21 de octubre de 2011

Puesta en escena






Si lo pintoresco de los personajes de mi familia alguna vez estimularon el arte de Fernando Botero, el carácter histriónico de Moneco animó la creación de una de las obras más hermosas del teatro de Medellín. Antes de referir cómo la compleja personalidad de Verónica y su disparatado sentido del mundo habría de tentar a Víctor Gaviria para cambiar los desesperantes argumentos de sus películas, contaré la anécdota de cómo Cristóbal Peláez conoció a Moneco y explicaré por qué El Matacandelas montó Pinocho en 1993, el mismo año que se perseguía implacablemente, hasta darle muerte en un tejado, a Pablo Escobar.

Me acuerdo como si fuera ayer. Moneco estaba en su acto cotidiano de mover a compasión a la feligresía de la iglesia de la Candelaria, cuando advertí que un hombre lo acechaba con mirada felina: fija, sin parpadear, frunciendo el ceño y dispuesto al asalto. Luego comprendí que no era enfado ni enojo sino un interés desaforado por observar los movimientos de Moneco. Ponía especial cuidado en su forma de respirar: lenta y concentrada. Mientras seguía los gestos y contorsiones del actor su rostro, cual reflejo de espejo, mudaba en mil muecas que cambiaban de la alegría al dolor, y yo no sabía distinguir bien si reía, lloraba, maldecía o alababa. Cuando Moneco terminó su escena el hombre no se aguantó y aplaudió con arrebato de loco, se hizo paso entre el público para ponerse al frente del limosnero y secándose las lágrimas le decía, o le recitaba, del siguiente modo:

-¡Pero si parece que estás hecho de pura leña!- y tocaba sus huesos como confirmando la calidad del material- ¡Si no eres más que de madera ordinaria, hecho sólo para encender fogatas! ¡De pino eres, sin duda, un palo de pino sin corteza: blanco, seco y delgado! ¡Eres el mismo Pinocho! ¡Sí, Pinocho! - y lo levantó como probando la levedad de un títere.

-Debes ser uno de esos Pinochitos- continuó emocionado y absurdo-, hijo de Pinocho el padre y Pinocha la madre. Familia que la pasa muy bien porque siendo tu el que pide limosna, eres el más rico. Yo soy Matacandelas y quiero, Pinocho, que vengas a mi casa para presentarte mis amigos.

Yo intervine para evitar el rapto y el me salió al paso con cinco billetes de mil pesos, como si con ellos pagara el precio de un alquiler, y dijo así no más:

-Tu madrecita no se enojará si me lo prestas un rato- y pasó a preguntar:

-¿Cómo se llama tu madre?

-Verónica

-¿Y en qué se ocupa?

-¡En ser pobre!

-¿No gana mucho?

-Gana lo suficiente para no tener nunca un centavo en el bolsillo.

-Comprendo. Y yo que también obro según la reverenda gana de la Providencia, me lo llevo- y cargó con Moneco hasta su casa de teatro y yo los seguí tan rápido y tan de cerca como la sombra de un grillo. La casa era vieja y grande que alcanzaba a hospedar fantasmas del siglo 19. Matacandelas sacudió la casa con un grito que debió despertar a vivos y a muertos:

"!Ey, muchachos,vengan pronto que llegó Pinocho - Juan David, Ángela y Diego salieron presto de sus escondites- Despierten a Pierrot y a Colombina- insistía Matacandelas-. Díganle a Arlequín y a Pantalón que aquí está su hermano Pinocho.

Juan David trajo a Pierrot de la mano y Ángela entró al escenario detrás de Colombina. Pierrot miraba asombrado a Moneco y se negaba a creer lo que veía, después de mirarlo otra vez de pies a cabeza exclamó:

-¡Numen del firmamento! ¡Sueño, delirio! ¿En verdad que eres Pinocho?

Moneco más sorprendido que ambos títeres no supo qué contestar y cuando se animaba a decir no con la cabeza se le adelantó Colombina:

-¡Es Pinocho, ni más ni menos. ¡Es nuestro hermano Pinocho! ¡Viva Pinocho!- y un coro repetía por todo el escenario:- ¡Viva Pinocho! ¡Viva Pinocho!

Cuando vieron que Moneco sonrió, aprobando ser Pinocho, los títeres comenzaron la función.

-Que bueno que llegaste, hermanito- dijo Colombina con voz de virgen estilizada- para que nos ayudes a salir de este lío que pone en peligro un amor de tres siglos y una amistad larga como la eternidad.

-Pero cómo se te ocurre mi amor, mi mujer y mi señora- dijo Pierrot melodramático- comparar a un amigo con el esposo que te ha dado un hijo y una casa.

