 de julio de 2012
El ajedrecista
El ajedrez es un teatro sintético de la vida, de la vida que se pone en juego por una causa
heroica, por un deseo de conquista, por un afán de poder. Yo suelo dar significado a las cosas a través de estructuras, por eso cuando pienso en la
variedad de situaciones de conflicto que enfrenta la gente no puedo evitar
compararlo con alguna de entre la infinidad de partidas que han enfrentado los
maestros y aficionados del ajedrez a lo largo de su historia. Un
ejemplo de ello es el caso que Charles Gumpel propuso en 1878.
En el medio juego la situación del tablero es: blancas con rey en e2,
dama en a6, torres en c1 y g1, caballos en a8 y f5 y el único peón en e4; las
negras con rey en f7, dama en a3, torres en c5 y c6, caballo en g7 y peones en
c7, e3 y e5; como se muestra en el tablero:
Las negras creen llevar ventaja con la posición de Da3 que amenaza a
Da6, jaque. Pero juegan blancas primero y no dan espera para que la torre se lance contra el caballo en
g7, el rey queda en jaque y le obliga refugio en f6. En esta inmovilidad
del rey se obran rápidos intercambios Dxc6+ Txc6 y Txc6+ las negras quedan
despojadas de sus dos baluartes y el rey continúa en jaque. No queda más que
detener la torre con la dama en d6 y esperar su sacrificio con Txd6+. Aunque el
humilde peón negro casa la torre cxd6 no advertía el salto del caballo blanco
desde la esquina hasta Cc7. El peón quiere huir con un grito despavorido y no
puede más que dar con honor un paso al frente para que el caballo lo ejecute en
Cxd5. Al rey le obliga dar un paso fatal hacia Re6 y el consiguiente mate de la
torre en Te7++, deja finalmente dibujada esta forma en el tablero.
Para quien con imaginación suele entretenerse estableciendo
correspondencias entre la naturaleza, las matemáticas y las artes no le
parecerá absurdo que una historia de vida como la de Marcos tenga su
representación sintética en siete jugadas de una partida de ajedrez, como esta
conocida como "El signo de la cruz". Sería un abuso con la
inteligencia del lector precisar el paralelismo de dichas decisiones y movimientos.
No sólo con el último de estos cinco relatos, sino también con el
primero, se puede establecer paralelos entre el ajedrez y la vida. El caso del
"cadáver en el cuarto cerrado", que está a punto de esclarecer
Carrasco, es un problema de original dificultad y variado ingenio. Pero antes que la confusa situación de Sebastián, Jonás y Ana ya se conocía la admirable historia que entrecruza (decisiones y movimientos) de la vida y el ajedrez. "La leyenda del rey Tamerlán", que los
copistas intercalaron en las 1001 noches, parte de la siguiente
situación de emboscada. Juegan las blancas:
Cuentan los hombres dignos de fe que el rey Tamerlán de Samarkanda,
valiente, robusto y diestro en los ejercicios de la guerra, conquistó para
gloria de Alá, el sabio y misericordioso, todos los países que antes obedecieron
a Gengis Khan. Una mañana de julio de 1402, antes de preparar la invasión de China, salió a regocijarse en el señorío de sus vastas tierras cuando a lo lejos advirtió las tropas invasoras del Sultán Bayaceto, soberano del Imperio Otomano. Tamerlán sabía que Bayaceto era un guerrero audaz que no conocía el sabor de la derrota y decidió enfrentarlo en los campos de Ankara.
El Sultán cabalgaba con su séquito de damas custodiado por ocho leales y fuertes soldados negros cuando fue sorprendido en una emboscada por el ejército de soldados mamelucos que Tamerlán uniformó de blanco para confundir con las estepas. Este astuto y temible conquistador se hacía acompañar de todos sus más dignos guerreros y prometió ante ellos tomar a Bayaceto respetando la vida de sus guardias. Dos soldados de Tamerlán emprendieron el ataque y el Sultán es salvado por la pronta defensa de sus fieles soldados. Luego otro ataque en diagonal de un capitán, montado en un elefante por el flanco derecho, es vano intento vengado por un soldado de la guardia personal. Otros soldados eliminan la amenaza frontal del jefe de arqueros y del ataque sorpresa de un caballero que acechaba tras la roca. También vinieron en su defensa sus generales más cercanos pero sólo sus soldados lograban sobrevivir para blindar su integridad. Al verse protegido por toda su guardia se creyó a salvo y aún más confiado al ver a casi todos sus enemigos por tierra, salvo al rey en su caballo. En ningún momento el Sultán Bayaceto dejó de verse amenazado de lances enemigo pero oportunamente fue defendido por cada uno de sus ocho valientes soldados que lograron resguardar al Sultán en un sitio inexpugnable. Cuando Tamerlán parecía no representar amenaza alguna para el Sultán, una estratégica posición en su caballo bastó para dar muerte a Bayaceto convirtiendo su refugio en una tumba.
El Sultán cabalgaba con su séquito de damas custodiado por ocho leales y fuertes soldados negros cuando fue sorprendido en una emboscada por el ejército de soldados mamelucos que Tamerlán uniformó de blanco para confundir con las estepas. Este astuto y temible conquistador se hacía acompañar de todos sus más dignos guerreros y prometió ante ellos tomar a Bayaceto respetando la vida de sus guardias. Dos soldados de Tamerlán emprendieron el ataque y el Sultán es salvado por la pronta defensa de sus fieles soldados. Luego otro ataque en diagonal de un capitán, montado en un elefante por el flanco derecho, es vano intento vengado por un soldado de la guardia personal. Otros soldados eliminan la amenaza frontal del jefe de arqueros y del ataque sorpresa de un caballero que acechaba tras la roca. También vinieron en su defensa sus generales más cercanos pero sólo sus soldados lograban sobrevivir para blindar su integridad. Al verse protegido por toda su guardia se creyó a salvo y aún más confiado al ver a casi todos sus enemigos por tierra, salvo al rey en su caballo. En ningún momento el Sultán Bayaceto dejó de verse amenazado de lances enemigo pero oportunamente fue defendido por cada uno de sus ocho valientes soldados que lograron resguardar al Sultán en un sitio inexpugnable. Cuando Tamerlán parecía no representar amenaza alguna para el Sultán, una estratégica posición en su caballo bastó para dar muerte a Bayaceto convirtiendo su refugio en una tumba.
La gloria sea con aquel que no muere.
La versión original es esta notación algebraica de diez movimientos: 1.f3+ gxf3 2.exd3+ cxd3 3.Af5+ exf5 4.Te6+ dxe6 5.Cf6+ gxf6 6.Td4+ cxd4 7.a8=A+ Dd5 8.Axd5+ exd5 9.De5+ fxe5 10.Cg5++
Pero además de la muerte, las partidas de ajedrez sirven de teatro sintético del amor, del amor que lo cree todo, que lo espera todo, que lo soporta todo. El sacrificio de mi dama en el primer capítulo de mis Aventuras de un pobre donjuán es una muestra de que bien vale arriesgar lo más preciado, hasta perder todo, con tal de sentir la libertad de no tener nada, para desear lo absoluto. Mi historia de amor se corresponde con la partida entre Eduard Lasker y George Thomas en 1911: Después de un tranquilo y parejo desarrollo de piezas siguiendo cada bando su propio plan y luego del inesperado e impresionante sacrificio de la dama blanca por un peón en el onceno movimiento, se decide tajantemente la suerte de la partida; el rey negro sale obligado de su refugio y escapa al extremo opuesto del tablero donde le espera deshonroso fin.
15 de junio de 2012
Tres versiones más
“Una canción de gesta se ha perdido…
en sórdidas noticias policiales.”
J.L.B.
Un periódico local publicó en
agosto de 198*, con escueta redacción y ligeros argumentos, este artículo que titularon con tinta roja: "Lo acuchillaron por enamorado"
"En confusos hechos un
hombre fue apuñalado cuando coqueteaba con una mujer. El asesino, un probable
pretendiente de la misma, huyó del lugar con un cómplice. Se desconoce el
paradero de la mujer y es probable que se encuentre herida de muerte.
"En el barrio 20 de julio,
al occidente de la ciudad, un hombre aun no identificado, que gozaba de los
cuidados y ternuras de una mujer, fue sorprendido por un joven que reclamó a la
traidora con malas palabras.Tras el rechazo de la mujer, y la intervención del enamorado, el joven cegado por los celos arremetió con furia
contra el entrometido. Luego de propinarle una paliza, y con ayuda de un cómplice,
le asestaron cinco puñaladas mortales y huyeron del sitio. La víctima
convulsionó y agonizó sin recibir ayuda hasta que falleció ahogado en su propia sangre.
"El barrio es uno de los más
peligrosos de la ciudad, de los 197 casos de homicidios que se reportaron el
mes pasado casi el 18 por ciento ocurren en este sector. El hombre
asesinado no pertenecía al lugar y se presume el control territorial como otro
posible móvil del crimen."
Cuando supimos de la persecución
y posterior desaparición de Marcos nos dimos a la tarea de búsqueda. Al leer
los periódicos jamás sospechamos que una noticia de esta naturaleza podría
referirse a nuestro pacífico amigo y cuando en Medicina Legal identificamos su
cuerpo ellos lo relacionaron como el mismo N.N. de la noticia. Nos indignó
saber que el afán sensacionalista de un periódico lo etiquetara como crimen
pasional para falsear los verdaderos móviles. Los autores
intelectuales debieron estimar la útil estupidez de los periodistas que aportaban gratuito engaño a los crédulos lectores. A Marcos le hubiera parecido otra forma de no ser bien comprendido. Lo más gracioso es que entre nosotros sabíamos que las
mujeres no eran propiamente el objeto preferido de sus deseos.
La versión de los hechos, que
años después darían las autoridades, habría de ser mucho más desalentadora.
Nosotros que conocíamos bien los motivos de su asesinato, y que alguna sospecha
teníamos de los autores, jamás nos imaginamos que una investigación oficial
fuera tan contraria a la verdad. Diez años después las autoridades estaban tan
lejos de inculpar a un solo responsable que por el contrario, y para colmo de
la impunidad, la memoria de Marcos corría el riesgo de ser difamada.
