8 de julio de 2011

El arca milagrosa







- Ahora vera joven Ángel – dijo como empezando a aclarar el misterio -, la figura que da sentido a lo que buscamos y que apenas descubrí la misma noche que usted llegó al convento.

"Lo seguí al altar y en el sagrario me señalo la imagen de un cordero que izaba una crucecita sostenida con la pata delantera. Había en el trazo de las cuatro figuras anteriores una intención de imitar la composición de esta. No tenia las palabras Santo, Santo, Santo pero si las que correspondían al segundo y tercer renglón de las demás inscripciones. El hermano me pidió que tomara como referencia el punto en que se cortan las dos líneas de la cruz, para bajar la plomada.

- Tenemos los cinco puntos del pentagrama – dijo alargándome la madeja de hilo dorado-.

Amarra el extremo en la puntilla y lo llevas, templándolo, hasta la puntilla del león luego a la del toro a la del hombre y a la del águila, y finalmente hasta el punto de comienzo para así cerrar la figura.

- La estrella de cinco puntas - dijo señalando las lineas de la figura formada por el hilo-, fue el Signum Pythagoricum, el símbolo sagrado de la armonía del cuerpo y el espíritu. Tradicionalmente se considera representativo de la magia blanca cuando señala hacia arriba y que los satanistas invierten derivando en cabeza de chivo. Fue la contraseña de una tendencia secreta de naturaleza gnóstica y para la francmasonería la estrella flamígera que ilumina la tierra con sus rayos de luz y del que la humanidad obtiene sus frutos porque da luz y vida a la tierra. En la iconografía Cristiana representa las cinco heridas del crucificado y su forma cerrada es símbolo de la unión en Cristo del principio y el fin.

Ante tantas explicaciones sentí miedo porque no sabía si hacíamos un signo sagrado o profano y preferí santiguarme. En el interior del pentágono tracé otra estrella uniendo los vértices. Así seguimos trazando los pentagramas interiores, ya orientados al altar o invertidos, hasta cuando el último se ajustó al tamaño de una baldosa. La estrella se acoplaba de manera perfecta al dibujo del mosaico y su geometría tendía a la forma de una G. El hermano dijo que levantara la baldosa pues allí debía encontrarse el tesoro. Me alargó el martillo y el cincel.

Antes de describir lo que siguió, debo confesar que me encontraba muy fatigado por la suma del trajín del día y el largo tiempo en vela, pues estaba a punto de amanecer. Tal vez eso explique lo que me sucedió.

Levante la baldosa y retire la arena para descubrir un pequeño cofre metálico. Miré al hermano buscando un gesto de aprobación y lo abrí. Una explosión de resplandor me fulminó. Quedé cegado por la luz y me recosté cerrando los ojos para descansar. Cuando me recupere vi que el hermano tenía en sus manos una preciosa cruz y me la entregó diciendo que el milagro había obedecido a la esperanza. Al recibirla mi mano se sobrecogió con una sensación dolorosa.

Los brazos de la cruz eran de oro macizo con los extremos en forma de trébol; al centro, una estrella de catorce puntas de variada pedrería custodiaba una gema mayor extraída de la cueva de la natividad. Me sentí indigno de sostener tan sagrada joya y se la devolví, pero me pidió conservarla. Como si hubiera algo más interesante, me dijo mirar en el hueco de donde la sacamos. Entonces fue cuando vi lo indecible.

Era una hendidura por donde se vislumbraba la divinidad. Una visión imprecisa y espantosa como la describe simbólicamente Ezequiel y que a Moisés le fue insoportable contemplar. Yo pude ver en un solo instante imágenes nítidas y simultaneas que me sumían en un sentimiento de admiración y alegría, pero sentí el terror que provocan las cosas que no comprendemos y retire mis ojos del orificio.


24 de junio de 2011

Antes y después de cine






Al tercer día estuve ansioso de que llegara la noche. Hasta entonces tenía en qué entretenerme para atenuar mi ansiedad: una invitación a almorzar y más tarde el cine.

