11 de noviembre de 2011

Apertura con peón cuatro rey







Al día siguiente Eduardo salía de tour por Europa en premio a su graduación mientras yo me quedaba en casa escuchando las canciones de La Voz de Colombia, con la ilusión de sanar las heridas de mi corazón. Me puse melodramático e igual me servían de terapia las canciones de Camilo Sesto que las de Leonardo Fabio, particularmente "La dicha que me fue negada" que con tono lacrimoso cantaba "y además, porque yo los presenté". Les confieso que por mucho tiempo tuve la pesadilla de asistir al matrimonio de mi mejor amigo con la mujer de mis sueños. Pero me consolaba pensando que ella no era tan bella, ni siquiera tan dulce y que al cabo las uvas estaban verdes. Recapacitando pensaba luego que yo no había intentado hacerla mi novia, que nunca tuve palabras para endulzar su oído, que tampoco temblé de emoción para tomar su mano y que por lo tanto no tenía derecho ni a reclamar el honor de la derrota, pues no tuve la más mínima intención de lucha. Estaba haciendo el ridículo y confieso incluso que lloré intensamente. Hoy creo que el motivo profundo de este llanto era una necesidad urgente de enamorarme.

Estaba tan acostumbrado a entablar duelos con Eduardo que me obligué a analizar los detalles de esta nueva circunstancia. Con la terminación de la época del colegio y sus infantiles competencias, ahora el escenario era el mundo con sus rudas rivalidades. Eduardo me quiso inaugurar a nuevos juegos y no tuvo consideración por lo poco que estuviera preparado. Ese duro golpe, que me despertó a las amarguras del amor antes de degustar sus mieles, me hizo recordar al Lazarillo de Tormes cuando salía de Salamanca y el ciego le manda colocar su oído sobre el toro de piedra, para escuchar el ruido dentro de él, y tras hacer lo que pide el ciego le estrella la cabeza contra los cachos del toro. Así, como él, yo despertaba de la simpleza en que dormía como niño. Y me parecía escuchar la risa burlona de Eduardo diciendo: ¡Te gano ésta vez: uno-cero!

Luego cavilaba en que esa lección no tenía el gesto cortés de un competidor sino la provocación fastidiosa de un rival. Poniendo las cosas en perspectiva y haciendo a un lado el sentimiento de hermandad, que por tantos años nos embargó, sentí aflorar un enfrentamiento de clase y hasta de raza. Me sentí un negro y pobre villano frente al rico y caballero feudal. Yo era el soldado Urías, el hitita, que iba a luchar por su rey mientras este seducía mi mujer. Me indignaba saber que teniendo a su disposición todas las mujeres que quisiera, prefiriera quitarme la única que yo tenía. Esta era una de las viejas extravagancias de los aristócratas, hartos de sus insípidas mujeres, con sus fatigosos afeites y fingidos melindres, se les antojaba raptar las naturales y sensuales mujeres de sus vecinos plebeyos. Eduardo usó la misma astucia de los tramposos romanos para el rapto de las sabinas, aprovechó la fiesta para hacerla suya y consiguió además su aprobación del ultraje, doblando así la traición. Estos pensamientos alentaron en mi alma el deseo de revancha, no sin cierta dosis de rencor.

Antes de poder formular un plan de desquite hice un descubrimiento importante sobre la refinada estrategia que sirvió a Eduardo para seducir a Vanessa. Yo que le conocí bien sabía que no gustaba jugar con ventajas y que no apostaba sólo por sus atributos de juventud y riqueza, ni se rebajaba con promesas y regalos, sino que ponía en juego su inteligencia y en riesgo sus seguridades, incluso el prestigio de su imagen y su clase. Solíamos jugar al ajedrez y estudiar las partidas de los grandes maestros. Una noche en la soledad de mi cuarto, frente al tablero de ajedrez, así de improviso no más, mi inquieto pensamiento asoció las acciones de la fiesta de grados con los movimientos del juego ciencia. Recordé la partida de Eduard Lasker con George Thomas en 1911: Luego de un tranquilo y parejo desarrollo de las pieza, siguiendo cada bando su propio plan, de pronto el sacrificio impresionante de la dama blanca por un peón en el onceno movimiento, decide tajantemente la suerte de la partida; el rey negro sale obligado de su refugio y escapa al extremo opuesto del tablero donde le espera deshonroso fin. La correspondencia era perfecta y baste resaltar al lector dos detalles: eran las once de la noche cuando Eduardo decidió acompañarnos y el jardín a donde huí estaba a un extremo del salón de baile.