Algunos apartes del expediente hacen referencia a los siguientes aspectos:
"El asesinato del señor
Marcos Espinel fue reportado, a través de teléfono público, por una mujer que
se negó a dar sus datos. Esto creó suspicacias en la Policía Judicial que temió
una emboscada en una zona disputada por facciones guerrilleras de las FARC y el ELN. Se
esperó a que los vecinos, urgidos más por los perjuicios del cadáver que
movidos por piedad, tiraran el cuerpo en un sitio accesible y seguro para la
Policía. Esta circunstancia impidió el levantamiento del
cadáver según los protocolos de criminalística y en consecuencia no se hizo acopio de pruebas, ni exámenes del sitio. Tampoco se procedió a la
posterior reconstrucción de los hechos ni se contactó testigos directos para
obtener testimonios confiables".
Otros datos del
expediente confirmarían la intención de desviar la investigación:
"El estudiante de la
Universidad de Antioquia era miembro de una organización no gubernamental y con
una larga trayectoria social que lo vinculaba a organizaciones campesinas,
acciones comunales y movimientos estudiantiles. Mantuvo un bajo perfil para
moverse entre la ONG y la comunidad, aunque clandestinamente cumplía tareas de
emisario entre organizaciones de izquierda y grupos guerrilleros. En consecuencia de disputas políticas y territoriales al parecer le tendieron una celada
que se fingió como crimen de la delincuencia común."
Los pormenores del expediente,
con sus complementos circunstanciales de tiempo, lugar y modo, dispuestos en un ordenado fraude de testigos, testimonios y pruebas, no difieren del montaje de un
teatro del absurdo que sentenció sin rubor ni vacilación el juzgado penal.
A la familia de Marcos no le
angustió la difamación del nombre de su hijo por periódicos y juzgados. No
pidieron rectificación de la noticia ni apelaron el dictamen. El padre de
Marcos tenía una versión muy personal sobre la muerte de su hijo, que no requería la
aprobación de nadie más que de Dios, que todo lo sabe y todo lo ve. La consignamos como una mistificación sutil y verosímil en consideración a la fe de un padre que sufre la pérdida de su hijo único. Juzguen ustedes si hay delirio o devoción en sus palabras:
Desde siempre yo tuve el presentimiento de que mi hijo moriría joven. En la infancia su rebosante alegría le procuró más problemas que satisfacciones, quejas del vecindario, sanciones en la escuela, unas veces calificado de loco y otras tildado por tonto. Si su espontánea amabilidad le merecía la simpatía y el aprecio de unos compañeros y profesores, esa misma gracia le ganaba el rencor y la inquina de otros. Terminado el colegio se atemperó su carácter y redujo el círculo de amigos. Retrajo un poco el trato afectuoso y moderó el impulso jovial para evitarse adversarios. Me contaba con preocupación cuanto esfuerzo le costaban esas privaciones, yo le consolaba deduciendo que si en este país absurdo los bellacos eran admirados no era extraño que la gente sincera fuese denigrada; y rogaba al cielo que su buen corazón no llegara a merecer la envidia visceral de un amigo o el odio mortal de un enemigo. Al entrar en la universidad se agudizó su pensamiento y sus opiniones expresadas con convicción fueron ya el motivo de las discordias. Cambió de programas para evitar confrontaciones con sus compañeros, que antes de refutar sus argumentos le reprochaban su modo llano de pensar. Tampoco tuvo sosiego cuando buscó el trato cándido de los niños, siendo maestro, ni cuando se relacionó con la gente simple del campo y la ciudad, decía, para justificarlo, que al diablo le gustaba merodear entre los virtuosos porque entre los viciosos tenía ganada la batalla. Una vez me explicó con místico razonamiento, y entre risas no se si irónicas o nerviosas, que el fenómeno que él padecía era que una bestia apocalíptica lo perseguía con fatal empecinamiento. Acto seguido volvió a reír, como si con ello buscara tranquilizarme, y dijo saber que tenía el problema resuelto, luego me formuló la manera efectiva de combatir a la bestia. En ese momento juzgué que estaba loco y supe que firmaba su sentencia de muerte.
Mientras el padre de Marcos contaba esto nos pasábamos las manos por el rostro para disimular las lágrimas y de algún modo también nos sentíamos responsables por su muerte.
Desde siempre yo tuve el presentimiento de que mi hijo moriría joven. En la infancia su rebosante alegría le procuró más problemas que satisfacciones, quejas del vecindario, sanciones en la escuela, unas veces calificado de loco y otras tildado por tonto. Si su espontánea amabilidad le merecía la simpatía y el aprecio de unos compañeros y profesores, esa misma gracia le ganaba el rencor y la inquina de otros. Terminado el colegio se atemperó su carácter y redujo el círculo de amigos. Retrajo un poco el trato afectuoso y moderó el impulso jovial para evitarse adversarios. Me contaba con preocupación cuanto esfuerzo le costaban esas privaciones, yo le consolaba deduciendo que si en este país absurdo los bellacos eran admirados no era extraño que la gente sincera fuese denigrada; y rogaba al cielo que su buen corazón no llegara a merecer la envidia visceral de un amigo o el odio mortal de un enemigo. Al entrar en la universidad se agudizó su pensamiento y sus opiniones expresadas con convicción fueron ya el motivo de las discordias. Cambió de programas para evitar confrontaciones con sus compañeros, que antes de refutar sus argumentos le reprochaban su modo llano de pensar. Tampoco tuvo sosiego cuando buscó el trato cándido de los niños, siendo maestro, ni cuando se relacionó con la gente simple del campo y la ciudad, decía, para justificarlo, que al diablo le gustaba merodear entre los virtuosos porque entre los viciosos tenía ganada la batalla. Una vez me explicó con místico razonamiento, y entre risas no se si irónicas o nerviosas, que el fenómeno que él padecía era que una bestia apocalíptica lo perseguía con fatal empecinamiento. Acto seguido volvió a reír, como si con ello buscara tranquilizarme, y dijo saber que tenía el problema resuelto, luego me formuló la manera efectiva de combatir a la bestia. En ese momento juzgué que estaba loco y supe que firmaba su sentencia de muerte.
Mientras el padre de Marcos contaba esto nos pasábamos las manos por el rostro para disimular las lágrimas y de algún modo también nos sentíamos responsables por su muerte.
8 de junio de 2012
Tramoya para un muerto
Que un hombre logre escapar de la violencia brutal de profesionales del criminen, amparados en la noche, y termine atrapado en manos de unos simples delincuentes, a plena luz del día, es un caso de antemano absurdo. Sin embargo a Marcos esto le pareció más un capricho de la providencia que suele jugar a la cara y sello entre las largas temporadas de futilidad y los escasos momentos esenciales de la vida. Lo que en verdad le inquietaba, más que los reveces que pudiera haber sufrido en un mismo día, era un sentimiento de decepción por la gran piedad que siempre tuvo por los pobres de la tierra, a quienes estimaba como los humildes de las bienaventuranzas. Marcos se negaba a pensar siquiera que esta caterva de villanos que se amontonaba en ese suburbio de la ciudad, por más infortunados e ignorantes que fuesen, tuvieran que ver algo con los pobres e incultos campesinos que trató por los municipios de Antioquia. ¿Cómo creer que la clase de gente con quien concertó programas comunitarios en pro de los niños y compartió la alegría de las fiestas populares, esos a quienes trató de compañeros y hermanos podían ser la misma clase de pobres que ahora le escupía y maldecía?
Iban siendo las tres de la tarde cuando llegaron a lo alto de la colina, así lo escuchó decir al locutor de la radio que anunciaba un vallenato de Diomedes Diaz. El sendero de escalas remataba en una pequeña explanada donde dormía una perra exhibiendo unas derrengadas tetas; el viento le sopló polvo encima como quien cobija un cadáver. Marcos no pensó "Una perra duerme al sol" sino: "Que perra vida se vive aquí". La cruceta de la electrificación le confirmó que se cumplía al fin su itinerario. La música sonaba en un quiosco de madera donde un aviso, con letras desiguales y briosas anunciaba: "La tienda de Berenice". Cuando Marcos se sentó a descansar en la banca chirrió la tabla, pero el ruido de la radio era mayor y nadie salió a atender. Marcos advirtió con alarma que José había desaparecido y se preparó para lo peor. El cansancio lo sometía y no tenía aliento ni para quejarse del hambre. Más que por la herida que aún sangraba en la cabeza y la mordedura que no le dejaba asentar el pié a Marcos le dolía verse tan lejos de su familia. Cómo extrañaba la ternura de su madre, los consejos de su padre y el delicado cariño de su hermana. El que había vivido como un rey en su casa, se preguntaba qué hacia ahora en aquel lugar abandonado del mundo y olvidado de Dios. Se sintió como el fantasma de Canterville de Gieco y también sintió sed.
Como si el cielo hubiera escuchado sus súplicas apareció la dueña de la tienda cantando, con mucho sentimiento y mala entonación, la canción de Diomedes que repite el estribillo "Pero les voy a probar que en el amor / Triunfan los que se quieren de verdad". La mujer al ver sangre en su frente suspendió la canción y alarmada le preguntó qué pasó. Marcos no quiso darle importancia y cambió de tema sugiriéndole que corrigiera el error ortográfico de Benerice con b grande por Verenice con v pequeña. Ella sonrió contrariada y le justificó que era un error consagrado en el bautismo. Se propuso buscar con que limpiar el hilo de sangre que le corría en la frente pero en ese instante llegaron dos muchachos pidiendo servicio. Traían tan mal semblante que la perra se levantó y se fue sin sacudirse el polvo de encima, como si hubiera advertido en ellos la señal de Caín.
-Danos dos cervezas -ordenó uno.
-Heladas- insistió el otro con el mismo tono mandón.
Berenice tenía un bonito rostro acentuado por una decidida mirada de ojos negros. Los muchachos, que estaban arrechos, piropearon su feminidad con expresiones vulgares. Ella, picada, les demostró indiferencia dando prioridad a la atención de Marcos. Ellos lo tomaron como un desprecio y la emprendieron contra ella a cuenta de Marcos, al que miraron con ojos rayados de odio y turbios de droga.
- Esta perra se las tira de samaritana - dijo uno
- Y a nosotros nos trata como unas piltrafas- machacó el otro
-Ven estos -rebatió la mujer- Qué tengo yo con ustedes, si ni siquiera los conozco.
-Y es que esta hijueputa nos niega la cerveza -alegó uno al otro.