En la inesperada invitación del hermano mayor de mi padre supuse la voluntad de ayudarnos. Aunque nunca antes nos habíamos visto me citó para almorzar en un restaurante en Junín. El gran parecido físico a mi padre me facilitó distinguirlo entre tantos comensales. Lo acompañaba su esposa y su hijo, y me sorprendió la cálida presencia familiar entre aquel ambiente de eufórica conversación de hombres. Al pedir el menú del día, económico y de moderada elegancia, deduje que mi tío, a diferencia de mi padre, era un hombre centrado y de una vida organizada. Trataba a su esposa con ternura y se notaba el profundo amor y la gran paciencia que tenía por el pequeño niño, vivaz e inquieto. Cuando llegué él lo entretenía mientras su mujer comía sin afanes. Cuando el niño largó un berrido que estremeció todo el salón, fingió tranquilidad pero yo logré notarle cierto desespero. Su sencillez al comer, su espontaneidad para hablar, tu trato afable lo hacían bien diferente a mi padre que medía las palabras, y era de modales finos y escrupuloso trato. No era muy locuaz pero por cuanto hizo con gestos y señales logré saber mucho de él, era algo así como el anverso de mi padre, todo cuanto éste odiaba parecía tenerlo su hermano: trabajo sin ambiciones y familia sin presunciones, pero así demostraba estar sencillamente feliz.

Ninguno en la mesa se atrevió a mencionar a mi padre y menos aún pronunciar la palabra muerte o sus variaciones. El silencio se imponía cuando amenazaba la más mínima alusión. Fue entonces cuando se escuchó en la mesa vecina que un caballero, que bebía coñac y fumaba con amaneramiento un fino cigarrillo alargado por la boquilla, luego de echar al aire unas volutas de humo, ligeras y graciosas, expresó:
-La muerte es el ápice de la vida y no debe prescindir de misterios-.

Un hombre mayor, imperioso y gigante le respondió:- Muchos misterios son mistificaciones de un hecho simple. Ya alguna vez lo dijo el sedentario Dupin: si es un misterio de los que se consideran insolubles, por esa razón es fácil de resolver. La premisa en cualquier investigación es no confundir lo inexplicable con lo sobrenatural, hay que atreverse a lo insospechado, no por esfuerzo de la inteligencia sino por vía de la imaginación.

Cuando el reloj de la catedral sonó sus campanas para dar las cinco de la tarde me despedí y fui al Subterráneo a ver El séptimo sello.

Aquella película en blanco y negro cambiaría a gris la colorida imagen que tenía de mis héroes y, a decir verdad, confirmaría definitivamente la forma de fatal melancolía en que vería la vida. De la alegre admiración que tenía por los jinetes del western, rápidos con el revólver e indiferentes ante la muerte, pasé al abrumador asombro por ese caballero cuya espada de nada le servía para enfrentarla personalmente. Esa tarde sentí también que mi viaje por el mar de la fantasía había terminado y que llegaba a otra orilla donde debía aceptar la elocuente realidad de la muerte. Hasta entonces el cine sólo me procuraba distracción y no la angustia de reflexionar sobre los asuntos graves de la existencia. La muerte de mi padre no había sido más que el fin de la escena de un actor que no volvería a aparecer, pero cuando por el camino el escudero levanta la cabeza del hombre que yace en tierra yo vi en él, con horror, el rostro cadavérico de mi padre. Como aquel actor que en el bosque finge morir, a mi padre la Muerte no le dio tiempo para ordenar sus asuntos, terminar su libro con que burlar la mortalidad, le cortó el árbol de la vida de donde cayó sin terminar la función, por defunción.

Un sentimiento dual se debate en mi vida de comedias y tragedias y ante ello me he esforzado por establecer un equilibrio que no permita desquiciarme al enfrentar la muerte, que me acompaña inexorable cuando paso por los blancos días y por las negras noches de mi vida. A diferencia del personaje de El séptimo sello, mi contendiente en el juego de ajedrez, por la vida y contra la muerte, tiene forma de mujer. Frente a ella mi preocupación no es la trascendencia al otro mundo sino la realización de la libertad y por ello mi enemigo mortal es la mujer, con su empecinado propósito de sometimiento al amor. No se si esa película me despertó cierta prevención o, peor aún, cierta fatalidad con las mujeres, lo que luego habría de saber es que el hado me habría de enfrentar a todas sus artimañas: el sutil dominio de la silenciosa esposa o la salvaje coquetería de la amante, pero ante todo a sus astutas maniobras de bruja que me retaban a enfrentar en su mirada al mismo diablo, con el deseo de quemarme en la hoguera de sus pasiones, donde sentía la proximidad misteriosa del mismo Dios. Pero esta es la historia de la visión fantástica que tendría en la noche de aquel tercer día en el convento y no los sucesos de mis desventuras amorosas.