25 de noviembre de 2011

Acechando por los flancos






Fue una gran sorpresa darme cuenta que su amiga asistía con migo al curso de Metodología de Investigación. Haberla visto junto a la mona le daba ahora visibilidad, acaso por contraste. Esta era morena, crespa de cabello corto, más bien bajita, como la mayoría de muchachas de aquel tiempo, y con demasiados huesos. Me abstuve de abordarla antes de saber bien cómo podría servirme de puente para llegar hasta la muchacha de mis desvelos. Presté atención al llamado a lista del profesor y supe su nombre: Lili.

Volví a verla en una asamblea estudiantil en el bloque 46. Para ese entonces, la década anterior a la Constitución y lejos aún de una ley 30, el movimiento estudiantil demandaba justicia social a través de oportunidades de ingreso del pueblo a la universidad pública, con mayor participación, autonomía y gobiernos democráticos. Pero en particular se rechazaba ese atropello que inventó Belisario con el abusivo nombre de TSS, transporte sin subsidio, con el sofisma de un nuevo parque automotor de rayas verdes y blancas. Yo seguía con interés las emotivas y concienzudas intervenciones de los participantes, admirando sus cualidades de oratoria, y pasaba también revista a la actitud de los oyentes que se aglomeraban en los balcones de cada piso, que daban al patio. Entre tantos estudiantes logré distinguir a Lili. Juzgué que esta era la ocasión para abordarla, pues las circunstancias superaban las académicas, y mejor que una compañera era tener una amiga y luego, por supuesto, hacerla mi cómplice.

Me hice a su lado para probar si me reconocía. De inmediato me saludó aludiendo al curso a que asistíamos.
-Yo te conozco de antes -me miró alarmada y le aclaré- en el recital de Facundo.
-No te recuerdo -dijo- ese día estaba con unos amigos.
-Te vi de lejos - y con un dejo de timidez agregué- con la muchacha rubia.
-Con Luisa - sonrió y dijo con tono irónico- Los caballeros las prefieren rubias.

Me contó que pertenecía al programa de Agronomía, así como sus amigos del concierto. Luisa había desistido de este curso para tomar otro junto a Juan Manuel. Puso énfasis al pronunciar éste nombre, para inquietarme acaso, pero yo acentué mi interés por conocer a Luisa. Esto y otras cosas las fuimos dialogando poco a poco entre los discursos y propuestas de la asamblea. A cuanta pregunta le hacía ella agregaba a sus respuestas variados gestos de simpatía y me sonreía con pequeños y perfectos dientes blancos.

La mesa directiva propuso como primer tarea la promoción del movimiento entre todos los estamentos universitarios a través de un manifiesto de expresiones libertarias, que dieron en llamar "El galimatazo"; con grafitis, carteles, poemas y obras visuales. Otras acciones eran una barricada interrumpiendo el tráfico de la autopista, una movilización de protesta hasta los edificios gubernamentales y una verbena latinoamericana en la próxima luna llena. Animé a Lili a que participáramos en "El galimatazo" programado para la noche del martes siguiente y le urgí a buscar el muro de mi grafiti. Yo tenía unas ideas pero no quería revelar mis intenciones. Desde ese día se declaró la asamblea permanente con anormalidad académica y la invité a que celebráramos con una cerveza. Le pregunté de paso, como una pregunta suelta, qué camino solía tomar Luisa para entrar y salir de la universidad y por allí tomamos hacia Carlos E en busca de una tienda donde sentarnos a charlar.

Para saber algo de Luisa le propuse un juego de interrogatorio de respuesta binaria, que habíamos aprendido en clase de Metodología. Ella debería responder sí o no a mis inquietudes y con ellas especularía una idea de la personalidad de Luisa. Aceptó y empecé el cuestionario con el tema de la música:

- ¿Su música favorita es la balada romántica?
- No.
- Sin duda Camilo Sesto le debe parecer demasiado solemne y Leonardo Favio muy dramático. Pero se le notaba algo de florecita rockera.
-¿La música Rock?
- Uhm.
-Más bien ¿Pop?
- Sí.
- Es apenas obvio que los Beatles, pero también ¿Air Supply?
- Sí, siii... Lost in love and I don't know much...