Marcos hizo un gesto a la muchacha que comprendió sin requerir palabras y fue por las cervezas. Ellos lo tomaron como signo de complicidad y se dieron en alentar el ánimo pendenciero con un trago largo del licor. Marcos sabía que ante el rencor no valdrían razones y optó por evadir sus miradas y desoír sus afrentas. Pero luego uno de ellos apura el último trago, se levanta resuelto, toma a la mujer por los cabellos forzándola a ponerse cara a cara con Marcos y le ordena:
-Ya que lo querés tanto, le vas a dar un beso.
Marcos opuso resistencia y el otro lo ablandó rompiendo la botella en su cabeza. Se le dobló el cuerpo como un libro sobre el banco, luego el primer muchacho lo empujó y cayó por tierra. Marcos se arrastró, como un borracho, intentó incorporarse y entre los dos lo levantaron a patadas. Logró alzar la cabeza para saber que suerte corría la muchacha, pero sólo alcanzó a ver que uno de ellos dejaba al descubierto un cuchillo. Pronto vio el brillo de la hoja en el cielo, como un rayo, y la puñalada caía en busca de la garganta. Marcos logra atajarla y la hoja se clava en la palma de su mano. Esta defensa inesperada enfureció más al atacante y mientras lograba recuperar el arma el otro sicario le atravesaba el costado con otro puñal.
Los hechos ocurrieron muy rápido pero Marcos sintió que era una eternidad. Muchos pensamientos se cruzaron en ese instante. Sintió haber vivido ya ese momento como un sueño premonitorio o como una lectura apasionada. Sueño o ficción, el dolor de su cuerpo traspasado también lo sentía como una ilusión. Marcos comprende, antes de morir, que su vida ha sido otro intento fallido de buscar justicia, otro inútil sacrificio por la humanidad, pero no tenía claro si este hecho era obra del destino o una tramoya perpetrada por otros perspicaces asesinos. Tuvo tiempo para desear que la muchacha no hubiese sido parte de la patraña.
El viento soplo de nuevo en la explanada y el polvo cubrió la sangre como empezando a cobijar el cadáver.
Un gallinazo llegó para posarse en la cruceta de la electrificación.
El tiempo, que se había detenido estupefacto, se acordó que debía continuar para alcanzar la tarde.
18 de mayo de 2012
La tribu asesina
Allí, en esa sala de espera del infierno, Marcos tuvo ocasión para pensar con mejor perspectiva sobre el rasgo criminal de algunos hijos de Antioquia que hacían protagonismo de primera página en la historia de violencia del país. Si la raza de Caín se entrometió en tantos pueblos y culturas de occidente sin duda encontró especial arraigo en esta "montaña de oro". A despecho de insignes hombres que han discutido, a favor o en contra, sobre la presencia de judíos en la estirpe antioqueña, Marcos, más allá de argumentos históricos y evidencias biológicas, especuló que los paisas se emparentaban con el pueblo judío por razones de espíritu más que por lazos de sangre. Argumentaba que los valores emblemáticos del antioqueño bravío y trabajador, con sentido familiar y hermandad de tribu bien podían vincularse a los del judío, pero también a los vicios de astucia y "zorrería" en los negocios y una estima de superioridad ante los otros pueblos. Pero se daba cuenta del abuso de generalizar estas correspondencias y precisaba que realmente lo que hay en Antioquia es una familia de malhechores que ejercen las infamias de los peores judíos, acaso por resonancias cosmogónicas del Libro en común. En esta familia ha encarnado la versión paisa del fratricida Caín, del conspirador David, del traidor Judas, del hipócrita Caifás, del simoníaco Simón, en fin, Marcos veía en Antioquia más representaciones de la canalla judía que de monstruos cuenta la mitología griega.
Aquel grupo de hombres que seguían gruñendo en el bar con acento paisa y que en sus fauces dejaban oler la sangre de sus víctimas, aun con el prestigio de gatilleros que les endilgaba el título de comandantes o lugartenientes, no pasaban de ser unos perros en obediencia a las órdenes de sus señores feudales. En el rango familiar eran los hermanos menores, los irascibles, los agitadores de la vendetta, los que con juramento ante Dios y ante la madre prometían a sus hermanos la venganza por el padre asesinado o el pariente secuestrado. Se consideran a sí mismos unos héroes Macabeos y querían mostrar su guerra como una campaña de liberación de la patria. Con una reputación criminal erigida con el terror de no respetar la vida de los familiares del enemigo, aterraban a la sociedad pecon previo tratamiento de inimaginables torturas, pero sin la sagacidad y el ingenio de quienes los superaban en jerarquía de poder. Marcos sentía que debía haber otra tribu asesina más sofisticada que la de esos perros que jugaban satisfechos con la entelequia de los cuatro palos de la baraja española y por banda sonora la música ranchera.
Cuando a los pocos minutos volvió el doctor Ocampo, Marcos pudo advertir en su rostro, en sus gestos, en sus ojos vivaces, el carácter taimado de un judío sefardita, de un judesmo converso, de un ladino que prefirió renegar de su religión por congraciarse con el déspota. Su trato reverencial siempre le pareció sospechoso y dejó advertir bajo la mirada cobarde esa doble intención de quien jura fidelidad a un Dios pero tiene puesto el corazón en las monedas de plata. Marcos en el fondo de su corazón se compadecía de ese pobre miserable, de esa especie solitaria y fatal de hombre que no falta en aportar la traición en toda empresa de redención humana y casi podía notar bajo su nuca una marca de sangre que lo asfixiaba de remordimiento. El doctor Ocampo le explicó que había que dirigir una instancia a unos hombres importantes en cuyas manos estaba la decisión de ayudarle, pues sólo ellos tenían el poder para sacarlo de aquella situación de incertidumbre. Mientras salían entraba un grupo de mariachis.
Caminaron por la calle y Marcos decidió seguirlo, más animado por la curiosidad de saber a donde podía llegar aquella situación que por una esperanza de salvación. Aun cuando sus observaciones, razonables o imaginarias, inducían a Marcos a sospechar del doctorcito, tenía una reserva de confianza en sus buenas intenciones pues tomaba en garantía la amistad con el profesor J***. A pocas cuadras entraron en un hotel de lujo con una arquitectura palaciega en la que tuvo esa misma sensación de imponencia que dan los edificios burocráticos, que insufla a los altaneros y apabulla a los sencillos. Subieron al piso doce. Entraron en un vestíbulo en cuya recepción una señorita saludó al doctor Ocampo como a viejo conocido y le dijo que esperara. Sólo al rato informó de su llegada por teléfono y el hall quedó entonces en silencio. Marcos miró la puerta entreabierta donde debían estar los hombres importantes y comprendió el papel de mensajero que cumplía el doctor Ocampo pues no podía traspasarla sin la aprobación de la secretaria. Caminaba de un lado al otro del salón mientras Marcos se sentó dispuesto a otra sesión de espera. Se proponía dejar vagar sus pensamientos mirando por el ventanal con vista al sur de la ciudad, pero encontró mejor distracción en la observación de los personajes que fueron desfilando hacia el salón de reuniones.
El primero en entrar, como una punta de lanza, fue un hombre bajo y macizo con aire de profesor, a juzgar por las gafas de intelectual y una frente que le ocupaba media cabeza. Marcos consideró que debía ser la mente brillante del clan, porque es muy importante para este tipo de agrupación contar con un centro de pensamiento que divulgue sus doctrinas. El doctor Ocampo lo saludó con animada admiración, pero él apenas le dispensó un saludo lacónico que fulminó con un "doctorcito" de humillación que abatió el entusiasmo. No respondió al saludo de la recepcionista y pasó derecho por la puerta sin dar previo aviso. Después llegó otro hombre con ese paso que emula el político para marchar al lado de un militar. Vestía esmoquin con la corbata bien ajustada al cuello. Se acicalaba para entrar al salón e insistía en asentar hacia atrás una mata de pelo lacio que le caía en la frente. Saludó al doctor Ocampo con el mismo fingido interés con que un presidente de la república saluda a un personaje del pueblo mientras posa a las cámaras. Entró también por la misma puerta, sin avisar ni saludar, un hombre alto, fornido como un roble y curtido por el sol, cuyo porte combinaba la severidad de un general ruso con la decisión de un gerente yanqui. El doctor Ocampo se hizo a un lado como evitando que lo atropellara y bajó la cabeza sin intento de saludo. El último en llegar, como si calculara que estuvieran todos para recibirlo con plena ovación, era un cura muy solemne y aseñorado. Vestía una levita negra con una cruz inmensa de plata que le colgaba hasta la barriga y sobre el cuello clerical soportaba una cabeza grande de prelado del renacimiento, con unas gafas que dejaban ver unas cejas muy negras y espesas como debían ser sus pensamientos.
Marcos pensó que la reunión contaba ya con las figuras claves de un ejercicio de poder. Era un cónclave para ajedrecistas, no para vulgares jugadores de cartas. Si había visto pasar la corte de aristócratas que acudían al llamado de un soberano en representación simbólica de la torre, el caballo y el alfil, Marcos se preguntaba quién podría ser el Rey y la Dama de aquella asamblea de ajedrez criminal.
El doctor Ocampo y Marcos esperon mirando a la puerta, que aún esta entreabierta, con deseo de espiar. Volvieron la mirada a la señorita como demandando respuesta a la solicitud de atención. Sonó el teléfono. La secretaria levanta el auricular y recibe una orden. Se levanta y se dirige a la puerta. Ante la mirada atónita del doctor y de Marcos se dispuso a cerrarla.
Caminaron por la calle y Marcos decidió seguirlo, más animado por la curiosidad de saber a donde podía llegar aquella situación que por una esperanza de salvación. Aun cuando sus observaciones, razonables o imaginarias, inducían a Marcos a sospechar del doctorcito, tenía una reserva de confianza en sus buenas intenciones pues tomaba en garantía la amistad con el profesor J***. A pocas cuadras entraron en un hotel de lujo con una arquitectura palaciega en la que tuvo esa misma sensación de imponencia que dan los edificios burocráticos, que insufla a los altaneros y apabulla a los sencillos. Subieron al piso doce. Entraron en un vestíbulo en cuya recepción una señorita saludó al doctor Ocampo como a viejo conocido y le dijo que esperara. Sólo al rato informó de su llegada por teléfono y el hall quedó entonces en silencio. Marcos miró la puerta entreabierta donde debían estar los hombres importantes y comprendió el papel de mensajero que cumplía el doctor Ocampo pues no podía traspasarla sin la aprobación de la secretaria. Caminaba de un lado al otro del salón mientras Marcos se sentó dispuesto a otra sesión de espera. Se proponía dejar vagar sus pensamientos mirando por el ventanal con vista al sur de la ciudad, pero encontró mejor distracción en la observación de los personajes que fueron desfilando hacia el salón de reuniones.
