9 de septiembre de 2011

La leyenda






En poco tiempo la vida les dio un giro de ciento ochenta grados: casa propia en La América con servicio de criados, cuenta corriente en el banco con créditos ilimitados, vacaciones en Cartagena, Semana Santa en Popayán y navidad en la finca de El Retiro. A pesar de estas pausas que obligaban la interrupción de las exhibiciones, el Moneco no dejó un momento para seguir perfeccionando su actuación. No se dejó tentar a imitar a sus hermanos en los vicios de la gula y la pereza en que los sumía la abundancia de comida y comodidades. Verónica trabajó con Moneco, hombro con hombro, para que sostuviera la dieta alimenticia y el régimen de ejercicios que exigía el personaje, a lo largo de aquella temporada en que La Iglesia de la Candelaria protagonizó la época más devota de su feligresía. Y eso que por aquel entonces el Parque Berrío no contaba con el atractivo de La Gorda de Botero ni tenía estación del Metro.


La dulce sonrisa de Moneco, su angelical mirada y sus gestos tiernos no se inmutaron un sólo instante, ni declinó su autenticidad, ni siquiera aún cuando llegaron los tiempos difíciles.

Lo de las monjitas fue apenas una refriega. Un día martes dos monjas vestidas con hábitos negros detuvieron su camioneta frente a la iglesia y con paso decidido y fingida compasión se dirigieron a la puerta donde Moneco descansaba de su exhibición de misa de nueve. Aprovechando la escasa concurrencia, creyendo que no contaba con custodia alguna, lo levantaron, cual buen samaritano que ayuda al prójimo, e intentaron raptarlo. Ante el reclamo de sus hermanos, que brincaron de su sitio para rescatarlo, ellas esgrimieron las obras de misericordia como excusa de su deber religioso. Cuando sintieron la fuerte oposición a sus pretensiones suavizaron sus modales y se tomaron la molestia de explicar a los muchachos que con sólo unas fotos de Moneco gozando de los beneficios y cuidados de la comunidad de Hermanas de la Caridad, que ellas representaban, conseguirían una importante donación del extranjero. Agregaron que por supuesto para ellos y la familia también habría una sustanciosa recompensa, pero a todo ello se negaron los muchachos. Al ver desenmascaradas sus intenciones por unos pobres niños, las monjas consideraron que no debían dar explicaciones porque al fin y al cabo ellas eran más grandes y robustas que sus langarutos adversarios y optaron de nuevo por la fuerza y jalaron a Moneco hacia el interior de la camioneta. A punto de perder a Moneco, sin lograr nada con los gritos ante las inconmovibles y robustas monjas, que habían encendido el vehículo para ponerlo en marcha, los muchachos sintieron tanta indignación que la sangre se les subió a la cabeza y sin saber ni cómo ni por qué se vieron convertidos en unos perros rabiosos y poniéndose en cuatro patas y ladrando y mostrando sus dientes se lanzaron a morder las piernas y las nalgas debajo del hábito, que las monjas no tuvieron más opción que soltar a Moneco y huir despavoridas.

