1 de abril de 2011

La teoría de Bruno José




-Tu explicación del crimen, Cé, es aberrante -refutó Junior- te regodeas en la pornografía y terminas denigrando del buen nombre de los implicados. Calificar a Ana de ninfómana da más cuenta de tu lasciva imaginación que de tu cordura. Sin embargo das en el blanco al resolver la forma en que se entra al cuarto cerrado, dato que no aporta nada a la solución del caso porque, como bien dijo Sebastián, Ana y Jonás jamás llegaron a ningún tipo de trato y menos a un trato impúdico como el que acabas de referir. Es cierto que Jonás murió a consecuencia de una conmoción que no pudo soportar su corazón, pero no a causa de un gozo prodigioso, como el que pretendes hacernos concluir, sino por una penosa angustia que lo perseguía implacablemente.

-¡Señores!- dijo Junior ahora con solemnidad para reclamar la atención de sus contertulios- permítanme exponer mi teoría de este crimen: Jonás fue asesinado por un fantasma, o mejor dicho por una legión de espíritus. Lo más grave es que no ha sido la única víctima, se trata de asesinatos en serie que han cobrado también la vida de los padres de Sebastián y que probablemente reclamen pronto un nuevo mártir.

Ante semejante absurdo el joven de ojos acaramelados no supo si asustarse o escapar, pero antes de que se resolviera por cualquier cosa ya Carrasco le había puesto su mano sobre el hombro para evitar que se levantara de la silla o para tranquilizarlo. Se vio obligado a permanecer en su sitio y Carrasco le persuadió murmurándole al oido:- Pronto usted tomará cartas en este asunto, pero antes cultive el hábito de escuchar con paciencia-

"Mi versión de los hechos no sólo explicará la muerte de Jonás- prosiguió Junior-, dará luces sobre las razones que lo obligaron a usted, Sebastián, a alejarse de su círculo social, también ayudará a esclarecer el misterio de la consiguiente muerte de su madre y dilucidará de una vez por todas el motivo que llevó a su padre por el despeñadero de la desesperanza para terminar en el suicidio. Estas cosas tan graves e íntimas las supe por boca de mi mamá Marquita, a quien se las confió mi padre, Papá Senior, quien conoció a Don Juan Manuel García con ocasión de un negocio mutuo. Espero que estas revelaciones no lo incomoden, Sebastián, y le garantizo que esta explicación servirá para que triunfe definitivamente la verdad y ante todo salve el honor de su padre cuyo nombre ha sido vilmente mancillado por esta hipócrita sociedad antioqueña.

Debo referir antes algunos hechos que soportarán mi teoría. Primero hacer mención del conflicto que generó la petición de mano de la señorita Ángela Rosa, que hizo el próspero comerciante de textiles Don Juan Manuel García a la familia Gómez Echavarria. Para la época y el lugar ya era más que un atrevimiento que un plebeyo cortejara a una joven noble, peor aún si la familia era el emblema mismo de la antioqueñidad, pues llegaban a reclamar para sí ascendencias de Pedro Justo Berrío y del obispo Gómez Plata. Una gema de exquisita belleza y juventud, como era Ángela Rosa, incrustada en plata tan opaca como lo era el experimentado Juan Manuel y no en oro reluciente de los jóvenes pretendientes que la asediaban, generó tal alboroto entre los padres que se vieron en la obligación moral de convocar al concilio de eminencias familiares para pedir consejo. Aceptar como parentela a un hombre mayor sin abolengo ilustre era comenzar a ceder a la vulgaridad, aunque bien podría considerar como atenuante la millonaria riqueza que lo respaldaba. Juan Manuel era alto y elegante como un guerrero antiguo y aunque ese color oscuro de la piel lo podría delatar como mercader infiel, su distinguido nombre entre los grandes empresarios de la ciudad permitía confundirlo con los nobles de tradición. En rigor no hubo en la historia título nobiliario que no se comprara y este hombre parecía tener condiciones para anteponer al menos un Don a su nombre. Su fama de aventurero Simbad que había recorrido las tierras de la Fortuna bien merecía dignificarse llegando a su Destino de Marco Polo honrado por Kublai Kan. Después de mucho estimar su fortuna, objetar la edad y el color, considerar su humanismo y oponer su secularismo, los miembros del conciliábulo, entre los que se contaba dos prelados, un magistrado, dos curas, tres juristas y una monja, con la objeción única y radical del prelado más viejo, decidieron aceptarlo a regañadientes y programaron la solemnísima boda .