El primero en entrar, como una punta de lanza, fue un hombre bajo y macizo con aire de profesor, a juzgar por las gafas de intelectual y una frente que le ocupaba media cabeza. Marcos consideró que debía ser la mente brillante del clan, porque es muy importante para este tipo de agrupación contar con un centro de pensamiento que divulgue sus doctrinas. El doctor Ocampo lo saludó con animada admiración, pero él apenas le dispensó un saludo lacónico que fulminó con un "doctorcito" de humillación que abatió el entusiasmo. No respondió al saludo de la recepcionista y pasó derecho por la puerta sin dar previo aviso. Después llegó otro hombre con ese paso que emula el político para marchar al lado de un militar. Vestía esmoquin con la corbata bien ajustada al cuello. Se acicalaba para entrar al salón e insistía en asentar hacia atrás una mata de pelo lacio que le caía en la frente. Saludó al doctor Ocampo con el mismo fingido interés con que un presidente de la república saluda a un personaje del pueblo mientras posa a las cámaras. Entró también por la misma puerta, sin avisar ni saludar, un hombre alto, fornido como un roble y curtido por el sol, cuyo porte combinaba la severidad de un general ruso con la decisión de un gerente yanqui. El doctor Ocampo se hizo a un lado como evitando que lo atropellara y bajó la cabeza sin intento de saludo. El último en llegar, como si calculara que estuvieran todos para recibirlo con plena ovación, era un cura muy solemne y aseñorado. Vestía una levita negra con una cruz inmensa de plata que le colgaba hasta la barriga y sobre el cuello clerical soportaba una cabeza grande de prelado del renacimiento, con unas gafas que dejaban ver unas cejas muy negras y espesas como debían ser sus pensamientos.
Marcos pensó que la reunión contaba ya con las figuras claves de un ejercicio de poder. Era un cónclave para ajedrecistas, no para vulgares jugadores de cartas. Si había visto pasar la corte de aristócratas que acudían al llamado de un soberano en representación simbólica de la torre, el caballo y el alfil, Marcos se preguntaba quién podría ser el Rey y la Dama de aquella asamblea de ajedrez criminal.
El doctor Ocampo y Marcos esperon mirando a la puerta, que aún esta entreabierta, con deseo de espiar. Volvieron la mirada a la señorita como demandando respuesta a la solicitud de atención. Sonó el teléfono. La secretaria levanta el auricular y recibe una orden. Se levanta y se dirige a la puerta. Ante la mirada atónita del doctor y de Marcos se dispuso a cerrarla.
11 de mayo de 2012
La ciudad Angosta
"Nuestros escritores son producto de la literatura y,
accesoriamente, de la vida”
Alberto Aguirre
Angosta es una ciudad de ficción en una novela pastiche armada con el molde de obras importantes, con frases ajenas y con recuerdos personales. Es una historia en clave de Yo, que finge la mirada profética de una sociedad y solo ve la historia de una pesadilla particular. Antes que una sátira es una mojiganga, un juego de máscaras para disfrazar a los amigos, con reseña biográfica a pie de página, y enmascarar a los enemigos, de quienes se evitan describir detalles por peligro de muerte. No es un dibujo de la sociedad al modo de los grabados de Goya sino una caricatura con flojos trazos de creativo periodista. Angosta es una ciudad del futuro trazada sobre el trasfondo de un Medellín del fin de siglo pasado, donde corren las aventuras de Juaco o Juacobo, no recuerdo bien el nombre del protagonista, que se mueve con la astucia de un gato pero que deja ver siempre su cola de lince. Es la novela más atrevida de Hector Abad Faciolince.
La novela coincide, además de la fecha, con muchos aspectos de "1984" de Orwell. En Angosta la sociedad también esta dividida en tres grupos: Los dones, los segundones y los tercerones o si se quiere fríos, tibios y calentanos, según el clima o el sektor dónde vivan: F, T o C. La vigilancia de la policía del pensamiento la ejerce aquí los miembros de la secur, o sea el DAS al servicio de intereses oscuros. También hay un amor clandestino que para este caso se llama Virginia Candela. No hay un Gran Hermano que represente a Stalin, pero si un juez supremo en la figura de los Siete Sabios, que es el tema que nos interesa aquí tratar, porque en lo demás no se parece en nada al agudo Orwell.
Si los tibios tienden a desaparecer naturalmente o a vomitarse teológicamente, el grupo de dones y de calentanos, que se describe en Angosta, son antepasados de los Eloi y los Molocks, grupos en que termina dividida la sociedad en el futuro que imagina Wells en "La máquina del tiempo". Pero si bien el autor nos tiene acostumbrados a la imitación, es un vil remedo que llame con los mismos nombres del Consejo Central de Anarquistas, de la novela de Chesterton "El hombre que fue jueves", a los asesinos de su Consejo de Siete Sabios, como si esos histriónicos y elocuentes Anarquistas de Chesterton se parecieran en algo a sus obtusos y parcos Siete Sabios. En este punto la ligereza de Faciolince no logra medir las correspondencias de la imaginación en literatura, o para decirlo en términos de Cosiaca, confunde la mierda con la pomada. Si a decir de un personaje de su novela "Angosta es un sitio inmundo, sin heroísmo y sin estética", en Antioquia no podremos pretender al heroísmo, ni en literatura, con este tipo de estética.
Para nadie es una realidad que en Antioquia hay una raza vil de hombres tenaces que suelen darse banquetes con el manjar del mártir muerto y que se parten la nación a dentelladas. Con este material la literatura ha creado el género de ficción distópica con intenciones satíricas como en Orwell y de advertencia como en Wells. La lista no termina aquí, recuérdese Fahrenheit 451 de Bradbury, que también Faciolince plagia con el pasaje del incendio en la librería La Cuña de la carrera 45D. Hasta invoca a Cervantes, que no tenía velas en este entierro, pero no se aguanta las ganas de imitar el escrutinio del capítulo 6 del Quijote para solazarse con sus lecturas. En este collage de temas sin ton ni son se desvirtúa la materia de una gran novela, pero el autor se conformó con escribir una charlatanería insulsa.
Al ingenio literario del autor se le ocurre la ironía de llamar Siete Sabios al Comité de asesinos intelectuales de su ficción cuando en la vida real los verdaderos criminales se les ocurre nombres tan místicos como "Los doce apóstoles". Después de citar los asesinatos, apenas obvios para un escuadrón de la muerte, de un sindicalista moreno en un día cualquiera y al otro día el de un muchacho segundón, para colmo marica, comienza la comedia de los días de los asesinos. Un Domingo salva de la muerte al periodista Antonio Aguilar o Aguirre, no recuerdo bien el nombre, porque una vez habló muy lindo de su hermano que murió de cirrosis. Viernes votó, con una balota blanca, para absolver a su primo lejano Álvaro White, pero no pudo evitar la balacera que lo ejecutó en su Toyota en El Poblado. Prueba al sarcasmo de que Miércoles reza el rosario con una mano y con la otra señala con el dedo a la próxima víctima, basado en información del confesionario. Que Jueves fue amiguito de Burgos en la adolescencia pero dejó que lo matara el comandante de la Secur. En fin, un infantil juego de pistas y señales inútiles de una adivinanza que todo el mundo se sabe. Que El Heraldo es El Colombiano, que El Globo es el Mundo, que el morro Aburridor es el cerro El Volador, que Burgos es el doctor Abad y que Tequendama es Carlos Castaño. Es una historia para costureras y chismosas, porque parece ser que el autor prefiere lectoras que se aburren (según se deduce del pie de página del capítulo sobre los libros, a mitad del libro).
Esta ciudad si es Angosta y seguiremos yendo oscuros por angosta tierra mientras nos alumbre esta estrecha literatura.
Si los tibios tienden a desaparecer naturalmente o a vomitarse teológicamente, el grupo de dones y de calentanos, que se describe en Angosta, son antepasados de los Eloi y los Molocks, grupos en que termina dividida la sociedad en el futuro que imagina Wells en "La máquina del tiempo". Pero si bien el autor nos tiene acostumbrados a la imitación, es un vil remedo que llame con los mismos nombres del Consejo Central de Anarquistas, de la novela de Chesterton "El hombre que fue jueves", a los asesinos de su Consejo de Siete Sabios, como si esos histriónicos y elocuentes Anarquistas de Chesterton se parecieran en algo a sus obtusos y parcos Siete Sabios. En este punto la ligereza de Faciolince no logra medir las correspondencias de la imaginación en literatura, o para decirlo en términos de Cosiaca, confunde la mierda con la pomada. Si a decir de un personaje de su novela "Angosta es un sitio inmundo, sin heroísmo y sin estética", en Antioquia no podremos pretender al heroísmo, ni en literatura, con este tipo de estética.
Para nadie es una realidad que en Antioquia hay una raza vil de hombres tenaces que suelen darse banquetes con el manjar del mártir muerto y que se parten la nación a dentelladas. Con este material la literatura ha creado el género de ficción distópica con intenciones satíricas como en Orwell y de advertencia como en Wells. La lista no termina aquí, recuérdese Fahrenheit 451 de Bradbury, que también Faciolince plagia con el pasaje del incendio en la librería La Cuña de la carrera 45D. Hasta invoca a Cervantes, que no tenía velas en este entierro, pero no se aguanta las ganas de imitar el escrutinio del capítulo 6 del Quijote para solazarse con sus lecturas. En este collage de temas sin ton ni son se desvirtúa la materia de una gran novela, pero el autor se conformó con escribir una charlatanería insulsa.
