24 de octubre de 2012

El Laberinto de Dios


Prólogo


A modo de prólogo publico esta carta que me dirigió el perseguidor de libros secretos Ermes Marana,  aquel aventurero que Italo Calvino trata en el capítulo VI de "Si una noche de invierno un viajero". Luego de asistir a las exequias del maestro Alberto Aguirre el polémico traductor estuvo merodeando por La Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín. Lo noté decepcionado de ver tan pocos lectores y tanto presumido escritor saturando mesas y estantes con mala escritura. Superando el temor al rechazo me atreví a darle un separador de páginas con la dirección de este libro-blog esperando que mis fracasos de edición tendrían un final feliz. Partió a Cerro Negro sin prometerme nada pero después de un mes recibí estas especulaciones que, si no logran confundir al lector, darán algunas pistas del contenido de mi libro.
N. del A.



La crítica estima en poco los ejercicios de alteración y reiteración porque considera al pastiche una simpleza creativa pero desconoce que una buena innovación no prescinde del elemento universal que configura la estructura narrativa donde se sintetiza el verbo y la experiencia humana. Con estas repeticiones el autor quiere demostrar que el tiempo es una falacia y que los acontecimientos en la Medellín de los años ochenta son una variante local de una leyenda milenaria. Refutar las opiniones que acusan de impostura estos procedimientos es deber de un crítico atento a los fenómenos creativos. No es fácil convencer a algunos lectores de que la diferencia entre lo verdadero y lo falso es solo un prejuicio nuestro. Para quienes descreen que la originalidad es imposible sin la tradición tal vez les tranquilice saber que el más auténtico Borges reelaboró intrigas de Chesterton y misterios de Bloy, que son a su vez repeticiones de otras. Además, ¿Qué importa el nombre del autor en la portada? Yo he soñado una literatura de apócrifos, de imitaciones, de falsas atribuciones.

No parecerá una osadía revelar que esta obra tiene por modelo "The God of the Labyrinth" de Heriberto Quain. Sólo un "Agente de la Mistificación", como se me ha llamado, puede advertir que este El Laberinto de Dios se ha usurpado para que un lector pueda descubrir otra solución al enigma. La estructura de este Pentagrama es una variante del esquema ramificado de la novela de Quain, cada uno de los 5 capítulos yuxtapone y multiplica por 13 las historias. El autor pretende exhibir entre el asedio y la confusión de falsos libros uno que sea portador de una verdad sobrehumana. Gracias a Quain el lector tiene la dignidad de aspirar a una importancia mayor a la del escritor. Rayuela había dejado elegir el libro a leer; esta obra ofrece además la posibilidad que el lector haga su propia creación. Por mi parte la traducción que hago al italiano pienso firmarla con mi nombre. En consideración a las premuras, percances y haraganerías del lector, cada capítulo se lee con economía e independencia. Una suerte de combinación, una ruta oculta, permite otra integración de los relatos; el azar y el juego vigilante de ecos son otros modus operandi. Declaro esta obra como una falsificación que intenta representar en un libro el valor absoluto. La plasticidad de la obra (sus artificios, engranajes, trucos y trampas), también permite establecer correspondencias con obras tan dispares como la máquina de pensar de Ramón Llull, la banda de Möebius, los grabados de Escher, Las Meninas de Velásquez, las 22 letras del alfabeto hebreo y los arcanos mayores 1, 9, 12, 15 y último del tarot. Se ha dicho que la obra pretende los símbolos genéricos del hombre o los arquetipos platónicos o los actos fundamentales del hombre. Sorprende la observación del profesor Angel Monsalve que relaciona la organización de la obra con un salterio que conmemora cinco misterios del evangelio (y del hombre).

