En poco tiempo la vida les dio un giro de ciento ochenta grados: casa propia en La América con servicio de criados, cuenta corriente en el banco con créditos ilimitados, vacaciones en Cartagena, Semana Santa en Popayán y navidad en la finca de El Retiro. A pesar de estas pausas que obligaban la interrupción de las exhibiciones, el Moneco no dejó un momento para seguir perfeccionando su actuación. No se dejó tentar a imitar a sus hermanos en los vicios de la gula y la pereza en que los sumía la abundancia de comida y comodidades. Verónica trabajó con Moneco, hombro con hombro, para que sostuviera la dieta alimenticia y el régimen de ejercicios que exigía el personaje, a lo largo de aquella temporada en que La Iglesia de la Candelaria protagonizó la época más devota de su feligresía. Y eso que por aquel entonces el Parque Berrío no contaba con el atractivo de La Gorda de Botero ni tenía estación del Metro.
La dulce sonrisa de Moneco, su angelical mirada y sus gestos tiernos no se inmutaron un sólo instante, ni declinó su autenticidad, ni siquiera aún cuando llegaron los tiempos difíciles.
Lo de las monjitas fue apenas una refriega. Un día martes dos monjas vestidas con hábitos negros detuvieron su camioneta frente a la iglesia y con paso decidido y fingida compasión se dirigieron a la puerta donde Moneco descansaba de su exhibición de misa de nueve. Aprovechando la escasa concurrencia, creyendo que no contaba con custodia alguna, lo levantaron, cual buen samaritano que ayuda al prójimo, e intentaron raptarlo. Ante el reclamo de sus hermanos, que brincaron de su sitio para rescatarlo, ellas esgrimieron las obras de misericordia como excusa de su deber religioso. Cuando sintieron la fuerte oposición a sus pretensiones suavizaron sus modales y se tomaron la molestia de explicar a los muchachos que con sólo unas fotos de Moneco gozando de los beneficios y cuidados de la comunidad de Hermanas de la Caridad, que ellas representaban, conseguirían una importante donación del extranjero. Agregaron que por supuesto para ellos y la familia también habría una sustanciosa recompensa, pero a todo ello se negaron los muchachos. Al ver desenmascaradas sus intenciones por unos pobres niños, las monjas consideraron que no debían dar explicaciones porque al fin y al cabo ellas eran más grandes y robustas que sus langarutos adversarios y optaron de nuevo por la fuerza y jalaron a Moneco hacia el interior de la camioneta. A punto de perder a Moneco, sin lograr nada con los gritos ante las inconmovibles y robustas monjas, que habían encendido el vehículo para ponerlo en marcha, los muchachos sintieron tanta indignación que la sangre se les subió a la cabeza y sin saber ni cómo ni por qué se vieron convertidos en unos perros rabiosos y poniéndose en cuatro patas y ladrando y mostrando sus dientes se lanzaron a morder las piernas y las nalgas debajo del hábito, que las monjas no tuvieron más opción que soltar a Moneco y huir despavoridas.
Con el periodista el enfrentamiento fue sutil y civilizado, pero marcó realmente el comienzo del desmoronamiento de la empresa moralizadora de Verónica. Un día un hombre blanco y alto, de elegantes modales y una mirada vivaz tras unos grandes anteojos, abordó a los chicos con una revista en cuya portada se mostraba una foto de Moneco. La fotografía era en verdad espectacular, una composición perfecta de forma, luz y color, Moneco parecía una estrella de cine. Explicó que aquella imagen había dado la vuelta al mundo tras ganar el prestigioso premio de una marca italiana de ropa colorida, United Colors of Benetton que, además de presentar sus productos con modelos de toda raza, también exhibía fotografías exóticas de niños en singulares situaciones. Nos pareció sospechoso que una marca de ropa se interesara por un niño desnudo en estado tan lamentable. Nos dijo también que esa fotografía era ya tan apreciada en muchos hogares del mundo que llegaban a enmarcar la portada para colgarla junto al cuadro del Corazón de Jesús o del Divino Niño. Nos regaló la revista acaso con la intención de que hiciéramos lo mismo en casa, en efecto Verónica lo hizo enmarcar y colgar en la sala, al lado de su retorcida imagen del cristo. Ahora sí pasó a explicar sus intenciones de hacer con Moneco un especial para televisión. No recuerdo bien si para la National Geographic o para Discovery Channel. El hombre quería recoger suficiente material para escribir el guión y otros datos para la pre-producción que darían paso a la realización de un documental sobre el drama de un niño del tercer mundo, que conmoviera el corazón de los americanos y los europeos. La respuesta negativa por parte de los niños fue clara y contundente, como sabían bien que era la voluntad de Verónica. Eso no impidió que unos meses después aparecieran en televisión versiones que exhibían falsos Monecos.
Valga anotar que las instituciones sociales y los medios locales de prensa y televisión se interesaron por Moneco sólo después que aquellas marcas y medios internacionales le dieron renombre. No por ello lograron información, ni entrevistas, ni fotografía alguna para su amarillismo.
Una tarde de septiembre, después de regresar de la exhibición, entraron en la casa un grupo de hombres fuertemente armados. Un tipo bajo y gordo, de bigote y gorra, con pistola al cinto, los comandaba. Hizo reunir a Verónica y a los chicos para arengar con palabras recias y en tono marcial, que sin duda había repetido infinidad de veces, sobre asuntos disparatados de la patria, de la lucha y de la justicia social, que acaso ni él mismo percataba su sentido. Ni de historia, ni de proletariado, ni de materialismo entendieron ellos. Mucho menos habrían de entender los motivos por las cuales se llevarían a Moneco. No condescendieron a los privilegios de un niño, no les importaron razones humanitarias, no aceptaron intercambio ni sustitución de la víctima, no valieron las lágrimas suplicantes de sus hermanos, ni sirvieron los gritos desgarradores de la madre para disuadirlos de que no secuestraran a Moneco.
Los medios de comunicación publicaron el secuestro: la radio, la prensa y la televisión anunciaron el acto nefasto y detestable y hasta los templos de cada parroquia doblaron sus campanas por media hora. El gobierno se rasgó las vestiduras y declaró la conmoción nacional. La iglesia y la sociedad civil deploraron el crimen y emprendieron cruzadas de oración y manifestaciones de protesta. El mismo presidente de la república suspendió una gira por el extranjero para asumir personalmente el asunto; esa misma noche se desplazó a Medellín con su gabinete de ministros para despachar ordenes de emergencia y represión. Un canal de televisión obtuvo la primicia para trasmitir las declaraciones del grupo que se atribuía el hecho y que de paso aprovecharon para hacer un relanzamiento de sus causas revolucionarias, que venían padeciendo el descrédito popular. Moneco apareció en la mesa junto a la cúpula guerrillera y la silueta de su imagen estaba impresa en la bandera que izaban a sus espaldas. Aquello se conoció como el Medellinazo, que inauguraba el nuevo período de violencia de repercusión nacional, entre cuyos actores, principales y de reparto, se distinguirían muchos personajes antioqueños.
Así entonces a Moneco lo erigían de un lado como símbolo de la lucha proletaria, bajo las banderas de la subversión, y del otro como víctima inocente que motivaba la cruzada por la dignidad del país. Ambos movimientos justificaron sus actos por un profundo y decidido amor a la patria. Sólo lamento que aquel acontecimiento no lo quiera registrar la historia oficial y que se haya incautado todo tipo de registro documental de aquellos hechos, sin duda para no dejar rebosar las páginas de Colombia con una historia nacional de infamias.
