18 de marzo de 2011

La hipótesis de Cé Vargas




Antes que Carrasco diera su versión, César Vargas reclamó la oportunidad de exponer su hipótesis de los hechos, en merecido derecho por su interés de haber iniciado el interrogatorio. Carrasco consintió con una sonrisa y otra bocanada de humo y Cé Vargas habló:

"Dejemos los rodeos y permítanme declarar de una vez por todas que el verdadero móvil de los crímenes es el sexo. Desde la rústica prehistoria hasta la sofisticada actualidad el impulso atávico más entrañable del hombre ha sido el de poseer el cuerpo de la mujer, deseo que la historia ha pretendido dignificar con la imagen heroica del guerrero que exhibe su fuerza viril para tomar otros reinos, codiciando su bienes y en particular sus mujeres. Para respaldar esta idea tomo como ejemplo los casos de Helena, de Briseida y de Penélope, sin mencionar los enredos de Clitemnestra, de Casandra y de Patroclo. Lo que acontecía en una antigua historia hoy se perpetúa como una forma del eterno retorno y se analiza que los móviles del asesinato son el dinero, la venganza y esa forma trastornada del amor que se llama celos. Valga precisar que hoy el móvil del dinero suele ser la primera fase en el camino de posesión de la mujer, ese oscuro objeto del deseo, reclamada en pago o trofeo, cuyos medios no distinguen el valor del pillaje. A los celos los anima una pretendida defensa de la posesión y a la venganza un ataque por su rapto o pérdida. Con esta premisa de tres móviles en un sólo deseo habré de explicar su caso, Sebastián, para desenmascarar los responsables y desnudar sus intenciones. Si las consecuencias de mis suposiciones llegan a causar escándalo podré esperar de usted la altura que caracteriza a un caballero. Y no debe temer el escarnio público porque hace ya muchos años usted dejó de ser alguien de importancia para la alta sociedad medellinense; y si acaso merece un comentario mordaz, será con tono burlón en el marginal periódico de Universo Centro.

Luego de proyectar una imagen de dandi en el jet set local donde gozó de la envidia y admiración de amigos y enemigos, y también de los anhelos y suspiros de las chicas lindas de aquella época del ochentaipico, llegada la treintañez usted se hartó de esa insoportable levedad del ser y se retrajo en la soledad de su casa. En los corrillos de aquella sociedad, que usted jamás volvió a frecuentar, se le acusó de misoginia y su nombre se tornó en pánico para sus otrora ninfas. En su casa creyeron que se había vuelto marica por ese tierno cuidado que le dedicó a Jonás, el tullidito de doña Irene, a quien había convencido que lo dejará a su cuidado. Sus padres se llevaron a la tumba la tristeza de ver el fin de la dinastía García Gómez, extinguida de modo tan indigno. Pero usted, a quien ya no importaban los mandatos de la iglesia ni las normas de la sociedad, libre de la vigilancia opresiva de sus padres, se dio a romper todas las ataduras y complejos que frenaban sus anhelos de libertad y felicidad.

Su amor por Jonás fue uno de los tantos ejercicios por procurar esa felicidad. El era pequeño y suave y usted se deleitaba acariciándolo con ternura y mimos como a Platero. No haré referencia a los actos íntimos cuando llegaba la noche brumosa y morada y la habitación se llenaba de sombras y de fragancias que amedrentaban a Jonás. No hubo noche en que no sintieran, tras la puerta, esa sombra que los asustaba y los comprimía en la cama. Pero aquí no se contará lo que no se ha atrevido a contar el mismo Fernando Vallejo para no escandalizar nuestra moral y no provocar otra cruzada de la senadora Gilma Jiménez. Lo que si se puede decir es que desde que Jonás estuvo al cuidado de Sebastián su semblante se puso más alegre, pero también se fue quedando más tullido e incapaz de caminar.

Otro ejercicio era salir a pasear por las calles del viejo Medellín en compañía de su pastor collie. Fue así como una tarde, unas nueve semanas y media antes de los fatales hechos que nos ocupan, cuando usted, Sebastián, regresaba a casa de su habitual paseo de la tarde, en el cruce de Moore con Balboa, su pastor collie se tropezó con una vulgar perrita poodle y fue así como conoció a Ana. El choque de los animales fue tan ridículo y desproporcionado que el hecho los movió a risa que pronto mudó en estupor al ver que la perrita, muy acuciosa ella, se puso a hostigar el sexo del collie. Usted debió mirar sorprendido a Ana esperando una explicación, pero ella, sin vergüenza, respondió una vez más con una carcajada contagiosa. Como llevaban el mismo camino (ella dijo vivir en Campo Valdés) tuvo usted la ocasión de observar sus formas y maneras. Luego de dibujar con su mirada la dulce forma de pera de su cuerpo, firme y suave, se congració con la blancura de sus dientes que reían también a través de sus ojos gatunos no exentos de picardía. Era una típica muchacha clase baja, cuyo estigma popular no podría negar ni ocultar y menos cambiar. Las diferencias de clase y porte entre el collie y el poodle establecían una analogía de contraste entre el Esplandián Sebastián y la villana Ana. Usted debió pensar que ese encuentro atropellado de los perros podría ser el presagio de una relación escabrosa, pero el desenfado de los comentarios de la chica y la gracia de sus diecinueve años le hicieron interesarse por ella.