Con el periodista el enfrentamiento fue sutil y civilizado, pero marcó realmente el comienzo del desmoronamiento de la empresa moralizadora de Verónica. Un día un hombre blanco y alto, de elegantes modales y una mirada vivaz tras unos grandes anteojos, abordó a los chicos con una revista en cuya portada se mostraba una foto de Moneco. La fotografía era en verdad espectacular, una composición perfecta de forma, luz y color, Moneco parecía una estrella de cine. Explicó que aquella imagen había dado la vuelta al mundo tras ganar el prestigioso premio de una marca italiana de ropa colorida, United Colors of Benetton que, además de presentar sus productos con modelos de toda raza, también exhibía fotografías exóticas de niños en singulares situaciones. Nos pareció sospechoso que una marca de ropa se interesara por un niño desnudo en estado tan lamentable. Nos dijo también que esa fotografía era ya tan apreciada en muchos hogares del mundo que llegaban a enmarcar la portada para colgarla junto al cuadro del Corazón de Jesús o del Divino Niño. Nos regaló la revista acaso con la intención de que hiciéramos lo mismo en casa, en efecto Verónica lo hizo enmarcar y colgar en la sala, al lado de su retorcida imagen del cristo. Ahora sí pasó a explicar sus intenciones de hacer con Moneco un especial para televisión. No recuerdo bien si para la National Geographic o para Discovery Channel. El hombre quería recoger suficiente material para escribir el guión y otros datos para la pre-producción que darían paso a la realización de un documental sobre el drama de un niño del tercer mundo, que conmoviera el corazón de los americanos y los europeos. La respuesta negativa por parte de los niños fue clara y contundente, como sabían bien que era la voluntad de Verónica. Eso no impidió que unos meses después aparecieran en televisión versiones que exhibían falsos Monecos.

Valga anotar que las instituciones sociales y los medios locales de prensa y televisión se interesaron por Moneco sólo después que aquellas marcas y medios internacionales le dieron renombre. No por ello lograron información, ni entrevistas, ni fotografía alguna para su amarillismo.

Una tarde de septiembre, después de regresar de la exhibición, entraron en la casa un grupo de hombres fuertemente armados. Un tipo bajo y gordo, de bigote y gorra, con pistola al cinto, los comandaba. Hizo reunir a Verónica y a los chicos para arengar con palabras recias y en tono marcial, que sin duda había repetido infinidad de veces, sobre asuntos disparatados de la patria, de la lucha y de la justicia social, que acaso ni él mismo percataba su sentido. Ni de historia, ni de proletariado, ni de materialismo entendieron ellos. Mucho menos habrían de entender los motivos por las cuales se llevarían a Moneco. No condescendieron a los privilegios de un niño, no les importaron razones humanitarias, no aceptaron intercambio ni sustitución de la víctima, no valieron las lágrimas suplicantes de sus hermanos, ni sirvieron los gritos desgarradores de la madre para disuadirlos de que no secuestraran a Moneco.



Los medios de comunicación publicaron el secuestro: la radio, la prensa y la televisión anunciaron el acto nefasto y detestable y hasta los templos de cada parroquia doblaron sus campanas por media hora. El gobierno se rasgó las vestiduras y declaró la conmoción nacional. La iglesia y la sociedad civil deploraron el crimen y emprendieron cruzadas de oración y manifestaciones de protesta. El mismo presidente de la república suspendió una gira por el extranjero para asumir personalmente el asunto; esa misma noche se desplazó a Medellín con su gabinete de ministros para despachar ordenes de emergencia y represión. Un canal de televisión obtuvo la primicia para trasmitir las declaraciones del grupo que se atribuía el hecho y que de paso aprovecharon para hacer un relanzamiento de sus causas revolucionarias, que venían padeciendo el descrédito popular. Moneco apareció en la mesa junto a la cúpula guerrillera y la silueta de su imagen estaba impresa en la bandera que izaban a sus espaldas. Aquello se conoció como el Medellinazo, que inauguraba el nuevo período de violencia de repercusión nacional, entre cuyos actores, principales y de reparto, se distinguirían muchos personajes antioqueños.

Así entonces a Moneco lo erigían de un lado como símbolo de la lucha proletaria, bajo las banderas de la subversión, y del otro como víctima inocente que motivaba la cruzada por la dignidad del país. Ambos movimientos justificaron sus actos por un profundo y decidido amor a la patria. Sólo lamento que aquel acontecimiento no lo quiera registrar la historia oficial y que se haya incautado todo tipo de registro documental de aquellos hechos, sin duda para no dejar rebosar las páginas de Colombia con una historia nacional de infamias.