Toda Medellín, a través de las páginas sociales de El Colombiano conoció la vida de reina que Don Juan Manuel le procuró a la niña Ángela Rosa, con titulares como estos: "Los esposos García Gómez viajarán a Europa en peregrinación por Tierra Santa"; "El matrimonio de Don Juan Manuel García y la Señora Blanca Rosa Gómez regresan de visitar al Santo Padre y traen consigo el sello de bendición papal. Las comunidades religiosas de la familia Gómez los acogieron en sus casas provinciales"; "En peregrinación por Fátima y Lourdes la pareja de esposos Blanquita y Don Juan Manuel rinden culto a las apariciones de la Santísima Virgen". Todos viajes de carácter católico que incluían compra de reliquias y artículos religiosos y que no exceptuaban preciosas joyas y elegantes vestidos. La vida apacible en su mansión de Prado, dotada de jardines y salones para el recreo social y artístico de la hermosa Ángela Rosa, daban cuenta del amor y la veneración que le rindió su esposo. La refinada elegancia de princesa, su delicadeza en el trato, su don de gente, sus melindres con los niños y mascotas, su ternura para con los ancianos, su generoso desprendimiento, su escrupulosa religiosidad y su temor de Dios eran motivo de admiración en los altos círculos sociales de la Medellín de aquellos tiempos, que sin embargo no perdían ocasión para agregar otros comentarios a su personalidad y la juzgaban de virgen retraída, beata supersticiosa, tímida solapada y otros improperios propios de la envidia y del cultivado hábito de la maledicencia antioqueña.

En ese ritmo de vida llegaron a cumplir veinte años de matrimonio que celebraron con misa solemne y agasajo de familiares y amigos. Angelita, así se dieron en llamarla ese día tan especial, fue el centro de las atenciones y congratulaciones de la crema y nata de la sociedad. Después de una homilía de bendiciones a la pareja, modelo de sagrado matrimonio, el tema de conversación en la fiesta giró en torno a la cadena de hechos y actos que la feliz pareja vivió a lo largo de los años y que, tanto invitados como Medellín entera, conocieron por las páginas sociales de periódicos y semanarios. En cada mesa o grupo de reunidos los comentarios se aprobaban con un chín chín de copas exaltadas y la unión de opiniones daba un balance positivo de la vida matrimonial que tuvo por ápice del amor y la felicidad el nacimiento del hermoso niño Sebastián, el 20 de enero día del mártir romano. Cuando las copas y el entusiasmo aumentaron los reconocimientos a las virtudes se alternaban con ocurrencias, bromas y no faltó el chisme. De Don Juan Manuel se dijo que a pesar de haber sido cuestionado como masón por su indiferencia con las sociedades católicas terminó cediendo para hacer parte de la Sociedad del Santo Sepulcro y que abominando de la publicidad de las obras de beneficencia terminó por dejarse premiar por el periódico local con la medalla del Buen Samaritano y acto seguido alguien listó con mofa las obras de misericordia corporales a que daba cumplimiento su caridad: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, asistir al ... amén. De Ángela se dijo que conservaba la fineza y delicadeza de hacía veinte años pero no se esforzaba por ocultar las inclemencias que el tiempo marcaba en su cara, mientras Don Juan seguía tan entero y sensual. Sobre esta palabra: "sensual" conectada con la obra de misericordia: "dar posada al forastero" alguien amplió el comentario, probablemente una persona con mucho peso en la opinión, un preclaro doctor en derecho consuetudinario o canónico, sin duda un escrupuloso moralista y un maestro fariseo de la Ley dijo: "Un hombre tan generoso como para ser capaz de dar posada en su propia casa a una pobre mujer. Pero desinteresado..uhh." y una vez arrojó el fuego para que ardiera el infierno, salió y huyó.

De cómo ardió aquel hogar se contará en la próxima semana, para no abusar más del tiempo y gentil atención de nuestros lectores.




18 de marzo de 2011

La hipótesis de Cé Vargas




Antes que Carrasco diera su versión, César Vargas reclamó la oportunidad de exponer su hipótesis de los hechos, en merecido derecho por su interés de haber iniciado el interrogatorio. Carrasco consintió con una sonrisa y otra bocanada de humo y Cé Vargas habló:

"Dejemos los rodeos y permítanme declarar de una vez por todas que el verdadero móvil de los crímenes es el sexo. Desde la rústica prehistoria hasta la sofisticada actualidad el impulso atávico más entrañable del hombre ha sido el de poseer el cuerpo de la mujer, deseo que la historia ha pretendido dignificar con la imagen heroica del guerrero que exhibe su fuerza viril para tomar otros reinos, codiciando su bienes y en particular sus mujeres. Para respaldar esta idea tomo como ejemplo los casos de Helena, de Briseida y de Penélope, sin mencionar los enredos de Clitemnestra, de Casandra y de Patroclo. Lo que acontecía en una antigua historia hoy se perpetúa como una forma del eterno retorno y se analiza que los móviles del asesinato son el dinero, la venganza y esa forma trastornada del amor que se llama celos. Valga precisar que hoy el móvil del dinero suele ser la primera fase en el camino de posesión de la mujer, ese oscuro objeto del deseo, reclamada en pago o trofeo, cuyos medios no distinguen el valor del pillaje. A los celos los anima una pretendida defensa de la posesión y a la venganza un ataque por su rapto o pérdida. Con esta premisa de tres móviles en un sólo deseo habré de explicar su caso, Sebastián, para desenmascarar los responsables y desnudar sus intenciones. Si las consecuencias de mis suposiciones llegan a causar escándalo podré esperar de usted la altura que caracteriza a un caballero. Y no debe temer el escarnio público porque hace ya muchos años usted dejó de ser alguien de importancia para la alta sociedad medellinense; y si acaso merece un comentario mordaz, será con tono burlón en el marginal periódico de Universo Centro.

Luego de proyectar una imagen de dandi en el jet set local donde gozó de la envidia y admiración de amigos y enemigos, y también de los anhelos y suspiros de las chicas lindas de aquella época del ochentaipico, llegada la treintañez usted se hartó de esa insoportable levedad del ser y se retrajo en la soledad de su casa. En los corrillos de aquella sociedad, que usted jamás volvió a frecuentar, se le acusó de misoginia y su nombre se tornó en pánico para sus otrora ninfas. En su casa creyeron que se había vuelto marica por ese tierno cuidado que le dedicó a Jonás, el tullidito de doña Irene, a quien había convencido que lo dejará a su cuidado. Sus padres se llevaron a la tumba la tristeza de ver el fin de la dinastía García Gómez, extinguida de modo tan indigno. Pero usted, a quien ya no importaban los mandatos de la iglesia ni las normas de la sociedad, libre de la vigilancia opresiva de sus padres, se dio a romper todas las ataduras y complejos que frenaban sus anhelos de libertad y felicidad.

Su amor por Jonás fue uno de los tantos ejercicios por procurar esa felicidad. El era pequeño y suave y usted se deleitaba acariciándolo con ternura y mimos como a Platero. No haré referencia a los actos íntimos cuando llegaba la noche brumosa y morada y la habitación se llenaba de sombras y de fragancias que amedrentaban a Jonás. No hubo noche en que no sintieran, tras la puerta, esa sombra que los asustaba y los comprimía en la cama. Pero aquí no se contará lo que no se ha atrevido a contar el mismo Fernando Vallejo para no escandalizar nuestra moral y no provocar otra cruzada de la senadora Gilma Jiménez. Lo que si se puede decir es que desde que Jonás estuvo al cuidado de Sebastián su semblante se puso más alegre, pero también se fue quedando más tullido e incapaz de caminar.

Otro ejercicio era salir a pasear por las calles del viejo Medellín en compañía de su pastor collie. Fue así como una tarde, unas nueve semanas y media antes de los fatales hechos que nos ocupan, cuando usted, Sebastián, regresaba a casa de su habitual paseo de la tarde, en el cruce de Moore con Balboa, su pastor collie se tropezó con una vulgar perrita poodle y fue así como conoció a Ana. El choque de los animales fue tan ridículo y desproporcionado que el hecho los movió a risa que pronto mudó en estupor al ver que la perrita, muy acuciosa ella, se puso a hostigar el sexo del collie. Usted debió mirar sorprendido a Ana esperando una explicación, pero ella, sin vergüenza, respondió una vez más con una carcajada contagiosa. Como llevaban el mismo camino (ella dijo vivir en Campo Valdés) tuvo usted la ocasión de observar sus formas y maneras. Luego de dibujar con su mirada la dulce forma de pera de su cuerpo, firme y suave, se congració con la blancura de sus dientes que reían también a través de sus ojos gatunos no exentos de picardía. Era una típica muchacha clase baja, cuyo estigma popular no podría negar ni ocultar y menos cambiar. Las diferencias de clase y porte entre el collie y el poodle establecían una analogía de contraste entre el Esplandián Sebastián y la villana Ana. Usted debió pensar que ese encuentro atropellado de los perros podría ser el presagio de una relación escabrosa, pero el desenfado de los comentarios de la chica y la gracia de sus diecinueve años le hicieron interesarse por ella.

En el camino a ella le debió parecer oportuno referir otras situaciones similares a ese encuentro cercano, como lo llamó ella, y que le habían permitido tener la oportunidad de trabar amistad con otras personas de clase elegante, como lo llamó ella. A usted le debió causar desengaño que el encuentro no fuese tan fortuito, pero ella lo contaba con tal ingenuidad, con humor incluso, sin burla, como cuando aludió el episodio del hombre que la pretendió con obstinación, como un cazador a un cervatillo en el bosque, y que al verse delatado como un hombre casado, luego le huía como un niño ante el coco cada vez que se topaba con él en la calle.

