11 de marzo de 2011

Crímenes municipales




Si la incompetencia Policial y la negligencia Judicial, o la complicidad de ambas han encubierto de impunidad cuanto crimen se ha cometido en esta ciudad y si el Periodismo, cuando no lo mueve el morbo, tiene que huir callando sus verdades por amenazas de muerte, la Literatura habrá de revelar las sutiles y variadas formas con que se ha valido esta maliciosa sociedad antioqueña para cometer asesinatos. No me refiero a mostrar con máscaras y otras señales de los hijos de Caín con novelitas cinematográficas al modo de Franco y de Vallejo, sino a obras magistrales y profundas como Crímenes municipales de Darío Ruiz Gómez, emparentada con la obra de Marcel Schwob, Corazón doble, al llevarnos a través del terror a la piedad por dieciocho relatos. Por esto no exageran quienes asocian el nombre de Darío Ruiz con Medellín a la manera de Joyce con Dublín y este reconocimiento está justificado por la contundencia de su estilo narrativo y el rico caleidoscopio de situaciones y personajes que revelan una Medellín de compleja universalidad y no de mera sicaresca.


Estos Crímenes municipales comienzan por sentar una plataforma de consentimiento en su particular contexto sociocultural: el aristócrata asesino de su esposa recibe, naturalmente, casa por cárcel en tanto el pobre celador es condenado, naturalmente, por el crimen que no cometió. Sin duda que en esta tierra labrantía de legalidad burguesa, naturalizada a fuerza de tradición y religión, es donde se acuñó originalmente el mandamiento de "la ley es para los de ruana". A falta de justicia humana pareciera que otras fuerzas cobraran venganza: Carenevera, que como una araña atrapa y asesina sus víctimas cae a su vez en la trampa mortal de su misma red; el universitario revolucionario, tira-piedras y pone-bombas, paga su error al quedar reducido a un tronco de carne que pide limosna Sobre la acera, aumentando en la ciudad desigualdad y miseria. No se trata de una economía de justicia sino del crimen porque en estas historias no esta obligada la correspondencia entre esfuerzos y méritos, los cuadros de realismo en Retro-visor y Espera a que te llame son de un absurdo abrumador. El diálogo de dos hermanas que hacen inventario de la evolución criminal de personajes del barrio y que discurren, a lo Agatha Christie, sobre el crimen de robo y asesinato de dos ancianas que viven solas en un apartamento y que, al modo de Cortázar en Continuidad de los parques, sienten cuando los asaltantes abren la puerta como Esperando a nuestros padres. Las agudas reflexiones jamás se rebajan a un tratado sociocultural y cuando el lector parece conformarse con un relato tragicómico sobre el progreso tecnológico, el autor confirma su alta literatura con una salida fantástica en Grandes superficies, que me recuerda al cuento de Yourcenar Cómo se salvó Wang-Fo. En un meticuloso tejido de análisis social e imaginación, Darío Ruiz logra revelar nuestra personalísima disposición para el crimen relatando como hemos dejado Perder la cabeza sin armar alboroto que altere el tranquilo flujo de dólares del tráfico de cocaína que financia mansiones blindadas a la vez que sostiene hogares de caridad.

Pero acaso el crimen más terrible de esta colección de relatos es el que tiene por escenario las mismas casonas de Prado Centro, emblema de una rancia tradición, dónde misteriosamente desaparecen una pareja de esposos en El estanque furtivo, y se percibe la cómplice participación de la raza antioqueña como en un acto de fervoroso catolicismo. Un crimen en que la cobarde turba dispuesta a alzar su puño en alto y asentar la mano en el pecho, movida entrañablemente por el resentimiento y la envidia hacia quienes considera mejores pero diferentes e intrusos, pide su muerte ante un poder que impúdicamente se lava las manos. Un crimen perfecto porque exonera al asesino por la intangibilidad de las pruebas, así se haya demostrado el efecto mortal de la calumnia. Crimen habitual en las parroquias de nuestra municipalidad que, a sabiendas de su gravedad consignada en el quinto mandamiento, atenuamos colectivamente confesando, en un acto trivial de contrición ante Dios y ante vosotros hermanos, que hemos pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión. Y punto seguido, en fila ordenada, vamos con gesto aureolado a comulgar.

Con esta obra de culto secreto Medellín podrá defenderse ante la historia de su infame título de Capital del crimen y si la justicia persevera en su impunidad al menos permitirá que las víctimas de los Crímenes municipales descansen en paz con el consuelo de una verdad de ficción.



4 de marzo de 2011

El caso del cuarto cerrado






De camino a Versalles -explicó Sebastián- he venido repasando la escena para exponerla ante ustedes como una obra de arte y merecer la aprobación del Club del Séptimo Círculo.

Ver el cadáver de Jonás tirado en el piso, cual frío despojo, no me hubiese horrorizado tanto de no encontrar a Ana durmiendo en la cama, a sólo unos pasos con su tranquila indiferencia. La desnudez repugnante del cuerpo que dejó en los ojos abiertos una mirada abismal hundida en al vacío de la muerte, contrastaba de modo insoportable con la figura cálida de Ana que se deleitaba durmiendo sobre la colcha blanca. ¿No es acaso absurdo asumir tal actitud de displicencia frente a un cadáver? Por un momento creí que era otra víctima puesta bajo los efectos de un somnífero, pero yo le conocía bien ese placer inmutable por dormir profundamente a esas horas de la tarde.

Antes de darnos más detalles sobre esa mórbida escena -interrumpió Carrasco- cuéntenos cómo era su relación con Ana y Jonás.