2 de septiembre de 2011

La Mona Lisa a los doce años






Todos admiran la grandeza artística de Fernando Botero pero pocos conocen la trayectoria de su obra y específicamente del momento en que evolucionó su técnica pictórica para alcanzar el típico estilo que hoy lo hace famoso en el mundo. Casi nadie conoce el hecho personal que cambió su mirada del mundo y que daría como resultado el monumental y simpático universo imaginario en que ha representado a su parroquia para convertirla en icono universal. Eso sucedió a finales de la década del cincuenta, no casualmente cuando Verónica lanzaba a Moneco en su teatro de caridad.
En 1955 el joven Fernando había regresado de Europa, pletórico del arte de Madrid de París y de Florencia, para exponer en Bogotá obras bajo el concepto de formas rigurosas, racionales e inflexibles que luego juzgaría como "un pastiche modernizante de Piero y Ucello". Éste fracaso, y la preferencia en el país por el abstraccionismo, le obligó a viajar a México para estudiar los efectos dramáticos en la obra de Orozco y la comprensión del elemento popular. Insatisfecho con estos valores destruyó los cuadros de esa experiencia, pero luego tuvo la fortuna de encontrar a Tamayo y la mandolina: la figura del instrumento infló la boca y redujo las clavijas. Con este afortunado encuentro formal no cesaba su búsqueda de un contenido esencialmente americano.

A principio de 1957 expuso en Washington "Bodegón con mandolina" del que acusaron sus proporciones gargantuescas y peso Brobdingnaguianos: "Solamente Hércules o Sansón podrían alzar la mandolina de un bodegón que luce como tallada en un bloque de granito". Primera señal de su "objetividad inconmovible" y un atisbo de su humor. En Washington intercambió ideas con José Luis Cuevas, hablaron de Dostoievski y de Kafka, del aislamiento del hombre contemporáneo y su incapacidad para comunicarse. De Washington pasó a Nueva York y volvió a Colombia donde obtuvo un segundo premio del Salón Nacional junto a Obregón, aunque no fue bien apreciado.
En 1958 se enfrenta a la encrucijada de la figura humana con su juego de alteración de las proporciones. En "Niño con cascabel" no logra contrapuntear las proporciones de sus elementos internos y el personaje no pasa de ser un regordete. En otros intentos la expansión de la figura era indecisa y rayaba más con lo monstruoso. Tras esta nueva frustración prefirió dar un respiro a la ansiedad de sus búsquedas, se dedica a contemplar a su bebe Lina y se va Medellín a repasar sus sentimientos patrios.
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Una mañana de sábado, después de la misa de once en la Iglesia de La Candelaria, un hombre joven de mirada penetrante y expresión severa, acentuada por una barba en candado, se quedó mirando a Moneco atenta y largamente. Parecía querer descifrar la escena porque no le pareció un limosnero común y corriente. Tampoco tardó en descubrir a quienes lo acompañábamos. Ese día trabajábamos sólo hasta después de la misa de doce y regresaríamos para almorzar en casa. El joven demostró tener disciplina de buen observador, miraba con amor y templanza y nunca con conmiseración, atento a los detalles, y de vez en cuando nos miraba con sonrisa cómplice como si resolviera un enigma del que nosotros conociéramos la respuesta. Cuando terminamos la jornada recogimos a Moneco, lo echamos al talego y nos fuimos a buscar el bus. El hombre nos siguió con la mirada, luego con paso decidido alcanzó el bus y nos acompañó a casa.
Ya entre los miembros de la familia el aspecto rudo de aquel hombre se mudó en cordialidad y ternura. Se presentó ante Verónica como pintor con interés de dibujar a Moneco. Verónica le presentó a cada uno de sus hijos: Raúl, Violeta, Rubén, Elisa a quien le decíamos "la Mona" y Carlitos a quien le cambiamos el nombre por el mote de "el Moneco", hijos, estos dos pequeños, del segundo matrimonio de Verónica con un campesino rubio y zarco, que mataron por oponerse, con machete en mano, a dejar su tierra. La charla con el joven pintor fue tan agradable que Verónica no tardó en confiarle la historia de la familia, el artista no se conmovió ante los hechos patéticos y rió de lo lindo por el tratamiento plástico del personaje de Moneco. Nosotros no comprendíamos la gracia pero su risa era tan contagiosa y honesta que le acompañamos riendo a carcajadas.
A los ocho días Fernando Botero regresó con regalos para todos y con una carpeta de dibujos al lápiz y grafito sobre papel. Estábamos tan acostumbrados a ver a Moneco como el centro de la escena que creímos que solo él había sido el tema de su arte, pero comprobamos que nos había dibujado a cada uno de nosotros, de memoria y por separado. De Verónica no mostró ningún dibujo, pues su prudencia advirtió que ella no permitía verse reflejada en un espejo o cosa parecida. La sorpresa fue que a Elisa, "la Mona", además de su juguete de regalo y del ramillete de flores, la había dibujado en una variedad de composiciones y de técnicas, probó con carboncillo y acuarela, como el artista que busca con ansiedad encontrarse a sí mismo.