Llegando a su casa ella se detuvo admirada ante la sofisticada fachada tratando de imaginar la clase de hombre que debía ser usted. Disimulando con naturalidad el deseo de conocerle más a fondo, a ella se le ocurrió pedirle agua para su perrita y, como la caridad y la cortesía obligan, usted la invitó a pasar. Al atravesar el patio usted advirtió la presencia vigilante de doña Irene mimetizada entre las estatuas y los arbustos del jardín y notó que la vieja se mordía los labios de sólo ver que una intrusa se paseara por su casa con tanta desfachatez. La verdad es que Ana estaba tan sorprendida por la belleza descomunal de la casa que se sintió como Alicia en el país de las maravillas. Sin saber por qué razón usted observó que la perra de Ana se dirigió hacia su cuarto como buscando tras la puerta el olor de una presa o del agua que Ana le reclamaba. Abrió la puerta, los dejó pasar y, en tanto ellos se entretuvieron en saludar a Jonás, usted fue a traer agua de la cocina.

Una muestra de los intereses de ella fue ver como no se detuvo a mirar sus libros, entre los que, además de los ya mencionados con regodeo intelectual, hubiera encontrado obras que delataran sus manías y obsesiones, como la lectura del divino Marqués, del Aretino, del Kamasutra, de Las mil y una noches y de Las once mil vergas de Apollinaire. Ella prefirió una sensualidad más tangible y se puso a curiosear las estatuillas eróticas orientales, colocadas en fila sobre el borde de un estante de la biblioteca. Al ver en ella tan ardoroso interés usted se contuvo de advertir que cuidara la fragilidad de las valiosas porcelanas. El modo como tocaba las figuras, el tacto para manosearlas, comenzaron a excitarlo y para atenuar la turbación se recostó en su cama con fingida displicencia. La muchacha le daba la espalda y tuvo ocasión de reparar en los roídos bluyines y la desgualetada camiseta y usted la fue desnudando en la imaginación, lenta repentina ansiosa y bruscamente, con las yemas de los dedos describiendo las curvas de ese cuerpo pequeño y firme, con la punta de la lengua para bruñir su piel morena. La estética de su clase aristocrática no le permitía esos malsanos deseos pero usted se sentía todo un cerdo dispuesto a hundirse en esa flor de fango. Y más se alentaba usted por contrariar ese gusto por la imagen estilizada de una mujer, sintética e insulsa, impuesta por los cánones burgueses, a usted que ya no lo atraían las muñequitas sexuales de su juventud, ni su ánimo se paraba de emoción por más que le pusieran al frente, desnuda, mi Verónicagutiérrez. Usted levantaba ahora sobre un pedestal la despreciada naturaleza de un cuerpo de mujer de medidas y proporciones autóctonas y que se le antojaban a jugo de fruta tropical.

Incentivado así con tan altos ideales revolucionarios de tan bajas pasiones, usted se levantó de la cama y se le acercó por la espalda. Ella, niña juguetona, ingenuamente buscaba combinar las ocho parejas de estatuillas en las 64 posiciones del kamasutra. Usted la debió abrazar por la cintura de nutria entre los dientes del tigre y deslizó las manos en busca de los pechos de espectro de la rosa bajo el rocío...

La literatura antioqueña contemporánea ha sido muy decentes para referirse al sexo, todos han sido metódicos y esmerados para describir el acto y nombrar la cosa, y no han hecho más que eso, descripciones incluso audaces que no pasan de ser variaciones a una imagen tan setentaipico como Nino Bravo y "ese clavel de tu piel y de tu amor". Sólo Esteban Carlos Mejía lo ha narrado con verdadero erotismo: con torrente sanguíneo y erupción espermática. Yo que soy su misma creación puedo decir sin prejuicio, porque mi ser está hecho con libertad bajo palabras, que lo que le ha faltado a todos es moralidad y que esta es la sal y pimienta para sazonar una mera sensualidad. El acto que se debate en la cuerda floja entre el bien y el mal es el que da verdaderas emociones al alma, porque la pone en riesgo de salvación. Yo por eso cuando me dispongo a pichar suelo hacerme acompañar de Domingosavio y Mingocarnaval. Por eso quiero advertir que no es bueno que todo el mundo lea las páginas que siguen; sólo algunos saborearán sin peligro ese fruto dulce. Por lo tanto, alma tímida, antes de adentrarte más por las siguientes páginas, dirige hacia atrás tus pasos y no hacia adelante.