En el camino a ella le debió parecer oportuno referir otras situaciones similares a ese encuentro cercano, como lo llamó ella, y que le habían permitido tener la oportunidad de trabar amistad con otras personas de clase elegante, como lo llamó ella. A usted le debió causar desengaño que el encuentro no fuese tan fortuito, pero ella lo contaba con tal ingenuidad, con humor incluso, sin burla, como cuando aludió el episodio del hombre que la pretendió con obstinación, como un cazador a un cervatillo en el bosque, y que al verse delatado como un hombre casado, luego le huía como un niño ante el coco cada vez que se topaba con él en la calle.

Llegando a su casa ella se detuvo admirada ante la sofisticada fachada tratando de imaginar la clase de hombre que debía ser usted. Disimulando con naturalidad el deseo de conocerle más a fondo, a ella se le ocurrió pedirle agua para su perrita y, como la caridad y la cortesía obligan, usted la invitó a pasar. Al atravesar el patio usted advirtió la presencia vigilante de doña Irene mimetizada entre las estatuas y los arbustos del jardín y notó que la vieja se mordía los labios de sólo ver que una intrusa se paseara por su casa con tanta desfachatez. La verdad es que Ana estaba tan sorprendida por la belleza descomunal de la casa que se sintió como Alicia en el país de las maravillas. Sin saber por qué razón usted observó que la perra de Ana se dirigió hacia su cuarto como buscando tras la puerta el olor de una presa o del agua que Ana le reclamaba. Abrió la puerta, los dejó pasar y, en tanto ellos se entretuvieron en saludar a Jonás, usted fue a traer agua de la cocina.

Una muestra de los intereses de ella fue ver como no se detuvo a mirar sus libros, entre los que, además de los ya mencionados con regodeo intelectual, hubiera encontrado obras que delataran sus manías y obsesiones, como la lectura del divino Marqués, del Aretino, del Kamasutra, de Las mil y una noches y de Las once mil vergas de Apollinaire. Ella prefirió una sensualidad más tangible y se puso a curiosear las estatuillas eróticas orientales, colocadas en fila sobre el borde de un estante de la biblioteca. Al ver en ella tan ardoroso interés usted se contuvo de advertir que cuidara la fragilidad de las valiosas porcelanas. El modo como tocaba las figuras, el tacto para manosearlas, comenzaron a excitarlo y para atenuar la turbación se recostó en su cama con fingida displicencia. La muchacha le daba la espalda y tuvo ocasión de reparar en los roídos bluyines y la desgualetada camiseta y usted la fue desnudando en la imaginación, lenta repentina ansiosa y bruscamente, con las yemas de los dedos describiendo las curvas de ese cuerpo pequeño y firme, con la punta de la lengua para bruñir su piel morena. La estética de su clase aristocrática no le permitía esos malsanos deseos pero usted se sentía todo un cerdo dispuesto a hundirse en esa flor de fango. Y más se alentaba usted por contrariar ese gusto por la imagen estilizada de una mujer, sintética e insulsa, impuesta por los cánones burgueses, a usted que ya no lo atraían las muñequitas sexuales de su juventud, ni su ánimo se paraba de emoción por más que le pusieran al frente, desnuda, mi Verónicagutiérrez. Usted levantaba ahora sobre un pedestal la despreciada naturaleza de un cuerpo de mujer de medidas y proporciones autóctonas y que se le antojaban a jugo de fruta tropical.

Incentivado así con tan altos ideales revolucionarios de tan bajas pasiones, usted se levantó de la cama y se le acercó por la espalda. Ella, niña juguetona, ingenuamente buscaba combinar las ocho parejas de estatuillas en las 64 posiciones del kamasutra. Usted la debió abrazar por la cintura de nutria entre los dientes del tigre y deslizó las manos en busca de los pechos de espectro de la rosa bajo el rocío...

La literatura antioqueña contemporánea ha sido muy decentes para referirse al sexo, todos han sido metódicos y esmerados para describir el acto y nombrar la cosa, y no han hecho más que eso, descripciones incluso audaces que no pasan de ser variaciones a una imagen tan setentaipico como Nino Bravo y "ese clavel de tu piel y de tu amor". Sólo Esteban Carlos Mejía lo ha narrado con verdadero erotismo: con torrente sanguíneo y erupción espermática. Yo que soy su misma creación puedo decir sin prejuicio, porque mi ser está hecho con libertad bajo palabras, que lo que le ha faltado a todos es moralidad y que esta es la sal y pimienta para sazonar una mera sensualidad. El acto que se debate en la cuerda floja entre el bien y el mal es el que da verdaderas emociones al alma, porque la pone en riesgo de salvación. Yo por eso cuando me dispongo a pichar suelo hacerme acompañar de Domingosavio y Mingocarnaval. Por eso quiero advertir que no es bueno que todo el mundo lea las páginas que siguen; sólo algunos saborearán sin peligro ese fruto dulce. Por lo tanto, alma tímida, antes de adentrarte más por las siguientes páginas, dirige hacia atrás tus pasos y no hacia adelante.