Al cantar noté que sus labios eran delgados y secos, como urgidos de humedad.

- ¿Poesía Española?- probé esta pregunta a propósito que Serrat promovía en sus canciones la poesía de Miguel Hernández, de León Felipe, de Machado, de Alberti y de otros.
- No- y me sorprendí.
- ¿Neruda?- Pregunté con resignación
- Sí- y juntos recitamos el verso clásico, ella con enternecimiento y yo con ironía:
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos."

Cerraba sus ojos en tanto mecía la cabeza con la cadencia del verso. En un parpadeo aproveche para, me fue inevitable, bajar la mirada y ver como se inflaba su pecho cuando suspiraba. Sus senos pequeños cabían de sobra en una mano, pero se desquitaba con unas carnosas y redondas nalgas. Esto lo noté cuando me admiré de su buen estado físico para caminar, a pesar de estar tan flaca. De Carlos E hicimos estación por Boyacá para otra cerveza y nos tomámos las últimas en La Arteria. Le pregunté otras cosas sobre Luisa, pero no quise que se notara mucho la bobada, eso sí, antes de despedirnos, y convenir nuestro próximo encuentro, le hice prometer que no hablaría de mí a su amiga, hasta un momento oportuno.

Ese fin de semana me la pasé tramando mi particular "expresión" y ante todo buscando las palabras precisas y la figura perfecta. Simulé la situación para medir el tiempo necesario en escribir el grafiti, ordenar los movimientos y calmar los nervios. Hice pruebas con el aerosol para calibrar el trazo. El martes en la tarde me reuní con Lili en el bloque 21, rogando a Dios que no fuéramos a toparnos con Luisa. Yo guardaba mis provisiones de pinturas aerosol en mi jíquera (en ese tiempo no se usaba la mochila arhuaca, sino la jíquera de cabuya teñida con franjas verde y rojo) y también encaleté una botella de Viejo Tonel. Debajo de las ramas de un arbusto nos sentamos a beber y confabular. El vino me estimuló la risueña y nos divertimos de lo lindo repasando el plan. Su papel de campana le cayó en gracia y estaba ansiosa para acometer el acto. Insistió en que le revelara el mensaje del grafiti, pero me abstuve de comunicarlo para que no perdiera fuerza la expresión y mantener el efecto sorpresa.

El "galimatazo" daba libertad de expresión y sólo se pedía coherencia con el espíritu del movimiento, con la salvedad de no consentir con actos vandálicos. Dejaba a la iniciativa y la creatividad de los participantes los métodos y pedía concierto para el momento y el lugar: el miércoles el campus universitario debía madrugar ataviado de libertad. Cuando cayó la noche, era de luna nueva, se podía advertir algún movimiento sigiloso de sombras. También los vigilantes se movían con inquietud. Debíamos actuar rápido antes que advirtieran e impidieran la manifestación. El muro de mi grafiti estaba ubicado en un sitio donde nuestra sola presencia podía levantar sospechas. Una vez ubicado el recorrido de los vigilantes Lili tomó posición para servirme de campana, convenida como señal el ulular de un búho. Yo ya estaba entusiasmado por los vinos y una vez advertimos que no hay moros en la costa, procedimos a ejecutar el acto. Cuando me vi frente al muro estaba tenso y no identificaba bien qué color de aerosol tomé. Empecé dando forma a la figura de unos labios rojos y su entorno de pétalos verdes. Según el diccionario luisa era una flor con olor a limón. Yo asumí que tenía la misma forma de una margarita y a su lado escribí "Luisa: tus flores tienen aroma de limón y hacen agua mi boca". Por excitación o nerviosismo la letra me salió tan grande que el mensaje necesitó el doble del muro que había calculado. Lili me apuraba a escapar y sólo después de arrancar a correr me advirtió que faltaba la tilde en limón. Me devolví a corregir. Tiré luego los tarros a un matorral y con tumbos y carcajadas buscamos la salida de la universidad.