Por ese tiempo la Mona tenía diez años, tres más que Moneco, y su figura de niña preadolescente era verdaderamente singular. A la Mona le había tocado ver la manera atroz como los paramilitares mataron a su padre y del trauma enmudeció refugiándose en el silencio. Después cuando Verónica comenzó a someter a Moneco en su disciplina artística, mientras veía como adelgazaba su hermanito ella engordaba. Pero lo más sorprendente fue que a la par que el cuerpo se inflaba, y en particular su rostro, el triste semblante mudaba en una dulce sonrisa. Los más sabiondos explicaron aquello como un fenómeno sicofisiológico, pero no esclarecían ni causa ni efecto. Verónica lo interpretó como un gesto místico de aprobación del Señor ante el teatro de caridad que protagonizaba Moneco. Fernando Botero por su parte vio una revelación artística para ahondar conceptualmente en sus búsquedas formales: La Mona comenzaba a ser la respuesta a sus inquietudes de esencia americana que armonizaba con la "objetividad inconmovible".
Fernando recordaba las conversaciones con José Luis Cuevas, particularmente sobre Stevenson en su ensayo Aex triplex en que se refiere a "las ciudades de Suramérica construidas sobre las faldas de empinadas montañas, y cómo, aún en ese ambiente tremendo, los habitantes no están ni un tris más impresionados por la solemnidad de su condición mortal ... Se celebran serenatas, cenas y hay mucha galantería bajo los mirtos. Y mientras tanto, los cimientos tiemblan bajo los pies, las entrañas de la montaña gruñen, y en cualquier momento, a la luz de la luna, las ruinas vivientes pueden saltar hasta el cielo y arrojar al polvo a la humanidad y sus festejos..." Esa fiesta en los lindes de la muerte, esa exaltación de la vida, esa salud rebosante es la esencia latinoamericana que buscaba (y que ya conocía Stevenson), la descubría ahora Fernando en casa de Verónica y en la imagen sensual de la Mona Elisa. La culminación de esa experiencia formal y conceptual despistó hasta la crítica más especializada. El hábito del pastiche, para reproducir las obras clásicas de la pintura les hizo creer que imitaba a Leonardo, con quien coincide sólo en la eternización del gesto, pero la verdad es que esa niña de sugestiva mirada y enigmática sonrisa, con motilado capul, trasquilada, y que en sus manitos coge un ramillete de flores obregonesas, al que abraza como una muñeca, esa Mona no es la Gioconda de Da Vinci a los doce años sino Elisa a los diez, a quien se alteró la edad para efectos fonéticos del título. Sin embargo el más engañado es el Museo de Arte Moderno de Nueva York que compró una réplica del original que nuestra familia posee y que sólo mostramos a los pocos amigos que conocen de arte y por supuesto al mismo Fernando que gusta contemplarla cuando nos visita.