La razón por la que doy un nuevo nombre a este libro es porque siento que en sus historias Dios arriesga una apuesta confiando que el hombre encuentre una salida. Pero las calles y encrucijadas del Medellín de los ochenta fueron un laberinto de perdición. El hombre sabe que no basta ser bueno ni desear ser libre para resolver el problema esencial de la vida. Es imprescindible gozar de inteligencia, de astucia, de sentido del humor para descifrar las formas y figuras de una estructura oculta donde reside la verdad que nos salve de la locura. Como Teseo buscando a Minotauro esta obra nos introduce por un laberinto de enigmáticos versículos del libro del Génesis: El embrollo de lenguas de Babel, la rama verde de olivo del Diluvio, los años reducidos de la vida del hombre, el fruto del árbol en medio del Jardín y el asesinato de Abel, son un pentagrammon de encrucijadas donde también parece haberse extraviado Dios. He consultado clandestinos teólogos que gustan de la gematría y sus caprichosos cálculos ofrecen un hilo de Ariadna en estos cinco versículos del Nuevo Testamento: Juan I, 3; Lucas XXIV, 31; Hechos V, 41; Mateo IV, 2 y Marcos XIV, 50; que resuelven con Cristo, en simétrica correspondencia al Génesis, la salida del laberinto.

Cual otro corredor del laberinto, no el último, donde el lector encuentre más alternativas para derivar la narración, señalo estos senderos que ampliaran estas páginas y ayudarán a completar la obra. Además de la antología de relatos que refieren los epígrafes, la deuda y homenaje es con la obra de un escritor que se evita nombrar pero siempre se alude. Para el lector lego en adivinanzas servirán estas pistas: El inspector Botero, jubilado de una apacible comisaria de pueblo, intenta resolver una situación más cómoda y menos barroca que las parodias policiales de Don Isidro. La recta biblioteca del hermano Jorge quiere oponerse a La biblioteca de Babel donde se pierden los impíos. Como en un espejo Verónica y Pedro Salvadores optan por destinos simétricamente opuestos. En el vulgar personaje de La partida se advierte un partidario de La secta del Fénix y en el Espinel de la Jornada a otra víctima de unos bárbaros como los de El evangelio según Marcos



Ermes Marana
Cerro Negro, 2012

13 de julio de 2012

El ajedrecista





El ajedrez es un teatro sintético de la vida, de la vida que se pone en juego por una causa heroica, por un deseo de conquista, por un afán de poder. Yo suelo dar significado a las cosas a través de estructuras, por eso cuando pienso en la variedad de situaciones de conflicto que enfrenta la gente no puedo evitar compararlo con alguna de entre la infinidad de partidas que han enfrentado los maestros y aficionados del ajedrez a lo largo de su historia. Un ejemplo de ello es el caso que Charles Gumpel propuso en 1878.
En el medio juego la situación del tablero es: blancas con rey en e2, dama en a6, torres en c1 y g1, caballos en a8 y f5 y el único peón en e4; las negras con rey en f7, dama en a3, torres en c5 y c6, caballo en g7 y peones en c7, e3 y e5; como se muestra en el tablero:


Las negras creen llevar ventaja con la posición de Da3 que amenaza a Da6, jaque. Pero juegan blancas primero y no dan espera para que la torre se lance contra el caballo en g7, el rey queda en jaque y le obliga refugio en f6. En esta inmovilidad del rey se obran rápidos intercambios Dxc6+ Txc6 y Txc6+ las negras quedan despojadas de sus dos baluartes y el rey continúa en jaque. No queda más que detener la torre con la dama en d6 y esperar su sacrificio con Txd6+. Aunque el humilde peón negro casa la torre cxd6 no advertía el salto del caballo blanco desde la esquina hasta Cc7. El peón quiere huir con un grito despavorido y no puede más que dar con honor un paso al frente para que el caballo lo ejecute en Cxd5. Al rey le obliga dar un paso fatal hacia Re6 y el consiguiente mate de la torre en Te7++, deja finalmente dibujada esta forma en el tablero.
 
Para quien con imaginación suele entretenerse estableciendo correspondencias entre la naturaleza, las matemáticas y las artes no le parecerá absurdo que una historia de vida como la de Marcos tenga su representación sintética en siete jugadas de una partida de ajedrez, como esta conocida como "El signo de la cruz". Sería un abuso con la inteligencia del lector precisar el paralelismo de dichas decisiones y movimientos.


