17 de febrero de 2012

A reina muerta, dama puesta







Aquel eclipse de amor duró hasta que el padre de Luisa la sacó del juego. Sin duda que recibió alguna queja del abandonado novio y cruzó ese dato con sus salidas imprevistas en pintas desacostumbradas y sus llegadas tarde con la ropa desordenada. Cuando ella le rindió cuentas y le dijo que perdía el semestre y que era inminente la cancelación de matrícula, su padre estimó que la situación era grave. Pero al explicarle ella que la verdadera razón era por andar con un amigo, y en muestra de sinceridad agregó que era negro, el hombre puso en el cielo un grito de espanto que pudiera escucharlo hasta su difunta madre. Luego hizo unas gestiones y en menos de un mes Luisa estaba instalada en Bogotá a la espera de empezar a estudiar en la Javeriana.

La separación me sumió en la desesperación que se somatizó en mi cuerpo con fiebres y dolores. En mi casa, que una vez  fue su palacio y su guarida, yo veía su fantasma por la cocina, por la alcoba y por cada  rincón donde estuvimos juntos. En la noche la llamaba con la misma irritación con que un perro le ladra a la luna. Mamá, como toda negra supersticiosa, dedujo que me tenía enyerbado e invocó la ayuda de los ángeles, el poder de Dios, la sabiduría de Dios, el ojo de Dios, la palabra de Dios y todas las letanías de la coraza de San Patricio. Cuando creyó que la oración no surtía efecto, buscó una amiga suya para que hiciera uso de jaculatorias paganas, conjuros contra el maleficio y sahumerios que deshicieran el hechizo. Ante la persistencia de mis delirios, que seguían llamándola en mis pesadillas, mamá consideró que hasta la casa estaba tomada por su presencia y que la única manera de escapar de ella era mudarnos, incluso, de barrio.

Cuando pude sobreponerme un poco busqué a Lili para que me diera la dirección y el teléfono de Luisa. Dijo no saberlos, pero abrigaba la posibilidad de conseguirlos con su padre. A los días, con reticencia, me entregó los datos. La llamaba todos los días y nunca me pasaba. Le escribí cada semana y jamás contestaba. Al final de año, después de mil cartas, de cuyo contenido no quiero acordarme, le escribí esta última, en tono de maldición a su imagen de luna hechicera, que nunca envié y que por poco tallo en una lápida:

"Luna llena. Moneda de plata, pobreza que restó de una noche de asaltos. Sólo eres tesoro esfumado. Espectro de cadera y seno lácteo. No soporto que descubras mi desolación, mi cuerpo vacío, mi sueño blanco. 
Luna pálida. Ajeno resplandor, tan sólo eres arena bañada de sol. Maldigo tu desierto que me recuerda, que me refleja un lejano ardor.
Momia lívida. Bruja nocturna, que asustas con tu cara de muerta. Me vengaré de ti día a día, poco a poco, y con tortuosa agonía cortaré pedazo a pedazo tu cara.
Luna loca. Lobos, perros y solitarios te aúllan en gritos lastimeros, porque el silencio pesa de insoportable, de frío abandono, de oscuridad aislada. 
¿Dónde se han ido las voces que me nombran? Estoy cansado de la palabra amigo. Ya no cosquillean en mi oído susurros de amor.
Luna llena. Cabeza cortada de risa inflada. ¿Acaso te burlas de mi opaca tristeza? Te prometo mi revancha cuando mis labios aventajen tu candor con una sonrisa clara."

Como también volé de la Nacho por bajo rendimiento académico, y con el riesgo de que en casa me obligaran a trabajar antes que seguir perdiendo el tiempo en amores, busqué otra opción de estudio y entré al Poli. Terminado ese año funesto, borré cuentas viejas y me propuse buscar la compañía de otras muchachas para sacar un clavo con otro clavo. Creí superado el trauma de Luisa, aunque solía confundir su nombre con el de las nuevas amigas. Dí entonces con Claudia Margarita, dulce y tierna muchacha que aceché  como abeja a la flor. Frustrado del rigor táctico de las lecciones de Kasparov y los afectados refinamientos de Ovidio, opté por usar procedimientos más naturales, y si se quiere más vulgares, pero prácticos. 