En esas entra Diego y Arlequín, que saludan a Moneco con cariño. Arlequín que se siente aludido se apura a contradecir:

-Un hijo que murió tan pronto nació, como vuestro amor- y al decir esto recibe el porrazo de un Pierrot dolido. Sin embargo Arlequín agrega esta frase lapidaria:- ¡Cubran de tierra ese pasado!

-El recuerdo florece bajo tierra- contestó tristemente Colombina- y da flor como un hijo sepultado.

-Pero el amor renace para ti Colombina con otro nombre. Si amaste alguna vez a este aburrido, Pierrot, fue por compasión, hoy el nombre de tu amor, Arlequín, es divertido.

Moneco seguía la discusión como quien mira un juego de ping-pong. Ping de Arlequín, pong de Pierrot. Colombina se divertía como la novia puesta al desnudo por sus solteros, aún.

*

Aquella farsa de títeres conmovió hasta el fondo la sensibilidad de Moneco. Lo que parecía una simple pieza de improvisación que jugaba a hacerlo reír con el cariño de nuevos amigos, por el contrario lo había sumergido en una sensación de angustiosa soledad y en una crisis existencial que lo debatía si hombre o marioneta. Me confesó un día que se sentía el muñeco de su madre representando el monólogo de un místico acto, que sólo recogía lástima y menuda pero jamás sentimientos sinceros. Ahora que sus nuevos amigos le enseñaron la más elemental aventura de la vida, preferiría ser un títere que ama, porque así fuera movido por fuerzas extrañas, así fuera un acto teatral de repetición milenaria, era para estos tiempos envilecidos por la plata la única representación que daba al hombre la ilusión de ser digno y hasta heroico.


30 de septiembre de 2011

Debajo del arcoíris



"Más de súbito el alba
Me cae entre las manos como una naranja roja"
Jorge Gaitán Durán





La cebolla junca suelta sus jugos al corte del cuchillo y las manos arruman los aros verdes y blancos al borde de la tabla. Ya está montado el sartén al fogón y cuando cae el picadillo sobre el aceite hirviente chirría de lo rico, se hace agua la boca y llena la cocina de antojos al paladar. Luego completa el hogao con un picado de tomate, pimentón y cilantro para que rebose de color, agrega sal al gusto y poniendo los labios sobre las yemas de los dedos, que se abren en flor con el chasquido de un beso, exclama: ¡De rechupete!

- Ve, vos Teresa, desmechá esa carne y apurá aplastar las papas que a Nicanor le gusta es desayunar con empanadas calientes.

- Llevale Mona este tintico a tu papá, que si no se lo llevan a la cama no se levanta.

En tanto el sol atraviesa el cristal de la ventana, para posarse sobre el orégano, el hinojo y el laurel que Verónica cultiva en macetas sobre el alfeizar, toman posiciones los comensales frente a una taza de chocolate espumoso, se disponen a untar de mantequilla la arepa, tan ancha que abarcaba todo el plato, y montan el quesito o el huevo revuelto o la tajada frita de albondigón, o dos o tres de ellos, o únicamente con mantequilla, como a Manu que le gusta derretirla para inundar la arepa y formar arroyos y charquitos que sorbidos desembocan en su boca.

-Fastidioso- se queja Violeta y reprende- compórtate como un caballero que ya estás muy grande.

- Mamita, yo no quiero el huevo con cebolla - y pronto Verónica le frita uno en cacerola y lo cubre con una tajada de mozzarella para que la pequeña Valeria pueda estirarlo con la cuchara.

Otra vez Verónica rebosaba de empanadas la bandeja y el frasco de encurtido pasa con urgencia de mano en mano. Abre donde puede un espacio en la mesa para poner el plato con los buñuelos y reparte chochitas con mermelada de mora.

La ensalada de frutas con uchuvas, feijoa en rodajas y frambuesas, traídas de la huerta de la casa de El Retiro, son para Moneco un desayuno incomparable a los fritos y amasijos. Jose insiste en cambiar por Milo su chocolate y Elisa mejor que buñuelos espera que esté la torta de enyucado. Ella prueba una cosa y la otra, y así desayuna, mientras sigue atendiendo, con diligente alegría, la demanda de los eternos invitados a la mesa.

-¡Verónica!... ¡Verónica!...
- Déjela tranquila por amor de Dios...