Al ingenio literario del autor se le ocurre la ironía de llamar Siete Sabios al Comité de asesinos intelectuales de su ficción cuando en la vida real los verdaderos criminales se les ocurre nombres tan místicos como "Los doce apóstoles". Después de citar los asesinatos, apenas obvios para un escuadrón de la muerte, de un sindicalista moreno en un día cualquiera y al otro día el de un muchacho segundón, para colmo marica, comienza la comedia de los días de los asesinos. Un Domingo salva de la muerte al periodista Antonio Aguilar o Aguirre, no recuerdo bien el nombre, porque una vez habló muy lindo de su hermano que murió de cirrosis. Viernes votó, con una balota blanca, para absolver a su primo lejano Álvaro White, pero no pudo evitar la balacera que lo ejecutó en su Toyota en El Poblado. Prueba al sarcasmo de que Miércoles reza el rosario con una mano y con la otra señala con el dedo a la próxima víctima, basado en información del confesionario. Que Jueves fue amiguito de Burgos en la adolescencia pero dejó que lo matara el comandante de la Secur. En fin, un infantil juego de pistas y señales inútiles de una adivinanza que todo el mundo se sabe. Que El Heraldo es El Colombiano, que El Globo es el Mundo, que el morro Aburridor es el cerro El Volador, que Burgos es el doctor Abad y que Tequendama es Carlos Castaño. Es una historia para costureras y chismosas, porque parece ser que el autor prefiere lectoras que se aburren (según se deduce del pie de página del capítulo sobre los libros, a mitad del libro).
Esta ciudad si es Angosta y seguiremos yendo oscuros por angosta tierra mientras nos alumbre esta estrecha literatura.
13 de abril de 2012
El asedio
Voy huyendo de la bestia informe que prohijó la civilización. Escapo de la áspera urbe que habita, donde la he enfrentado desfavorablemente. Busco fatigado, aun no abatido, un lugar donde ponerme a salvo. Por poco caigo sometido a sus argucias, son tantos los que se doblegan a su voluntad que ahora sirven en una red de cómplices para generalizar la credulidad. Su gran ardid es volver norma sus decisiones a cuenta de centros de inteligencia que imponen sofismas que desvirtúan la Verdad. Su imagen no es ya de temible bestia apocalíptica, tiene lo que llaman presencia y una capacidad de mutación que confunde a los más avisados. A mí no me perdona que le haya mirado cara a cara cuando le sorprendí en el instante mismo que mudaba su máscara. Palideció y teme que revele al mundo sus secretos y ponga en evidencia su farsa; por eso no descansará hasta acallarme con la muerte. No me arriesgo aún porque podría perder antes mis seres queridos y abrigo la esperanza de que todos se salven. Por lo demás nadie me cree aun y si la contradigo me acusarán de hereje, de traidor y no dudarán en lincharme, en echarme a la hoguera. A ellos les seduce sus ricos modales, su don de gentes, la complacencia a las expectativas de los jóvenes y la venerable tranquilidad de los viejos. Y ¿quién les podrá borrar la sonrisa de conformidad y gratitud? No se cómo decirle que les impone sus condiciones, que juega con su libertad, que con esa sonrisa firman su condena y deberán pagar con su alma. Pero juzgan que no soy más que un resentido que no logra ajustarse a la dignidad del modelo y que las dudas son las que ocasionan mi angustia. No estoy loco, ni me consuela saber que hay otros que también buscan una salida que los libre de su implacable hostigamiento. Persisto en huir sólo porque abrigo la esperanza que en el horizonte se avizore un lugar donde poner a salvo mis hijos. Mañana, sin duda, cuando me canse de huir, volveré para enfrentarla con limpia desnudez. (198*)
*
Este texto es la transcripción literal de un manuscrito (en papel secante y pluma estilográfica) que encontramos entre los cuadernos de Marcos y que interpretamos como figuras premonitorias de lo que sucedería aquella noche fatídica, luego que compartiera el vino y la canción con nosotros. No faltará quien lo juzgue por delirios de persecución o un juego de palabras con alusión velada a sus campañas subversivas. Otros más atrevidos lo interpretarían como una nota suicida y que sus alucinaciones de víctima lo llevarían a hacerse propicia cuando advirtió el desenlace fatal. Nosotros que apreciamos la certeza de la Palabra lo dejamos a libre interpretación; como solía decir Mateo: "El que tenga oídos, que oiga... porque si viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden.
Marcos antes de acostarse siempre leía para cansar los ojos y apurar el sueño. Después de un rato dejó sobre el nochero el ejemplar del Manual de Inmunidad y se durmió. En plena noche, cual big bang que rompe la nada, el ruido del teléfono le quebró el sueño y lo despertó como a una pesadilla. Aturdido y en ascuas por saber quién podría llamar a tales horas buscó a tientas en la oscuridad sin encontrar el aparato. Por un momento se ofuscó y creyó estar ciego, pues tenía los ojos abiertos y no podía ver la luz, mientras el timbre insistía con patético lamento. Alcanzó el teléfono. Al otro lado de la línea una voz agitada se afanaba por articular un mensaje. Sintió como si le hablaran desde otro mundo y en otro idioma, y quiso pensar que estaba soñando. Pero al otro lado se escuchaban las cosas tan vívidas, tan dramáticas que debía ser real. La voz tenía un tono alarmante y las palabras atropelladas daban un mensaje de alerta, pero Marcos seguía atónito en la oscuridad y no lograba comprender su significado. De pronto las palabras fueron ahogadas por un golpe seco. A un lado y al otro de la linea se quedó escuchando un silencio estremecedor, hasta que colgaron de un golpe y quedó el biii rasgando el sosiego.
La confusión impidió que Marcos identificara la voz. Repasaba las palabras que creyó escuchar: "Parir" no tenía sentido, tal vez le avisaban "partir". Lo de "cayó la cabeza" le hacia temer un atentado contra el profesor J***. Pero era absurdo, si apenas hacía unas horas habían estado hablando con apasionamiento. Debían haber sido sus amigos, fastidiosos y borrachos, queriendo hacerle una broma pesada. Pero ellos no dirían una frase tan insólita y lapidaria como "busca una tabla de salvación". Marcos se negaba a creer que pudiera estar en peligro porque nunca conoció enemigos. "Escapar" también era sólo una metáfora, un signo que se escribía con tinta y no con lágrimas o sangre.
Quería esperar que amaneciera para considerar las cosas con calma; el temor y la noche suelen mostrar fantasmas donde sólo hay sombras. Y esta vez los ojos sí le pesaban de sueño y la cama le atraía con fuerza gravitatoria. Tampoco sabía bien si estaba despierto o si aún dormía porque escuchaba, de modo impreciso y lejano, un ruido que persistía en su oído y que no era el pitido del teléfono. Era tan sutil que debió pensar que si dormía era el comienzo de una pesadilla y si estaba despierto era su obsesión por intensificar algún sonido. Pero este sonido aumentaba mientras sentía que su oreja crecía y el lejano ruido ya se acercaba tanto que entraba como un bólido por las sendas del pabellón auricular y se estrellaba en el tímpano, y nada lo detiene para que truene como martillo y retumbe como el yunque y sus nervios hechos trizas invaden su cuerpo que se baña de sudor y miedo, y un escalofrío le recorre los huesos. No era una pesadilla, abrió los ojos y sintió cómo el ruido entraba por la ventana abierta. Ubicó su origen, su procedencia. Se acercaba a gran velocidad por las calles, al dar vuelta en la esquina el ruido cobró la forma de un chirrido de carro. Se podía sentir la detonación de pistones, el crujir de metales, el rechinar vertiginoso de neumáticos sobre el asfalto. De pronto el carro frena estrepitosamente. Se detuvo frente a su casa. El pánico lo paraliza y comprende que vienen por él.
Todo sucedió muy rápido. Un tropel de hombres derribó la puerta sobrecogiendo con estruendos a todo al vecindario. El padre de Marcos alcanzó a tomar el machete para impedir el asalto. Los invasores, fuertemente armados, impusieron el terror derribándole al suelo e imponiendo órdenes con maldiciones que resollaban tras las capuchas. Pedían les dijeran donde se escondía, sin precisar el nombre de quien buscaban. "Debe ser un error" oyó a su padre recriminarles. Comenzaron a registrar la casa revolcándolo todo. Marcos escuchaba desde la habitación el llanto de su hermana, los lamentos de su madre, los reclamos de su padre y, aunque inocente, sentía pena por causarles aquella desgracia. Uno de los hombres exasperado por la infructuosa búsqueda forzaba la delación, agrediendo cobardemente a la madre. Marcos estuvo a punto de entregarse, pero antes su padre había intervenido para protegerla y enfrentó a los bandoleros advirtiéndoles que la vecindad estaba alertada. Esto dio valor a Marcos, que permanecía como estatua abrigado en una sábana. Al fin los hombres descubrieron una habitación hacia el fondo donde aún no habían registrado. Cuando los hombres rompieron la puerta de su habitación, Marcos había dejado la sábana y había escapado por el solar en calzoncillos.
30 de marzo de 2012
El Informe
No teniendo ningún otro motivo fuera del de obtener el bien público de mi país.
J. Swift (una modesta proposición)
Si presumimos de viejos mosqueteros, que hace poco más de un año pactamos en Versalles estas crónicas de los ochenta, seríamos poco menos que tres don nadies sin nuestro D'artagnan. En aquellos años éramos cuatro jóvenes entusiastas que prometíamos ser "uno para todos y todos para uno". Mientras nosotros fanfarroneábamos de Voltaire, Casanova y Yosinmás, Marcos cumplía el simple papel de sí mismo y con su auténtica honradez y obstinación por la verdad se convirtió en un héroe, pagando el consecuente precio con su sangre. Por la urgencia de referir esta historia decidimos aplazar el final del relato de Casanova Moreno para escribir, a tres manos, la historia de Marcos Espinel. Con el apoyo documental de archivos y manuscritos que consultamos, de testimonios y confesiones que recogimos y de recuerdos episódicos que nos dejó su trato personal, pretendemos recrear los últimos días de su vida y completar así esta pentalogía de aquellos años apasionantes.
*
El suplemento Científico, anexo a los principales periódicos del país, publicó en agosto de 198* el artículo que aquí transcribimos y comentamos. Informa sobre la investigación que adelantaba un equipo de científicos de la Universidad de Antioquia que prometía importantes descubrimientos para el desarrollo y la calidad de vida de los colombianos. El asunto causó conmoción no solo en los círculos académicos sino que, por sus implicaciones de salud pública, involucro los planos político, económico y social del país.
Algunos artículos publicados con posterioridad intentaron corregir o atenuar delicadas revelaciones, pero ya se había desatado una opinión desfavorable que tendía obstáculos a la investigación. Este texto, pese algunas mutilaciones, expresa valiosas observaciones. Los ejemplares destinados a los archivos desaparecieron misteriosamente. Por discreción me veo en la necesidad de mantener en reserva el nombre de su responsable.