No sólo con el último de estos cinco relatos, sino también con el primero, se puede establecer paralelos entre el ajedrez y la vida. El caso del "cadáver en el cuarto cerrado", que está a punto de esclarecer Carrasco, es un problema de original dificultad y variado ingenio. Pero antes que la confusa situación de Sebastián, Jonás y Ana ya se conocía la admirable historia que entrecruza (decisiones y movimientos) de la vida y el ajedrez. "La leyenda del rey Tamerlán", que los copistas intercalaron en las 1001 noches, parte de la siguiente situación de emboscada. Juegan las blancas:



La versión al español traduce así:
Cuentan los hombres dignos de fe que el rey Tamerlán de Samarkanda, valiente, robusto y diestro en los ejercicios de la guerra, conquistó para gloria de Alá, el sabio y misericordioso, todos los países que antes obedecieron a Gengis Khan. Una mañana de julio de 1402, antes de preparar la invasión de China, salió a regocijarse en el señorío de sus vastas tierras cuando a lo lejos advirtió las tropas invasoras del Sultán Bayaceto, soberano del Imperio Otomano. Tamerlán sabía que Bayaceto era un guerrero audaz que no conocía el sabor de la derrota y decidió enfrentarlo en los campos de Ankara. 

El Sultán cabalgaba con su séquito de damas custodiado por ocho leales y fuertes soldados negros cuando fue sorprendido en una emboscada por el ejército de soldados mamelucos que Tamerlán uniformó de blanco para confundir con las estepas. Este astuto y temible conquistador se hacía acompañar de todos sus más dignos guerreros y prometió ante ellos tomar a Bayaceto respetando la vida de sus guardias. Dos soldados de Tamerlán emprendieron el ataque y el Sultán es salvado por la pronta defensa de sus fieles soldados. Luego otro ataque en diagonal de un capitán, montado en un elefante por el flanco derecho, es vano intento vengado por un soldado de la guardia personal. Otros soldados eliminan la amenaza frontal del jefe de arqueros y del ataque sorpresa de un caballero que acechaba tras la roca. También vinieron en su defensa sus generales más cercanos pero sólo sus soldados lograban sobrevivir para blindar su integridad. Al verse protegido por toda su guardia se creyó a salvo y aún más confiado al ver a casi todos sus enemigos por tierra, salvo al rey en su caballo. En ningún momento el Sultán Bayaceto dejó de verse amenazado de lances enemigo pero oportunamente fue defendido por cada uno de sus ocho valientes soldados que lograron resguardar al Sultán en un sitio inexpugnable. Cuando Tamerlán parecía no representar amenaza alguna para el Sultán, una estratégica posición en su caballo bastó para dar muerte a Bayaceto convirtiendo su refugio en una tumba.
La gloria sea con aquel que no muere.

La versión original es esta notación algebraica de diez movimientos: 1.f3+ gxf3 2.exd3+ cxd3 3.Af5+ exf5 4.Te6+ dxe6 5.Cf6+ gxf6 6.Td4+ cxd4 7.a8=A+ Dd5 8.Axd5+ exd5 9.De5+ fxe5  10.Cg5++



Pero además de la muerte, las partidas de ajedrez sirven de teatro sintético del amor, del amor que lo cree todo, que lo espera todo, que lo soporta todo. El sacrificio de mi dama en el primer capítulo de mis Aventuras de un pobre donjuán es una muestra de que bien vale arriesgar lo más preciado, hasta perder todo, con tal de sentir la libertad de no tener nada, para desear lo absoluto. Mi historia de amor se corresponde con la partida entre Eduard Lasker y George Thomas en 1911: Después de un tranquilo y parejo desarrollo de piezas siguiendo cada bando su propio plan y luego del inesperado e impresionante sacrificio de la dama blanca por un peón en el onceno movimiento, se decide tajantemente la suerte de la partida; el rey negro sale obligado de su refugio y escapa al extremo opuesto del tablero donde le espera deshonroso fin.