Habituado al análisis de las partidas hice las siguientes deducciones, el lector avisado podrá establecer otros paralelismos con mi fatal anécdota. Una apertura tiene como habitual objetivo el inmediato dominio del centro. Toda partida obedece a las leyes de la estrategia. A veces sucede que las piezas de un bando adquieren cierta fuerza sobrenatural y empiezan a hacer milagros, como hacer al peón más fuerte que la torre o incluso que la dama (Eduardo entre su círculo de amigos no era tan valioso como estando a nuestro lado). Así ocurre cuando se aplica una combinación planeada de antemano (por eso creí que el baile estaba ensayado); el juego combinatorio es hermosamente admirable por la sorpresibidad e infalibilidad de su lógica, pues los rivales durante la tormenta combinatoria con frecuencia hacen jugadas obligadas (no podía negar la entrega de mi pareja ni podía reclamarla en la euforia del baile). Esta es una de las paradojas del ajedrez. Cuando en el tablero se sostiene lucha estratégica, cada bando tiene variantes de continuación, pero de pronto surgen complicaciones combinatorias que alteran la correlación material acostumbrada, entonces el curso de la partida de inmediato se limita a un cauce estrecho y único, no hay elección de jugada, el destino es fatal.

Inspirado en el espíritu de lucha táctica y juego creativo de las partidas y lecciones Kasparov y otro poco por los consejos de Ovidio en El arte de Amar, promulgué el siguiente manifiesto de lucha:


Mi reino por una Dama:

Reino a reino: Frente a frente los ejércitos
Un amplio silencio de expectativa
Un campo abierto de espacio y tiempo
Blanco y negro. Días y noches. Lugares de encuentro
Uno a uno, ocho a ocho, dieciséis a dieciséis
Mis peones, tus dedos. Tu mirada frontal de torre.
Mi furtivo y diagonal deseo
Tus cabellos, mis caballos. Mi Dama, tus pensamientos
Un reino.

Mi salida: paso sencillo del que camina a pie
Soldado de mi rey, firme y altivo hacia el campo de fuego
Entra tu movimiento. Estás en juego:
Una partida. Un par. Vos y yo
Paso a paso. Momento a momento. Movimiento a movimiento
Minuciosamente voy tejiendo una eficaz estrategia
Adelanto mi tropa a tu paso, cuando
Resplandeciente caminas por el campo
Es preciso que sientas y determines mi lucha
Y comprendas que también estás en ella
Tómate el tiempo. Es vital que permanezcas en juego
Porque no me rendiré hasta asaltar tu reino

No temas la dualidad de ejércitos
La fusión del fuego hará un sólo reino
Por ello este duelo de conquista, de ataques y defensas
Del arte creativo de permanecer en juego
De vivir. De último aliento.
Seré prudente. Calcularé mis movimientos y los tuyos
Intuiré tus propósitos, confirmaré mis sospechas
Respetaré tus posiciones como versado estratega
Me beberé el tiempo con intensidad. Aceptaré tus silencios
Ya vendrá el momento en que me hables
Esperaré tu movimiento: Tu voz
Desestabilizando mis planes. Derrumbando mis proyectos
Temeré caer. Pero no flaquearán mis fuerzas
Levantaré mi ataque de dulzura
Y tu falange de peones caerá ante él
Hábilmente saltaré tu fortaleza y no habrá torre que me detenga
Porque estoy obstinado
Porque sé que existe un momento preciso
Un jaque certero
En el que no tendrás otra alternativa
Que abrirme tu reino.

21 de octubre de 2011

Puesta en escena






Si lo pintoresco de los personajes de mi familia alguna vez estimularon el arte de Fernando Botero, el carácter histriónico de Moneco animó la creación de una de las obras más hermosas del teatro de Medellín. Antes de referir cómo la compleja personalidad de Verónica y su disparatado sentido del mundo habría de tentar a Víctor Gaviria para cambiar los desesperantes argumentos de sus películas, contaré la anécdota de cómo Cristóbal Peláez conoció a Moneco y explicaré por qué El Matacandelas montó Pinocho en 1993, el mismo año que se perseguía implacablemente, hasta darle muerte en un tejado, a Pablo Escobar.

Me acuerdo como si fuera ayer. Moneco estaba en su acto cotidiano de mover a compasión a la feligresía de la iglesia de la Candelaria, cuando advertí que un hombre lo acechaba con mirada felina: fija, sin parpadear, frunciendo el ceño y dispuesto al asalto. Luego comprendí que no era enfado ni enojo sino un interés desaforado por observar los movimientos de Moneco. Ponía especial cuidado en su forma de respirar: lenta y concentrada. Mientras seguía los gestos y contorsiones del actor su rostro, cual reflejo de espejo, mudaba en mil muecas que cambiaban de la alegría al dolor, y yo no sabía distinguir bien si reía, lloraba, maldecía o alababa. Cuando Moneco terminó su escena el hombre no se aguantó y aplaudió con arrebato de loco, se hizo paso entre el público para ponerse al frente del limosnero y secándose las lágrimas le decía, o le recitaba, del siguiente modo:

-¡Pero si parece que estás hecho de pura leña!- y tocaba sus huesos como confirmando la calidad del material- ¡Si no eres más que de madera ordinaria, hecho sólo para encender fogatas! ¡De pino eres, sin duda, un palo de pino sin corteza: blanco, seco y delgado! ¡Eres el mismo Pinocho! ¡Sí, Pinocho! - y lo levantó como probando la levedad de un títere.