"La Universidad de Antioquia ratifica el liderazgo en la investigación en Colombia. Esta vez un selecto grupo de profesores y estudiantes nos sorprende con un descubrimiento que significará una verdadera revolución. De alcanzarse los loables objetivos de este proyecto estos científicos serán considerados como próceres de una nueva sociedad.
"Por cosas del azar, que es fama participa modestamente de inventos y descubrimientos, un grupo de investigadores del Área de la Salud, parece haber dado con la explicación de un problema que siempre estuvo asociado a los estudios del Área Social y Humana. Como esto amplia el campo de investigación, otros grupos que encuentran materia de interés allí, se han sumado al proyecto; proponen la creación de un Centro de Investigación Especializado y solicitan al Comité para el Desarrollo de la Investigación, CODI, mayores recursos a través del Fondo de Innovación.
"‘Históricamente los males que han aquejado a la humanidad han sido más terribles en tanto mayor fue su desconocimiento. Las devastadoras pestes que hasta finales del siglo XIX causaban miles de víctimas, hoy gracias a la ciencia se reducen a epidemias plenamente controlables: a las muertes antes llamada de repente hoy se discriminan bien sus causas y se tratan a la luz de la medicina procurando más años de vida para el hombre. Pero a lo largo del tiempo hemos convivido con ciertas enfermedades que por hacerse habituales se dejaron de estimar como un problema y ahora se aceptan con naturalidad; lo que se ha dado en llamar la especialización de las ciencias, solo ha hecho reducir los elementos de estudio para dejar de abordar con plenitud una materia. Así ocurrió con la idiocia, que en tiempos antiguos fue considerada un castigo divino, en el siglo XVIII pasó a llamarse oligofrenia y se entregó al castigo de la psiquiatría. De lo que hasta el momento no se habían percatado los psicólogos es que muchos de los problemas de su especialidad son versiones ordinarias del viejo y conocido mal de la idiotez.
"La identificación de la falsa inocencia de este mal, cuya peligrosidad aumenta por la sutileza de su manifestación, abrió el camino para que los investigadores hicieran la valiosa revelación de que la desdeñada idiotez tiene junto a la pulcra y habitual estupidez una misma causa identificada con un virus. El grupo de inmunovirología, descubridores del patógeno microorganismo, han dado en bautizarlo como mente catus.
"Ya que el descubrimiento convierte la estupidez en un caso epidemiológico, que pronto se transformará en un problema de Salud Pública, los grupos de investigación hacen ya sus aportes. Gracias al de Patogénesis de las Inmunodeficiencias se tiene ya un diagnostico que, aunque insuficiente, permitirá tomar algunas medidas preventivas. Existe la posibilidad de que en algunos años de ardua investigación se pueda encontrar la vacuna, que si no logra remediar todo el mal al menos reduzca el riesgo a que se exponen las generaciones futuras.’
"Curiosamente ha sido en las últimas décadas cuando el mente catus se propagó vertiginosamente. Es paradójico como el progreso con sus fantásticas tecnologías ha facilitado su transmisión: Antes un pequeño pueblo indiferente a los avances modernos corría menos riesgos de contraer el virus y ahora no hay lugar que no sea vulnerable. Sin duda[1]..........es un excelente agente de propagación, su especial modo de incubar el mente catus ha sido de particular interés para los epidemiólogos. Se estima que una hora de cine americano, o media hora de telenovela mejicana, o más de quince minutos de noticieros nacionales, exponen desprevenidamente a por lo menos veinte millones de personas que aumentan en cuatro puntos la imbecilidad. Hay gran preocupación por el aumento de estos índices a medida que las tecnologías se hacen mas ágiles y novedosas.’
"El estudio de vulnerabilidad que clasificó la población ha discriminado varios tipos de virus según la clase social, la profesión, el género, la formación, el oficio, las aficiones, la edad, etc. Se sabe, por ejemplo, que el virus que antes atacaba al muchacho a partir de los dieciocho años hoy lo hace estúpido a los once o doce. El estudio además señala aspectos que favorecen el virus como el dinero en exceso, los cargos inútiles, los oficios especulativos, la politiquería, la formación militar y las aficiones en masa. Pero agrega igualmente algunas recomendaciones: dar el dinero a los pobres, ejercer actividades artesanales y leer libros inútiles.
"Pero tal vez lo mas relevante de la investigación, sea la descripción del modo de operar del ...."
El informe se suspende aquí porque manos criminales eliminaron la página que le daba continuación. Agregaremos alguna información confidencial, adquirida de personas implicadas al proyecto y que con la debida cautela revelamos, que acaso permita deducir por qué los investigadores pagaron el precio de revelar semejante verdad.
El estudio señala los focos de contagio, más nocivos por la facilidad con que propaga el virus y la gran densidad de población afectada. Dice que la estupidez mas barbara es la del poder, que desde el foco de la política se difunde con mayor contundencia; hay que ver como este mal hace que un pelafustán, a fuerza de cinismo, llegue a disponer como propio del bien público y lo dilapide cuando al fin reconoce que le es ajeno. Pero el virus de los estereotipos es el que mas se propaga por la eficiente incidencia que tiene desde el foco comercial; cuenta con gran aceptación por su gran atractivo y porque promete a la víctima paraísos artificiales. El estudio habla de otros focos, no deja de aludir a los idiotas útiles, los estúpidos por méritos, los expertos en imbecilidad, etc.
*
Aunque nos neguemos a creerlo las empresas humanistas tienen enemigos. Desde que la ciencia tomó cartas en los problemas del país han sido muchos los investigadores a quienes se les ha cobrado cara la intromisión. Entre 1987 y 1988, en sólo cinco meses, fueron asesinados tres importantes investigadores de este proyecto, sin contar los que adelantaban acciones paralelas en la misma dirección. El nombre de Marcos no aparece en ninguna lista, es una sombra entre las sombras, por eso esperamos que este relato logré, al menos mientras se lea, resucitar a nuestro amigo del silencio y que La Palabra sea el lugar de sus apariciones.
23 de marzo de 2012
El Club del Fénix
“sólo tiene que coger la campanilla y hacer tilín-tilín”
Eca de Queiroz (El Mandarin)
Por aquel entonces yo no lograba una posición laboral que me procurara estabilidad económica y en consecuencia tampoco tuve serenidad emocional. Había alcanzado a graduarme sin honores aunque en comparativa ventaja de talento frente a mis colegas, pero las oportunidades de empleo no me favorecían. Trabajaba de profesor supernumerario en universidades de garaje y apenas recogía sobras de un salario. Papá solía darme la mano a escondidas de mi madre, quien en represalia a mis blasfemias me había echado de la casa y me negaba hasta la herencia. Convivía con Olga que se comportaba conmigo como una reina y yo hecho un zángano cumplía el papel de macho complaciente y a veces le servía de cocinero. Pero esta situación me incomodaba y aquel vulgar papel me dejaba insatisfecho. Renegaba de mi estéril profesión y me compadecía por ser un inepto profesor que no sabía más que enseñar cosas inútiles sin tener idea de cómo lograr una vida confortable. Yo, que me creía todo un talento desaprovechado, maldecía ser tratado como un peón negro fuera de juego, estaba harto de dar la razón al imbécil, mamado de ser sumiso, irritado de hablar pasito, aburrido de volar bajito. ¡A la mierda todo eso! Yo quería tocar el cielo, deseaba sentirme un dios omnímodo, atendido por ángeles que me sirvieran insólitos manjares y me dieran de beber promiscuos cócteles en copas de cristal. Esta turbación de espíritu se intensificó con la reaparición de Eduardo, y me sentí tentado por el diablo.
Por la noche me acosté a dormir con rabia y sin probar bocado. Sin duda la debilidad, alimentada por la envidia y el rencor, con la oscuridad por telón de fondo, provocó que a mi fácil imaginación se le ocurriera buscar la redención de mis miserias acudiendo al Hotel Fénix. Este era la versión local del Ceaser Palace, un teatro del lujo y el derroche para recrear los placeres romanos. Visitarlo era tan trascendental para la gente que buscaba reconocimiento como para un musulmán peregrinar a La Meca a dar vueltas a la Kaaba y ganar el cielo. Al Fénix solía ir la gente linda, los empresarios, los políticos, el alto clero, los periodistas, y después se sumaron los comerciantes, los deportistas, los nuevos ricos... Todo el que se sintiera de clase y pudiera demostrarlo con liberalidad, con la ventaja de no tener qué justificar sus rentas. Bastaba haber estado una vez en el Hotel Fénix para congraciarse automáticamente con la élite de la ciudad y pasar a gozar del favor social. No era necesario ser invitado por nadie, sólo bastaba tener el dinero suficiente para cubrir la onerosa cuenta y divulgarlo. Ya incluso se había levantado una leyenda sobre cierto secreto que debía guardar todo aquel que se hospedara allí. Quienes conocían el secreto hacían parte de un club y el vulgo inaccesible solo podía hacer chistes callejeros y adivinanzas de cantina. Yo que no me dejaba impresionar fácilmente pensaba que la gente propendía al misterio y que el secreto era tan baladí como el latón que esta hecha una medalla. Al otro día desperté decidido a visitar el Hotel Fénix, considerando que si bien no representaría para mí un mérito social, desconocerlo era una falta de curiosidad y si bien nunca me había esforzado por conseguir dinero, mi natural talento bien merecía unas buenas atenciones. Mi padre reconoció que tenía méritos pero no aprobaba mi curiosidad y tuve que hacer un crédito en el banco para financiar ese gustico.
Seguí el protocolo de llegar en limusina y la alquilé sólo para que me dejara frente al hotel; pero nadie me recibió al bajar. Me desconcertó la falta de cortesía después de semejante gasto. Estuve a punto de desertar temiendo ser rechazado por negro o por que notaran mi impostura, pero en Medellín cualquiera se hacía rico y me sentí digno de caminar por el largo tapete rojo hasta la ancha puerta. Apenas llegué al umbral la puerta abrió automáticamente las dos alas. Pasé por un corredor medio iluminado donde colgaban velos al modo de las escenografías de Fellini. Antes que admiración me dio risa la extravagancia y yo mismo me sentí ridículo. Entré por otra puerta a un vaporoso salón cuyos espejos confundían más el color de las luces, la precisión de los sonidos y el origen de los rumores. El dispositivo de vapores intensificó una variedad de perfumes que me hicieron sentir en los campos elíseos, en los jardines del paraíso, en los nirvanas orientales. Aquel lugar era fantástico, exótico, de ensueño y por un momento no me importó que la sugestiva y artificial atmósfera engañara mis sentidos. Una bailarina brotó del aire y me tomó de la mano para conducirme hasta una mesa, donde me indicó sentarme en un sillón. Me sentí un poco miserable al ver que sobraba el sillón de mi acompañante y que la mesa estaba dispuesta para dos, pero me senté con tal comodidad que me creí todo un rey al que le sobra la compañía y los consejos. De un salto la bailarina se perdió dejándome solo y quedé mirando para todos lados intentando ubicarme. Sabía que estaba en un gran salón y sentía que era muy concurrido, pero cada mesa era exclusiva y privada.