Esa mañana antes de salir le hice a Jonás las habituales ternuras de despedida. Cerré con llave la habitación como es mi precavida costumbre. Al pasar por el patio en dirección al zaguán no vi a Ana pero sentía que ya debía estar cerca, evitando que doña Irene la recibiera a palos, rondando a la espera de la ocasión que le permitiera llegar a mi habitación para revolcarse en la cama. Debo confesar que esa alcahuetería la estimulaba sólo el placer que me daba molestar a la vieja Irene.



Quienes conocemos a César Vargas sabemos que estos asuntos de la intimidad siempre le estimulaban el morbo y por eso se animó a participar en el interrogatorio: -¿Explícanos qué tipo de relación tenían entre sí los implicados?- preguntó

En mi no muy corta vida he aprendido que siempre son complejas las relaciones entre los seres y nunca será fácil conocer las verdaderas intenciones de su juego de máscaras e intereses. Sin embargo puedo decir sin temor a equivocarme que Ana siempre manifestó hacia Jonás una simpatía no exenta de malicia, pero la verdad es que jamás llegaron a ningún tipo de trato. Yo compartía con ambos un cariño abierto al que ninguno expresó malestar, ni siquiera Ana con su caprichosa naturaleza. Pero valga decir además que era inadmisible tener hacia Jonás un sentimiento adverso, porque con sólo mirarlo cualquiera quedaba seducido con su candidez.

¿Y cómo era la relación con doña Irene? -insistió César-

Doña Irene nunca supo ocultar su desprecio por Ana. Se le oía decir a boca llena que no consentía que “esa aparecida”, como le llamaba, se contoneara por la casa sin Dios y sin Ley. Ni ella ni nadie en el vecindario conocían su procedencia pero todos por unanimidad señalaban con reproche su domicilio en Lovaina. A Jonás el único reproche que podría hacerle era que pasara todo el tiempo en mi habitación, pero lo decía no más que por censurarme. Sin duda ahora debe estar pensando que aquella muerte es un castigo de sus patrones para hacer respetar la casa.

Perdóneme la simpleza de la pregunta pero me obliga -intervino Junior interesado por otros datos del caso- ¿Había por casualidad un arma en la habitación?

Es una observación que no dejaría de hacer ni el más distraído lector de historias policiales, estimado Junior, y debo decir que para este caso había demasiadas. En el cajón del nochero guardo el revólver que fuera de mi padre, sobre el escritorio el porta lápiz contenía una plumilla, unas tijeras, un bisturí y una navaja para abrir los sobres de carta, también habían vidrios rotos en el piso, pero en el cuarto no se encontraba una sola gota de sangre y el cuerpo no tenía ni la menor huella de haberse usado un instrumento de muerte: ninguna perforación, ninguna contusión, ninguna marca mortal.

¿Cabría entonces la posibilidad de envenenamiento?- volvió a preguntar Junior

De haber sido así la técnica sería tan perfecta como para no revelar los más ligeros indicios y, créanme, yo conozco bien de venenos y sus efectos.

El joven de ojos acaramelados miraba atónito a cada uno de los contertulios y antes que atreverse a formular preguntas sobre el caso parecía preguntarse a sí mismo qué diablos hacía en medio de aquel disparate. Para confundirlo aun más Carrasco echó otra fumarola de su pipa y pontificó del siguiente modo:

La motivación de un crimen puede tener intenciones directamente proporcionales a la antipatía así como indirectamente proporcionales a la simpatía que se dedican víctima y victimario. Las intenciones de los sospechosos son cautelosas como las del jugador con los naipes del tute. Una deducción elemental imputaría a Ana la antipatía por Jonás y no querer compartir el cariño de Sebastián. Una deducción al cuadrado acusaría a doña Irene de fingir simpatía por Jonás aprovechando la atención que recaería sobre Ana, para darle una lección a Sebastián que se quedara sin ninguno de los dos. Así entonces una deducción al cubo, que viendo que todo señalaría evidentemente a Ana, haría pensar que el culpable es la insospechada doña Irene, pero no caería en tal distracción volviendo a señalar a Ana.

Cé Vargas se burló de Carrasco y refutó su razonamiento: -Su procedimiento deductivo forma un círculo vicioso que no resuelve las sospechas. Me confunde la multiplicación del problema y no conviene que su inteligencia se precipite en juicios que luego habrá de lamentar. De seguir así terminaría por señalar como autores intelectuales a los fantasmagóricos padres de Sebastián moviendo las manos asesinas de la fiel criada.

Junior se rió a la vez de Cé Vargas y se animó a bombardear a Sebastián con el siguiente cuestionario, que a pesar de las incómodas preguntas manifestaba su práctica inteligencia. Sebastián sin embargo respondía con contundencia binaria:

¿En una casa tan grande como la suya vive con más familiares? No. ¿Pasaba siempre la noche Jonás en su habitación? Sí. ¿Vestía Ana ropa íntima? No. ¿Es usted Homosexual? No. ¿Tiene su habitación baño privado? No. ¿Hay otro acceso a la habitación diferente a la puerta? Sí. ¿Hay una ventana que da al patio? No. ¿Entró Ana por esa ventana desde la calle? Sí. ¿Estaba desnuda sobre la cama? Sí. ¿Es Ana de sangre caliente? Sí. ¿Causó Ana la muerte de Jonás?

Acaso aburrido ya por la cadena de preguntas con tan monótonas respuestas y antes que Sebastián respondiera, Carrasco intervino con un comentario que expresó sin tono ni emoción como para que nadie entendiera si afirmaba un juicio o hacía una pregunta final sin espera de respuesta:

Sebastián, es usted el culpable.