Atravesamos Carlos E, compramos en el Éxito otra botella de Viejo Tonel y nos fuimos a las mangas de Suramericana para beber y reír del suceso. No me acuerdo mucho lo que pasó aquella noche porque el espíritu del vino enturbió mi memoria, pero sí recuerdo que la euforia del momento me alentó a besarla. Al otro día no fui a la universidad ni me vi con Lili. Quería esperar a que el mensaje cobrara efecto en la destinataria.


11 de noviembre de 2011

Apertura con peón cuatro rey







Al día siguiente Eduardo salía de tour por Europa en premio a su graduación mientras yo me quedaba en casa escuchando las canciones de La Voz de Colombia, con la ilusión de sanar las heridas de mi corazón. Me puse melodramático e igual me servían de terapia las canciones de Camilo Sesto que las de Leonardo Fabio, particularmente "La dicha que me fue negada" que con tono lacrimoso cantaba "y además, porque yo los presenté". Les confieso que por mucho tiempo tuve la pesadilla de asistir al matrimonio de mi mejor amigo con la mujer de mis sueños. Pero me consolaba pensando que ella no era tan bella, ni siquiera tan dulce y que al cabo las uvas estaban verdes. Recapacitando pensaba luego que yo no había intentado hacerla mi novia, que nunca tuve palabras para endulzar su oído, que tampoco temblé de emoción para tomar su mano y que por lo tanto no tenía derecho ni a reclamar el honor de la derrota, pues no tuve la más mínima intención de lucha. Estaba haciendo el ridículo y confieso incluso que lloré intensamente. Hoy creo que el motivo profundo de este llanto era una necesidad urgente de enamorarme.

Estaba tan acostumbrado a entablar duelos con Eduardo que me obligué a analizar los detalles de esta nueva circunstancia. Con la terminación de la época del colegio y sus infantiles competencias, ahora el escenario era el mundo con sus rudas rivalidades. Eduardo me quiso inaugurar a nuevos juegos y no tuvo consideración por lo poco que estuviera preparado. Ese duro golpe, que me despertó a las amarguras del amor antes de degustar sus mieles, me hizo recordar al Lazarillo de Tormes cuando salía de Salamanca y el ciego le manda colocar su oído sobre el toro de piedra, para escuchar el ruido dentro de él, y tras hacer lo que pide el ciego le estrella la cabeza contra los cachos del toro. Así, como él, yo despertaba de la simpleza en que dormía como niño. Y me parecía escuchar la risa burlona de Eduardo diciendo: ¡Te gano ésta vez: uno-cero!

Luego cavilaba en que esa lección no tenía el gesto cortés de un competidor sino la provocación fastidiosa de un rival. Poniendo las cosas en perspectiva y haciendo a un lado el sentimiento de hermandad, que por tantos años nos embargó, sentí aflorar un enfrentamiento de clase y hasta de raza. Me sentí un negro y pobre villano frente al rico y caballero feudal. Yo era el soldado Urías, el hitita, que iba a luchar por su rey mientras este seducía mi mujer. Me indignaba saber que teniendo a su disposición todas las mujeres que quisiera, prefiriera quitarme la única que yo tenía. Esta era una de las viejas extravagancias de los aristócratas, hartos de sus insípidas mujeres, con sus fatigosos afeites y fingidos melindres, se les antojaba raptar las naturales y sensuales mujeres de sus vecinos plebeyos. Eduardo usó la misma astucia de los tramposos romanos para el rapto de las sabinas, aprovechó la fiesta para hacerla suya y consiguió además su aprobación del ultraje, doblando así la traición. Estos pensamientos alentaron en mi alma el deseo de revancha, no sin cierta dosis de rencor.

Antes de poder formular un plan de desquite hice un descubrimiento importante sobre la refinada estrategia que sirvió a Eduardo para seducir a Vanessa. Yo que le conocí bien sabía que no gustaba jugar con ventajas y que no apostaba sólo por sus atributos de juventud y riqueza, ni se rebajaba con promesas y regalos, sino que ponía en juego su inteligencia y en riesgo sus seguridades, incluso el prestigio de su imagen y su clase. Solíamos jugar al ajedrez y estudiar las partidas de los grandes maestros. Una noche en la soledad de mi cuarto, frente al tablero de ajedrez, así de improviso no más, mi inquieto pensamiento asoció las acciones de la fiesta de grados con los movimientos del juego ciencia. Recordé la partida de Eduard Lasker con George Thomas en 1911: Luego de un tranquilo y parejo desarrollo de las pieza, siguiendo cada bando su propio plan, de pronto el sacrificio impresionante de la dama blanca por un peón en el onceno movimiento, decide tajantemente la suerte de la partida; el rey negro sale obligado de su refugio y escapa al extremo opuesto del tablero donde le espera deshonroso fin. La correspondencia era perfecta y baste resaltar al lector dos detalles: eran las once de la noche cuando Eduardo decidió acompañarnos y el jardín a donde huí estaba a un extremo del salón de baile.