La mesa con mantel, de un blanco impecable, tenía por decoración un centro de flores. Los cubiertos estaban colocados según el protocolo, por supuesto el cuchillo con el filo mirando al plato. Las brillantes copas enfrente del plato, ordenadas de izquierda a derecha la copa del agua, la copa de vino tinto, la copa de champagne y la copa de vino blanco. Se me hizo sospechoso el maniático orden, hasta la forma de triángulo de la servilleta sobre el plato. Pero lo más inquietante en la disposición de la mesa era la campanilla de cristal, al lado del cuchillo. Era obvio que tenía como finalidad llamar para recibir atención y que la decisión estaba en mis manos. Consideré el significado casi sagrado del objeto y la responsabilidad del acto. Vacilé. Quise volver sobre mis pasos y cancelar el envanecido propósito, porque si no tocaba la campanilla nada me obligaba. Pero me sentía tan confortable, tan plácido, tan digno, que luego de acariciar la campanilla por largo rato, mi deseo se intensificó y cedí a la tentación. El tilín-tilín dio comienzo a la función y de inmediato aparecieron tres etéreas bailarinas para atenderme. Digo etéreas porque sus cuerpos al danzar, envueltos en los vestidos de seda traslúcida, imitaban a las garzas, a las hadas o a las Tres Gracias. Pero las imitaban de forma lasciva y no sublime, porque su piel no era de nívea pureza sino de roja carnalidad. Por sus movimientos de atrevida sensualidad, de maliciosa sonrisa, de picaresca mirada representaban diablesas que rondaban su víctima. Yo creí estar ya en los infiernos porque mi cuerpo ardía de fascinación y sudaba como un penitente, pero fingí indiferencia y asumí la pose de quien sabe apreciar la danza y el teatro. Ellas percibieron un rubor que se me subía al rostro y adivinando en mis ojos un gesto sutil de aprobación, consideraron que era el momento para dar inicio a sus tentativas. y siguiendo el guión de la escena, la primera gracia me coronó con una rama de laurel, la segunda me entregó tres rosas y la tercera me estampó sus labios en la mejilla. Acto seguido me cantaron a coro un: "Bienvenido al Hotel Fénix" y como en un truco de magia desaparecieron con el humo.
La mesa con mantel, de un blanco impecable, tenía por decoración un centro de flores. Los cubiertos estaban colocados según el protocolo, por supuesto el cuchillo con el filo mirando al plato. Las brillantes copas enfrente del plato, ordenadas de izquierda a derecha la copa del agua, la copa de vino tinto, la copa de champagne y la copa de vino blanco. Se me hizo sospechoso el maniático orden, hasta la forma de triángulo de la servilleta sobre el plato. Pero lo más inquietante en la disposición de la mesa era la campanilla de cristal, al lado del cuchillo. Era obvio que tenía como finalidad llamar para recibir atención y que la decisión estaba en mis manos. Consideré el significado casi sagrado del objeto y la responsabilidad del acto. Vacilé. Quise volver sobre mis pasos y cancelar el envanecido propósito, porque si no tocaba la campanilla nada me obligaba. Pero me sentía tan confortable, tan plácido, tan digno, que luego de acariciar la campanilla por largo rato, mi deseo se intensificó y cedí a la tentación. El tilín-tilín dio comienzo a la función y de inmediato aparecieron tres etéreas bailarinas para atenderme. Digo etéreas porque sus cuerpos al danzar, envueltos en los vestidos de seda traslúcida, imitaban a las garzas, a las hadas o a las Tres Gracias. Pero las imitaban de forma lasciva y no sublime, porque su piel no era de nívea pureza sino de roja carnalidad. Por sus movimientos de atrevida sensualidad, de maliciosa sonrisa, de picaresca mirada representaban diablesas que rondaban su víctima. Yo creí estar ya en los infiernos porque mi cuerpo ardía de fascinación y sudaba como un penitente, pero fingí indiferencia y asumí la pose de quien sabe apreciar la danza y el teatro. Ellas percibieron un rubor que se me subía al rostro y adivinando en mis ojos un gesto sutil de aprobación, consideraron que era el momento para dar inicio a sus tentativas. y siguiendo el guión de la escena, la primera gracia me coronó con una rama de laurel, la segunda me entregó tres rosas y la tercera me estampó sus labios en la mejilla. Acto seguido me cantaron a coro un: "Bienvenido al Hotel Fénix" y como en un truco de magia desaparecieron con el humo.
16 de marzo de 2012
Balance posicional
Si el universo es una trama de destinos que se cruzan para tejer la historia, en la urdimbre de mi vida el hado habría de maquinar el reencuentro con un cabo suelto del pasado. El momento y el lugar no podrían ser más inoportunos: Andaba desempleado y de compras en el Éxito. Acababa de pasar por la caja registradora unas cuantas cosas que para colmo de la escasez sobrepasaron mi disponibilidad de efectivo. Me vi en la penosa tarea de hacer devolución. La cajera explicó la necesidad de llamar a coordinación para formalizar la cancelación de la cuenta y repetir el registro. Detrás de mi seguía otro cliente y me incomodó hacerlo esperar. De soslayo noté que el hombre sonrió, pero no advertí si por simpatía o conmiseración. A pesar de la barba y unas pocas canas, el rostro me resultaba familiar. Fue cuando lo miré bien a los ojos y, por esa imagen profunda que llega a ser indeleble para quienes se trataron con afecto, pude reconocer a Eduardo. Una extraña sensación de asombro y gozo atravesó mi cuerpo. No se si pronuncié su nombre con una voz apagada o si pensé su nombre con un grito. Su presencia me dejó aturdido, como cuando Cristo llamó a Lázaro que dormía tranquilo en la tumba. Lo miré como a un ser extraño y trataba de ajustar la imagen del recuerdo a la transfigurada presencia. Descifré los rasgos indelebles porque definitivamente su cuerpo atlético habían cambiado sustancialmente, aumentó en no menos de veinte kilos. Una rubicunda barba y una amplia sonrisa le daban esa expresión generosa de un rey de baraja, yo a su lado apenas era un caballo de bastos.
- ¡Eduardo!- repetí para desatrancar la voz y le alargué la mano con mucha formalidad.
La coordinadora observó la escena de encuentro y esperó a que terminara el abrazo para pedirme que eligiera los productos. Devolví más de la cuenta por si veía la urgencia de huir rápido en taxi. Eduardo supuso que había olvidado la tarjeta y me ofreció ayuda. Más que su generosidad me incomodaba que Eduardo dedujera mi situación doméstica viendo pasar los productos de la exigua compra. Supuse que a través del tipo de queso, la marca del café, la clase de salchichas, la cantidad de arroz y el precio de la salsa de tomate, deduciría mi situación económica, mi estado de salud, incluso mi cultura y mis placeres. Pagué con billetes de baja denominación y azorado por tal situación ni se me ocurrió darle una moneda al empacador. Eduardo me obligó a esperarlo y a soportar cómo se reflejaba su exquisito estilo de vida viendo pasar el salmón, el aceite de oliva, las aceitunas, los langostinos, el mozzarella, los champiñones, la pasta de tomate... No permitió que el empacador cargara sus bolsas y lo recompensó con una propina en billete de dos mil pesos.
La siguiente situación incómoda era tener que tomar taxi. Esta sí era la prueba fehaciente de mi fatalidad de perdedor. Ni un renolcito siquiera para justificar el intento. Pero antes que se develara mi situación, a Eduardo se le ocurrió la ingeniosa pregunta: ¿Dónde tienes tu carro? Pero punto seguido, y como estaba acostumbrado a mandar, me dijo que lo dejara ahí y me fuera con él en su auto. Sin duda teníamos mucho de qué hablar y era un deber ineludible atender esta antigua amistad.
El Corvette se movía con dinamismo por las calles. De pronto me invadió un sentimiento de inquietud por la fugacidad de la vida, por la rapidez con que habían pasado los años de juventud. Qué poco tiempo hacía que nos habíamos graduado de bachilleres y henos aquí al borde del espacio y lejos de las circunstancias. Pensé que el momento merecía un balance de pérdidas y ganancias pero, torpe de mí, pensé que frente a Eduardo me obligaba un inventario de logros y de bienes. Si me juzgara sólo así yo era un decidido perdedor. También pasó por mi mente la lista de lances amorosos y se me ocurrió pensar que acaso mi auténtico y esencial duelo había sido competir con Eduardo en materia de seducción, y que las mujeres no eran más que una ocasión para probar al ganador. Y acaso mirando en profundo, aunque parezca brutal, consideraba que mi vida amorosa en el fondo sólo quería vengar el rapto de Vanessa. Pero todo era una nube de confusión en mis pensamientos. Acepté ir con Eduardo a tomar un café porque la curiosidad me alentaba a verificar si él se había esforzado por ganar el título de triunfador, porque para mí su atractiva presencia y su abundante riqueza no eran más que una herencia sin mérito propio. Por más excusa de quienes dicen que lo que se hereda no se hurta.
Debo confesar que Eduardo siempre representó una sombra en mi imaginación erótica. Cuando me lo figuraba imperando en su empresa, ostentando la fama de hábil desatador de corpiños, haciendo de sus empleadas un jardín a desflorar, yo a duras penas perseguiría una secretaria, de archivo en archivo, seduciéndola con frases entrecortadas y pidiendole perdón por haberme comportado mal. Cuando soñaba acercarme en vuelo a una mujer como un pájaro en busca de su jaula, Eduardo ya la amaestraba y daba un espectáculo privado con trucos elementales a la orden de un látigo de seda. Si yo cansado de cortejos convenía mejor en alojar en el pensamiento a una dama cualquiera, Eduardo hacía importar de U.S.A. una colección de plastisex en modelos especiales para tenerlas a su disposición cuando se sintiera fastidiado de sus chicas. Si así lo imaginaba en sus tiempos de juventud como no pensar que la vida de Eduardo seguía siendo atractiva y llena de esa alegre irresponsabilidad de adolescente, que ahora tomaba el aspecto de un pícaro y lascivo sátiro.