Todo comenzó con un juego de dulce tentación: miradas de confite y sonrisas de bombón. Su perfume de jazmín turbaba mi sangre, me provocaba sed y hacía sudar mis manos. En su presencia yo volaba como nerviosa abeja temeroso de enfrentar la misteriosa flor. Con inquietud y cautela emprendí una tímida conquista de caída lenta. No sé cuándo y cómo el asunto espesó en caricias, besos y mas-melos. Así, entre abrazos, nos envolvimos en una almibarada delicia, que se convirtió pronto en un engolfamiento de parrandas. Fue en ese momento cuando debí valerme de diabéticos cuidados, advertí que aún persistía en mí cierta debilidad que me dejó la partida de Luisa. Casi me hundo como mosca en almíbar a punto de naufragar eternamente. Una sola vez dejé hundir el aguijón por querer llegar al fondo deleitoso de su golosina, y apenas logré escapar, aunque avergonzado, con mis patas sucias de polen. No debía permitir que mis alas fueran tocadas por su cautivadora dulzura, so pena de no volver a saber jamás del vuelo. Pagué los costos y asumí las consecuencias, pero partí con libertad.

Queriendo vengar el desamor de Luisa con la pasión por otras muchachas, fracasé una vez más desde la A de Adriana hasta la Y de Yolanda. Pero el destino de perdedor habría de asestarme la última estocada cuando unos años después me volví a ver con Liliana.  Casi sin saludo ni preámbulos me confesó con urgencia, verdaderamente apenada, que la dirección y el teléfono me los dio errados. El padre de Luisa le había pagado para mentir sobre dónde localizarla.






3 de febrero de 2012

Molino de lances






Cuando se decretó la normalidad académica en la universidad retomé mis tácticas de conquista. La situación no podía ser mejor: Luisa aceptaba participar del juego. Así lo interpreté ya que a decir de Lili el grafiti la emocionó tanto que ese mismo día llamó a su papá para contarle y él envió un fotógrafo para registrar el acontecimiento. Era una evidente señal que me animaba a planear la siguiente jugada. La estrategia estaba clara: despertar su atención apartándola de sus habituales compañías y distracciones. La táctica era hacer un empecinado asedio y abrir una brecha que me permitiera entrar en su vida, a la manera como el ajedrez aplica el recurso del molino, combinando atracciones, desviaciones, descubiertas y jaques. El análisis situacional, derivado de la información que me daba Lili, así me lo advertía. Luisa se encontraba atrapada en un enroque entre el proteccionismo de su papá y los celos de su novio y con tan sólo dos casillas para moverse entre la universidad y la casa. Yo tenía a Lili como una torre en la séptima línea amenazando una  casilla, mientras mi alfil apuntaba a la otra en diagonal deseo.

Mis primeros movimientos se enfocaron en desviar el objeto de sus pensamientos hacia mis señales. Era necesario crear otras atracciones adicionales al grafiti, pero de modo más perspicaz y personal. Quería que notara mi sutil presencia en los sitios más insospechados de su territorio, que me sintiera como su sombra o como su ángel de la guarda. Lili me informó de sus horarios y ubicación. Siete minutos antes de entrar a clase había ya dibujado con tiza una pequeña flor, al borde del tablero sobre el extremo izquierdo donde no alcanzara el borrador, con la forma de un labio rojo coronado de pétalos verdes. Al tercer día dibujé otra flor igual en clase de biología. Elegí las materias que más le interesaban del horario de la mañana, para que la buena disposición del pensamiento no riñera con las distracciones del paisaje, que era en lo que esperaba se hubiera convertido mi dibujo. A la semana siguiente me ingenié una variante de la flor para manifestar mi silenciosa presencia por fuera de los salones: con papel silueta corté mi flor emblemática, la monté en palitos y las sembré en varios puntos claves de su recorrido: las jardineras de la cafetería, las matas de la biblioteca y el jardín frente a la taberna de Carlos E, donde solía tomar cerveza con su novio. La persistencia de la imagen en la memoria obligaría que sus ojos la advirtieran donde la indiferencia de los otros no la verían. Yo tenía la convicción de estar capturando su interés y lograr desviar la atención a su novio. Lili se percató de algunos cambios en su actitud con él, aunque ella nunca le confesó los motivos.