Laura se le tira a Verónica en los brazos para darle besos y besos. Y abrazadas en cosquillas se tumban de la risa en el sofá. La algarabía invita a Paulina al juego quien de un brinco se monta sobre el pie de Néstor que la columpia al galope. Y aferrada al indómito caballo huye de los indios que la persiguen- a ja u ju ji ji- para arrancar su cabellera. Laura le urge a alcanzar el barco pirata que capitanea Verónica, quien tapa un ojo con la mano y alza la otra para entonar con voz solemne el soy pirata -que las niñas acompañan en coro- y navego en los mares, donde todos respetan mi voz, soy feliz entre tantos pesares y no tengo más leyes que Dios... ¡Viva la Mar!- alzando las manos triunfantes. Y viendo que a babor se haya un gigante aburrido, Verónica ordena a la tripulación que asalten su fortaleza, y con sigilo y por sorpresa, las niñas brincan a abrazar a Nicanor que se atrinchera tras una muralla de páginas de periódico.

Verónica le sirve un tinto humeante a Nicanor y escancia un vino tinto para Néstor. El primero levanta el pocillo y dice: ¡Cabeza! y el segundo choca su copa y responde: ¡Cola! cual santo y seña. Acto seguido uno sorbe el café y el otro bebe el vino y se entregan a un juego de palabras

-"Puede estar un destino -inicia Nicanor- escrito en la entraña de un pájaro..."
-"Cómo dudarlo -continuó Néstor- si en la madura hoja del Arrayán se dibuja un atardecer"
- Pacientes caligrafías- anota Nicanor
- De Pascual Gaviria- precisa Néstor

Jose, Manu y Nimo tiran los naipes sobre una mesa larga: -As - tira Jose, -dos - tira Manu, -tres - tira Nimo. Y en ese orden -cuatro- ci cinco- seis- siete- so sota- caballo- rey- uno- dos- tres.. -Pi pi pierdes Jo jo Jose- canta Manu al ver caer el tres de copas y cuidando no dejar caer su carta al mazo - re re recoges y empiezas tu tu turno. Nimo hace burla al perdedor y luego ríe a carcajadas.

Verónica sirve más vino para que Néstor recite con emoción el verso:
- "Esta vigilia mía en que al sol precedes y anuncias..."
Nicanor queda en silencio un instante, sorbe el tinto y completa impasible:
- "Tu cuerpo cabe en el pedazo de aire que acaricio"
- Orlando Gallo.

Rubén al fondo del salón escucha música en una grabadora mientras acaricia el gato. Cambia de casetes para cambiar de recuerdos y pasa de canciones móviles a canciones plácidas y de sórdidas a lúbricas como en los días profundos de Barba Jacob.

-Siete- tira Jose la carta del siete de bastos junto a la del siete de copas.
-Sota- tira Manu formando una pareja de sotas entre copas y oros.
-Rey- dice Nimo tirando el de espadas y el de bastos.

Una vez agotan las parejas de números, incluso después de arrastrar las del pozo, Nimo se queda con una carta en la mano y pronto Manu y Jose lo acusan de "Culo sucio" y arremeten contra él, que huye, y lo persiguen con falsa saña para darle patadas en las nalgas. Saltan sobre la música y la inmensa grabadora que arrastra las canciones de Lisandro Mesa, que Valeria y el abuelito bailan, con movimiento de velas o de alas, y cantan:
"me voy para la luna,
me voy para la luna,
me voy para la luna a buscar fortuna ..."

-"Me voy de aquí, porque no demora en caer un rayo"- inicia Nicanor
Néstor se queda mirando para arriba, como viendo una nube a la espera del rayo. Pero no encuentra en su memoria ni la cola del verso, ni el título de la obra, ni el nombre del poeta...

-¡Verónica!!!... ¡Verónica!!!...
- No la despiertes, hasta que a ella le plazca-

El abuelo baila con los pies descalzos. Su boca bufa el compás de la música que imita el sonido grave de la tuba. La niña calza sus pies pequeños con los zapatos del Gulliver y arrastra el ritmo. Cansada, mejor salta y se monta en los pies del hombre para sentir el agradable placer de balancear el cuerpo como en el columpio de un parque .

Ahora es Verónica quien baila y siente que flota en el aire como una vela.
Escucha el susurro de una voz inmemorial en su oído.
Su respiración se agita y siente el brío de su sangre cuando abraza un cuerpo.
Baila sin reconocer el ritmo que la arrulla, sólo le importa encontrar un pecho donde reclinar su frente.
Siente el abrazo, la caricia de unas manos familiares.
Siente como sus dedos la recorren y juegan a dibujar con tinta su rostro.
Entre temor y pudor, deja que él toque la íntima cicatriz que esconde bajo el labio.
Siente su aliento y la cálida proximidad del beso.
Hay un silencio de espera, que se hace eternidad.
Después surge la palabra, como en el principio.
Y llegan los ecos de su nombre...

-¡Verónica!!!... ¡Veróoonicaaa!!!...