Él en cambio dijo- ¡Querido Henry! - y se dejó venir con un efusivo abrazo. – Por fin te veo después de tantos años- agregó afable dándome palmadas en la espalda
La coordinadora observó la escena de encuentro y esperó a que terminara el abrazo para pedirme que eligiera los productos. Devolví más de la cuenta por si veía la urgencia de huir rápido en taxi. Eduardo supuso que había olvidado la tarjeta y me ofreció ayuda. Más que su generosidad me incomodaba que Eduardo dedujera mi situación doméstica viendo pasar los productos de la exigua compra. Supuse que a través del tipo de queso, la marca del café, la clase de salchichas, la cantidad de arroz y el precio de la salsa de tomate, deduciría mi situación económica, mi estado de salud, incluso mi cultura y mis placeres. Pagué con billetes de baja denominación y azorado por tal situación ni se me ocurrió darle una moneda al empacador. Eduardo me obligó a esperarlo y a soportar cómo se reflejaba su exquisito estilo de vida viendo pasar el salmón, el aceite de oliva, las aceitunas, los langostinos, el mozzarella, los champiñones, la pasta de tomate... No permitió que el empacador cargara sus bolsas y lo recompensó con una propina en billete de dos mil pesos.
La siguiente situación incómoda era tener que tomar taxi. Esta sí era la prueba fehaciente de mi fatalidad de perdedor. Ni un renolcito siquiera para justificar el intento. Pero antes que se develara mi situación, a Eduardo se le ocurrió la ingeniosa pregunta: ¿Dónde tienes tu carro? Pero punto seguido, y como estaba acostumbrado a mandar, me dijo que lo dejara ahí y me fuera con él en su auto. Sin duda teníamos mucho de qué hablar y era un deber ineludible atender esta antigua amistad.
El Corvette se movía con dinamismo por las calles. De pronto me invadió un sentimiento de inquietud por la fugacidad de la vida, por la rapidez con que habían pasado los años de juventud. Qué poco tiempo hacía que nos habíamos graduado de bachilleres y henos aquí al borde del espacio y lejos de las circunstancias. Pensé que el momento merecía un balance de pérdidas y ganancias pero, torpe de mí, pensé que frente a Eduardo me obligaba un inventario de logros y de bienes. Si me juzgara sólo así yo era un decidido perdedor. También pasó por mi mente la lista de lances amorosos y se me ocurrió pensar que acaso mi auténtico y esencial duelo había sido competir con Eduardo en materia de seducción, y que las mujeres no eran más que una ocasión para probar al ganador. Y acaso mirando en profundo, aunque parezca brutal, consideraba que mi vida amorosa en el fondo sólo quería vengar el rapto de Vanessa. Pero todo era una nube de confusión en mis pensamientos. Acepté ir con Eduardo a tomar un café porque la curiosidad me alentaba a verificar si él se había esforzado por ganar el título de triunfador, porque para mí su atractiva presencia y su abundante riqueza no eran más que una herencia sin mérito propio. Por más excusa de quienes dicen que lo que se hereda no se hurta.
Debo confesar que Eduardo siempre representó una sombra en mi imaginación erótica. Cuando me lo figuraba imperando en su empresa, ostentando la fama de hábil desatador de corpiños, haciendo de sus empleadas un jardín a desflorar, yo a duras penas perseguiría una secretaria, de archivo en archivo, seduciéndola con frases entrecortadas y pidiendole perdón por haberme comportado mal. Cuando soñaba acercarme en vuelo a una mujer como un pájaro en busca de su jaula, Eduardo ya la amaestraba y daba un espectáculo privado con trucos elementales a la orden de un látigo de seda. Si yo cansado de cortejos convenía mejor en alojar en el pensamiento a una dama cualquiera, Eduardo hacía importar de U.S.A. una colección de plastisex en modelos especiales para tenerlas a su disposición cuando se sintiera fastidiado de sus chicas. Si así lo imaginaba en sus tiempos de juventud como no pensar que la vida de Eduardo seguía siendo atractiva y llena de esa alegre irresponsabilidad de adolescente, que ahora tomaba el aspecto de un pícaro y lascivo sátiro.
Nos detuvimos en un bar de la avenida Nutibara. Estaba tan admirado de su cordialidad que inevitablemente rememoré nuestra fraternidad de antaño. Para corresponder a su confianza me atreví a hacer una chanza a su "sobre barriga".
-Te burlas porque conservas esa esbelta figura - se defendió- No niego, hermano, que sea una señal de decadencia.
-A menos que sea una muestra de rebosante salud- condescendí.
-Siempre tan cortés.
-Moreno Cortés, Enrique -dije en tono de llamado a lista de clase. Y Eduardo tras una sonrisa cómplice, añadió: White Franco, Luis Eduardo.
-A menos que sea una muestra de rebosante salud- condescendí.
-Siempre tan cortés.
-Moreno Cortés, Enrique -dije en tono de llamado a lista de clase. Y Eduardo tras una sonrisa cómplice, añadió: White Franco, Luis Eduardo.
No caímos sin embargo en la nostalgia del colegio, ni en evocar compañeros ni profesores, ni siquiera para repasar nuestras anécdotas estudiantiles. Aunque nunca me interesé por sus asuntos familiares comenzó por referir la muerte de su padre y el consecuente descalabro de la Empresa White & White. Ese hecho al parecer marcó un punto de quiebre, el derrumbe del ídolo, de Dios y de la autoridad, con el que justificaba la vida disipada que pasó a contar.
Tu sabías bien, Henry, cuánto anhelaba salir del país. Antes que por complacer a mi padre de estudiar en la universidad yo buscaba aventuras para satisfacer mis inquietudes juveniles. Estimé que esta ciudad era pequeña y necesitaba un espacio mayor para mis hazañas. Llegué a Nueva York, único lugar que me despertaba interés y retaba mi inteligencia. En la capital del mundo, emblema del imperio, de lo sofisticado, de lo absoluto, de lo complejo, de lo ruidoso, de la vanguardia ideológica y artística, de lo sensual y lo profano, me sentí como un niño que visita por primera vez el zoológico. Pero yo quería saltar la cerca para tocar las criaturas exóticas, así corriera el riesgo de enfrentar las fieras. Donde hay juego, hay mujeres, hay amores y hay disputa. Yo que aun era joven para desafiar a un caballero por el honor de una dama, evite el enredo y preferí irme a Italia. Las florentinas se me ajustaban como anillo al dedo, ellas impúdicas y caprichosas, yo, atrevido y crápula. En cambio las romanas se me ajustaban como el ojete al palo en el juego de balero. Ah Italia licenciosa: renacimiento de mi perverso satiricón y mi divertido decamerón. Una noche de jolgorio, que terminó en zafarrancho, logré esquivar el cuchillo de un celoso siciliano y debí escapar a España. Tanto era mi desespero por conocer alguna Lola que salí a buscarla por las calles de Madrid y me estafó con un paquete entre las zancas. Entré en pánico y huí a París en busca de una auténtica femelle. Esta ciudad si es un vergel del amor, allí debatí mi pasión entre modelos altivas y actrices soberbias. Yo era un amante latino que jugaba a imitar al inescrupuloso Don Juan y al sensual Casanova. Pero llegué a creerme más atrevido que los dos juntos porque atribuía a mi sangre la propensión a los lances y la espontaneidad en los engaños. Por conquistar cualquier mujer me burlé de la virtud, hice engaño a la justicia y profané lo más santo. Aquel vértigo sólo vino a detenerse cuando consumí toda mi herencia.
Tu sabías bien, Henry, cuánto anhelaba salir del país. Antes que por complacer a mi padre de estudiar en la universidad yo buscaba aventuras para satisfacer mis inquietudes juveniles. Estimé que esta ciudad era pequeña y necesitaba un espacio mayor para mis hazañas. Llegué a Nueva York, único lugar que me despertaba interés y retaba mi inteligencia. En la capital del mundo, emblema del imperio, de lo sofisticado, de lo absoluto, de lo complejo, de lo ruidoso, de la vanguardia ideológica y artística, de lo sensual y lo profano, me sentí como un niño que visita por primera vez el zoológico. Pero yo quería saltar la cerca para tocar las criaturas exóticas, así corriera el riesgo de enfrentar las fieras. Donde hay juego, hay mujeres, hay amores y hay disputa. Yo que aun era joven para desafiar a un caballero por el honor de una dama, evite el enredo y preferí irme a Italia. Las florentinas se me ajustaban como anillo al dedo, ellas impúdicas y caprichosas, yo, atrevido y crápula. En cambio las romanas se me ajustaban como el ojete al palo en el juego de balero. Ah Italia licenciosa: renacimiento de mi perverso satiricón y mi divertido decamerón. Una noche de jolgorio, que terminó en zafarrancho, logré esquivar el cuchillo de un celoso siciliano y debí escapar a España. Tanto era mi desespero por conocer alguna Lola que salí a buscarla por las calles de Madrid y me estafó con un paquete entre las zancas. Entré en pánico y huí a París en busca de una auténtica femelle. Esta ciudad si es un vergel del amor, allí debatí mi pasión entre modelos altivas y actrices soberbias. Yo era un amante latino que jugaba a imitar al inescrupuloso Don Juan y al sensual Casanova. Pero llegué a creerme más atrevido que los dos juntos porque atribuía a mi sangre la propensión a los lances y la espontaneidad en los engaños. Por conquistar cualquier mujer me burlé de la virtud, hice engaño a la justicia y profané lo más santo. Aquel vértigo sólo vino a detenerse cuando consumí toda mi herencia.
Y como para cerrar el círculo del cabo al rabo, concluyó: "Recuerdas que por parodiar al romántico Novalis acuñé aquella frase, que pretendía sabia y graciosa, para definir a las mujeres como "unos seres del reino animal, con atributos de flor y de fruta y ligera inclinación a las piedras preciosas". Pues ese fue mi eslogan de juventud y al final tuve que pagar las consecuencias de mi vanidad.
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