Habituado al análisis de las partidas hice las siguientes deducciones, el lector avisado podrá establecer otros paralelismos con mi fatal anécdota. Una apertura tiene como habitual objetivo el inmediato dominio del centro. Toda partida obedece a las leyes de la estrategia. A veces sucede que las piezas de un bando adquieren cierta fuerza sobrenatural y empiezan a hacer milagros, como hacer al peón más fuerte que la torre o incluso que la dama (Eduardo entre su círculo de amigos no era tan valioso como estando a nuestro lado). Así ocurre cuando se aplica una combinación planeada de antemano (por eso creí que el baile estaba ensayado); el juego combinatorio es hermosamente admirable por la sorpresibidad e infalibilidad de su lógica, pues los rivales durante la tormenta combinatoria con frecuencia hacen jugadas obligadas (no podía negar la entrega de mi pareja ni podía reclamarla en la euforia del baile). Esta es una de las paradojas del ajedrez. Cuando en el tablero se sostiene lucha estratégica, cada bando tiene variantes de continuación, pero de pronto surgen complicaciones combinatorias que alteran la correlación material acostumbrada, entonces el curso de la partida de inmediato se limita a un cauce estrecho y único, no hay elección de jugada, el destino es fatal.

Inspirado en el espíritu de lucha táctica y juego creativo de las partidas y lecciones Kasparov y otro poco por los consejos de Ovidio en El arte de Amar, promulgué el siguiente manifiesto de lucha:


Mi reino por una Dama:

Reino a reino: Frente a frente los ejércitos
Un amplio silencio de expectativa
Un campo abierto de espacio y tiempo
Blanco y negro. Días y noches. Lugares de encuentro
Uno a uno, ocho a ocho, dieciséis a dieciséis
Mis peones, tus dedos. Tu mirada frontal de torre.
Mi furtivo y diagonal deseo
Tus cabellos, mis caballos. Mi Dama, tus pensamientos
Un reino.

Mi salida: paso sencillo del que camina a pie
Soldado de mi rey, firme y altivo hacia el campo de fuego
Entra tu movimiento. Estás en juego:
Una partida. Un par. Vos y yo
Paso a paso. Momento a momento. Movimiento a movimiento
Minuciosamente voy tejiendo una eficaz estrategia
Adelanto mi tropa a tu paso, cuando
Resplandeciente caminas por el campo
Es preciso que sientas y determines mi lucha
Y comprendas que también estás en ella
Tómate el tiempo. Es vital que permanezcas en juego
Porque no me rendiré hasta asaltar tu reino

No temas la dualidad de ejércitos
La fusión del fuego hará un sólo reino
Por ello este duelo de conquista, de ataques y defensas
Del arte creativo de permanecer en juego
De vivir. De último aliento.
Seré prudente. Calcularé mis movimientos y los tuyos
Intuiré tus propósitos, confirmaré mis sospechas
Respetaré tus posiciones como versado estratega
Me beberé el tiempo con intensidad. Aceptaré tus silencios
Ya vendrá el momento en que me hables
Esperaré tu movimiento: Tu voz
Desestabilizando mis planes. Derrumbando mis proyectos
Temeré caer. Pero no flaquearán mis fuerzas
Levantaré mi ataque de dulzura
Y tu falange de peones caerá ante él
Hábilmente saltaré tu fortaleza y no habrá torre que me detenga
Porque estoy obstinado
Porque sé que existe un momento preciso
Un jaque certero
En el que no tendrás otra alternativa
Que abrirme tu reino.