11 de marzo de 2011

Crímenes municipales




Si la incompetencia Policial y la negligencia Judicial, o la complicidad de ambas han encubierto de impunidad cuanto crimen se ha cometido en esta ciudad y si el Periodismo, cuando no lo mueve el morbo, tiene que huir callando sus verdades por amenazas de muerte, la Literatura habrá de revelar las sutiles y variadas formas con que se ha valido esta maliciosa sociedad antioqueña para cometer asesinatos. No me refiero a mostrar con máscaras y otras señales de los hijos de Caín con novelitas cinematográficas al modo de Franco y de Vallejo, sino a obras magistrales y profundas como Crímenes municipales de Darío Ruiz Gómez, emparentada con la obra de Marcel Schwob, Corazón doble, al llevarnos a través del terror a la piedad por dieciocho relatos. Por esto no exageran quienes asocian el nombre de Darío Ruiz con Medellín a la manera de Joyce con Dublín y este reconocimiento está justificado por la contundencia de su estilo narrativo y el rico caleidoscopio de situaciones y personajes que revelan una Medellín de compleja universalidad y no de mera sicaresca.


Estos Crímenes municipales comienzan por sentar una plataforma de consentimiento en su particular contexto sociocultural: el aristócrata asesino de su esposa recibe, naturalmente, casa por cárcel en tanto el pobre celador es condenado, naturalmente, por el crimen que no cometió. Sin duda que en esta tierra labrantía de legalidad burguesa, naturalizada a fuerza de tradición y religión, es donde se acuñó originalmente el mandamiento de "la ley es para los de ruana". A falta de justicia humana pareciera que otras fuerzas cobraran venganza: Carenevera, que como una araña atrapa y asesina sus víctimas cae a su vez en la trampa mortal de su misma red; el universitario revolucionario, tira-piedras y pone-bombas, paga su error al quedar reducido a un tronco de carne que pide limosna Sobre la acera, aumentando en la ciudad desigualdad y miseria. No se trata de una economía de justicia sino del crimen porque en estas historias no esta obligada la correspondencia entre esfuerzos y méritos, los cuadros de realismo en Retro-visor y Espera a que te llame son de un absurdo abrumador. El diálogo de dos hermanas que hacen inventario de la evolución criminal de personajes del barrio y que discurren, a lo Agatha Christie, sobre el crimen de robo y asesinato de dos ancianas que viven solas en un apartamento y que, al modo de Cortázar en Continuidad de los parques, sienten cuando los asaltantes abren la puerta como Esperando a nuestros padres. Las agudas reflexiones jamás se rebajan a un tratado sociocultural y cuando el lector parece conformarse con un relato tragicómico sobre el progreso tecnológico, el autor confirma su alta literatura con una salida fantástica en Grandes superficies, que me recuerda al cuento de Yourcenar Cómo se salvó Wang-Fo. En un meticuloso tejido de análisis social e imaginación, Darío Ruiz logra revelar nuestra personalísima disposición para el crimen relatando como hemos dejado Perder la cabeza sin armar alboroto que altere el tranquilo flujo de dólares del tráfico de cocaína que financia mansiones blindadas a la vez que sostiene hogares de caridad.

Pero acaso el crimen más terrible de esta colección de relatos es el que tiene por escenario las mismas casonas de Prado Centro, emblema de una rancia tradición, dónde misteriosamente desaparecen una pareja de esposos en El estanque furtivo, y se percibe la cómplice participación de la raza antioqueña como en un acto de fervoroso catolicismo. Un crimen en que la cobarde turba dispuesta a alzar su puño en alto y asentar la mano en el pecho, movida entrañablemente por el resentimiento y la envidia hacia quienes considera mejores pero diferentes e intrusos, pide su muerte ante un poder que impúdicamente se lava las manos. Un crimen perfecto porque exonera al asesino por la intangibilidad de las pruebas, así se haya demostrado el efecto mortal de la calumnia. Crimen habitual en las parroquias de nuestra municipalidad que, a sabiendas de su gravedad consignada en el quinto mandamiento, atenuamos colectivamente confesando, en un acto trivial de contrición ante Dios y ante vosotros hermanos, que hemos pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión. Y punto seguido, en fila ordenada, vamos con gesto aureolado a comulgar.

Con esta obra de culto secreto Medellín podrá defenderse ante la historia de su infame título de Capital del crimen y si la justicia persevera en su impunidad al menos permitirá que las víctimas de los Crímenes municipales descansen en paz con el consuelo de una verdad de ficción.