-Debes ser uno de esos Pinochitos- continuó emocionado y absurdo-, hijo de Pinocho el padre y Pinocha la madre. Familia que la pasa muy bien porque siendo tu el que pide limosna, eres el más rico. Yo soy Matacandelas y quiero, Pinocho, que vengas a mi casa para presentarte mis amigos.

Yo intervine para evitar el rapto y el me salió al paso con cinco billetes de mil pesos, como si con ellos pagara el precio de un alquiler, y dijo así no más:

-Tu madrecita no se enojará si me lo prestas un rato- y pasó a preguntar:

-¿Cómo se llama tu madre?

-Verónica

-¿Y en qué se ocupa?

-¡En ser pobre!

-¿No gana mucho?

-Gana lo suficiente para no tener nunca un centavo en el bolsillo.

-Comprendo. Y yo que también obro según la reverenda gana de la Providencia, me lo llevo- y cargó con Moneco hasta su casa de teatro y yo los seguí tan rápido y tan de cerca como la sombra de un grillo. La casa era vieja y grande que alcanzaba a hospedar fantasmas del siglo 19. Matacandelas sacudió la casa con un grito que debió despertar a vivos y a muertos:

"!Ey, muchachos,vengan pronto que llegó Pinocho - Juan David, Ángela y Diego salieron presto de sus escondites- Despierten a Pierrot y a Colombina- insistía Matacandelas-. Díganle a Arlequín y a Pantalón que aquí está su hermano Pinocho.

Juan David trajo a Pierrot de la mano y Ángela entró al escenario detrás de Colombina. Pierrot miraba asombrado a Moneco y se negaba a creer lo que veía, después de mirarlo otra vez de pies a cabeza exclamó:

-¡Numen del firmamento! ¡Sueño, delirio! ¿En verdad que eres Pinocho?

Moneco más sorprendido que ambos títeres no supo qué contestar y cuando se animaba a decir no con la cabeza se le adelantó Colombina:

-¡Es Pinocho, ni más ni menos. ¡Es nuestro hermano Pinocho! ¡Viva Pinocho!- y un coro repetía por todo el escenario:- ¡Viva Pinocho! ¡Viva Pinocho!

Cuando vieron que Moneco sonrió, aprobando ser Pinocho, los títeres comenzaron la función.

-Que bueno que llegaste, hermanito- dijo Colombina con voz de virgen estilizada- para que nos ayudes a salir de este lío que pone en peligro un amor de tres siglos y una amistad larga como la eternidad.

-Pero cómo se te ocurre mi amor, mi mujer y mi señora- dijo Pierrot melodramático- comparar a un amigo con el esposo que te ha dado un hijo y una casa.

En esas entra Diego y Arlequín, que saludan a Moneco con cariño. Arlequín que se siente aludido se apura a contradecir:

-Un hijo que murió tan pronto nació, como vuestro amor- y al decir esto recibe el porrazo de un Pierrot dolido. Sin embargo Arlequín agrega esta frase lapidaria:- ¡Cubran de tierra ese pasado!

-El recuerdo florece bajo tierra- contestó tristemente Colombina- y da flor como un hijo sepultado.

-Pero el amor renace para ti Colombina con otro nombre. Si amaste alguna vez a este aburrido, Pierrot, fue por compasión, hoy el nombre de tu amor, Arlequín, es divertido.

Moneco seguía la discusión como quien mira un juego de ping-pong. Ping de Arlequín, pong de Pierrot. Colombina se divertía como la novia puesta al desnudo por sus solteros, aún.

*

Aquella farsa de títeres conmovió hasta el fondo la sensibilidad de Moneco. Lo que parecía una simple pieza de improvisación que jugaba a hacerlo reír con el cariño de nuevos amigos, por el contrario lo había sumergido en una sensación de angustiosa soledad y en una crisis existencial que lo debatía si hombre o marioneta. Me confesó un día que se sentía el muñeco de su madre representando el monólogo de un místico acto, que sólo recogía lástima y menuda pero jamás sentimientos sinceros. Ahora que sus nuevos amigos le enseñaron la más elemental aventura de la vida, preferiría ser un títere que ama, porque así fuera movido por fuerzas extrañas, así fuera un acto teatral de repetición milenaria, era para estos tiempos envilecidos por la plata la única representación que daba al hombre la ilusión de ser digno y hasta heroico.