Aquel eclipse de amor duró hasta que el padre de Luisa la sacó del juego. Sin duda que recibió alguna queja del abandonado novio y cruzó ese dato con sus salidas imprevistas en pintas desacostumbradas y sus llegadas tarde con la ropa desordenada. Cuando ella le rindió cuentas y le dijo que perdía el semestre y que era inminente la cancelación de matrícula, su padre estimó que la situación era grave. Pero al explicarle ella que la verdadera razón era por andar con un amigo, y en muestra de sinceridad agregó que era negro, el hombre puso en el cielo un grito de espanto que pudiera escucharlo hasta su difunta madre. Luego hizo unas gestiones y en menos de un mes Luisa estaba instalada en Bogotá a la espera de empezar a estudiar en la Javeriana.
La separación me sumió en la desesperación que se somatizó en mi cuerpo con fiebres y dolores. En mi casa, que una vez fue su palacio y su guarida, yo veía su fantasma por la cocina, por la alcoba y por cada rincón donde estuvimos juntos. En la noche la llamaba con la misma irritación con que un perro le ladra a la luna. Mamá, como toda negra supersticiosa, dedujo que me tenía enyerbado e invocó la ayuda de los ángeles, el poder de Dios, la sabiduría de Dios, el ojo de Dios, la palabra de Dios y todas las letanías de la coraza de San Patricio. Cuando creyó que la oración no surtía efecto, buscó una amiga suya para que hiciera uso de jaculatorias paganas, conjuros contra el maleficio y sahumerios que deshicieran el hechizo. Ante la persistencia de mis delirios, que seguían llamándola en mis pesadillas, mamá consideró que hasta la casa estaba tomada por su presencia y que la única manera de escapar de ella era mudarnos, incluso, de barrio.
Cuando pude sobreponerme un poco busqué a Lili para que me diera la dirección y el teléfono de Luisa. Dijo no saberlos, pero abrigaba la posibilidad de conseguirlos con su padre. A los días, con reticencia, me entregó los datos. La llamaba todos los días y nunca me pasaba. Le escribí cada semana y jamás contestaba. Al final de año, después de mil cartas, de cuyo contenido no quiero acordarme, le escribí esta última, en tono de maldición a su imagen de luna hechicera, que nunca envié y que por poco tallo en una lápida:
"Luna llena. Moneda de plata, pobreza que restó de una noche de asaltos. Sólo eres tesoro esfumado. Espectro de cadera y seno lácteo. No soporto que descubras mi desolación, mi cuerpo vacío, mi sueño blanco.
Luna pálida. Ajeno resplandor, tan sólo eres arena bañada de sol. Maldigo tu desierto que me recuerda, que me refleja un lejano ardor.
Momia lívida. Bruja nocturna, que asustas con tu cara de muerta. Me vengaré de ti día a día, poco a poco, y con tortuosa agonía cortaré pedazo a pedazo tu cara.
Luna loca. Lobos, perros y solitarios te aúllan en gritos lastimeros, porque el silencio pesa de insoportable, de frío abandono, de oscuridad aislada.
¿Dónde se han ido las voces que me nombran? Estoy cansado de la palabra amigo. Ya no cosquillean en mi oído susurros de amor.
Luna llena. Cabeza cortada de risa inflada. ¿Acaso te burlas de mi opaca tristeza? Te prometo mi revancha cuando mis labios aventajen tu candor con una sonrisa clara."
Como también volé de la Nacho por bajo rendimiento académico, y con el riesgo de que en casa me obligaran a trabajar antes que seguir perdiendo el tiempo en amores, busqué otra opción de estudio y entré al Poli. Terminado ese año funesto, borré cuentas viejas y me propuse buscar la compañía de otras muchachas para sacar un clavo con otro clavo. Creí superado el trauma de Luisa, aunque solía confundir su nombre con el de las nuevas amigas. Dí entonces con Claudia Margarita, dulce y tierna muchacha que aceché como abeja a la flor. Frustrado del rigor táctico de las lecciones de Kasparov y los afectados refinamientos de Ovidio, opté por usar procedimientos más naturales, y si se quiere más vulgares, pero prácticos.
Todo comenzó con un juego de dulce tentación: miradas de confite y sonrisas de bombón. Su perfume de jazmín turbaba mi sangre, me provocaba sed y hacía sudar mis manos. En su presencia yo volaba como nerviosa abeja temeroso de enfrentar la misteriosa flor. Con inquietud y cautela emprendí una tímida conquista de caída lenta. No sé cuándo y cómo el asunto espesó en caricias, besos y mas-melos. Así, entre abrazos, nos envolvimos en una almibarada delicia, que se convirtió pronto en un engolfamiento de parrandas. Fue en ese momento cuando debí valerme de diabéticos cuidados, advertí que aún persistía en mí cierta debilidad que me dejó la partida de Luisa. Casi me hundo como mosca en almíbar a punto de naufragar eternamente. Una sola vez dejé hundir el aguijón por querer llegar al fondo deleitoso de su golosina, y apenas logré escapar, aunque avergonzado, con mis patas sucias de polen. No debía permitir que mis alas fueran tocadas por su cautivadora dulzura, so pena de no volver a saber jamás del vuelo. Pagué los costos y asumí las consecuencias, pero partí con libertad.
Queriendo vengar el desamor de Luisa con la pasión por otras muchachas, fracasé una vez más desde la A de Adriana hasta la Y de Yolanda. Pero el destino de perdedor habría de asestarme la última estocada cuando unos años después me volví a ver con Liliana. Casi sin saludo ni preámbulos me confesó con urgencia, verdaderamente apenada, que la dirección y el teléfono me los dio errados. El padre de Luisa le había pagado para mentir sobre dónde localizarla.
Queriendo vengar el desamor de Luisa con la pasión por otras muchachas, fracasé una vez más desde la A de Adriana hasta la Y de Yolanda. Pero el destino de perdedor habría de asestarme la última estocada cuando unos años después me volví a ver con Liliana. Casi sin saludo ni preámbulos me confesó con urgencia, verdaderamente apenada, que la dirección y el teléfono me los dio errados. El padre de Luisa le había pagado para mentir sobre dónde localizarla.