Los próximos movimientos habrían de ser más audaces, pero todavía no definitivos, apenas una preparación para un jaque a la descubierta. Si a decir de Ovidio, "la mejor red para seducir son las palabras", yo encontré en una credencial de amor el equivalente a un susurro íntimo, con el que esperaba llegar con efecto a su corazón. Las credenciales eran por aquel entonces tarjeticas de amor que las muchachas gustaban coleccionar en álbum. Yo hice un diseño personalizado en cartulina negra con un dibujo de mi flor con un mensaje escrito al reverso con lápiz luminiscente. El detalle del color y la luz era intencional. La redacción del mensaje me puso a cavilar largo tiempo, si bien sabía lo que buscaba la musa no me favorecía. Por flaqueza casi caigo en el error de recurrir en ayuda de Benedetti, tan de moda en ese entonces, pero yo necesitaba algo verdaderamente sincero y debía evitar todo asomo de poesía romántica. Tenía plena conciencia de que  las palabras elegidas de algún modo revelaban mi personalidad y esperaba que esos indicios le dieran una idea de mis intenciones. La redacción de tres frases, que pretendía espontáneas, me tomó más de una semana. Es curioso que para escribir algo breve y simple se tome tanto tiempo, pero buscaba evitar la expresión afectada y el tono declamatorio que aburre e intimida, pero ante todo buscaba una frase equilibrada entre divertida y sustancial. También aspiraba que fueran coherentes con las circunstancias planeadas para el modo de entrega. La primera tarjeta le aparecería entre las páginas de un libro que prestaría en biblioteca. En cada uno de los nueve libros, de la lista de más probable consulta que me indicó Lili, guarde una tarjeta con este mensaje: "No te buscaba, pero te encuentro preciosa". Cuando confirmé que en efecto había prestado uno de aquellos libros retiré las demás tarjetas. La segunda tarjeta corría a cuenta y riesgo de Lili, que buscaría la oportunidad de meterla en sus cuadernos, decía: "Estudio tus movimientos, para alterar mi corazón". En algún momento Luisa acusó a Lili de complicidad, pero esta lo negó tres veces. La tercera tarjeta se la hice llegar de manos de un niño de la calle, al que pagué para que la interceptara en su recorrido por Carlos E. El niño era negrito y esperaba que observara también este detalle. El mensaje tenía formulada esta pregunta: "¿Te gustan las noches de luna llena?"

Esos cortos mensajes, inquietantes y sugestivos, preparaban una jugada más decisiva que pondría en descubierta a Lili y, más delicado aún, exponía su amistad con Luisa a un posible sacrificio. Lili consintió al juego y a la obligación de confesar su papel de celestina, con la confianza que el buen humor de Luisa soportaría la chanza. Le entregaría una carta el primer viernes de abril, donde declaraba mis sentimientos y citaba nuestro primer encuentro en el próximo plenilunio. Estuve a punto de ceder al entusiasmo de invocar las figuras griegas de Pandora y Helena, para pedirle una esperanza, así ardiera Troya. Pero mi propósito no era redactar razones míticas ni heroicas si no sencillas, con estilo natural e insinuante. Le decía, algo así como, que un recóndito impulso me lanzaba en su busca para reclamar un bien perdido y por eso buscaba sus ojos al cruce de caminos y miradas, buscaba sus labios en las bocas de sonrisas dibujadas, en los montes y en los árboles buscaba su talle, sus senos, sus nalgas, en el agua la buscaba, en las nubes, en la vía láctea, la buscaba con la determinación gravitacional con que un río busca el mar. Digo algo así, porque estas no son las mismas palabras de aquella misiva, porque "Oscuro Heráclito nadie dice dos veces la misma palabra".

Dos semanas después era la luna llena, la noche del jaque. Los movimientos estaban cuidadosamente planeados. Se programaba una peña artística al aire libre en la que actuaría el Grupo Suramérica. El novio de Luisa no asistiría porque le aburría la música latinoamericana, yo sólo detestaba a Suramérica. Luisa y Lili estaban juntas y las tenía en la mira, a tiro de piedra. El ataque fue rápido y sorpresivo. Me acerqué como un gato por la espalda. Ellas estaban sentadas en la manga y Luisa le hacía una trenza a Lili. Me les puse de frente. Barri la mirada de Lili a Luisa y me detuve frente a sus ojos. Creo que el tiempo también se detuvo. Antes de paralizarme hice ademán de buscar algo en mi pecho. Le dije, con voz suave, que tenía para ella algo del corazón. Y pronto, de entre la camisa y la chaqueta, saqué un ramillete de rosas envueltas en celofán.  Alargué el brazo. Ella lo recibió sorprendida. Hubo un silencio mudo y para no profanar la solemnidad, dije adiós y me retiré con el mismo compañero que me sirvió de escudo y excusa para acercarme y huir.